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Full text of "Ensayos biográficos"

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ENSAYOS BIOGRÁFICOS 



POR 






Miguel Luis Amunátegui, 

Individuo correspondiente de la Real Academia Española 
i de la Real .academia de la Historia 



EDICIÓN OFICIAL 



TOMO I"V 



SANTIAGO- DE CHILE 

IMPRENTA NACIONAL, CALLE DE LA MONEDA NÚM 73 

1896 



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in 2013 



http://archive.org/details/ensayosbiogrfico04amun 



BOU VICENTE CARVALLO I C-OYEMCHE 



El cronista mas moderno de la época colonial, 
cuyo nombre encabeza estas líneas, nació en Valdi- 
via el año de 1742. 

Su padre era gobernador de la plaza mencionada. 

El joven Carvallo i Goyeneche fue educado por 
los jesuítas, cuyas lecciones recibió por largo tiempo. 

Sin embargo, en vez de manifestarse adicto a la 
Compañía de Jesús, declara en su obra que reputa- 
ba justificada la espulsión de esta célebre orden, 
entre otros fundamentos, por la posición privilejiada 
que había obtenido, i por la intervención que ejercía 
en los asuntos temporales i políticos. 

Conforme a una costumbre bastante jeneral en- 
tonces, se había conferido a Carvallo el grado de 
cadete, cuando solo contaba ocho años de edad. 

Habiendo llegado la ocasión de que tomase una 
carrera, esenjió la de las armas, a que se le había 
destinado sin consultarle, antes de que tuviese uso 
de razón; pero a la cual efectivamente sentía incli- 
nación natural. 

Hizo un servicio mui pasivo en la plaza de Val- 
divia hasta ascender a teniente. 



— 6 — 

A pesar de sus escasos recursos, se casó con doña 
Josefa Valentía, en quien, andando el tiempo, tuvo 
seis hijos. 

Queriendo mejorar de condición, i ambicioso de 
gloria, se empeñó por ser destinado a la perdurable 
guerra de Arauco, en la cual se esperimentaban 
privaciones i fatigas, i se recibían fácilmente heridas 
o muerte, pero en la cual también podían hallarse 
lucro i honor. 

Para realizar esta idea, permutó su puesto por 
el de otro teniente, que estaba hastiado de pelear 
con los indíjenas i de incendiar sus ranchos i sus se- 
menteras. 

En el mes de marzo de 17G6, Carvallo i Goye- 
neche se encaminó por tierra desde la plaza de Val- 
divia hasta la de Nacimiento, donde debía residir. 

En aquella jornada estuvo espuesto a los mayo- 
res riesgos. 

A la sazón, los araucanos se hallaban sumamente 
alborotados con el proyecto de obligarlos a reunirse 
en poblaciones que el presidente don Antonio Guill 
i Gonzaga trataba de poner en ejecución. 

En tan críticas circunstancias, todo el acompaña- 
miento de Carvallo i Goycneche se componía de un 
fraile franciscano, de un sirviente, i de dos arrieros, 
que cuidaban de las bestias de silla i de carga. 

Por fortuna suya, el que los guiaba era el hijo de 
un cacique amigo; i además, se les incorporó en el 
camino otro jefe indiano, a quien Carvallo había 
dispensado ciertos favores. 



A pesar de todo, quizá el amparo de estos dos 
indíjenas habría sido insuficiente, si el sagaz tenien- 
te no hubiera recurrido a otros arbitrios. 

Don Vicente Carvallo i Goyeneche finjió ser un 
comerciante del Perú, que iba a embarcarse para el 
Callao en el puerto de Valparaíso, pero que al año 
siguiente había de volver con ira rico i abundante 
surtido de mercaderías. 

Junto con soltar estas falsas especies, procuraba 
ganarse la buena voluntad de los araucanos, obse- 
quiándoles cuanto podía; i cebaba su codicia, pro- 
metiendo que a la vuelta les había de dar mucho 
mas. 

Escapando a la cautividad o ala muerte, gracias 
a este ardid, i como por milagro, entró en la plaza 
de Nacimiento el 19 de marzo de 176G, pasada la 
media noche. 

Las molestas aventuras de esta primera jornada 
habian dado a conocer a Carvallo cuáles i cuántas 
eran las inquietudes de la guerra de Arauco. 

Desde la fecha mencionada, don Vicente Carva- 
llo i Goyeneche tomó una parte activa en las ope- 
raciones de aquella interminable campaña, ya como 
simple subalterno, ya como instructor de tropas, ya 
como ayudante, ya como jefe de destacamento, ya 
como comandante de alguna plaza o fortaleza. 

Los méritos que contrajo en el buen desempeño 
de estas distintas comisiones, le hicieron obtener el 
grado de capitán. 

Carvallo i Goyeneche prestó el mayor número de 



— 8 — 

estos diversos servicios a las órdenes del harto fa- 
moso e insigne irlandés don Ambrosio O'Higgins 
de Vallenar o Ballenar y, que había de subir desde 
el humilde puesto de sobrestante o mayordomo de 
trabajos públicos hasta el mui elevado de presidente 
de Chile, i después hasta el mas escelso de virrei 
del Perú. 

Las relaciones entre O'Higgdns i Carvallo fueron 
desde luego bastante cordiales. 

El superior manifestaba hacer aprecio del subal- 
terno. 

El presidetite don Agustín de Jáuregui escribía 
con fecha 2 de junio de 1778 al ministro don José 
de Gal vez lo que sigue: 

«El coronel don Ambrosio O'Higgins, comandan- 
te de la caballería del real ejército de la frontera, 
me ha remitido con su informe el memorial para el 
rei que adjunto remito a Vuestra Excelencia del 
capitán de caballería del mismo real ejército don 
Vicente Carvallo, en que, en atención a los méritos 
que relacionan los documentos que acompaña, con- 
traídos en el real servicio desde 22 de junio do 1750 
en que sentó plaza de cadete de una de las compa- 
ñías del batallón de la plaza de Valdivia, a hallarse 
quebrantado de salud, ser contrario a ésta aquel 
temperamento, i faltarle arbitrio ya i facultades 
para medicinarse, suplica a Su Majestad se digne 
concederle algún gobierno o correjimiento de las 
provincias del Perú; i pareciéndome regular su so- 
licitud con respecto a estos motivos, i al de su gran 



— 9 — 

capacidad i talento, con que ha sabido i sabe desem- 
peñar cualquier comisión del real servicio, lo pongo 
todo en noticia de Vuestra Excelencia a fin de que, 
sirviéndose dar cuenta de ello a Su Majestad, se 
digne delibei'ar lo que fuere de su real agrado». 

Sin embargo, el concepto favorable de Carvallo 
que habían formado los gobernantes de Chile, se- 
gún se colije del documento anterior, no tardó en 
menoscabarse. 

Habiendo el ministro Gal vez pedido nuevo in- 
forme acerca de la idoneidad de nuestro protagonis- 
ta para rejir uno de los correjimientos del Perú, el 
presidente don Ambrosio de Benavides, sucesor de 
Jáuregui, contestó en 2 de junio de 1781 que, aun- 
que no había tratado personalmente al solicitante, 
i le merecía la opinión de ser un buen militar, no le 
reputaba apto para encargai'le la dirección de un 
pueblo, especialmente en épocas de novedades como 
era aquella por la cual iba atravesando el virrei- 
nato. 

Como puede notarse, había una diferencia dema- 
siado sustancial entre el informe de Jáuregui i el 
de Benavides. 

¿Quién había operado uua mudanza de tamaña 
trascendencia? 

Probablemente, don Ambrosio ü'Hio-°'ins de 
Vallenar, que había logrado constituirse en arbitro 
de todos los asuntos de la frontera. 

Mui poco antes de que se emitiera aquel dicta- 
men contrario a las pretensiones de Carvallo, éste 

2 



— 10 — 

había procurado un eficaz auxilio a varios barcos de 
la armada española que habían venido al puerto de 
Talcahuano con motivo de haberse roto las hostili- 
dades entre los soberanos de España i de Inglate- 
rra. 

Como la arboladura de algunas de estas naves se 
hallara mui deteriorada, el jefe principal de ellas 
indagó con el mayor ahínco si sería posible descu- 
brir madera con que reemplazar los viejos i estro- 
peados mástiles. 

Don Ambrosio O'Higgins, que se desvivía por 
ostentar un celo estraordinario en favor de los in- 
tereses de la corona, averiguó pronto que en el te- 
rritorio de los pehuenches había el mas espléndido 
bosque de corpulentos i erguidos pinos. 

La única dificultad que se ofrecía, era la de que 
los indíjenas determinaran oponerse por la fuerza a 
la es tracción de la madera. 

En mavo de 1781, O'Higerins encomendó al ca- 
pitan Carvallo que atendiese a la ejecución de tan 
delicada operación. 

El oficial comisionado desplegó una habilidad i 
una dilijencia verdaderamente laudables en el cum- 
plimiento de estas órdenes. 

Los jefes de la escuadra quedaron tan complaci- 
dos de la oportuna cooperación de Carvallo, que 
solicitaron de la corte se le premiara con el ascenso 
a teniente coronel. 

Con arreglo a la practica establecida, el ministro 
don José de Gálvez pidió en 23 de abril de 1785 



— 11 — 

informe sobre el particular al presidente de Chile, 
que era a la sazón don Ambrosio de Benavides. 

Voi a copiar lo que este funcionario respondió 
con fecha 1.° de noviembre del mismo año. 

«Excelentísimo Señor: 

Por recomendación del señor don Antonio Valdés 
para el ascenso de teniente coronel que solicita el 
capitán graduado de dragones don Vicente Carvallo, 
me manda- Vuestra Excelencia de real orden, en la 
de 23 de abril último, que informe acerca del mérito 
i servicios de este oficial; i en su cumplimiento, es- 
pongo que, sin separarme de su habilidad i de la- 
comisión de acompañar al teniente de fragata don 
TimoteoPérez en la de corte de pinos en la cordillera 
de indios de esta provincia para arboladura de la es- 
cuadra de Su Majestad que estuvo en el puerto de 
Talcahuano, parece excesiva la gracia que por esto 
solicita, siendo su actual clase en ejercicio de solo 
ayudante mayor, i superior, con mayor antigüedad 
de carrera útil, la de otros oficiales de su propio 
cuerpo, que no han obtenido aquella graduación. 

«Su conducta está notada por su comandante 
brigadier don Ambrosio O'Higgins, principalmente 
por insubordinado i caviloso. Últimamente ha su- 
frido algún tiempo de arresto i otras reprensiones 
que tuvieron orijen de causa que se le promovió de 
provocación i desafío al capitán don José María 
Prieto en circunstancias de estar aquél a las órdenes 
de éste, que tenía el mando de la plaza de los Áu- 



— 12 — 

jeles, sin haber dejado de dar otros posteriores mo- 
tivos a su inmediato superior jefe, que le han obli- 
gado a instar con empeño a esta capitanía jeneral 
para que se separe a dicho don Vicente de su cuer- 
po, i se destine o traslade al presidio de Valdivia, 
cuya resolución he detenido, tomando, otras que ha 
dictado la prudencia, sin omitir la templada correc- 
ción de sus hechos, para tentar por estos medios el 
logro de su enmienda, que, si la acredita, podrá ob- 
tener la primera compañía que vacare de dragones; 
i a este caso i empleo, juzgo corresponde se contrai- 
ga el premio que pide, o como fuere del agrado de 
Vuestra Excelencia. 

«Nuestro Señor guarde la importante vida de 
Vuestra Excelencia muchos años». 

Por fallecimiento de Benavides, el monarca nom- 
bró presidente de Chile al irlandés don Ambrosio. 
O'Higgins, quien tomó posesión del mando el 26 
de mayo 'de 178S. 

Este personaje no mostró desde luego ninguna 
mala disposición contra don Vicente Carvallo i Go- 
yeneche, como lo manifiesta la carta que va a leerse: 
«Me complace la satisfacción con que se halla 
Vuestra Merced por su ascenso a capitán, de que 
recibió el real despacho, según me significa en carta 
de 8 de setiembre último; i no dudo que esta gracia 
de Su Majestad estimule a Vuestra Merced a em- 
peñarse mas en cumplir sus obligaciones del real 
servicio. 

«Como Vuestra Merced pide por la de 7 del co- 



— 13 — 

rriente, i lo prevengo al comandante jen eral de esa 
frontera, que se entregue a Vuestra Merced su 
compañía, reuniéndose en esa plaza de los Anjeles, 
donde debe atender a su instrucción, manejo i dis- 
ciplina, en asamblea jeneral con el resto de su cuer- 
po, considerando igualmente que allí tiene Vuestra 
Merced la mayor comodidad de su casa i familia, 
no me parece adherir por ahora a su traslación ala 
costa i plaza de Arauco, que por las mismas ha so- 
licitado, 

«No olvidaré colocar al hijo de Vuestra Merced 
don Camilo en alguna vacante de cordones, lueo'o 
que me dejen alguna libertad otros pretendientes 
también meritorios, a quienes me es imposible dejar 
de atender, supuesto que el hijo de Vuestra Mer- 
ced disfruta el mismo sueldo, i adelanta su mérito 
en calidad de distinguido. 

«Dios guarde a Vuestra Merced muchos años. 

«Santiago, 13 de octubre de 1788. 

Ambrosio O'Higgixs. 

«Señor don Vicente Carvallo». 

Como se ve por la carta que precede, el gobierno 
de la Península había aceptado en todas sus partes 
el dictamen del presidente Benavides, limitándose 
a conferir a Carvallo la efectividad de capitán en 
recompensa de los servicios que había prestado a la 
escuadra. 

Pocos meses después de lo que queda referido, 
hai testimonio fidedigno de haber nuestro protago- 



— 14 — 

nista elevado al presidente O'Higgins dos solicitu- 
des que merecen llamar la atención. 

La primera tenía por objeto recabar el permiso 
de venir a Santiago para rejistrar los archivos en 
busca de noticias para una historia de Chile que 
estaba componiendo. 

La segunda se encaminaba a que se le concediese 
ordenarse de sacerdote, conservándole su sueldo de 
capitán. 

Conviene que se sepa que clon Vicente Carvallo, 
a pesar de las ocupaciones militares, no había olvi- 
dado la educación que había recibido de los jesuí- 
tas. 

Desde mui temprano, acostumbró llevar un diario 
de todos los sucesos que llegaban a su noticia, o en 
que intervenía. 

Esta fue la primera base de la historia que es- 
cribió mas tarde, i que ha salvado su nombre del 
olvido. 

Al poco tiempo, buscaba cómo aumentar sus es- 
casos recursos, componiendo sermones que vendía 
a los predicadores por precios harto módicos. 

Puede presumirse por esto que tenía alguna in- 
clinación al estado eclesiástico. 

Pero ¿cuál fue el motivo que le determinó a que- 
rer mudar la casaca del soldado por la sotana del 
sacerdote? 
. No lo sé. 
Quizá fue el dolor que pudo causarle la pérdida 
de su mujer. 



Quizá el desaliento de sus aspiraciones burladas. 

Pero lo cierto fue que el presidente O'Higgins le 
negó una i otra solicitud, como aparece en la carta 
que paso a copiar: 

«Por el oficio que le comunicará a Vuestra Mer- 
ced su comandante, verá el justo impedimento que 
ahora tengo para conceder la licencia que pide para 
venir a esta capital, motivada en la precisión de 
confrontar su obra historial; i lo mismo me sucede 
para ofrecerle mi concurso al intento de ordenarse 
con detención de sueldo de capitán, de que me ha- 
bla en su particular de 28 de junio inmediato, por- 
que el erario no sufre apoyar paso alguno de que le 
resulte el menor gravamen, i sería reparable al rei 
i al ministerio que, cuando le hago demostrable con 
estados puntuales de la real hacienda que se halla 
en descubierto, i en absoluta imposibilidad de cum- 
plir sus mas precisas cargas, según el valor de sus 
actuales ramos propios, viese pretensiones que las 
acrecen sin traer ventajas o utilidad al real servicio. 
Así es fuerza que Vuestra Merced sacrifique sus 
buenos designios, i que procure conservarse en la 
carrera que le da para alimentar a su familia. Yo 
deseo tener ocasión en que, sin perjuicio de mi res- 
ponsabilidad, pueda contribuir a sus aumentos; i 
ruego a Dios guarde muchos años la vida de Vues- 
tra Merced. 

«Santiago, 14 de junio de 1789. 

Ambrosio O'Higgins. 

«Señor clon Vicente Carvallo». 



— 16 — 

A pesar de esta doble repulsa, nuestro capitán, 
que pai'ece haber sido hombre mui perseverante en 
sus propósitos, insistió con la mayor fuerza en sus 
dos pretensiones. 

El presidente O'Higgins consintió al fin en que 
Carvallo viniera a Santiago a completar los mate- 
riales de su historia; pero no tuvo a bien conservar- 
le el sueldo de capitán, si había de ordenarse sacer- 
dote. 

El documento que sigue, testifica la primera de 
estas decisiones. 

«Habiendo instado de nuevo derechamente el ca- 
pitán don Vicente Carvallo sobre que se le permita 
venir a esta capital, no obstante la denegación que 
le noticié por medio de Vuestra Merced en carta de 
11 dejulioinmediato, prevengo ahora le adviertaque, 
acercándose el tiempo de invierno en que hará menos 
falta en su destino, repita su solicitud, caso de hallar- 
se en disposición de practicar su viaje; i que entonces 
podré concedérsela, supuesto que no es suficiente 
arbitrio, como ha espresado, para perfeccionar su 
obra de la historia de este reino, el que le facilitó de 
comunicarle desde aquí la noticia de estos archivos 
que se considerasen ser conducentes al intento. 

«Dios guarde muchos años la vida de Vuestra 
Merced. 

«Santiago, 30 de setiembre de 1789. 

Ambrosio O'Higgins. 

«Al Comandante del cuerpo de Dragones, don Pedro Nolasco 
del Rio». 



— 17 — 

Voi a insertar una carta de la cual aparece que 
el presidente persistió en su negativa de conceder 
a Carvallo el sueldo de capitán para que se orde- 
nase. 

«Bien puede ser, como Vuestra Merced dice en 
su carta de 28 de julio último, que el rei haya con- 
cedido retiro de dispersos con el sueldo entero de 
sus empleos para tomar estado de sacerdote a innu- 
merables oficiales en quienes concurrían los servi- 
cios que Vuestra Merced ha representado con el 
mismo objeto; pero, no teniendo esta capitanía je- 
neral en sus archivos autorización de estos ejempla- 
res para comparar circunstancias, i antes sí, pre- 
venciones i reglamentos de Su Majestad sobre las 
asignaciones rebajadas que han de gozar los oficiales 
retirados, i para que no dirija instancias de solici- 
tudes do particulares que no sean fundadas, me 
considero embarazado para acreditar la de Vuestra 
Merced acercado esta materia, prescindiendo de las 
justas dificultades que le indiqué en mi anterior 
contestación de 14 del mismo mes. Yo quiero coo- 
perar a su buen deseo, pero sin esponer un paso que 
sea reparable, i que, por excesivo del orden regular, 
no debo recomendar al soberano, aún cuando me 
desentienda de impugnarlo; i con esta indiferencia 
me determino a admitir sus memoriales para que, 
encaminándose llanamente, quede espedita la real 
jenerosidad para dispensar oficiosamente esta estra- 
ordinaria gracia, si le pareciere. 

3 



— 18 — 

«Dios guarde muchos años la vida de Vuestra 
Merced. 

«Santiago, 5 de octubre de 1789. 

Ambrosio O'Higgins. 

«Señor don Vicente Carvallo». 

El capitán Carvallo debió desistir de su pensa- 
miento de ordenarse, pues tengo a la A'ista un oficio 
del presidente O'Higgins dirijido al ministro Gál- 
vez, fecha 17 de noviembre de 1791, con el cual re- 
mite un memorial de don Vicente en solicitud del 
grado de teniente coronel. 

O'Higgins advierte en este oficio que el coman- 
dante del cuerpo de dragones no abona la conducta 
de Carvallo, i juzga no ser de justicia su instancia, 
pero que ha dado curso a la petición «por escusar 
quejas de este oficial, que recela en conocimiento 
de su carácter». 

El presidente agrega que apoya el juicio espre- 
sado por el comandante de dragones. 

Algunos meses antes de esta jestión, Carvallo 
había recabado directamente del gobierno de la me- 
trópoli el permiso do pasar a España para dar a luz 
una historia de Chile que decía haber compuesto. 

Los dos oficios que siguen de don Ambrosio 
O'Higgins, van a hacer saber las incidencias que el 
asunto orijinó: 



— 19 — 

«Excelentísimo Señor: 

«Previniéndome Vuestra Excelencia de real or- 
den en la de 22 de julio último, haber concedido Su 
Majestad permiso para ir a España por dos años a 
don Vicente Carvallo, capitán del cuerpo de drago- 
nes de esta frontera, con condición de que no haya 
inconveniente en que lo use, a fin de publicar una 
historia de este reino que tiene compuesta, debo es- 
presar a Vuestra Excelencia que, compi'endiendo 
justamente a este oficial la rebaja de medio sueldo 
durante el término de su ausencia conforme al real 
decreto de 17 de febrero de 1 787, i careciendo de 
otros bienes, no le queda con que cubrir, entre mu- 
chas deudas, una del ramo de temporalidades de 
Lima, a cuyo favor, por privilejiada, se le está rete- 
niendo la tercera parte, i menos podría dejar las 
debidas asistencias a sus hijos, tres de ellos mujeres, 
sin estado, i un varón, todos menores i huérfanos 
de madre, para que no queden por necesidad i de- 
samparo espuestos a perecer i a otras consecuencias, 
debiendo en este caso tener rigorosa observancia la 
lei municipal recomendada en real orden de 8 de 
abril de 1783, para que los que obtengan semejantes 
licencias afiancen i hagan constar que dejan asegu- 
rada la subsistencia de sus familias. 

«No sé el adelantamiento en que tendrá Carva- 
llo la obra espresada, aunque me parece que, cual- 
quiera que sea, por su materia vulgar, escrita antes 
por otros autores con acierto, i actualmente por los 



— 20 — 

abates Molina i Olivares, ex-jesuítas residentes en 
Italia, a quienes he remitido algunos papeles con- 
cernientes al intento por mano del excelentísimo 
señor Marqués de Baja Mar, en cumplimiento de 
órdenes del rei, no podrá aquél prometerse aplauso 
ni utilidad, de que la suya se imprima. No obstan- 
te, liaré que me presente sus cuadernos para reco- 
nocerlos por mí mismo, i por sujetos intelijentes, de 
que a su tiempo avisaré a Vuestra Excelencia; i 
entre tanto, me parece que, por tan corto motivo, 
no debe este interesado abandonar aquellas otras 
preferentes obligaciones. La superior justificación 
de Vuestra Excelencia, hecho cargo de todo, verá 
si ha de consultara Su Majestad sobre la continua- 
ción de esta ucencia, que yo tendré en suspenso, 
ínterin se sirve comunicarme la última resolución 
del particular, que tuviere por conveniente. 

«Nuestro Señor guarde la importante vida de 
Vuestra Excelencia muchos años. 

((Santiago de Chile, 11 de diciembre de 1791. 

Ambrosio O'Higigins Vallenar. 

«Excelentísimo Señor Conde del Campo de Alanje». 

((Excelentísimo Señor: 

((Don Vicente Carvallo, natural del presidio de 
Valdivia, capitán de la sesta compañía del cuerpo 
de dragones de la frontera, solicitó ahora tres años 
licencia de seis meses para bajar a esta capital a fin 
de en ella correjir, enriquecer i poner en estado de 



imprimir una historia joneral de este reino que decía 
haber escrito. Persuadido de que esto era un pre- 
testo para sustraerse de las obligaciones del servi- 
cio, le hice repetidas dificultades sobre su concesión, 
hasta que, reproduciendo instancias sobre ellas con 
el mayor calor, hube de acceder a que viniese para 
ver por raí misino si sus relaciones podrian ser en 
lo venidero útiles a algún sabio, o si, como sospe- 
chaba, él no hacía mas que renovar la memoria in- 
grata de matanzas de indios desnudos, cuya igno- 
rancia no hace falta alguna a las glorias de la nación 
demasiado pulsada ya sobre esto en las modernas 
relaciones de Robertson i Raynal para ofrecer al 
público nuevos testigos domésticos de horrores exa- 
jerados mal a propósito por nuestros historiadores 
con el buen fin de acreditar nuestro valor o nuestra 

dicha. 

«En virtud de aquel permiso, se trasladó Carva- 
llo a esta capital a mediados del año pasado de 
1790; i a su arribo di todas las órdenes precisas para 
que se le franqueasen los archivos a donde ocurriese, 
Empleado mui poco tiempo en esto, el concurso de 
esta capital le distrajo en juegos, visitas, conversa- 
ciones i demis inútiles pasatiempos; i no cuidó ni 
aún de salvar las apariencias de su destino. Instrui- 
do su comandante de este proceder, me representó 
en 30 de marzo del ano pasado que la tal historia 
de Carvallo era una idea odiosa i un efujio que ha- 
bía tomado para vivir separado del servicio de la 
frontera con perjuicio de los demás oficiales que 



sentían la fatiga que se les recargaba con motivo.de 
su ausencia. Sin embargo, disimulé por todo el curso 
de dicho año, sin encubrir estas reconvenciones del 
comandante por si su noticia estimulaba al intere- 
sado a aprovechar mejor el tiempo. 

«N"o surtió efecto alguno esta idea. Por el con- 
trario, su distracción i abandono se aumentaron 
hasta un punto que pensaba ya por diciembre úl- 
timo hacerle restituir a su cuerpo, cuando sobrevino 
una real orden de 22 de julio del año pasado, comu- 
nicada por Vuestra Excelencia, que permitía a este 
oficial pasar a España, si yo no encontraba en ello 
inconveniente. Yo le franqueé por mi parte el per- 
miso con la calidad de que, conforme a las leyes de 
estos reinos i reales órdenes posteriores, me hiciese 
constar dejar asegurada la subsistencia de sus hijos 
durante el término de su ausencia; i para que la 
cercanía de estos objetos, i la distancia de los que 
aquí le detenían, le obligasen a disponer i proveer 
mas sólidamente sobre su bien, dispuse en mediados 
del mes pasado que marchara a la plaza de los Án- 
jeles, en que tiene su casa i familia, conduciendo a 
ella un destacamento que se hallaba de guarnición 
en esta capital. 

«Unos motivos tan justos i conformes al bien del 
interesado debian haberle hecho despertar del letar- 
go de sus disoluciones, i abrazar aquella orden como 
un medio el mas propio i decente para desembara- 
se de ellas. Pero, empeñado ya demasiado en sus 
desórdenes, cometió el desacierto de ocultarse, i 



— 23 — 

poco después consumar una deserción formal, que 
tendrá pocos ejemplares, evadiéndose de esta capital 
con tal secreto sobre su ruta i destino, que hasta el 
día no se ha podido conocer ni una ni otro, asegu- 
rando unos haberse marchado para Lima, i otros, 
para Buenos Aires. Para semejante hecbo, era mui 
fácil sospechar la intervención de otras causas, pues 
no cabía en la razón que el hecho puro de separar 
a un oficial de un destino para reconcentrarle en su 
cuerpo, casa i familia fuese motivo bastante para 
tomar la resolución de perderse. I en efecto, a 
pocos dias se empezó a decir que este oficial, dando 
de un error en otro, se había casado clandestina- 
mente con doña Mercedes Fernández, mujer viuda 
i de adelantada edad, con solo el fiu de percibir unos 
tres mil pesos que ésta tenía pertenecientes a los 
hijos de su primer matrimonio. 

«Examinado este punto a mí instancia por el re- 
verendo obispo de esta diócesis, se evidenció en 
efecto que la noche del 21 del pasado, sorprendien- 
do al cura de la parroquia de doña Mercedes, en 
casa de ésta, se casó a su presencia clandestinamen- 
te con ella, despreciando las formas prevenidas por 
la iglesia, i cometió en este solo hecho muchos de- 
litos, que son fáciles de conocer i distinguir. 

«Todo lo dicho consta de los documentos que 
acompaño a Vuestra Excelencia, i tengo a pesar mío 
que comunicarle, añadiendo que, por estraordina- 
rios que parezcan el matrimonio i la evasión de este 
oficial, ellos no han sido sino una consecuencia de 



Su anterior desordenada conducta. Su incontinen- 
cia i su pasión por el juego le habian llenado aquí 
de empeños, deudas i drogas, cuyos términos ya 
cumplidos le amenazaban de una próxima reconven- 
ción, aún sin el accidente de su marcha. En la ne- 
cesidad de evitar estos ruidosos pasos, que serian 
un nuevo obstáculo para su viaje a España, percibió 
en poder de doña Mercedes el depósito de los bie- 
nes de sus hijos; i no pudiendo hacerse dueño de él, 
sino por el camino del matrimonio, como al mismo 
tiempo lo hiciese inverificable la falta del permiso 
real para él, se avanzó a ejecutarlo sin el de la igle- 
sia, i tirar cou él hacia España, dejando burlados i 
ofendidos al gobierno, a sus hijos, a sus acreedores, i 
liltimamente a esta infeliz mujer, con quien él no 
dejaría de advertir el impedimento de afinidad que 
tenía para sin dispensación casarse con ella, como 
primo hermano carnal de su primer marido. 

«Aunque hasta hoi he dado secretamente mis 
providencias para arrestarle, i voi a escribirles a los 
excelentísimos señores virreyes del Perú i de Bue- 
nos Aires, juzgo que no se logrará su aprehensión 
por la artificiosa maña que posee para empresas de 
este jénero, i que llegará seguramente a España a 
presentarse a Vuestra Excelencia con mi carta en 
que le comuniqué su superior permiso para pasar a 
esos reinos, bien que no acompañe el desempeño de 
las calidades que en el mismo aviso le previne. 

«Por lo mismo, adelanto a Vuestra Excelencia 
esos documentos que justifican los últimos excesos 



— 25 — 

de este oficial, a fin de que, inteligenciado Vuestra 
Excelencia de ellos, se sirva disponer que, aprehen- 
dido en cualquiera parte que se le encuentre, sea de- 
vuelto a mi disposición para que, sustanciada aquí 
su causa en el modo que corresponde, teniendo a la 
vista los ¡numerables antecedentes que justifican 
sus anteriores desórdenes, se determine en justicia 
la aplicación de las penas en que ha incurrido, i se 
ejecuten a presencia de este ejército para que esta 
demostración corrija condignamente esta primera 
falta de subordinación que he esperimentado en los 
veinte años de mando que he tenido en este reino, 
i sirva de ejemplo a los demás. 

«Nuestro Señor guarde la importante vida de 
Vuestra Excelencia muchos años. 

«Santiago de Chile, 14 de marzo de 1792. 

Ambrosio O'Higgins Vallenar. 
«Ex > lentísimo Señor Conde del Campo de Alanje». 

Un tercer oficio del mismo presidente hace sa- 
ber que el prófugo Carvallo logró realizar sin tro- 
piezo el propósito de dirijirse a la Península. 

«Por mi carta de 14 de marzo último, di cuenta 
a Vuestra Excelencia con documentos de la deser- 
ción escandalosa i matrimonio clandestino cometidos 
por don Vicente Carvallo, capitán del cuerpo de 
dragones de la frontera de este reino, con el fin de 
evadirse para España, como se ha sabido por noti- 
cias particulares haberlo verificado por la vía de. 

i 



— 26 — 

Buenos Aires, embarcándose en Montevideo, sin 
que tuviese ejecución la requisitoria que dirijí al 
virrei oportunamente para la aprehensión i restitu- 
ción a este reino de dicho oficial, en cuyas circuns- 
tancias he considerado no necesario continuar el pro- 
ceso para el castigo que correspondería imponerle 
por tan feos delitos conforme a la ordenanza; pero, 
arreglándome a lo mandado espresamente en el ar- 
tículo l.°de la lei de 30 de octubre de 1760 contra los 
militares que se casan sin real permiso, he dado las 
órdenes correspondientes para que en su cuerpo i 
departamento de real hacienda, se le tenga por de- 
puesto de su empleo, i privado de su fuero. Lo que 
espongo a Vuestra Excelencia para su superior co- 
nocimiento i providencias que acerca de este parti- 
cular fueren del justificado agrado de Su Majestad. 

«Nuestro Señor guarde la importante vida de 
Vuestra Excelencia muchos años. 

«Santiago de Chile, 18 de junio de 1792. 

Ambrosio O'HigginsVallenar. 

«Excelentísimo Señor Conde del Campo de AlanjeK 

En vista de las comunicaciones del presidente 
O'Higgins, el ministro español mandó que se pro- 
cediera contra Carvallo, según aparece de la si- 
guiente real orden: 

«Habiendo hecho presente al rei lo que Usía es- 
puso en carta de 14 de marzo último acerca de la 
desobediencia, fuga o deserción i matrimonio clan- 



-27 - 

destino que había cometido don Vicente Carva- 
llo, capitán de dragones de la frontera (con lo demás 
que de esa capital i desde la de Buenos Aires ha 
representado este oficial), ha resuelto Su Majestad 
que consulte al supremo consejo de guerra sobre 
ello; i se le arreste entre tanto en cualquier paraje 
en que se halle. 

«Lo que con este oficio comunico de real orden al 
virrei de Buenos Aires, i a los jefes i jueces de los 
puertos de Cádiz i de la Coruña; i de la misma lo 
aviso a Usía para su intelijencia. 

«Dios guarde a Usía muchos años. 

«San Ildefonso, a 9 de setiembre de 1792. 

Alanje. 
«SeEor Presidente i Capitán Jeneral de Chile». 

Sin embargo, habiéndose presentado don Vicente 
Carvallo en la corte, hizo valer influencias que no 
he podido averiguar, pero que debieron de ser mui 
poderosas, puesto que obtuvo, no solo su perdón, 
sino también su incorporación en el ejército de 
Buenos Aires. 

Léase en comprobación la siguiente real orden: 
«Sin embargo de que el rei se halla bien satisfe- 
cho del arreglado procedimiente de Usía para con 
el capitán de dragones de esa frontera don Vicente 
Carvallo, de cuyos excesos informó en carta de 14 
de marzo del aüo próximo pasado, usando Su Ma- 



— 28 — 

jestad de su acostumbrada soberana piedad, i por 
puro efecto de conmiseración a este oficial, se ha 
dignado indultarle de la pena a que era acreedor 
por ellos, dispensándole, no solo la falta de haberse 
casado con doña Mercedes Fernández (aunque con 
la calidad de que esta interesada no tenga opción a 
los beneficios del montepío militar, a menos de que 
su espresado marido muera en acción de guerra), 
sino también estendiendo su rejia benignidad a con- 
cederle agregación en la misma clase de capitán al 
Tejimiento de dragones de Buenos Aires; i de su 
real orden lo comunico a Usía para su intelijencia. 

«Dios guarde a Usía muchos años. 

«San Lorenzo, 10 de diciembre de 1793. 

Alanje. 

«Señor Presidente Comandante Jcneral de Chile don Ambro- 
sio O'JBiggins Vallonar.» 

Don Vicente Carvallo i Goyeneche permaneció 
en Madrid algunos años. 

¿Cuántos? 

Lo ignoro. 

Su yerno don Juan Arias, en unos apuntes bio- 
gráficos, que redactó por encargo de don Pedro de 
Angelis, i que aparecen copiados a la cabeza del 
manuscrito existente en la Biblioteca Nacional de 
Santiago, dice que Carvallo no se vino a Buenos 
Aires hasta allá por el año de 1803. 

Aunque todos los que precedentemente han ha- 



— 29 — 

blado sobre la vida de este cronista han tomado de 
la desaliñada noticia de Arias los datos de que se 
lian servido, se halla ésta tan atestada de errores 
i anacronismos patentes, i tan en desacuerdo con los 
documentos oficiales insertos poco antes, i publica- 
dos por la primera vez, que me inspira poca confian- 
za lo que ella asevera. 

Sin embargo, es indudable que Carvallo quedó 
algún tiempo en la corte, ocupado en dar a su obra 
la última mano. 

El manuscrito lleva en la portada la fecha de 
1796. 

Llama la atención el orijen que el autor asigna 
en el prólogo a la composición de su libro. 

Principia por asentar que se trasmitían al rei i a 
sus ministros los informes mas inexactos acerca de 
las cosas de nuestro país. 

I luego se espresa como sigue: 

«Estos defectos estimularon al gobierno superior 
de Chile para apurar la verdad. Concibió sería 
medio mui seguro que el comandante jeneral de su 
frontera don Ambrosio O'Higgins de Vallenar for- 
mara una descripción individual de todo el territorio 
ocupado por los indios con distinción de cada nación, 
sus circunstancias territoriales, jenios i propensio- 
nes, método de vida, modo de manejarse en tiempo 
de paz i de guerra, armas i su manejo, ardides i ope- 
raciones de ellas; i se le ordenó. Se permitía subro- 
gar la comisión en persona de su satisfacción. Erró- 
neamente persuadido de mi idoneidad, la sostituyó 



— 30 — 

en mí. Confesé mi insuficiencia para encargo de 
tanta gravedad. Hice presente la distancia que me- 
dia entre las tareas literarias i la ciencia militar que 
profeso, i debe llevar la mejor parte de mis cuida- 
dos. Puse a la vista no estar ya en tiempo de ad- 
quirir el estilo moderno, indispensable para escribir 
a gusto de todos. Rehusé, en fin, verbis et armis, la 
comisi'ón. Se manifestó resentido por mi renuncia. 
Repitió su insinuación con instancia. Me argüyó 
con la distinción que siempre le merecí en su esti- 
mación i aprecio. No tuve constancia para negarme. 
Me pareció grosera terquedad no condescender a su 
reiterada solicitud. Me ofrecí a complacerlo i sacar- 
jo del enfadoso cuidado en que lo había puesto la 
superioridad. Para decirlo de una vez, en obsequio 
suyo me sacrifiqué a la crítica, i me constituí en 
objeto de sus desapiadados tiros. Mucho pueden la 
gratitud, el respeto i la obediencia. 

«Admitido el encargo, puse sobre mi mesa todos 
los escritores de Chile, impresos i manuscritos. Hice 
acopio de muchos papeles sueltos de antigüedades 
de aquel reino. Recorrí prolijamente los archivos de 
las ciudades de la Concepción i Santiago, que nos 
dan con puntualidad los verdaderos hechos de su 
fundación i conquista. Leí con atención las reales 
cédulas dirijidas.al establecimiento de su buen go- 
bierno. No me dispensé en ningún trabajo, ni me 
perdonó a gasto alguno, aún mas allá de lo que pue- 
den llevar las escasas fucultades de un militar. Pro- 
curé, en fin> esclarecer la verdad confundida en el 



-131- 

trascurso de los siglos, i medio oscurecida con dis- 
cordes relaciones; i me puse a escribir». 

No es completamente imposible que Carvallo 
emprendiera la composición de su obra por el encar- 
go i las instancias de don Ambrosio O'Higgins. 

Sin embargo, esto no es lo que aparece de los do- 
cumentos que be dado a conocer. 

Don Juan Arias pretende que la principal causa 
de la mala voluntad que el presidente O'Higgins 
manifestó a don Vicente Carvallo fue el baber vis- 
to que éste no bablaba de él en su libro tan favora- 
blemente, como aquel encumbrado magnate lo ha- 
bría deseado. 

Ello pudo ser también cierto; pero de todos 
modos parece indudable que Carvallo había dado 
motivos independientes de sus juicios históricos 
para hacerse blanco de la severidad de O'Higgins. 
Aún cuando fuera efectiva la aseveración de 
Arias, no podríamos conocer la forma que tenía el 
manuscrito de Carvallo cuando lo leyó el presidente 
O'Higgins; pero lo que consta es que la forma ac- 
tual es sumamente hostil a aquel alto funcionario. 
Nada mas natural que esto último, puesto que 
Carvallo sacó en limpio su obra el año de 1796, 
cuando ya habian ocurrido todas sus desaveniencias 
con el presidente de Chile. 

La Relación Histórico- Jeográfica del Reino de 
Chile (título de la obra de Carvallo) termina el año 
de 1788 con el segundo gobierno interino del rejen- 
te don Tomás Álvarez de Acevedo. 



_ 32 — 

Sin embargo, como don Ambrosio O'Higgins 
había desempeñado un papel importante en los 
períodos anteriores, el cronista tiene ocasión de es- 
presar sus juicios acerca ele este personaje, que se 
había mostrado por lo menos poco induljente para 
con él. 

Entre otros varios, voi a presentar dos ejemplos 
de la manera como Carvallo aprecia a don Ambro- 
sio O'Higgins. 

El primero de esos ejemplos está sacado de la 
parte 1. a , libro 5, capítulo 10. 

«Las continuas irrupciones de los pehuenches 
pedían la fortificación de los boquetes o puertos de 
los Andes que conducen a la isla de la Laja; i el 
maestre de campo determinó se hiciese. Para esto, 
acordaron levantar un reducto en el de Antuco so- 
bre el confluente de los ríos Tubunleu i Laja; i por- 
que en aquellos remotos países, están persuadidos 
de que los estranjeros son insignes matemáticos i 
excelentes injenieros, el 28 de diciembre de 1769, 
día de los Inocentes, confiaron este encargo a don 
Ambrosio O'Higgins de Vallenar, vasallo del i - ei de 
Inglaterra, que por haber tenido la desgracia de 
quebrar en cantidad de pesos en efectos comerciales 
con que le habilitó el comercio de Cádiz para que, 
puesto en una lonja de la ciudad de Lima, en el 
Perú, los vendiese, se dedicó a servir de aventurero 
el 26 del espresado diciembre!» 

El segundo de los ejemplos está sacado de la mis- 
ma parte 1. a , libro 6, capítulo 7. 



— 33 — 

«Don Ambrosio O'Higgins comenzó a usar de 
las facultades de comandante jeneral de la frontera 
con la consulta de los empleos vacantes de su cuer- 
po (la caballería); i propuso para capitanes a los te- 
nientes don Juan Cotera, i don Francisco Bello, i 
para subteniente de su compañía al cadete don Pe- 
dro de Alcázar i Zapata, que falleció en el tiempo 
que tardó en volver de la corte la resulta de la pro- 
puesta, que no fue menester repetirla, porque don 
Ambrosio llamó al soldado distinguido don Andrés 
de Alcázar i Zapata, hermano del finado don Pedro; 
i dándole el real despacho librado a favor de su her- 
mano, le dijo: — tome Usted ese despacho, le hago 
alférez, i en adelante, nómbrese Usted don Pedro 
Andrés. — Esta adición del nombre de Pedro no 
pudo tener efecto, porque era demasiado público 
este negocio; mas no hubo resultado alguno, i no se 
hizo novedad en ello por la oficialidad de aquel 
cuerpo». 

Estos dos ejemplos no son los únicos. 

En la obra de Carvallo, están consignados califi- 
cativos todavía mas denigrantes, i acusaciones mas 
graves. 

Se ve que las imputaciones eran recíprocas. 

Don Vicente Carvallo no logró que su historia 
fuera dada a la estampa. 

El gobierno español hizo mal en ello, porque es- 
ta obra, aunque mui distante de ser bien escrita, i 
de ser bien fidedigna, especialmente en la relación 
de los sucesos de la conquista, contiene abundancia 

5 



~ 34 — 

de datos curiosos e importantes, de que puede sa- 
carse un buen provecho. 

Puede decirse que algunos de los tomos de la 
Historia Física i Política de Chile de don Claudio 
Gay son un simple trasunto de algunos de los libros 
de la obra de Carvallo. 

Habiéndose ordenado que nuestro cronista vinie- 
ra a Buenos Aires a tomar el mando de su compa- 
ñía, trajo consigo su manuscrito, el cual había de 
imprimirse solo cincuenta i tantos años después de 
su fallecimiento. 

Durante los primeros años del siglo, prestó un 
servicio militar activo en aquel virreinato. 

Cuando el 25 de mayo de 1810 se instaló en 
Buenos Aires la junta gubernativa, Carvallo abra- 
zó con entusiamo la causa de la revolución. 

En recompensa do su adhesión, el gobierno na- 
cional le ascendió a teniente coronel. 

Aunque una enfermedad del hígado quebrantó 
mucho sus fuerzas, continuó desempeñando su deber 
lo mejor que podía. 

No siendo ya útil para otro cargo, fue nombrado 
comandante del cuerpo de inválidos. 

En abril de 1816, su dolencia se agravó sobre 
manera. 

Como sus recursos fuesen mui escasos, determinó 
irse a curar al hospital. 

La enfermedad presentaba síntomas mui alar- 
mantes. 



Don. Vicente Carvallo quiso hacer su testa- 
mento. 

Mencionó en él quiénes habian sido su mujer, 
sus hijos i sus nueras; declaró que su único heredero 
era su yerno el capitán de granaderos a caballo don 
Juan Arias; i suplicó por amor de Dios a sus acree- 
dores que le perdonasen sus deudas. 

Don Vicente Carvallo falleció el 12 de mayo de 
1816. 

El gobierno arjentino costeó su entierro. 

Habiendo llegado algún tiempo después a Bue- 
nos Aires el capitán Arias, se presentó al mayor de 
plaza para obtener noticia de los últimos días de 
Carvallo, i recojer su mezquina herencia. 

Se entabló entre aquellos dos individuos el si- 
guiente diálogo, según lo que Arias refiere. 

— Amigo, su suegro murió. 

— Ya sabía esta desgracia. 

— Declaró que Usted era su único heredero. 

— He leído el testamento. Desearía que Usía se 
sirviera ordenar que me entregasen los pobres ob- 
jetos de su propiedad. 

— Esos objetos se reducían a la ropa de su uso, 
i a unas cucharas de plata. 

— ¿Dónele podré tomarlas? 

— Amigo, como Usted no estuviera aquí, hice 
dar la ropa a algunos emigrados chilenos que esta- 
ban en la miseria. 

—Pero ¿las cucharas? 



— 36 — 

— Las vendí para emplear su precio en mandar 
decir misas por el descanso eterno de Carvallo. 

— Mas que la ropa i las cucharas, me interesa el 
manuscrito de una historia de Chile que mi suegro 
había compuesto. Sírvase Usía darme a conocer el 
paradero de este legajo de papeles. 

— Lo vendí en doscientos pesos a cuenta de mi- 
sas para el difunto Carvallo. 

Cuando esto oyó, el capitán Arias volvió con 
marcado enojo las espaldas al mayor de plaza. 

La Biblioteca de Buenos Aires adquirió el ma- 
nuscrito de Carvallo. 

Don Claudio Gay hizo traer la copia de esta obra 
que existe en la Biblioteca Nacional de Santiago, 
i que ahora va darse a luz. 



BON GARCÍA HDBTADO BE MEHDOZA 

i 
DON ALONSO DE ERCILLA I ZÚÑIGA 



El año de 1558, se encontraban en Chile dus 
jóvenes españoles, que no contaban todavía el uno 
veinte i tres años, i el otro veinte i cinco. 

Los dos, aunque por distintos títulos, debian ser 
insignes, tanto entre sus contemporáneos, como en 
la posteridad. 

Se llamaban el uno don García Hurtado de Men- 
doza, i el otro don Alonso de Ercilla i Zúñiga. 

Los dos eran mui esclarecidos por la antigua 
nobleza del linaje. 

La familia de Hurtado de Mendoza tenía por 
tronco auno de los compañeros de don Pelayo, en- 
tre el cual i el joven don García podian contarse 
veinte i siete jeneraciones, sin que una sola fuese 
desconocida. 

La prosapia de Ercilla era también mui ilustre. 

Los anchos muros del solar de Ercilla, seoún él 
mismo lo asevera, habían sido fundados junto al 
puerto de Bermeo, antes que la villa de este nombre, 
cabeza del señorío de Vizcaya. 

Por raro acaso, la situación que en aquel entón- 
eos ocupaba don García Hurtado de Mendoza, era 
comparativamente tan superior a la de Ercilla, 



— 40 — 

como, corriendo el tiempo, la reputación del segun- 
do había de aventajar a la del primero. 

A pesar de sus cortos años, don García Hurtado 
de Mendoza, «el venturoso en hazañas,» según el 
calificativo que le aplica un literato moderno espa- 
ñol, se había señalado ya en la guerra, habiendo 
asistido a las tomas de San Florencio, San Bonifa- 
cio i la Bastida durante una reciente campaña en 
Córcega, i a la derrota de Pedro Strozzi, junto a 
Sena. 

Para acrecentamiento de su naciente fama, esta- 
ba desplegando como gobernador de Chile un valor 
i una prudencia singulares a fin de domar la rebelión 
del soberbio Arauco. 

Hacia la época a que me voi refiriendo, se aproxi- 
maba ya a poner feliz remate a esta empresa, que 
los reveses de sus antecesores i sucesores habian 
de presentar como altamente dificultosa. 

Don Alonso de Ercilla i Zúñiga, simple soldado 
aventurero, aunque lleno de bríos i ansioso de 
gloria, se encontraba en condición harto mas mo- 
desta, habiéndose mostrado con él la fortuna menos 
risueña i pródiga de sus favores. 

Sin embargo, aquel joven militar llevaba en su 
mochila un legajo de papeles i de cueros, que había 
de inmortalizarle, haciendo que su nombradía eclip- 
sara la de su entonces tan acatado jefe don García 
Hurtado de Mendoza. 

Don Alonso era poeta, i sobresaliento poeta. 

En medio de las vicisitudes i fatigas de la guerra, 



— 41 — 

entre combate i combate, en los descansos que se- 
guian a las marchas, en los ocios forzados -de las 
guarniciones, consignaba en castizas i elegantes 
octavas lo que estaba sucediendo en el país, i lo 
que él mismo ejecutaba. 

Habie'ndole faltado mas de una vez el papel 
conveniente para escribir, lo había suplido con el 
primer material adecuado al objeto que se le había 
venido a las manos, con pedazos de cuero o de car- 
tas, algunos tan pequeños, que apenas cabian en 
ellos seis versos. 

¡En tan pobres pañales, se envolvió la mas nota- 
ble composición épica de la literatura española! 

Probablemente, Ercilla, por profundo que sea 
siempre el afecto de un padre a sus hijos, i de un 
poeta a sus producciones, estaba mui distante de 
presumir entonces que aquellas octavas conservadas 
en fragmentos de papel o de pergamino habían de 
procurarle, ya que no la riqueza de que había me- 
nester, la inmarcesible gloria que ambicionaba. 

Habiéndose recibido a entrada del verano de 
1558 la noticia del advenimiento de Felipe II al 
trono, el gobernador don García Hurtado de Men- 
doza, que se hallaba en la Imperial, ordenó que se 
celebrara, con juegos de sortija, de cañas i de 'esta- 
fermo, la proclamación del nuevo soberano. 

El mismo don García salió a la fiesta, acompaña- 
do de varios caballeros, entre los cuales se distin- 
guían don Alonso de Ercilla i Zúftiga i don Juan 
de Pineda, 



— 42 — 

Los dos últimos, por cierta cuestión de etiqueta, 
echaron manos a las espadas, i se acometieron furio- 
sos, sin consideración a la presencia del gobernador. 

Hurtado de Mendoza, que era mui altivo i arre- 
batado, los hizo prender, mandando que sin tardan- 
za les cortasen las cabezas. 

Sin embargo, algunas personas, que interpusieron 
sus ruegos e influencias, lograron que el rigoroso 
don García conmutara en otra la pena de muerte 
impuesta sin bastante fundamento a los dos jóvenes 
conquistadores. 

Ercilla, que era poco aficionado a hablar de sí 
mismo, ha aludido en su poema a este desagradable 
incidente, aunque sin la especificación que habría 
sido de desear. 

Declara que su delito 

, . . .fue solo poner mano a la espada., 
nunca sin gran razón desenvainada. 

Lo califica irónicamente de enorme, i agrega que 
fue exajerado. 

Censura la precipitación del gobernador, a quien 
llama mozo capitán acelerado, diciendo que fue 
tanta, 

qne estuvo en el tapete, ya entregada 
al agudo cuchillo la garganta. 

No vacila en reprobar por injusta la sentencia 
de muerte pronunciada contra él por don García 



\ 



— 43 — 

Hurtado de Mendoza, i por impertinente la prisión 
en que esa sentencia fue conmutada. 

Un cronista contemporáneo, el capitán Alonso 
de Góngora Marrnolejo, ha narrado con detalles 
esta aventura del insigne poeta. 

Voi a esponer como ocurrió el suceso, si nos es- 
tamos al testimonio de aquel antiguo escritor. 

Don García Hurtado de Mendoza quiso tomar 
parte, disfrazado i cubierto el rostro con una más- 
cara, en los juegos de sortija de que antes he ha- 
blado. 

Al efecto salió de su casa, acompañado de varios 
caballeros principales. 

Los mas de ellos marchaban delante del gober- 
nador. 

Junto a él iban don Alonso de Ercilla i Zuñida 
i Pedro de Olmos de Aguilera. 

Un caballero llamado don Juan de Pineda, que 
venía detrás, intentó abrirse paso por entre Erci- 
lla i Olmos de Aguilera. 

Ercilla, que advirtió tal propósito, trató de im- 
pedírselo, acometiéndole espada en mano. 

Pineda correspondió ataque por ataque. 

Considerando esta contienda como un desacato 
a su persona, el iracundo don García tomó una 
maza que llevaba colgada del arzón de la silla, i 
dio con ella a don Alonso dos tremendos golpes en 
un hombro. 

Tan luego como los dos agresores percibieron la 



furia del gobernador corrieron a refujiarse en una 
iglesia. 

Pero el implacable don García mandó que los 
prendiesen sin respetar la inmunidad del lugar sa- 
grado, i que al punto les cortasen las cabezas al pie 
de la horca. 

Encargó la ejecución de estas órdenes a don 
Luís de Toledo; i a fin de evitar las solicitudes de 
perdón, fue a encerrarse en su casa, prohibiendo, 
que se dejara entrar a persona alguna. 

Mientras tanto, los reos fueron estraídos de la 
iglesia, i llevados al pie de la horca. 

Se estendió un tapete o repostero donde los dos 
caballeros condenados pudiesen ponerse de rodillas 
para recibir la cuchillada. 

Se arrimó a la horca una escala para que, apenas 
cortadas las cabezas, fuesen colocadas en lo alto. 

El suplicio iba ya a consumarse, cuando llegó la 
conmutación de la pena^ arrancada a Hurtado de 
Mendoza. 

Muchas damas de la Imperial, no conformándose 
con que fuesen ajusticiados por semejante motivo 
dos jóvenes tan gallardos como Ercilla i Pineda, 
habian asaltado por una ventana la casa del gober- 
nador; i a fuerza de ruegos, habian obtenido que 
suspendiese la pena de muerte, reemplazándola por 
otra menos severa. 

Como puede notarse, la precedente relación 
guarda completa conformidad con las alusiones de 
Eroilla, 



— 45 — 

Así todo persuade que está ajustada a la verdad. 

En el juicio de residencia sustanciado para ave- 
riguar la conducta observada por don García Hur- 
tado de Mendoza en el gobierno de Chile, se habla 
igualmente del desagradable suceso en términos 
que debieron mortificar profundamente el amor 
propio del atolondrado e imperioso personaje. 
Veamos las palabras testuales de la información: 
«ítem, se le hace cargo al dicho don García que 
se gobernaba e se gobernó por una doncella, que es 
la que, por la pesquisa secreta, consta de su nom- 
bre; i se daban papirotes en las narices el uno al 

otro, jugando a estando en una ventana que los 

que pasaban los veian; e permitía e permitió que 
entrase dicha doncella de noche por una ventana; 
i estando encerrado en su casa, i habiendo mandado 
hacer justicia de don Alonso de Arcila (Ercilla) i 
don Juan de Pineda, por intercesión de la dicha 
doncella, i otra mujer que fue con ella, lo dejó de 
hacer; i se estuvo jugando con ellas casi toda la 
noche, estando los dichos caballeros confesándose 
para hacer justicia de ellos; i decía, dijo i escribió 
de su letra una carta que valía mas gobernarse por 

una india, que por una p soberbia». 

Es probable que, chapodando follaje i flores, el 
hecho acaeció como se estampa en la información. 
Vuelto Ercilla a España, mas o menos tan po- 
bre como había venido a América, dio a la estam- 
pa las tres partea de que consta su conocido poema 



— 46 — 

la A raucana, a largos intervalos una de otra, en 
1569, 1578 i 1589. 

Las únicas palabras desfavorables que el poeta 
estampó en su obra contra Hurtado de Mendoza 
fueron los calificativos de injusto i de acelerado 
que le aplicó al aludir al suceso de la Imperial. 

Por lo demás, refirió todos los hechos ejecutados 
en Chile bajo la dirección de don García sin tratar 
de menoscabarlos ni adulterarlos; pero al propio 
tiempo, sin colmar de elojiosal joven gobernador i 
sin ostentar entusiasmo a su persona. 

Preciso es confesar que son mui pocos los pasa- 
jes de la Araucana personalmente alabanciosos 
para don García. 

Solo recuerdo dos de esta clase. 

El primero se encuentra consignado en el dis- 
curso que Ercilla pone en boca de los que habian 
ido de Chile al Perú para solicitar del virrei, padre 
de don García, auxilios que los salvaran de la aflic- 
tiva situación en que los compañeros del difunto 
Pedro de Valdivia se hallaban colocados a conse- 
cuencia de los sucesos que siguieron a la muerte 
de su caudillo. 

A tu hijo, oh marqués, te demandamos, 
en quien tanta virtud i gracia cabe, 
porque con su persona confiamos 
que nuestra desventura i mal se acabe. 
De feus partes, señor, nos contentamos, 
pues que por natural cosa se sabe 



— 47 — 

(i aún acá en el común es habla vieja), 
que nunca del león nació la oveja. 

I pues hai tanta falta de guerreros, 
haciendo esta jornada don García, 
se moverá el común i caballeros, 
alegres de llevar tan buena guía; 
i lo que no podrán muchos dineros, 
podrá el amor i buena compañía, 
o la vergüenza i miedo de enojarte, 
o su propio interés en agradarte. 

Canto 13 

El segundo puede leerse en !a descripción de la 
batalla de Millarapue. 

Don García de Mendoza no paraba, 
antes como animoso i dilijente, 
unas veces airado peleaba, 
otras iba esforzando allí la jente. 

Canto 15 

La Araucana tuvo entre las personas ilustradas 
de España la acojida mas benévola i aún entu- 
siasta. 

Las varias ediciones que se hicieron de este poe- 
ma manifiestan que fue sumamente popular. 

Don García Hurtado de Mendoza, que había 
vuelto a España allá por el año de 1561, i que había 
regresado a América con el cargo de virrei del Pe- 
rú en 1588, esperime'ntó la más viva desazón al no 



— T 48 — 

verse encomiado en la Araucana tanto como creía 
merecerlo. 

La parsimonia del poeta para elojiarle le produjo 
el mayor de los sinsabores. 

Si Ercilla había querido vengarse del agravio 
que había recibido en la Imperial, consiguió plena- 
mente su objeto. 

Don García i sus deudos tomaron el mas fuerte 
empeño en remediar el menoscabo que el silencio 
de la Araucana había causado al lustre de la fami- 
lia, a lo que ellos entendían. 

El primero que manejó la pluma para ensalzar 
las hazañas de don García Hurtado de Mendoza, a 
fin de llenar el vacío que los amigos de este caudi- 
llo censuraban en la obra de Ercilla, fue un poeta 
criollo, natural de Chile, llamado Pedro de Oña. 

El poema que con tal propósito escribió, lleva 
por título Arauco Domado. 

Si este libro tiene la particularidad de haber 
sido producción del primer literato nacido en Chile, 
agrega a ella la de haber sido publicado en 1596 
por el primer impresor de los reinos del Perú, 
Antonio Ricardo de Turín. 

Oña dedicó su poema a don Juan Andrés Hur- 
tado de Mendoza, hijo de don García. 

«Há días, dice en la dedicatoria, que lo tengo 
trabajado, i aún impreso, dilatando en sacarlo en 
público hasta que el marques (don García) se fuese, 
como ya, por daño nuestro, se va de estos reinos, 
porque el publicar sus loores en -presencia suya no 



— 49 — 

enjendrase, a lo menos en dañados pechos, i de poca 
consideración, algún jénero de sospechas, cosa de 
que tan ajena está la limpieza de la verdad que en 
todo este discurso trato». 

Sia embargo, hai testimonio fehaciente de que 
el virrei don García Hurtado de Mendoza tuvo 
noticia detallada del poema que el chileno Oña, 
había escrito en su alabanza, pues fue él mismo 
quien con fecha 11 de Enero de 1596, dio licencia 
para imprimirlo i venderlo por el término de diez 
años. 

Oña, dirijiéndose a don García en el exordio de 
su poema, enumera, entre las principales razones 
que le han movido a componer su obra, la de en- 
mendar el silencio deliberado de Ercilla, a quien 
trata de autor apasionado, que por satisfacer su 
rencor, no ha reparado que deslustraba su historia, 
contribuyendo a que fuese tenida quizá por no tan 
cierta. 

Si Ercilla había manifestado mui poca admira- 
ción a don García, en compensación, Oña agota 
para encomiarle el catálogo de las hipérboles. 

Basta, para comprobarlo, advertir que, según él, 
si hubieran conocido a don García, Calipso le ha- 
bría amado mas que a Ulises, i Dido mas que a 
Eneas. 

No retrocede siquiera hasta colocarle en el nú- 
mero de los santos llamándole San García. 

A pesar de todo, no oculta el entusiasmo que le 

inspiran Ercilla, a quien <]a el epíteto dp divino, i 

7 



— 50- 
la Araucana, a la cual califica de producción riquí- 
sima, que solo puede ser igualada por mano mas 
que humana. 

En dos o tres parajes del A rauco Domado, elo- 
jia a Ercilla, ya como soldado, ya como poeta. 

En una reseña que hace de los principales gue- 
rreros que seguían la bandera del gobernador Hur- 
tado de Mendoza, pinta a Ercilla 

Airoso, vistosísimo, galano, 
con plumas, martinetes, con airones, 
trencilla, banda, cintas i listones; 

I le llama 

Eterna i dulce voz del araucano, 
por cuya fértil pluma i fértil mano, 
castálico licor Apolo estila. 

Un concepto tan elevado del mérito de Ercilla 
en un poeta cortesano, que había sido estimulado, 
i quizá pagado por Hurtado de Mendoza, para su- 
plir los encomios omitidos en la Araucana, está 
haciendo ver cuánto era el crédito de que gozaba el 
autor de este poema, i cuánto debía lamentar un 
personaje tan ansioso de fama como don García su 
inconsulta sentencia de la Imperial. 

El pesar de lo que había sucedido en aquella 
malhadada fiesta, esperimentado por don García 
desde la aparición de la Araucana, fue acrecen- 
tándose a medida que se consolidaba i estendía la 
celebridad de Ercilla. 



— 51 — 

Vamos a ver que don García trasmitió este sen- 
timiento a sus descendientes, que hicieron cuanto 
les fue posible, no solo para enaltecer la memoria 
de su padre, sino también para esplicar i disculpar 
el acelerado procedimiento de la Imperial. 

El humilde poeta, sin cometer ninguna injusti- 
cia vituperable, únicamente con no hacer sonar 
mui fuerte en honor de quien le había ofendido las 
cuerdas de su lira, había tomado reparación del 
a° - ravio que le había inferido el altivo magnate. 

Mientras tanto, la reputación de Ercilla se au- 
mentaba de un modo mui notable. 

Su poema era aplaudido en los dos mundos. 

Cervantes había declarado por boca del cura en 
el escrutinio de la librería de don Quijote, que la 
Araucana, la Austríada, i el Monserrate «eran los 
mejores libros que en verso heroico en lengua cas- 
tellana estaban escritos, i podían competir con los 
mas ¡famosos de Italia, debiendo guardarse como 
las mas ricas prendas de poesía que tenía España». 

Andrés Escoto, erudito de nota, escribía que los 
que se proporcionaban la Araucana, la leian con 
asombro, i no podían dejarla de las manos. 

Primero, don García, i en seguida, sus deudos, 
cuando éste falleció, se esforzaron por desvanecer 
la mala impresión que podía producir en los ánimos 
lo que Ercilla refería de aquel antiguo jefe. 

Su empeño se redoblaba a proporción que se 
acrecentaba la popularidad del poeta. 

Pedro de Oña no habla del suceso de la Imperial; 



pero advierte que, para los pormenores de las cosas 
ocurridas en Chile que él no puede esponer con 
detención, se remite a una historia, (<,en jeneral 
verdadera,» que estaba escribiendo el capitán don 
Pedro Marino de Lovera, noble caballero de Ga- 
licia. 

Este conquistador era tan ejercitado en las armas, 
como lo asevera Oña; pero al propio tiempo mui 
poco diestro en las letras, a cuyo cultivo no había 
podido aplicarse. 

Así, habiendo entregado su manuscristo a don 
García Hurtado de Mendoza, ya entonces marqués 
de Cañete i virrei del Perú, este personaje encargó 
al padre jesuíta Bartolomé de Escobar que «redu- 
jera a nuevo método i estilo» la obra informe i de- 
saliñada de aquel veterano. 

El padre Escobar cumplió la comisión, dedican- 
do su trabajo al mismo don García por medio de 
una carta, en la cual hace muchas protestas de in- 
dependencia, pero cuya simple lectura manifiesta 
cuánto era el anhelo del reiijioso para agradar al 
encumbrado Mecenas a quien se dirijía. 

Este libro titulado Crónica del reino de Chile, 
que solo llega hasta el año de 1595, parece haber 
sido concluido de retocar por el padre Escobar 
antes de la aparición del Arauco Domado. 

El autor primitivo, capitán don Pedro Marino 
de Lovera, había fallecido en Lima a fines de 15D4. 

Sin embargo, la obra mencionada, aunque llena 
de noticias nmi interesantes, solo ha sido impresa 



— 5S — 

por primera vez en Santiago de Chile el año 
de 1865. 

La Crónica del reino de Chile contiene la versión 
que debían dar don García i sus deudos i amigos 
del malhadado lance ocurrido entre él i Ercilla. 

Aquel suceso debió de ser estimado al principio 
por el orgulloso marqués como uno de tantos inciden- 
tes mas o menos notables que acontecen en una 
campaña. 

Pero, andando el tiempo, Ercilla, de soldado os« 
curo, había pasado a ser poeta afamado. 

Don García esperimentó entonces la necesidad 
de sincerarse de su procedimiento inconsiderado 
contra un hombre llegado a ser tan ilustre; i como 
él, la esperimentaron todos los que le rodeaban, o 
se interesaban por su buen nombre. 

Era cargo serio el de haber estado a punto de 
arrebatar a España, sin suficiente fundamento, su 
mas distinguido poeta épico. 

Don García no omitió, pues, el dar del suceso 
de la Imperial una esplicación que le fuese favo- 
rable. 

La relación a que me refiero, es indudablemente 
la que se encuentra en la Crónica del reino de Chi- 
le, obra escrita i arreglada bajo la inspiración del 
marqués de Cañete. 

Ella difiere en puntos sustanciales de los datos 
suministrados por Ercilla mismo, i de los pormeno- 
res, no discordes con las alusiones de la Araucana, 



— 54 — 

trasmitidos por el autor contemporáneo capitán 
don Alonso de Góngora Marmolejo. 

Marino de Lovera, o si se quiere, el padre Bar- 
tolomé de Escobar, refiere que, cuando Ercilla i Pi- 
neda se arremetieron espada en mano, los demás 
caballeros de a pie i de a caballo, allí presentes, 
desenvainaron las suyas para poner paz entre los 
agresores, sin que el gobernador Hurtado de Men- 
doza hubiera notado cuál había sido el orijen de la 
contienda. . 

I luego añade esta reflexión harto significativa: 

«I como ha sido cosa tan frecuente en estos rei- 
nos haber algunos motines, buscando siempre los 
traidores semejantes coyunturas para descubrirse, 
alborotóse don García al ver sobre sí tantas espadas, 
recelándose no fuese alguna traición de las que en 
estos lances se han esperimentado en las Indias». 

Ercilla i Góngora Marmolejo, como se recordará, 
dicen espresamente que don García fue quien pro- 
nunció la sentencia de muerte contra los dos jóve 
nes contendores. 

Marino de Lovera hace pesar toda la responsa- 
bilidad del fallo sobre el coronel don Luís de Toledo. 

Hé aquí sus palabras: 

«Mas como don García vio que era don Alonso 
de Ercilla el primero que había puesto mano a la 
espada, fajó luego con él; i dándole en las espaldas 
un furioso golpe con una maza de armas que tenía 
en la mano, le postró del caballo abajo, i mandó al 
capitán de la guardia le llevase preso a buen re 



— 55 — 

caudo. Por otra parte, acudió el coronel don Luís de 
Toledo a echar mano de clon Juan de Pineda, el 
cual se retiró a la iglesia, i se metió en ella con el 
caballo en que iba, aunque le valió poco el no ha- 
berse apeado fuera de ella, porque el coronel le 
sacó por fuerza, llevándole a la plaza a ver lo que 
mandaba el gobernador hacer de su persona. Pero, 
como don García estuviese ya en su casa, le pareció 
al coronel que sería justo hacer el debido castigo de 
los dos caballeros, cortándoles las cabezas, así por el 
desacato que tuvieron ante el gobernador, como por 
la presunción i sospecha que él tuvo de que, siendo 
los dos tan amigos, no debía ser la pendencia con 
ánimo de ofenderse, sino alguna maraña i ardid con- 
certado entre ellos para matar a don García». 

Ercilla aplica a Hurtado de Mendoza el epíteto 
de mozo capitán acelerado; pero el cronista a quien 
estoi comentando, procura demostrar que su héroe 
manifestó en aquella ocasión la mayor circunspec- 
ción i serenidad. 

Según él, apenas llegó al conocimiento de don 
García, que Ercilla i Pineda estaban para ser ajus- 
ticiados, mandó a toda prisa suspender la ejecución 
para resolver en el asunto con mas despacio, i pre- 
via la correspondiente información. 

El capitán Lovera, o el padre Escobar, hace 
aquí, para recomendar esta orden de don García, 
la reflexión de que, «aunque una sentencia sea mui 
buena, será mui mal fulminada si se pronuncia pre- 
cipitadamente donde puede teríer lugar la cólera, 



— 56 — 

que con la pasión ciega al entendimiento; de suerte 
que es circunstancia necesaria para que sea loable, 
el mirarse con reportación i acuerdo, mayormente 
cuando el juez averigua causas que tocan a su 
persona». 

Convencido don García, por las indagaciones 
que practicó, de que los dos reos eran culpables, 
no de traición o algo parecido, sino solo de un re- 
pentino arrebatamiento, los envió a su padre, que 
era virrei del Perú, para que resolviese lo conve- 
niente. 

El autor de la Crónica, del reino de Chile con- 
cluye su relación, procurando echar sobre el cantor 
de la Araucana la nota de ingratitud. 

«A_unqu8 el virrei dio a don Alonso de Ercilla, 
dice, provisión para ser uno de los lanzas con mil 
pesos ensayados de sueldo, i le hizo otras merce- 
des, con todo eso le quedó mui arraigada en el 
coraz m la memoria del aprieto en que se vio en 
este día; i el golpe que le dio don García le estaba 
siempre dando golpes en él, de suerte que nunca 
mostró gusto a sus cosas, como se ve por esperien- 
cia en el libro que escribió en octava rima titulado: 
La Araucana, donde pasa tan de corrido por las 
hazañas de don García, que apenas se repara en 
en alguna de ellas, con haber sido todas de las mas 
memorables i dignas de larga historia que han he- 
cho famosos capitanes de nuestro siglo». 

Mientras tanto, Ercilla vivía en la corte de Es- 



— 57 — 

paña, pobre i desatendido, sin recibir la recompensa 
debida a sus servicios i a su elevado talento. 

Se supone que sus desavenencias con la poderosa 
familia de los Hurtados de Mendoza no fueron es- 
trañas a la triste situación de que jamás pudo salir. 

En fin, murió allá por el año de 1596, escaso de 
recursos pecuniarios, pero opulento de gloria. 

No dejaba en pos de sí ni deudos influentes inte- 
resados en defender su memoria, ni individuos fa- 
vorecidos a quienes el agradecimiento impulsase 
a ensalzarle. 

Su único amparo era el poema que había firmado 
con su nombre, i que talvez había sido la causa de 
que no obtuviera en vida el premio merecido. 

Pero el prestijio de ese poema pudo mas que 
toda la riqueza i todo el valimento de una de las 
mas prepotentes familias de España, 

Precisamente en 1597, al año siguiente de su 
muerte, salió a luz una pretendida continuación de 
la Araucana, escrita por don Diego de Santiste- 
van i Osorio, poeta mui mediocre. 

El autor de esta obra se ha complacido en hacer 
figurar juntos al ilustre marqués don García Hur- 
tado de Mendoza, que recientemente había regre- 
sado del virreinato del Perú, i al insigne poeta 
don Alonso de Ercilla i Zúñiga, a quien ya cubría 
la tierra. 

El laborioso norte-americano Ticknor parece 
creer que el argumento del poema de Santistevan 

8 



— 58 — ' 

i Osorio es tan histórico, como el del poema de 
Ercilla. 

Los eruditos españoles Gayangos i Vedia no 
han rectificado esta inexactitud, como lo han he- 
cho con otras de aquel sabio autor. 

Hai todavía sobre este punto algo mas parti- 
cular. 

El conocido historiador chileno don Juan Igna- 
cio Molina ha dedicado un capítulo de su obra a 
la ficción de Santistevan i Osorio, como si hubiese 
sido una realidad. 

Sin embargo, puedo asegurar que el argumento 
de la continuación de la Araucana, o sea de las 
partes cuarta i quinta, es fabuloso desde el princi- 
pio hasta el fin. 

Por esto mismo, es mui significativa la presenta- 
ción de Ercilla en la obra de Santistevan i Osorio. 

No habría sido estraño que se hubieran escrito 
los hechos en que efectivamente hubiera interveni- 
do; pero su exhibición en sucesos de fantasía mani- 
fiesta cuál era la alta celebridad que había alcan- 
zado. 

A la verdad, don García Hurtado de Mendoza 
participaba, todavía vivo, del honor de ser canta- 
do como personaje épico, que se concedía a Ercilla 
ya muerto, aunque recientemente; pero, para apre- 
ciar la diferencia que había entre lo uno i lo otro, 
conviene tenerse presente que el primero era uno 
de esos encumbrados grandes de España á quienes 



— 59 — 

se acostumbraba prodigar todo jénero de lisonjas, 
mientras el segundo había sido solo un poeta. 

Don García Hurtado de Mendoza falleció el 15 
de octubre de 1609. 

La muerte del adalid conquistador i la del can- 
tor épico no pusieron término fi la especie de con- 
troversia trabada entre los dos. 

Don Juan Andrés Hurtado de Mendoza, hijo 
de don García, quinto marqués de Cañete, deseoso 
de honrar la memoria de su padre, hizo que don 
Cristóbal Suárez de Figueroa, escritor distinguido 
en prosa i verso, publicase en 1613 una alabancio- 
sa biografía de su padre el conquistador de Chile 
con el título de Hechos de don García Hurtado 
de Mendoza. 

Este autor, adoptando en parte la versión de la 
Crónica del reino de Chile, atribuye la severidad 
de don García en el suceso de la Imperial a la idea 
que concibió en el primer momento de que el albo- 
roto había sido una maquinación preparada. 

Después de referir el altercado entre Ercilla i 
Pineda, se espresa como sigue: 

«Desenvaináronse en un instante infinitas espa- 
das de los de a pie, que, sin saber la parte que ha- 
bían de seguir, se confundían unos con otros, cre- 
ciendo el alboroto con estremo. Esparcióse voz que 
había sido deshecha para causar motín, i que ya los 
dos finjidos émulos le tenian meditado, por haber 
precedido algunas ocasiones, aunque lijeras». 



_ 60 — 

Suárez de Figueroa, a diferencia de la Crónica 
del reino de Chile, confiesa que clon García, i no el 
coronel don Luís de Toledo, condenó a Ercilla i 
a Pineda, «para infundir terror entre los demás, a 
degollar, sabiendo ser cualquiera severidad eficací- 
sima para asegurar la milicia». 

El panejirista se ve, sin embargo, obligado a 
convenir en que habiéndose levantado la corres- 
pondiente información, resultó «que había sido 
caso imprevisto». 

Pero como su antecesor, se esfuerza por hacer 
pasar a Ercilla por ingrato. 

«El conveniente rigor con que don Alonso fue 
tratado, causó el silencio con que procuró sepultar 
las ínclitas hazañas de don García. Escribió en ver- 
so las guerras de Arauco, introduciendo siempre en 
ellas un cuerpo sin cabeza, esto es, un ejército sin 
memoria de jeneral. Ingrato a muchos favores que 
había recibido de su mano, le dejó en borrón, sin 
pintarle con los vivos colores que era justo, como si 
se pudiera ocultar en el mundo el valor, virtud, 
providencia, autoridad i buena dicha de aquel caba- 
llero, que acompañó siempre los dichos con los he- 
chos, siendo en él admirables unos i otros. Tanto 
pudo la pasión, que quedó casi como apócrifa en la 
opinión de las jentes la historia que llegara a lo sumo 
de verdadera, escribiéndose como se debía. Fue en 
boca de todos inculpable, apacible i humano suma- 
mente el sujeto de quien escribió; i así pensó en vano 



— 61 — 

deslustrar sus resplandores quien de propósito calló 
sus alabanzas». 

Don Juan Andrés Hurtado de Mendoza no se 
contentó con el libro de don Cristóbal Suárez de 
Figueroa, pues se esforzó también por que el teatro 
se empleara en la defensa del marqués su padre. 

A instancias suyas, don Luís de Belmonte Ber- 
mádez, en unión de otros ocho poetas, uno de los 
cuales era el mejicano don Juan Ruíz de Alarcón, 
compuso la comedia titulada: Algunas Hazañas de 
las muchas de don García Hurtado de Mendoza, 
marqués de Cañete, que dedicó al mencionado don 
Juan Andrés. 

Esta pieza, según don Luís Fernández Guerra i 
Orbe en su reciente libro sobre don Juan Ruíz de 
Alarcón i Mendoza, «se representó con estraordi- 
nario aparato, riqueza de trajes i admirables pers- 
pectivas el año de 1G22, i se imprimió lujosamente, 
aderezándola con dedicatoria i prólogo al lector, i 
con los nombres de los poetas i espresión de la 
parte de trabajo que a cada cual había correspon- 
dido». 

En la comedia de Belmonte i compañía, no apa. 
rece Ercilla; pero, habiendo algunos años después 
el fénix de los injenios Lope de Vega escrito otra 
sobre idéntico asunto, la cual denominó Arauco 
Domado, hace ejecutar en ella un papel mui deslu- 
cido a nuestro don Alonso, probablemente por re- 
probada adulación a don Juan Andrés Hurtado 
de Mendoza, bajo cuyo patrocinio la puso. 



— 62 — 

Don Antonio de León Pinelo, en el Epítome de 
la Biblioteca Oriental i Occidental, menciona toda- 
vía otra comedia manuscrita de Lope de Vega, 
relativa a esta misma controversia, si se ha de juz- 
gar por el título: El marqués de Cañete en Arauco. 

Además se dieron a luz otras dos piezas sobre el 
mismo tema: la una de Gaspar de Ávila en 1664, 
El Gobernador Prudente; i la otra de Francisco 
González de Bustos en 1665: Los Españoles en 
Chile. 

Mientras tanto, salía en Lima el año de 1657 
una obra bajo el título de Crónica de la provincia 
peruana del orden de los hermitaños de San Agus- 
tín, por frai Bernardo de Torres, donde vuelve a 
hablarse del lance entre Ercilla i Pineda, narrán- 
dose con variaciones ajustadas al estilo eclesiástico. 

Si hubiera de creerse al padre Torres, la pen- 
dencia tuvo lugar en la iglesia de la Imperial, en 
la cual se celebraba una misa de gracias. 

«Los capitanes don Alonso de Arcila i don Juan 
de Pineda tuvieron entre sí alguna diferencia so- 
bre la precedencia de los lugares; llegaron a pala- 
bras de empeño; i arrebatados de cólera, pusieron 
mano a las espadas. Al mismo punto, se partió en 
dos bandos todo el cónclave militar; unos se pusieron 
de parte de don Juan, otros, de don Alonso; i en el 
mismo templo se trabó una cruel pendencia entre los 
dos capitanes, sin que bastase a reprimirlos lo sa- 
grado del lugar, ni el respeto del gobernador, ni los 
ruegos de los eclesiásticos. Sintiólo el gobernador de 



— 63 — 

manera que los hizo prender en la cárcel; i habiendo 
hecho información del desacato, los condenó a muer- 
te de degüello en público cadahalso, que había de 
ejecutarse el día siguiente». 

En la relación del padre Torres, esta trajedia se 
desanuda por un milagro. 

«Notifíceseles la sentencia; i no pudieron inter- 
cesiones, congruencias, ruegos ni razones ablandar 
ni mover a clemencia al gobernador. Confesóse don 
Juan aquella noche para morir a la mañana, sintien- 
do mucho mas la afrenta del suplicio, que el rigor 
de la muerte. Perdidas las esperanzas de remedio 
humano, se encomendó fervorosamente a san Agus- 
tín, nuestro padre, su cordialísimo devoto, supli- 
cándole le favoreciese en aquel trance, moviendo al 
gobernador para que le otorgase el perdón merecido 
por tantas hazañas i sangre vertida en servicio del 
rei; que, si le libraba de muerte tan afrentosa, le 
prometía dar de mano al mundo i recibir su santo há- 
bito, vivir i morir en su relijión en servicio de Dios. 
Por el efecto, pareció haberle el santo alcanzado 
de Dios aquella merced, porque la misma noche 
estuvo el gobernador desvelado i combatido de va- 
rios pensamientos sobre lo que haría en aquel caso, 
hasta que finalmente el Señor le ablandó el corazón; 
i el día siguiente conmutó a los reos la pena de 
muerte en destierro perpetuo del reino». 

Según el mismo padre Torres, don Juan de Pi- 
neda cumplió su promesa, habiendo tomado en 
Lima el hábito de san Agustín el año de 1559, i 



— 64 — 

fallecido en el convento de la Nasca (Perú) el de 
1606, «con opinión de gran relijioso». 

Sin embargo, los cronistas Alonso de Góngora 
Marmolejo, en su Historia de Chile i don Pedro 
Marino de Lovera, en su Crónica del reino de 
Chile, enumeran, entre los españoles muertos por 
los indios en la derrota de Catirai bajo el gobierno 
del presidente Saravia, a un Juan de Pineda, na- 
tural de Sevilla, como aquel de quien habla el 
padre Torres. 

Sea de esto lo que se quiera, volvamos a nues- 
tro asunto. 

Se han visto los constantes esfuerzos de la fami- 
lia de Mendoza para abatir a Ercilla. " 
Todos ellos fueron al fin infructuosos. 
Los Mendozas se empeñaron por dar a la fama 
del poeta el golpe de maza que don García descar- 
gó en la Imperial sobre su cuerpo. 

Pero, a pesar de todo el poder de aquella familia, 
i de todo su tesón, i de todos los que salieron a 
ayudarles, no lo lograron. 

En el día, muchos saben que ha existido un don 
García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, 
solo por que su nombre se encuentra consignado 
en la Araucana. 

La gloria no ha ido a recojer reverente en el 
fondo de su ataúd el puñado de polvo a que el con- 
quistador debe estar ya reducido. 

Mientras tanto, el pueblo español, después de 
siglos, acaba de trasladar con señalada pompa los 



resto.: de Ercilla al panteón erijido a sus varones 
ilustres. 

En tan larga i porfiada lucha, el hombre del 
pensamiento ha obtenido el mas espléndido triunfo 
sobre el hombre de la fuerza. 

El poeta ha podido mucho mas que el conquis- 
tador. 



DON MIEL CAÍ M APONTE 



No me propongo ser el cronista de don Gabriel 
Cano de Aponte, como don Cristóbal Suárez de 
Figneroa lo fue de don García Hurtado de Men- 
doza, o don Francisco Caro de Torres lo fue de don 
Alonso de Sotomayor. 

Mi pretensión es mucho mas humilde. 

Voi tan solo a estractar varios documentos iné- 
ditos relativos a este personaje, que no se encuen- 
tran en ningún historiadoi, i que pueden, no solo 
suministrar algunos datos nuevos sobre la vida de 
aquel presidente de Chile bajo el réjimen colonial, 
sino también ciarnos alguna luz sobre el estado de 
este país a principios del siglo XVIII. 

Don Gabriel Cano de Aponte era hijo lejítimo 
de don Juan Cano Ruíz i de doña Josefa Aponte 
Carvajal. 

Nació en la villa de Mora, donde su padre residía. 

Tocóle vivir en medio de los alborotos i arierras 
a que dio lugar la exaltación de Felipe V al trono 
vacante por la muerte de Carlos II. 



— 70 — 

Alistado en el ejército, se hizo notable por su 
denuedo; i ascendió desde alférez hasta el grado de 
mariscal de campo. 

Sirvió al reí durante muchos años en España i 
en Mandes, peleando en todas las batallas que 
ocurrieron durante aquella ajitada época. 

En un tiempo tan revuelto, las tropas mal paga- 
das se alimentaban con el pillaje, i demandaban sus 
sueldos, no al erario público, sino a los habitantes 
de las ciudades, o de los campos, sin distinción de 
amigos o enemigos. 

Siguiendo la conducta de los demás jefes, don 
Gabriel Cano de Aponte toleró o disimuló las tro- 
pelías i estorsiones cometidas por sus soldados en 
los parajes donde se alojaban; pero esta condescen- 
dencia culpable fue una espina que quedó clavada 
en su alma, i que nunca logró arrancar. 

En sus últimas disposiciones, ordenó que se saca-' 
ran cuarenta bulas de composición de a dos pesos 
cada una en descargo de su conciencia por la falta 
mencionada. 

El amor suele nacer entre las armas i combates, 
como una flor entre las zarzas i abrojos. 

Los horrores de la guerra no habían petrificado 
el corazón del joven oScial, que era mui inclinado 
al bello sexo. 

Entro batalla i batalla* se casó en Malinas con 
doña María do Champs, natural de Bruselas, que 
aportó al matrimonio mas de cuarenta mil florines 
en casas, rentas i otros bienes de consideración. 



— 71 — 

Esta señora falleció sin dejar hijos; i en su testa- 
mento, que otorgó en la villa de Almagro el año 
de 1713, nombró heredero universal a su marido. 

Un hermano de la finada promovió un pleito con- 
tra el asignatario; pero la cuestión fue transijida 
mediante ochocientos doblones de a dos escudos de 
oro cada uno i diferentes alhajas de oro, diamantes 
i dinero, que se dieron al reclamante. 

El 31 de octubre de 1715, Felipe V nombró a 
don Gabriel Cano de Aponte presidente, goberna- 
dor i capitán jeneral del reino de Chile. 

El monarca mismo hizo en la real cédula de nom- 
bramiento la biografía del agraciado. 

«Por cuanto los cargos de presidente, gobernador 
i capitán jeneral del reino de Chile están próxi- 
mos a vacar por cumplirse el tiempo por que proveí 
en ellos a don Juan Andrés de Ustáriz; i haber 
resuelto por justos motivos de mi servicio, a con- 
sulta de mi consejo de las Indias de 14 de agosto 
próximo pasado de este año, no subsista la merced 
que de ellos tenía concebida en futuro por despacho 
de 21 de junio de 1709 a don Sebastián Rodríguez 
de Madrid, i que se le permute en otra cosa; i con- 
viniendo nombrar persona que sea la mas acreditada 
en servicios, valor i esperiencias militares para que, 
según el estado presente de las cosas, sirva estos 
empleos con el cuidado e integridad que se requie- 
ren; i hallándome con entera confianza de que con- 
curren todas estas buenas partes en Vos el mariscal 
de campo don Gabriel Cano de Aponte, couienda- 



— 72 — 

dor de Mayorga en la orden de Alcántara, tenien- 
do consideración a que rae habéis servido treinta i 
tres años continuos en los ejércitos de Flandes con 
los empleos de alférez de infantería española., capi- 
tán de caballos, sarjento mayor, teniente coronel 
de caballería, brigadier i mariscal de campo de mis 
ejércitos, habiéndoos hallado haciendo la guerra 
pasada, como en esta última, en ocho batallasjene- 
rales, i en los sitios de Namur i Campo Mayor, dis- 
tinguiéndoos siempre con particularidad, especial- 
mente en la batalla de Ramillies i en otras funciones 
particulares que se os encargaron por los jenerales, 
mereciendo a éstos os diesen gracias en mi real 
nombre, como lo hizo el mariscal de Villars, por lo 
que obrasteis en las líneas de Stolhofen, de lo cual 
también os la dio el conde de Benvick de orden 
del elector duque de Baviera; i que el año de 1707 
para la sorpresa de la plaza de Gante, fuisteis man- 
dando la caballería, en cuyo feliz suceso, tuvis- 
teis gran parte, según me informó el serenísimo 
duque de Borgofía, mi hermano, por lo cual os con- 
cedí una pensión de cuatro mil libras en el asiento 
de negros; i últimamente a que desde el año de 
1710, que vinisteis a España, habéis continuado el 
servirme, i hallándoos en los encuentros de Alguaire 
i Peñalba, i batalla de Zaragoza; i que en la espe- 
dición de Bai'celona, mandasteis en la marina del 
levante un destacamento de tropas, con que logras- 
teis varias funciones contra los rebeldes, he tenido 
por bien, a consulta de mi consejo i junta de 



— 73 — 

guerra de Indias de 3 i 4 de setiembre próximo 
pasado de este año, de elejiros i nombraros, como 
por la presente os elijo i nombro, gobernador i 
capitán jeneral del reino de Chile, para suceder al 
referido don Juan Andrés de Ustáriz, para que lo 
sirváis por ocho años mas o menos, según mi volun- 
tad fuere». 

Antes de venir a tomar posesión de su empleo, 
don Gabriel Cano de Aponte se casó en segundas 
nupcias en Pamplona con dona María Francisca 
Javiera Velaz de Medrano, hija lejítima de don 
José Velaz de Medrano, vizconde de Azpa, señor 
de Mendillorrí i de la villa de Autol, i de doña 
María de Larrea, ya difunta. 

El 5 de enero de 1716, en que se estendieron las 
capitulaciones matrimoniales, concurrieron al acto, 
i firmaron como testigos el príncipe de Castellón, 
virreii capitán jeneral de Navarra; el mariscal conde 
de San Javier, el marqués de Cortés, el conde de 
Ayanz, el gobernador de Pamplona, el marqués de 
Santa Clara, el erran prior de Navarra i muchos 
otros nobles i magnates. 

O 

Don José Velaz aseguró a su hija tres mil duca- 
dos de dote; i el novio le donó igual cantidad en 
atención al sacrificio que ella hacía, dejando a su 
padre i a su patria, i esponiéndose a los riesgos de 
una larga navegación, por seguir a su marido hasta 
remotas tierras. 

La desposada llevó además al matrimonio cuatro 
jnil pesos en alhajas. 

10 



— 74 — 



II 



El cabildo de Santiago de Chile recibió a don 
Gabriel Cano de Aponte como jefe superior del 
reino el 16 de diciembre de 1717, habiendo sido 
reconocido como presidente por la real audiencia un 
día después. 

Don Gabriel Cano de Aponte, al tomar posesión 
de su empleo, prestó, hincado de rodillas en un 
sitial, i puestas las manos sobre un misal abierto, 
el solemne juramento que paso a copiar: 

— «Juro a la Majestad de don Felipe V, nuestro 
rei i señor natural, i a esta ciudad de Santiago, por 
Dios Todopoderoso, por la señal de la cruz, i por 
los santos evanjelios, que corporalmentetoco, i hago 
pleito homenaje a lei de caballero, según fuero 
de España, de ejercer el cargo de gobernador i capi- 
tán jeneral de este reino fielmente, como soi obli- 
gado, i como el rei, nuestro señor, lo manda, aten- 
diendo asu real servicio i bien común del reino; i que 
a esta ciudad la ampararé i guardaré, i mandaré, 
guardar i cumplir sus regalías i privilejios; que daré 
aviso al rei, nuestro señor, de las cosas que a su real 
servicio convengan, como leal vasallo; i que, si así 
lo hiciere, Dios, Nuestro Señor, me ayude en esta 
vida en el cuerpo, i en la otra, en el alma, i si no, 
me lo demande. Amén». 

Por un olvido raro en aquella época de fórmulas, 
ni Cano de Aponte, ni los capitulares, ni el escri- 



— 75 — 

baño firmaron este juramento, de que hai testimonio 
en uno de los libi'os del cabildo de Santiago. 

El nuevo presidente introdujo en nuestro país el 
gusto del lujo i del boato, de la galantería i de las 
fiestas. 

Es indudable que, antes de su gobierno, había 
habido en esta tierra corridas de cañas i sortijas, 
funciones i amoríos; pero él fomentó esta afición 
con su estímulo i su ejemplo. 

A pesar de estar su cuerpo estropeado por treinta 
i tres años de un porfiado batallar; no obstante de 
haber sido casado dos veces, i de ser su segunda 
mujer joven i bella; sin embargo del alto puesto 
que ocupaba, i de las graves tareas del mando, 
tenía, a lo que se cuenta, bríos, tiempo i desplante 
para entregarse a alegres diversiones i a dulces con- 
quistas, sin hacer mucha diferencia entre la dama 
principal i la moza plebeya. 

La tradición, confirmada en este punto a medias 
por la crónica, nos le presenta como el protagonista 
de varios dramas galantes, que principiaban a veces 
en la reja de una ventana, se anudaban en la cama 
de una alcoba i solían desenlazarse en la callea 
golpes i cuchilladas. 

Sea lo que fuere de estas infidelidades, cuya 
efectividad no )ne atrevo a garantir, parece que don 
Gabriel Cano de Aponte estimaba mucho a doña 
Franci-ca Velaz, reconociendo las revelantes pren- 
das de que estaba adornada. 

Al redactar sus últimas voluntades en 29*de 



— 76 — 

setiembre de 1725, espresó que tenía plena con- 
fianza en su mujer por el mucho amor que ella le 
había profesado, i de que había dado una prueba 
irrecusable al dejar a su padre, su patria i sus 
parientes con el objeto de acompañarle a Chile; i 
la nombró tutora i curadora de sus dos hijos don 
Juan Gabriel i don Gabriel José Antonio, teniendo 
presentes la esmerada crianza i buena educación que 
ella les había suministrado, i el gran juicio, talento 
i capacidad que la distinguían. 

El inventario de la guardarropa del presidente 
Cano de Aponte servirá para pintar su magnificen- 
cia, o siquiera lo que en Chile se consideraba como 
tal al comenzar el siglo XVIII. 

Don Gabriel Cano de Aponte tenía los trajes 
siguientes, sin enumerar otros que omito por insig- 
nificantes: 

Una casaca, chupa i calzones de grana, franjea- 
dos de oro; 

Un vestido compuesto de las mismas piezas, de 
carro de oro; 

Otro igual de tafetán doble negro; 

Dos chupas de brocado amarillo; 

Un rodo de grana con franjas de oro; 

Cinco balandranes (vestidura talar ancha, que 
no se ciñe, i con mangas cortas), dos de ellos caris, 
uno de todos colores, otro azul i otro rojo; 

Doce camisas con puños de encaje, e igual nú- 
mero de corbatas también de encajes; 



— 77 — 

Cuatro sombreros de castor: tres con franja de 
oro, i el cuarto sin ella; 

Tres plumajes, de los cuales dos eran blancos i 
el tercero negro; 

Un espadín con guarnición de oro, i un bastón 
con puño del mismo metal; 

Medias de seda, i guantes de varios colores. 

En la triste i misérrima colonia, donde por lo 
común no se conocían otros bordados que los re- 
miendos; donde los trajes solían mudar de color 
sobre el cuerpo por el polvo, la mugre i el sudor; 
donde alguno de los mas encopetados magnates 
andaban a veces con las chaquetas rotas en los 
codos, i los calzones pelados en las rodillas; donde 
los sujetos mas pudientes solo se mudaban cada 
ocho días, hasta el estremo de haberse descubierto 
a un asesino por haber practicado esta operación 
antes del plazo acostumbrado, aquellos vistosos i 
espléndidos atavíos parecían deslumbradores. 

La mesa del presidente Cano de Aponte era 
igualmente suntuosa. 

Las fuentes, azafates, platos, saleros i cubiertos 
eran de plata. 

El salón principal de palacio estaba alumbrado 
por seis candelabros de plata, cuyas velas de sebo 
se despabilaban con seis tijeras del mismo metal. 

El calentador i brasero eran también de plata. 

Todas las noches se servía a los tertulios de Su 
Excelencia mate en seis marcelinas de plata, cho- 
colate que se batía en una chocolatera también de 



— 78 — 

plata, o helados que se cuajaban en un cubo del 
mismo metal. 

Los domésticos de aquel excelso potentado lle- 
vaban su librea, la cual consistía en casaca i chupa 
de paño colorado, franjeadas de plata. 

Don Gabriel Cano de Aponte poseía nueve es- 
clavos, fuera de las esclavas que dependian espe- 
cialmente de doña Francisca Velaz. 

Voi a consignar aquí el nombre de estos infeli- 
ces, i su avalúo para que se sepa el precio del ga- 
nado humano en Chile el año de 1733 de la era 
cristiana. 

La tasación fue practicada el 24 de noviembre 
del año citado por el maestre de campo don José 
Antonio de Lizarzaburu, después del fallecimiento 
de Cano de Aponte. 

El perito se espresa en estos términos: 

«Taso a Alberto, mulato criollo, al parecer de 
treinta años, en trescientos cincuenta ¡iesos. 

«Id! a Martín, mulato criollo, al parecer de vein- 
te i siete años, con tachas, en doscientos setenta i 
cinco pesos. 

«Id. a Juan, negro criollo, al parecer de treinta 
i dos años, con todas tachas, pero de buen servicio, 
i buen cochero, en trescientos pesos. 

«Id. a Juan de Dios, negro mulato¡ al parecer de 
veinte i cinco años, enfermo de una pierna, que 
casi tiene seca, en doscientos veinte i cinco pesos. 

«Id, a Ventura, negro criollo, al parecer de veia- 



— 79 — 

te i cuatro arios, de buenas propiedades, en cuatro- 
cientos pesos. 

«Id. a José, mulato negro, al parecer de veinte 
i seis años, de buenas propiedades, en cuatrocientos 
pesos. 

«Id. a Isidro, negro, al parecer de veinte i siete 
años, de buenas propiedades, en cuatrocientos 
pesos. 

«id. a Javier, negro, al parecer de diez i ocho 
años, en trescientos pesos. 

«Id. a Manuel, negro, al parecer de veinte i seis 
años, bozal, en trescientos cincuenta». 

Ascendía el valor de esta recua de machos a tres 
mil veinte pesos. 

El presidente pagaba además un mayordomo, 
un caballerizo mayor, pajes i otros domésticos. 

Don Gabriel Cano de Aponte estaba dominado 
de una pasión loca por los caballos; i se jactaba de 
ser uno de los mejores jinetes de su tiempo. 

La equitación era para él una ciencia. 

Cabalgaba con ajilidad i gracia, i manejaba el 
potro mas indómito con soltura i destreza. 

Causaba gusto verle en una carga, un torneo o 
una cabalgata. 

Cuando iba a caballo, usaba botas fuertes, o bo- 
tas a la dragona; i llevaba en magníficas pistoleras 
pistolas ya inglesas, ya españolas, ya catalanas. 

Su guadarnés estaba mejor provisto que su guar- 
darropa; i su caballeriza mas repleta que el corral 
de su servidumbre. 



— 80 — 

Tenía sillas de combate i sillas de parada. 

Entre estas últimas, se notaban una silla de fel- 
pa verde, bordada de oro; i otra de terciopelo car- 
mesí, franjeada de oro. 

Los frenos, riendas, pretales, tapancas i demás 
arreos eran mui lujosos. 

Doña Francisca Velaz i uno de los niños solian 
acompañarle en sus escursiones ecuestres: la una 
en un sillón, i el otro en una silla de terciopelo 
carmesí. 

Cuando don Gabriel Cano de Aponte pasaba 
caracoleando en su brioso corcel por las calles de 
Santiago, junto con su mujer i su hijo, i seguido 
por sus lacayos i sus guardias, los habitantes asom- 
brados i boquiabiertos creian contemplar al rei en 
persona. 

El presidente salía también a veces con doña 
Francisca en caleeín tirado por muías. 

Merece notarse que, cuando a la muerte de don 
Gabriel Cano de Aponte, se formó inventario de 
sus bienes, no se encontró un solo libro, a no ser 
que se considere como tal un mapa de Chile. 

H I 

Los tres enemigos capitales del hombre son, se- 
gún el padre Astete, el mundo, el demonio i la 
carne. 

Los tres enemigos de Chile, según la metrópoli, 



— 81 — 

eran los araucanos, los piratas i los comerciantes 
estranjeros. 

Ordinariamente las funciones del presidente de 
este reino se limitaban a mantener sujetos a los 
primeros, i a rechazar de nuestras costas a los se- 
gundos. 

Veamos cómo se procedía con los comerciantes 
estranjeros, que eran equiparados a los bárbaros i 
a los corsarios. 

Don Gabriel Cano de Aponte había traído con- 
sigo a un sobrino llamado don Manuel de Sala- 
manca i Cano, quien, andando el tiempo, estaba 
destinado a sueederle como presidente interino. 

Salamanca era en la Península teniente de la co- 
ronela del Tejimiento de caballería de Dupui; pero, 
por cédula fecha en Madrid el 29 de noviembre de 
1716, el rei le había enviado con el sueldo de cin- 
cuenta escudos mensuales a disciplinar las tropas 
de Chile. 

Dicho joven tuvo un ascenso rápido, indudable- 
mente a causa de su inmediato parentesco con el 
presidente de este país. 

El 29 de enero de 1718, se le dio el título de 
inspector j enera! de caballería. 

El 5 de abril del mismo año, pasó a ejercer el 
empleo de capitán de una compañía de caballos 
que se formó para guarnecer la costa de Concepción. 

El 4 de junio de 1720, se le nombró comisario 

jeneral de la caballería, 

il 



Llegado a esta parte de mi relación, me parece 
oportuno copiar íntegro el documento que sigue 
para que el lector palpe, por decirlo así, la recep- 
ción que los gobernantes españoles hacian en la 
América a las naves mercantes. 

Los romanos negaban el agua i el fuego a los 
ciudadanos que ponían fuera de la lei. 

Las autoridades coloniales, no solo rehusaban el 
agua i los víveres a los comerciantes estranjeros, 
sino que además los recibían en la punta de las ba- 
yonetas i en la boca de los cañones. 

Léase el certificado que voi a trascribir, dado a 
don Manuel de Salamanca, i conservado por éste 
como un timbre de honor; i así se podrá juzgar 
debidamente un sistema que repelía el comercio 
esterior, cual si se tratara de una invasión a mano 
armada. 

«Yo el capitán José Gómez de Lamas, escribano 
público de esta ciudad de la Concepción del reino 
de Chile, doi fe i verdadero testimonio, cual por 
derecho mejor puedo i debo en este caso, como el 
comisario jeneral don Manuel de Salamanca, ins- 
pector de la caballería de este real ejército, que 
por orden de su Majestad vino a él en compañía 
del excelentísimo señor don Gabriel Cano de Apon- 
te, presidente, gobernador i capitán jeneral de este 
reino, para la disciplina de la caballería de este 
dicho ejército; i habiendo pasado Su Excelencia a 
la ciudad de Santiago de este reino, dejó a cargo 
de dicho comisario don Manuel de Salamanca el 



— 83 — 

que impidiese el comercio i bastimento a los navios 
franceses que se tenía noticia habían de pasar a 
esta mar con pretensión de comerciar, i así a éstos, 
como a otros enemigos de la real corona, que in- 
tentasen infestarla, continuando Su Excelencia 
desde la dicha ciudad de Santiago, órdenes i comi- 
siones al dicho comisario jeneral para que celase i 
vijilase lo referido, debajo de lo cual, con el anhelo 
i celo que ha manifestado en el real servicio de Su 
Majestad, i se halla probado de lo que ha ejecuta- 
do el día 27 del mes pasado de junio de este pre- 
sente año, que se le dio noticia por los centinelas, 
que continuamente ha mantenido i mantiene en los 
sitios i parajes que divisan i pueden divisar la mar 
afuera del Sur, esto de haberse visto un navio, cuya 
noticia luego que la adquirió, i que dicho navio se 
divisó a la parte del sur, acuarteló la caballería, 
que no lo estaba, i aquella noche con otros muchos 
la pasó rondando con diferentes guardias la marina 
de esta ciudad; i habiendo entrado en este puerto 
el día 27 de dicho mes el dicho navio, i pasado a 
dar fondo en el puerto de Talcahuano, sin demora 
de tiempo alguno mandó al sarjento mayor de este 
presidio i batallón de esta ciudad don Sebastián 
Mandiola fuese con algunos soldados al dicho puer- 
to de Talcahuano a reconocer si era español o fran- 
cés; i habiendo enviado los dichos franceses una 
chalupa a tierra con un oficial, discurriendo que 
las cosas corrían como antes, como ellos mismos lo 
dijeron, i sin dejarlos desembarcar dicho sarjento 



— 84 — 

mayor, supo de ellos que era navio francés, i su 
pretensión ver si podía introducir comercio, vinien- 
do cargado de ropa, la cual noticia participó a di- 
cho comisario, quien, luego que la tuvo, mandó que 
dicho sarjento mayor continuase estar en el dicho 
puerto de Talcahuano por ser el mas inmediato i 
arriesgado a conseguir introducir su ropa, i basti- 
mentarse, cuando no en un todo, en parte, cojiendo 
refresco, remitiendo al dicho puerto caballería e in- 
fantería, con orden al dicho sarjento mayor de que 
impidiese en el todo, así el bastimento, como el co- 
mercio, i que pusiese en todos los puertos, sitios i 
parajes de dicho Talcahuano las guardias necesarias 
para que en ninguna manera se les diese bastimento 
alguno, ni se les concediese hacer agua, i celase i 
vijilase que no hubiese comercio en ninguna forma, 
i que, para mejor impedir i asegurarse de todo lo 
referido, i que la jente de tierra no tuviese comu- 
nicación con los franceses, pusiese en todos los ca- 
minos públicos i secretos guardias de confianza que 
embarazasen i no permitiesen pasar persona alguna 
con ningún bastimento al dicho puerto de Talca- 
huano, i que, si alguno lo intentase o ejecutase, lo 
prendiese i remitiese a esta ciudad, dándole parte 
de cuanto sucediese para dar las providencias con- 
venientes al exacto cumplimiento de todo lo referi- 
do, cuyas órdenes continuó i mantuvo durante el 
tiempo que el dicho navio francés, i otro que des- 
pués vino, i fue a surjir i dar fondo en el dicho 
puerto, donde se hallaba su compañero, permane- 



— 85 — 

cieron en sus aguas, basta que se fueron i desampa- 
raron la bahía i puerto principal de esta ciudad. 

«Al mismo tiempo que mandó i ejecutó lo refe- 
rido, atendió igualmente al seguro de los demás 
puertos i caletas de él i el Tomé, Dichato i Eirquen; 
i mandó que un oficial fuese con veinticuatro hom- 
bres, i coronase con guardias los dichos sitios, cale- 
tas i puertos, debajo de las mismas órdenes dadas 
al mismo sarjento mayor. 

«I al mismo tiempo, mandó que una compañía 
de a caballo rondase i guardase la plaza que llaman 
del Hospital; la mas próxima a esta ciudad a la 
banda del norte de este puerto, con la misma orden 
dada a su capitán; i habiendo una isla, que llaman 
de Barriga, a la parte del sur, que la hacen el río 
de Talcahuano i el de Andalién pegado a la mar, i 
que hace playa en ella, mandó que un oficial pasase 
i asistiese a ella con cuatro hombres debajo de las 
dichas órdenes; i en las playas de esta ciudad, man- 
dó i continuó que un cabo con diez i ocho hombres 
las rondasen todas las noches, sin descuidaí*, ni im- 
pedirles la fatiga, ni contratiempo referido, que es 
el invierno, montando a caballo, i por su propia per- 
sona ver i reconocer si había cuidado i vijilancia en 
las dichas rondas, i cumplimiento de sus órdenes. 

«I al mismo tiempo, mandó acuartelar la compa- 
ñía de comercio i demás del número de esta ciudad, 
i vecinos de ella, i que se les diesen armas a los que 
no las tenían, amunicionándoselas de pólvora i balas, 
pasándoles muestra de 'cuando en cuando para que 



— 86 — 

no hubiese descuido i estuviesen prontos i preve- 
nidos a cualquiera continjente que ofrecerse pudiese; 
mandando el mismo día que todos los ganados ma- 
yores i menores de toda la costa los retirasen a ocho 
leguas la tierra adentro debajo de graves penas, du- 
plicando por segunda vez al dicho sarjento mayor 
don Sebastián de Mandiola i demás oficiales aten- 
diesen a la ejecución de lo referido, i que, si algunos 
ganados no los habían retirado, lo mandasen ejecu- 
tar con las penas impuestas, con calidad que tuviese 
cumplimiento lo referido, i no hubiese ocasión de 
que la codicia de alguno pudiese dar mérito a con- 
seguir los franceses algún bastimento o refresco. I 
sin embargo de las duplicadas órdenes en este par- 
ticular, mandó a personas de toda confianza fuesen 
a reconocer toda la costa, i viesen si estaba efectua- 
da dicha orden, i que de no, la hiciesen cumplir i 
observar sin que quedase ganado alguno que no se 
retirase como estaba mandado. 

«Asimismo se publicaron bandos para que nin- 
guno tuviese comunicación, ni comercio, ni diese 
bastimentos a los franceses, con graves penas im- 
puestas a los que los quebrantasen; i atendiendo a 
que no hubiese falta en lo que tenía ordenado i 
mandado a los cabos que estaban guarneciendo i 
vijilando los referidos parajes de Talcahuano, el 
Tomé, Dichato i Eirquen, i Plaza del Hospital, fue 
en persona a visitar i reconocer las guardias, i si los 
oficiales i cabos estaban con vijilancia a cumplir las 
órdenes dadas. 



— 87 — 

«I teniendo noticia que en el dicho puerto de 
Talcahuano, donde se hallaban surjidos los navios, 
intentaban los franceses saltar a tierra de noche i 
cojer agua en algunas caletas del dicho puerto in- 
mediatas a dichos navios como a tiro de mosquete 
o fusil, las visitó todas por su persona; i reconocidas 
las aguas donde lo pudieran pretender, dispuso i or- 
denó al dicho sarjento mayor don Sebastián de 
Mandiola pusiese guardias de infantería para que 
guardasen las dichas aguadas, i defendiesen el que 
saltasen a tierra los franceses a cojerla, señalándoles 
los parajes a donde habían de ponerse para que la 
artillería de los navios no los ofendiese. 

«Recelando que los soldados que estaban en la 
guarnición de Talcahuano, cuando venían a esta 
ciudad, trajesen o llevasen cartas de corresponden- 
cia, o intención de contrato, con los franceses i los 
vecinos de esta ciudad, mandó secretamente a un 
cabo que con cuatro hombres se emboscase en el 
paso preciso por donde habiande venir i volver con 
orden de que a cuantos fuesen i viniesen en aquel 
día rejistrase sin reserva de cosa alguna; i que, si 
trajesen alguna carta o papel los asegurase i trajese 
a su presencia con lo que se les hallase, para que se 
diese la providencia conveniente, lo cual ejecutó, i 
no resultó hallarse cosa alguna en los que fueron i 
vinieron aquel día. 

«Habiéndose divisado una embarcación que salió 
a la vela del puerto de Talcahuano para la playa de 
esta ciudad, que se discurrió ser franceses, al ins- 



— 88 — 

tante el dicho comisario jeneral don Manuel de Sa- 
lamanca montó a caballo, i salió a la playa el pri- 
mero con algunos que le acompañaron, dando orden 
que montase toda la caballería, i le siguiese; i ende- 
rezó a la parte a donde la dicha embarcación se en- 
caminaba; i reconociendo ser española, se retiró con 
toda la caballería, que ya se había juntado, pasando 
por la plaza de esta ciudad, donde formó su jente, 
dando ejemplo a que todos se animasen i perdiesen 
el miedo antiguo que tenían, i habían contraído, de 
haber visto en otros tiempos que cualquiera chalupa 
francesa ejecutaba lo que quería, viendo lo contra- 
rio en lo ejecutado i esperimentado en el dicho co- 
misario jeneral, que, habiendo escrito los dichos 
franceses diferentes veces al dicho comisario jeneral, 
le hicieron ofertas, i una de ellas que le regalarían 
con mas cincuenta mil pesos por un tantito permiso, 
o porque aflojase la cuerda en las dilijencias que tan 
exactamente hacía, lo cual despreció con el celo i 
anhelo de servir a Su Majestad, cumplir sus reales 
mandatos, de que tengo dado otro testimonio, al 
cual me remito. 

«I viendo los franceses que por ningún medio po- 
dían conseguir lo que intentaban, pretendieron por 
amenazas ver si podían conseguir su designio; i escri- 
bieron carta en que dijeron que, si dentro de veinte 
i cuatro horas no les respondía, lo escusase, porque 
estaban previniendo para tomar la resolución que 
les conviniese. I por dicho señor comisario jeneral 
don Manuel de Salamanca se les respondió a los 



— 8.9 — 

dichos franceses: que si ahora estaban disponiendo, 
muchos días había que dicho comisaiio jeneral es- 
taba dispuesto i pronto a cualquier lance de guerra, 
de que estaba cierto sacarían los dichos franceses 
el peor partido. I de allí adelante no hicieron pro- 
puesta alguna. 

«Inmediatamente a la dicha respuesta, dicho co- 
misario jeneral mandó pasar los ríos de Andalién i 
Talcahuano dos pedreros para mejor impedirles el 
desembarco, si lo intentasen en aquella parte, lo 
cual se ejecutó con tal empeño i secreto, que, antes 
de amanecer, estaban en el puesto donde habían de 
servir, sin embargo de la distancia de cuatro leguas» 
ríos i pantanos que hai de esta ciudad al dicho pa- 
raje pasándolos en balsas, con la precaución de que 
fuesen puestos donde ofendiesen i no recibiesen 
ofensa de la artillería de los navios franceses, quie- 
nes desampararon el puerto de Talcahuano i gana- 
r on el de la isla de la Quinquina, que es dentro de 
la bahía de este puerto principal, isla a que no se 
puede entrar por tierra firme, por lograr el cojer 
agua, en la cual estuvieron algunos días, i de allí se 
hicieron a la vela, i se fueron de este puerto el día 
17 de agosto de este presente año, sin haber conse- 
guido en manera alguna ningún comercio ni basti- 
mentos, según consta de lo referido i autos que 
ante mí sobre ello se han fecho, por los cuales, i 
por haber asistido siempre al dicho comisario jeneral 
me consta todo lo referido. 

«I luego que los dichos navios franceses desam- 

12 



— 90 — 

pararon este puerto, i salieron de esta bahía la ba- 
rra afuera, pasó el dicho comisario jeneral al dicho 
puerto de Talcahuano, llevándome en su compañía, 
i llegado a él se embarcó en una barca, i fondeó el 
navio que allí se hallaba nombrado Nuestra Señora 
de Carelmapu, de que es dueño don José Marín de 
Velasco, por ver si en él había alguna ropa o cartas 
de correspondencia, sin reserva de cosa alguna que 
no se rejistrase, de cuya dilijencia resultó no hallarse 
ningún indicio de comercio ni correspondencia. 

«I habiéndose hallado allí el señor capitán don 
José de Arce i Soria, correjidor i justicia mayor de 
esta ciudad, que también pasó a reconocer i rejistrar 
la dicha isla de la Quinquina, i ver si habían dejado 
algunos papeles o ropa, lo cual ejecutó el dicho se- 
ñor correjidor; i según lo que dijo de su dilijencia, 
pareció no haberse hallado cosa alguna de lo refe- 
rido. 

«I vi que dicho señor comisario jeneral durante 
los dichos navios estuvieron en los referidos puertos, 
i hasta que se fueron i desampararon esta bahía, no 
omitió tiempo ni hora, por rigorosa que fuese, en 
que los vientos i temporales le estorbasen, para 
montar a caballo, visitando i recorriendo las guar- 
dias i centinelas que estaban puestas para el seguro 
i observación de lo que pudiesen intentar los dichos 
franceses. 

«I constándome por lo referido haber pasado i 
ser así, de pedimento de dicho comisario jeneral, 
doi el presente, fecho en la ciudad de la Concepción 



— 91 — 

del reino de Chile en 7 días del mes de setiembre 
de 1720 en este papel a falta de sellado.— José 
Gómez de Lamas, escribano público». 

El admirable arte de la fotografía no había aún 
sido inventado entonces; pera menesteres confesar 
que el certificado precedente del escribano Gómez 
de Lamas es una representación, tomada del natu- 
ral, en la que se reproduce a las mil maravillas una 
de las mas curiosas e instructivas escenas de la vida 
colonial. 

Sin duda ninguna, cualquier escritor podría des- 
cribir con frases mas pintorescas, i especialmente 
mas aliñadas, todo ese sistema de suspicaz vijilancia 
i de aparato belicoso desplegado, no para rechazar 
una invasión estranjera a mano armada, sino para 
impedir que se vendiera ropa de mejor calidad i a 
mas bajo precio; pero nadie podría narrarlo de un 
modo tan verídico i auténtico como el ministro de 
fe pública que el comisario don Manuel de Sala- 
manca llevaba constantemente a su lado en aquel 
lance a fin de que certificase su celo en velar por los 
intereses de la corona, i talvez la iucorruptibilidad 
que había ostentado para resistir a las tentadoras 
ofertas de los comerciantes franceses. 

El certificado de Gómez de Lamas es un cuadro 
viejo, pero contemporáneo del suceso cuya memoria 
conserva; toscamente pintado, pero mui exacto i 
espresivo. 

Ello es que a causa de las cualidades menciona- 
das, nos da a conocer, en su estilo incorrecto de 



— 92 — 

escribano, aquella época ya lejana, mucho mejor de 
lo que podría hacerlo una relación mas literaria i 
esmerada. 

Pero, por mui estremada i activa que hubiera 
sido la vijilancia del comisario don Manuel de Sa- 
lamanca, no pudo cortar a los franceses toda comu- 
nicación con tierra. 

Tal es lo que aparece claramente del oficio que 
va a leerse: 

«Con carta de 14 de mayo del año próximo pa- 
sado, remite el señor don Gabriel Cano dos cartas 
descifradas, cuyos orijinales se hallaron enterrados 
en la isla de la Quinquina, reduciéndose su conte- 
nido a haber dejado nofcici a un navio francés para 
los navios que llegasen a esos parajes, del estado de 
sus costas; precios que tenían algunas mercaderías; 
de que en las de la Concepción se les habían negado 
absolutamente los víveres, así por el señor don Ga- 
briel Cano, como por Vuestra Merced, no obstante 
haber ofrecido un seis por ciento de las mercaderías 
que llevaban, i mil i quinientos pesos cada navio 
para la libertad de hacer víveres, ni aún se les ha- 
bía respondido, si bien después de haber escrito, ha- 
biendo dado fondo en la Quinquina, habían llegado 
de noche dos españoles en una balsa, llamados don 
Francisco de Quintana i Martín de Labieta, que 
llevaban una carta de un relijioso francés, llamado 
el padre Francisco Esquenar, en que les aseguraba 
se podían confiar de dichos españoles para los re- 
frescos que necesitaban quienes con efecto habían, 



— 93 — 

llevado muchos bueyes, vacas, carneros i harina, 
previniendo en dicha carta que, si los dichos españo- 
les fueran a bordo de los navios que llegasen, se 
podían fiar de ellos. 

«Habiéndose visto en el consejo, con lo repre- 
sentado por su fiscal, ha parecido agraciar a Vues- 
tra Merced todo lo ejecutado, dándole al mismo 
tiempo las gracias por la puntualidad con que pone 
por obra las órdenes de Su Majestad, sin dudar de 
que su amor i celo al real servicio la continuará en 
cuanto conduzca a él, lo que participo a Vuestra 
Merced para su intelijencia, deseándole le guarde 
Dios muchos años. 

«Madrid, 20 de setiembre de 1722. 

Don Francisco de Arana. 
«Señor don Manuel de Salamanca». 

Según aparece de lo que va espuesto, la metrópo- 
li ponía toda especie de trabas a los comerciantes 
estranjeros, hasta el estremo de rechazarlos con las 
armas en la mano, i aún de negarles el agua i el 
pan. 

Naturalmente, este réjimen agradaba mucho, 
i muchísimo, a los habitantes de España, en cuyo 
provecho había sido establecido, pero molestaba 
con iomal intensidad a los de América, cuvos inte- 
reses perjudicaba. 

Nada tiene entonces de estraño que los colonos 
comenzasen a detestar un sistema cuyo resultado 



— 94 — 

inmediato era obligarlos a vender barato i a com- 
prar caro; i que tratasen de violar disposiciones 
odiosas i arbitrarias dictadas en su daño. 

A pesar de las tremendas penas fulminadas 
en contra de los infractores, no faltaban, como se ha 
visto, quienes se espusieran a ellas, estimulados por 
la codicia de ganancias exhorbitantes, i tratasen de 
lograr su propósito, recurriendo a toda especie de 
medios, i arrostrando cualesquiera riesgos. 

Las autoridades de la metrópoli i de la colonia 
estaban tan convencidas de la profunda aversión 
que causaban a los habitantes de América las pro- 
hibiciones comerciales, i de la impaciencia con que 
ellos las soportaban, que no escusaban las mas mi- 
nuciosas i vejatorias precauciones para impedir o 
castigar el contrabando. 

Da verdaderamente pena el ver que un hombre 
benemérito, como don Gabriel Cano de Aponte, 
fuera obligado a enviar despachos a los correjidores 
i justicias de la comarca que se estiende desde Con- 
cepción hasta Santiago para que rejistrasen cuan- 
tas cargas se condujesen por sus respectivos distri- 
tos a fin de examinar si traian cierta cantidad de 
ropa estranjera que se sospechaba haber sido im- 
portada por el puerto de Talcahuano. 

El mismo presidente ordenaba en particular al 
correjidor i justicia del Maule que vijilaran el paso 
principal de este río, i los demás vados que en él 
hubiese, para que practicasen análoga inspección en 
todos los baúles i fardos cuyo trasporte se intenta- 



— 95 — 

se; i creaba comisarios especiales para que, además 
de los jueces i oficiales reales, recorriesen los puer- 
tos i caletas, los caminos i sendas, los montes i los 
llanos, sin esceptuar uno solo; se cerciorasen de si 
los cajones i fardos que encontraran contenían jéne- 
ros prohibidos; prendiesen a los conductores que 
resultasen culpables; i decomisasen las mercaderías 
de contrabando. 

Era aquella una campaña en regla contra la ropa 
a bajo precio i de buena calidad. 

!N"o se habrían perseguido con mayor encarniza- 
miento los jéneros introductores del mas mortífero 
contajio. 

¿Qué podrían pensar de un réjimen semejante 
los hispano-americanos, por mucha que fuera la ve- 
neración tributada por ellos al monarca? 

El espíritu de explotación llegaba a ser tan evi- 
dente i palpable, que no podía menos de ir abrien- 
do los ojos a los colonos, i quebrantando poco a poco 
su fidelidad. 

Aquel conjunto de medidas, tan prolijas, como 
vejatorias, era iusoportable, sobre todo durante la 
conflagración europea orijinada por la terrible gue- 
rra de sucesión, que interrumpió la comunicación 
de Chile con España, i aún con el Perú, por te- 
mor de los piratas que ^infestaban, o se temía que 
infestasen el Pacífico. 

La prohibición tocaba en lo ridículo. ] 

Por ejemplo, escaseaban o faltaban las navajas 
de afeitar; i los infelices colonos tenían que dejar 



— 96 — 

crecer su barba, o que cortársela con tijeras, por 
que no se permitía que un barco francés introdujese 
cierta cantidad de navajas que ofrecía en venta. 

Bajo un rójimen tan despótico i abusivo, el con- 
trabando era una consecuencia forzosa e inevitable. 

Las necesidades eran tan apremiantes, i las ga- 
nancias tan crecidas, que los bispano-americanos no 
tenian escrúpulo alguno en practicarlo. 

La desobediencia en este punto les parecía lejí- 
tima. 

La metrópoli empezaba a representar respecto 
de la América, a la faz del mundo, las chistosas es- 
cenas de La Precaución Infructuosa. 

Su esclavizada pupila principiaba a robarle las 
llaves de debajo déla almohada, i a mantener corres- 
pondencia clandestina con los galanes que rondabam 
en torno de las paredes, no diré de su casa-habita- 
ción, sino de su casa-prisión, aguardando una co- 
yuntura favorable para escapar por la ventana, ya 
que no se le permitía comunicarse libremente por 
la puerta de calle. 



IV 



Don Manuel de Salamanca puede considerarse 
como el favorito de don Gabriel Cano de Aponte 
durante su gobierno. 

Cuanto empleo superior vacó, le fue conferido. 

Cuanta comisión de importancia ocurrió, le fue 
encomendada, 



— 97 — 

El 14 de junio de 1720, la junta de hacienda le 
nombró procurador jeneral del ejército para que 
fuese al Perú a la recaudación del situado. 

Semejante encargo era mui pretendido i codi- 
ciado, porque las personas de conciencia ancha i de 
manos poco limpias se aprovechaban de él para 
obtener pingües ganancias. 

Aquel viaje casi costó a Salamanca la vida o la 
libertad. 

El procurador jeneral salió de Valparaíso en un 
buque mercante, que iba cargado de bastimentos 
para la provisión de Lima, o la ciudad de los Re- 
yes, como todavía se le llamaba. 

El barco era grande, talvez uno de los de mayor 
porte que había en el Pacífico; pero estaba inde- 
fenso. 

No llevaba mas que un cañoncito, i algunas es- 
copetas desaviadas. 

Iba tan repleto de frutos i mercaderías del país, 
que maniobraba con dificultad. 

Los marineros eran negros bozales. 

A veinte leguas a barlovento del Callao, el bajel 
fue acometido súbita i vigorosamente por una fra- 
gata, que tenía hasta cuarenta escopeteros, i por 
otras dos embarcaciones mas pequeñas, en una de 
las cuales había una pieza de artillería; las tres 
mandadas por un corsario inglés, llamado Clipper- 
ton, que estaba en acecho de las naves que venían 
de Chile para echarles la zarpa. 

i i» 



— 98 — 

El ataque fue recio i obstinado. 

La cuestión era para los asaltantes, no solo de 
un rico botín, sino de hambre, porque se hallaban 
desprovistos de víveres. 

Sin dejarse intimidar, don Manuel de Salamanca 
se defendió valerosamente con los chilenos que le 
acompañaban; rechazó en tres ocasiones a los agre 
sores que se venían al abordaje; i logró entrar en el 
Callao con solo la pérdida de dos hombres, uno de 
ellos, un criado. 

Los dueños de las especies libradas i los habitan- 
tes de la capital del Perú abastecidos elevaron hasta 
las nubes el nombre del impertérrito jefe. 

La real audiencia de Lima, presidida por el virrei 
don frai Diego Morcillo Rubio de Auñón. escribió 
al monarca español, con fecha 2G de diciembre de 
1720, una carta mui honorífica para Salamanca, en 
la cual encomiábala buena disposición i el gran valor 
de éste en el lance referido, i concluía pidiendo al 
soberano que le recompensase con las mercedes co- 
rrespondientes a sus servicios. 

El mismo virrei dirijió una carta análoga al pre- 
sidente de Chile. 

Don Manuel de Salamanca volvió a nuestras 
playas coronado de gloria, trayendo ciento sesenta 
i dos mil pesos del situado, en esta forma: ciento 
doce mil pesos en plata, i cincuenta mil pesos en 
ropa. 



Y 



Poco después de su regreso, el d de juuio de 1721, 
Salamanca pasó a desempeñar el cargo de inspector 
jeneral de ejército, que estuvo ejerciendo hasta el 
25 de setiembre del mismo año, en que su tío le 
congrio el alto empleo de maestre de campo jeneral 
del reino, cohonestando cí ascenso con la recomen- 
dación del virrei. 

A virtud de este título, la jente de guerra, lag 
plazas i las fortalezas del país quedaban sometidas 
a su inmediata dirección. 

Desde los primeros tiempos de la conquista, la 
tropa de línea estaba concentrada en el Sur, donde 
formaba una estacada viva, puede decirse, en torno 
de los indios indómitos que habian dado la muerte 
a Pedro de Valdivia, i habian tenido el honor de 
ser cantados por don Alonso de Ercilla, 

El territorio de Arauco se miraba por los españo- 
les como una especie de jaula de leones, que era 
necesario vijilar con cuidado sumo; i a fe que no les 
faltaba razón para ello, porque a la menor impruden- 
cia, las bestias se enfurecían, i saltaban por entre 
los barrotes de los fuertes; i ¡ai de las poblaciones 
i de los campos circunvecinos en aquel día o en 
aquel año! 

Don Manuel de Salamanca desatendió la princi- 
pal obligación de su cargo, que consistía en guardar 
esa caverna i mantener la paz entre sus moradores. 



— 100 — 

El nuevo maestre de campo jeneral debía dejar 
su probidad comprometida, i su fama sepultada en- 
tre las breñas i zarzales que se estienden al otro 
lado del Biobío. 

Sea que procediera con desacierto, o sea que le 
persiguiera la desgracia, i mas bien lo primero que 
lo segundo, ello es que durante su mando estalló en 
1723 un terrible alzamiento, que causó una seria 
alarma en todo el país. 

La voz pública, ese fiscal infatigable que nunca 
escusa su dictamen en el proceso que los coetáneos 
abren siempre a cada hombre, le atribuyó toda la 
responsabilidad del fracaso. 

Las imputaciones que se le hicieron eran graví- 
simas. 

Se le acusaba de vender las reducciones a los ca- 
pitanes de amigos, ya por cierta cantidad de dinero, 
ya por cierto número de mantas o ponchos tejidos 
en la comarca. 

Cualquiera comprenderá sin trabajo qué ralea de 
jente debía ser aquella que compraba tales destinos. 

Semejantes mandones eran verdaderas aves de 
rapiña, que cometían toda clase de estorsiones para 
indemnizarse del precio pagado, i sobre todo, para 
proporcionarse una renta cuantiosa. 

Su principal negocio era el robo de niños, o la 
compra de indíjenas, a quienes enajenaban como es- 
clavos. 

Hacian mas todavía. 

Servían de ajentes al maestre de campo jeneral 



— 101 — 

para introducir vino en las reducciones; e intencio- 
nalraente provocaban grandes borracheras para ad- 
quirir a vil precio los productos i los animales de 
los indíjenas, i además sus personas mismas, obte- 
niendo con frecuencia que por algunos tragos los 
maridos vendiesen a sus mujeres, i los padres a sus 
hijos. 

Se acusaba también a don Manuel de Salamanca 
de mantener en la desnudez i en la miseria a los 
soldados, i de hacer matar él mismo las vacas des- 
tinadas a la provisión de la tropa a fin de utilizar la 
cecina i los cueros, que vendía en provecho propio. 
Mas todavía. 

El maestre de campo jeneral, convertido en es- 
peculador de mala lei, toleraba, por cierta contribu- 
ción de indios i de ponchos que los capitanes de 
amigos le pagaban, los agravios que aquellos subal- 
ternos inferían a los naturales; ocupaba a los sol- 
dados, i aún a los oficiales, en las faenas i en la ad- 
ministración de su hacienda; i forzaba a los arrieros 
de Concepción, del Maule i de Colcbagua a traspor- 
tarle los frutos i mercaderías en que traficaba. 

La reprobación casi unánime que, como una mano 
de hierro, cayó sobre don Manuel de Salamanca, 
fue tan tremenda, que trató de sincerarse. 

Al efecto, rindió una información sumaria para 
probar que los capitanes de amigos habían sido 
nombrados, no por él, sino por el sarjento mayor o 
por el presidente; que nunca había recibido de ellos, 
ni por sí ni por interpuesta persona, dinero, obse- 



— 102 ~ 

quio o dádivas de cualquiera especie; que había 
impartido las órdenes mas severas para reprimir 
toda arbitrariedad, violencia o estorsión; que había 
restituido a sus padres i parientes varios indios e 
indias arrebatados a sus familias; que había man- 
acido traer preso con grillos, i puesto en un calabozo, 
al comisario de naciones don Gregorio Fontalva, a 
quien se culpaba de haber cometido diversas veja- 
ciones; que había entregado en pie a los destaca- 
mentos las reses destinadas a su alimentación, a 
cuya carne no había podido por lo tanto estraer el 
sebo i la grasa, i cuyos cueros eran empleados por 
los soldados en hacer látigos i coseletes; que nunca 
se había prevalido de su autoridad para compeler 
a los arrieros a la conducción de sus productos; i 
que, según lo que había ordenado terminantemen- 
te, el vino introducido para el consumo de la guar- 
nición de los fuertes, i para el de los padres de las 
misiones, no debía ser dado a los indios bajo pre- 
testo alguno. 

Ciertamente, don Manuel de Salamanca aparece 
completamente justificado en la información men- 
cionada; pero conviene advertir que los testigos 
interrogados fueron buscados i presentados por él 
mismo, sin contradicción de parte, i que el intere- 
sado ocupaba un alto puesto, i era además sobrino 
del presidente. 

¿Qué había de verdad en aquel cúmulo de acu- 
saciones i de descargos? 

Actualmente es difícil resolverlo a punto fijo. 



— 103 — 

Parece, sin embargo, que la coniportaeión de don 
Manuel de Salamanca estuvo mui distante de ser 
intachable, porque el fiscal de la audiencia don 
Martín Gregorio de Jáureo-ui i Tollo informó al rei 
en contra suya, atribuyéndole toda la culpa de la 
sublevación. 

Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que el le- 
vantamiento de 1723 tuvo un aspecto formidable. 
Los indios de las parcialidades de las Quechere- 
<nias i de las Minas dieron la señal. 

Asesinaron alevosamente a los capitanes de ami- 
gos Navia, Delgado i Verdugo; colocaron sus ca- 
bezas en las puntas de las lanzas; i pasearon de re- 
ducción en reducción aquella sangrienta bandera. 

Los insurrectos tuvieron desde el principio el 
propósito manifiesto de comprometer en su causa, 
no solo a los indios de guerra, como se llamaba a 
los que no estaban sometidos, sino también a los 
yanaconas, como se llamaba a los que los españoles 
tenían empleados en su servicio. 

La chispa prendió rápidamente, i la conflagra- 
ción se hizo jeneral. 

Todo el país se conmovió desde el sur hasta el 
norte. 

Puede decirse que hubo un gran terremoto, se- 
guido de sacudimientos mas pequeños. 

Después del alzamiento de Arauco, se notaron 
conatos de rebelión en varios puntos. 

La ajitación se introdujo en la misma Santiago, 
donde se encarceló i procesó a varios indíjenas por 



— 104 — 

sospecharse que estaban tramando una conspi- 
ración. 

Don Gabriel Cano de Aponte siguió, para sofo- 
car la revuelta, un plan que no se habría esperado 
de sus antecedentes militares. 

Adoptó una táctica espectante. 

Fue el Fabio Cuntator de los presidentes espa- 
ñoles. 

No dio grandes batallas, como uno de sus ante-, 
cesores don Francisco Lazo de la Vega, sino que, 
por el contrario, abandonó todos los fuertes que no 
podian defenderse con facilidad, i dejó que el in- 
cendio se apagara por sí solo. 

En efecto, así sucedió. 

Los rebeldes poco a poco tornaron a la sumisión, 
i se retiraron a sus linderos; de la misma manera que, 
pasada una inundación, un río caudaloso vuelve a 
su cauce, después de haber ocasionado con sus 
aguas perjuicios i estragos inmensos. 



VI 



Creo que puede ofrecer algún interés la copia de 
algunos trozos relativos al asunto, tomados de un 
escrito presentado el 21 de marzo de 1739, por el 
sarjento mayor don Domingo de León en un pro- 
ceso seguido en contra suya sobre el reintegro de 
unas vacas i herramientas pertenecientes al estado. 

León acusaba de parcialidad al fiscal, por cuanto 
se dirijía contra él solo, olvidándose de que muchos 



— 105 — 

otros personajes de categoría habian cometido exce- 
sos mucho mayores de los que a él se imputaban. 

En una enumeración que para esto hacía, se es- 
presaba como sigue: 

«Si el ejemplo de la cabeza da motivos a los 
subalternos; si es tan grande en mí el delito que 
con odio me acumulan, ¿por qué, en servicio de Dios 
i de Su Majestad, i alivio de este reino, el señor 
mi fiscal de oficio no ha hecho representación a la 
real junta, o a Su Majestad, de la pérdida i alza- 
miento jeneral de este reino, que sucedió el año de 
1723, orijinado de las públicas, inicuas i escandalo- 
sas ventas de las reducciones de indios, hechas por 
el maestre de campo jeneral don Manuel de Sala- 
manca, obligando a los capitanes de dichas reduc- 
ciones, no solo a que pagasen en ponchos aquello 
en que las compraban, pero a que vendiesen canti- 
dad de arrobas de vino cada uno en sus reducciones 
a tres i a cuatro ponchos por arroba; de que se ha 
seguido que, habiendo de sacar de este vino los tres 
ponchos, el precio en que compraban la reducción, 
i fuera de esto, utilidad para sí, hacían graves es- 
torsiones a los indios, hasta quitarles sus mujeres, 
hijos e hijas, para venderlos en pago del vino que 
les daban? 

«¿Por qué el señor mi fiscal no hace representa- 
ción a la junta o a Vuestra Señoría, de que el 
maestre de campo jeneral, no solo vendía las reduc- 
ciones por plata o ponchos; no solo obligaba a los 

capitanes de amigos a vender cantidades de vino; 

14 



— 106 — 

pero, contra lei divina i humana, hubo reducción 
que se vendió por una china para regalarla, motivos 
únicos i especiales del alzamiento, en que, no solo 
debía el señor mi fiscal, como ministro tan afecto 
a Su Majestad, hacerle cargo del vilipendio i me- 
nosprecio de las armas españolas, del ignominioso 
retiro de las plazas que tan avanzadas tenía Su Ma- 
jestad, de las muertes que de aquí se orijinaron, de la 
pérdida de tantas almas que, ya reducidas a Dios, 
se volvieron al barbarismo, de la suma demás de un 
millón de pesos que por este motivo lleva gastados 
Su Majestad, fuera demás de trescientas i cincuenta 
estancias o cortijos, poblados de jente espailola i 
muchos indios reducidos a la cristiandad, de gana- 
dos mayores i menores, que todos se asolaron i 
arruinaron, con las iglesias que en su distrito se 
contenían, i todas las de los fuertes i misioneros? 

«¿Por qué el señor fiscal, i quien formó estos 
autos de oficio, i llevados del celo de su obligación, 
me hacen cargo a mí, sin averiguarlo, de haberme 
servido de diez hombres, cuyos nombres i ocupa- 
ciones ignoran, i yo ignoro; por qué, llevados del 
mismo celo i de la misma obligación, no hacen de 
oficio, en servicio de Su Majestad, que para esto 
les paga un tan crecido sueldo, causa al señor don 
Manuel de Salamanca de haber usado, siendo maes- 
tre de campo jeneral, como les consta a todos los 
señores de la junta, que han concurrido a la for- 
mación de estos autos, de muchos soldados con 
nombres determinados, i en ejercicios públicos, que, 



— 107 — 

fuera de muchos más, los mas notorios son los si- 
guientes: 

«El capitán José Lavados, con ventajas de capi- 
tán, i estas ganadas con el mérito de haberle sido 
buen vaquero; de tal le ha servido mas de catorce 
años en la pública vaquería que ha tenido dicho 
señor don Manuel de Salamanca; 

«Camilo Gutiérrez, de mayordomo de su estancia; 

«Pablo Quiros i el teniente Morales de sus 
arrieros; 

«Peña, i Regalado i capitán Alejo de Hevia, de 
escribientes i serviciales, con otros; 

«Maldonado, de su vaquero en Coronel, hasta 
que murió; i en el mismo paraje a otros amansán- 
dole muías; 

«El capitán Sagredo, en compra de trigos i ga- 
nados, con juegos públicos; 

«En Maule, Pedro Balmaceda, con dos solda- 
dos pagados, en sus juegos i compras de trigos i 
ganados; 

«Los cabos del Nacimiento i Purén, con sus 
comercios de ponchos i vacas, siendo los que las 
cuidaban i arriaban soldados; 

«El alférez Zavala en sus matanzas; 

«Alcorza i Condestable, en la fábrica de una casa 
en su estancia; 

«Correa i otros, en Chillan, de cobradores de 
sus dependencias; 

«Don Pedro Saldías, i el soldado Biedma i Aro, 
con don Antonio Ferreira, cuatro indios de Tal- 



— 108 — 

camávida, i varios soldados, en la limpia de sus 
trigos; i de los indios usó a su satisfacción en todas 
las reducciones del reino, no solo para sus faenas, 
pero para prestarlos a otros? 

«¿Por qué dicho mi señor fiscal, en cumplimiento 
de su obligación, no hizo, o hace representación a 
a la junta i a Su Majestad de la gran consternación 
en que puso el señor don Manuel de Salamanca a 
la plaza de Valdivia por haber, por sus particulares 
intereses, traído a esta ciudad de Concepción la 
provisión de los víveres que se ha dado i da siempre 
en el puerto de Valparaíso, a fin de que su salida 
sea en todo el mes de diciembre, o a principios de 
enero, i por abarcarlos todos en sí, no solo no los 
dio al referido tiempo; pero, el día 20 de marzo, no 
había ni un almud de harina, ni media fanega de 
trigo; i el día 3 de mayo, todavía estaba el navio 
surto en este puerto; de que se orijinó, no solo la 
suma carestía que padeció dicha plaza desde el mes 
ele diciembre hasta el mes de mayo, pero espuso 
los dichos víveres a que por lo avanzado del tiempo 
en este hemisferio, tan peligroso para los navegan- 
tes, por ser el dicho mes de mayo de soberbios i 
estraordinarios temporales, a que se perdiesen, así 
por lo dicho, como por lo avanzada que está al polo 
la dicha plaza de Valdivia, cuyo efecto se siguió, 
estrellándose contra la punta que llaman de la Ga- 
lera el navio Nuestra Señora de Loreto, en que iban 
dichos víveres, pereciendo, no solo éstos, pero todos 
cuantos iban en el navio, menos seis que escaparon 



— 109 — 

en un palo; quedando la plaza espuesta por falta de 
víveres a una total ruina, i además de esto, en el 
dicho despacho, tuvo en continuo movimiento, no 
solo la guarnición de esta plaza, pero aún las de las 
demás? 

«Ocupó al cabo de escuadra Molina, al alférez 
Ortiz, al alférez 'Zavala, a don Ambrosio Lobillo, 
a mí i a todos los indios que haber pudo de las re- 
ducciones de la Mocha, San Cristóbal, Talcamávida, 
Santa Fe i Santa Juana, que todos estaban ocupa- 
dos, en limpia de trigo, pues solo a mi cargo tuve 
en Chillan para este efeeto, veinte i dos indios 

«Si tanto delito es, i tanto me lo acrimina dicho 
señor mi fiscal, que halla por conveniente sea presa 
mi persona, i embargados mis bienes, porque com- 
pré raciones a los soldados, dándoles su justo precio 
a los que las vendían ¿por qué dicho señor mi fiscal 
no hace representación a la junta, o a Su Majestad, 
de las muchas que compró el maestre de campo don 
Manuel de Salamanca, no en la forma que todos las 
compraban, sino que tuvo en Yumbel a Juan de 
Dios Franco, i a don Eufrasio Tóllez Jirón, con 
tienda pública en tiempo de la sublevación, com- 
prando las dichas raciones en su nombre a los nu- 
meristas, i pagando las harinas podridas i hediondas 
que yo de sus trigos de su orden remitía desde 
Chillan, las que daba al rei por un subido precio; i 
de estas mismas, compraban sus ajentes a los solda- 
dos cien fanegas, verbigracia, a ocho reales; i luego 
con la lista de lo que habian comprado, sacaban re- 



— 110 — 

cibo del factor para volverlas a dar al rei a tres pe- 
sos i medio; de que se seguía que unas mismas ha- 
negas de harina se vendían dos i tres veces al rei? 

«Ni tampoco dejaba de comprar vacas. A don 
Antonio de Arismendi, le compró una porción de 
vacas chicas i grandes, las puso en la vaquería, i las 
vendió al rei por un mismo precio. El año de 1730, 
compró al alférez Arís i al teniente Miranda las de 
sus raciones, i a don Agustín de Roa, siendo factor 
le compró por un vestido de paño aforrado en cala^ 
maco, que don Miguel de Río Seco le mandó hacer, 
siendo su cajero, mas de doscientas hanegas de ha- 
rina, i otras tantas vacas, para volverlas a vender 
a Su Majestad; i esto me consta porque el dicho don 
Agustín de Roa me lo dijo a mí, i a otros, i le vi el 
vestido, i se lo vieron todos los de la plaza, sin otras 
muchas ventas que por falta de cuidado yo no podré 
saber, porque el comercio que tenía con todos los 
soldados fue grande, como se verá de las crecidas 
cantidades que en los libros reales constan haber 
sacado don Antonio Hermosilla, don Miguel de 
Río Seco, don Eufrasio Jirón, don Fernando Mira, 
don Diego Mesa i don José de Ayala. 

«También debía dicho señor mi fiscal hacer re 
presentación a la junta, o a Su Majestad, de haber 
tenido ocupados los almacenes reales con trigos i 
sebos de sus particulares intereses, sirviéndole los 
tenedores de bastimentos con el sueldo que tiraban 
de Su Majestad. 

«También debiera el geñor mi fiscal, como minis- 



— 111 — 

tro tan celoso del servicio de Su Majestad, haber 
heclio representación a la junta, o a Su Majestad, 
o en la residencia que se le tomó en esta ciudad al 
señor don Manuel de Salamanca, del tiempo que 
obtuvo los empleos de gobernador i capitán jeneral 
de este reino, de haber tenido tienda pública en 
dicho tiempo, con grave perjuicio del común i del 
comercio, la que manejó don José de Ayala, como 
es público i notorio. 

«También debió dicho señor mi fiscal haber re- 
presentado en la misma conformidad el que, habien- 
do mandado por bando el señor don Manuel de Sa- 
lamanca en el tiempo de su gobierno debajo de 
graves penas que ninguno fiase cantidad alguna a 
los soldados, don José de Ayala, su cajero, tuvo 
puerta abierta i amplia facultad pai'a fiarles, como 
en realidad se efectuó, según consta en los libros 
reales, en el pagamento que se hizo del situado que 
vino en plata en tiempo de dicho señor. 

«También debió dicho señor mi fiscal, con su 
acostumbrado celo, haber representado en dicha re- 
sidencia cómo en el referido sueldo se dio la plata 
a los capitanes con orden secreta de ir con ella a la 
tienda de don José Ayala a vestir a los soldados con 
paños de Castilla que en ella había, que, según es 
voz común, los estrajo dicho señor don Manuel de 
Salamanca del comiso que hizo a don Franisco Gar- 
cía Huidobro, del que es constante faltaron de la 
factura una porción considerable de sargas. De esto 
no tengo mas prueba que la pública voz i fama, i 



— 112 — 

haberse visto los paños en dicha tienda de don José 
A y ala. 

«También debiera dicho señor mi fiscal haber 
representado la gran cantidad de pesos que en todos 
los situados ha sacado dicho señor don Manuel de 
Salamanca de los bastimentos i fiados que han he- 
cho sus ajentes a los soldados». 

Pueden hacerse con motivo del documento pre- 
cedente reflexiones análogas a las que antes hice 
con motivo del certificado espedido por el escribano 
don José Gómez de Lamas. 

El escrito del sarjento mayor don Domingo de 
León es fastidioso de leer por lo mal redactado; 
pero es mui instructivo por lo que hace saber. 

Puede ser que contenga inexactitudes, o exaje- 
r aciones, inspiradas por resentimientos personales; 
pero indudablemente deja la impresión de que el 
don Manuel de Salamanca, sobrino del presidente 
Cano de Aponte, había establecido una defrauda- 
ción en grande de los intereses fiscales. 

Como nadie lo ignora, el gobierno español había 
tomado en sus dominios de América las mas esqui- 
sitas precauciones para asegurar la rectitud de los 
procedimientos en los altos funcionarios públicos, 
quienes, por la lei, debian llevar una existencia 
aislada en medio de la sociedad, sin poder trabar 
relaciones estrechas de ninguna especie con sus go- 
bernados, i sin serles permitido, por supuesto, en- 
trar en tratos o negociaciones industriales i mer- 
cantiles. 



— 113 — 

Sin embargo, ahí está patente cuál era la con- 
ducta que observaban. 

A menucio, cuando no eran los presidentes mis- 
mos los que, impulsados por la codicia, cometían 
las trasgresiones mas escandalosas de la lei, como 
sucedió en los gobiernos de don Mateo Ibáñez de 
Peralta i don Juan Andrés de Ustáriz, eran sus 
deudos o allegados, como sucedió bajo el gobierno 
de don Gabriel Cano de Aponte. 

La permanencia en este país del sobrino del jefe 
superior debía ser bien lucrativa, puesto que don 
Manuel de Salamanca hizo venir de España a su 
hermano don Alejandro. 

El defecto esencial de la administración de las 
colonias, defecto que no habían podido remediar 
cuantas precauciones habían imajinado los conseje- 
ros del rei, estaba en que no había verdadera publi- 
cidad, i en que, por lo tanto, la opinión del pueblo 
no podía fiscalizar con la debida oportunidad los 
actos de los gobernantes. 

VII 

La metrópoli sostenía que los tres enemigos ca 
pitales de Chile eran los araucanos, los piratas i los 
comerciantes estranjeros. 

Creo que con mas propiedad habría podido ase- 
verar que los tres enemigos principales de la colo- 
nia eran los araucanos, las viruelas i los temblores. 

Durante el gobierno de don Gabriel Cano de 

15 



_¿. 114 — 

Aponte, ocurrieron una epidemia mortífera, que 
diezmó la población, i un terremoto espantoso, que 
arruinó la ciudad de Santiago. 

El fiscal don Martín Gregorio de Jáuregui i Tollo 
suponía que durante esta catástrofe, que le había 
obligado a abandonar su casa dejándola al cuidado 
de un esclavo, se había estraviado la copia del in- 
forme que había enviado* al reí contra don Manuel 
de Salamanca por los procedimientos torticeros que 
habían dado orijen a la sublevación de 1723, i contra 
don Gabriel Cano de Aponte por las medidas de- 
sacordadas que había adoptado para reprimirla. 

El fiscal agregaba que, junto con la mencionada 
copia, se le habian sustraído también las reales cédu- 
las que el monarca había espedido a consecuencia 
de su demanda. 

Parece que el presidente había declarado, en ven- 
ganza de los denuncios referidos, una encarnizada 
persecución contra el fiscal Jáuregui i Tollo. 

A lo menos, esto es lo que resulta del documento 
que paso a insertar: 

«En la ciudad de Santiago de Chile, en 21 días 
del mes de julio de 1727 años, ante mí el presente 
escribano i testigos, pareció el señor doctor don 
Martín Gregorio de Jáuregui i Tollo, del consejo 
de Su Majestad, su fiscal de esta real audiencia, i 
consultor de la Santa Inquisición, i dijo: que por 
cuanto le está procesando el excelentísimo señor 
presidente don Gabriel Cano, de cuya sumaria se 
recela resultará providencia irregular de prisión, 



— 115 — 

atento al sumo encono i pasión con que se mira al 
señor otorgante, para cuyo reparo se hallaba en la 
precisa condición de recusar a dicho señor presi- 
dente por la manifiesta enemistad contraída por 
haber el señor otorgante repulsado las operaciones 
de dicho señor presidente i de su sobrino el maestre 
de campo jeneral don Manuel de Salamanca, en es- 
pecial por los informes hechos por dicho señor otor- 
gante a Su Majestad (que Dios guarde) sobre los 
motivos de la sublevación de la frontera i deserción 
de fuertes, que únicamente eran de lo primero las 
estorsiones de dicho señor presidente i maestre de 
campo jeneral su sobrino i otros familiares, dimana- 
das por la negociación de la tierra adentro en la 
compra de ponchos i otros efectos, que tienen es- 
tancados, i en otras materias; que asimesmo repre- 
sentó a Su Majestad, así en cuanto a los demás 
excesos de dicho señor presidente, como de los 
agravios con que le ha molestado por no haber con- 
descendido el señor otorgante con sus designios por 
atender a la obligación de su cargo; de todo lo 
cual está cerciorado dicho señor presidente por dos 
ce'dulas reales de Su Majestad, resultadas de estos 
informes: la una de 17 de enero de 1726 en que se 
espresa lo resuelto en la deserción de fuertes, i se 
insinúa que el señor otorgante suponía desacreditar 
las operaciones de dicho señor presidente, según 
reconocí en dicha real cédula, que fue circular a Su 
Excelencia; i otra espedida sobre los agravios que 
han causado dicho maestre de campo su sobrino i 



. — 116 — 

demás familiares, pai^a que sobre ello pida el señor 
otorgante en el juicio de la residencia de dicho se- 
ñor presidente su satisfacción, espresándose en dicha 
real cédula haber sido espedida por informe de dicho 
señor otorgante». 

El documento menciona en seguida otros hechos, 
i las cláusulas i conclusión de estilo en los de su es- 
pecie. 

A pesar de lo espuesto, el nombre de don Gabriel 
Cano de Aponte será siempre grato a los chilenos, 
porque durante su presidencia se comenzó la grande 
obra del canal de Maipo, que permitió regar los 
campos inmediatos a Santiago, convirtiéndolos en 
un parque o verjel continuado, en cuyo centro se 
estiende la capital rodeada de árboles i de mieses 
como una colmena en medio de un jardín. 

VIII 

El presidente de Chile, cuya vida habiari respe- 
tado las balas austriacas i las lanzas araucanas, de- 
bía tener una muerte desastrosa. 

Celebrábase en la plaza de Santiago una fiesta 
espléndida, en que, como de costumbre, había co- 
rridas de sortijas i de cabezas. 

El jeneral había tomado parte en la justa. 

Embriagado por la brillantez de la función, por 
la vista de las damas, por los triunfos que había 
obtenido en la liza i por los aplausos de los espec- 
tadores, quiso ostentar su destreza en la equitación; 



— 117 — 

i con este propósito, pretendió que su caballo pu- 
siese pie's en pared, esto es, que afirmase las patas 
delanteras en la pared, levantándose recto como si 
tratase de escalarla. 

El brioso animal opuso resistencia para hacerlo; 
i el jinete irritado le enterró las espuelas en los 
hijares, i le tiró las riendas con tal brío, que el 
caballo cayó de espaldas aplastando a su dueño. 

La concurrencia lanzó un grito de terror. 

Todos habían creído que el presidente había sido 
materialmente reventado, pero se equivocaron, aún 
cuando el golpe era mortal. 

El malaventurado caballero fue conducido al pa- 
lacio en un estado lamentable. 

Sin embargo, fueron tantos los cuidados de que 
fue objeto, que se logró prolongar su existencia 
cerca de cuatro meses. 

Don Gabriel Cano de Aponte había otorgado su 
testamento en Santiago, el 29 de diciembre de 1725, 
estando en completa salud. 

El 2 de noviembre de 17-33, dictó un codicilo, 
hallándose en cama enfermo de muerte. 

En este documento, declara que don Gabriel José 
Antonio Cano hijo suyo i de doña María Francisca 
Velaz de Medrano ha fallecido en la edad pupilar; 
i que nombra como único heredero a su otro hijo 
don Juan Gabriel. 

«ítem ruega i encarga a la dicha señora doña 
María Francisca, su mujer, que la parte que le to- 
care de sus bienes al dicho don Juan Gabriel Cano, 



— 118 — 

su hijo lejítimo, no disponga de ella sin consulta i 
consejo de sus albaceas, para el mejoramiento, se- 
guro i conservación de la referida lejítima; i asimis- 
mo le ruega i encarga a la dicha señora doña María 
Francisca Velaz, su mujer, qun en los primeros na- 
vios que se ofrezcan de seguridad, se conduzca a los 
reinos de España, i a su patria, para que, llevando 
consigo al dicho su hijo, a su cuidado, doctrina i 
ejemplo, le pueda aplicar i aplique a lo que fuere 
del mayor agrado i servicio de Dios, nuestro Señor, 
i que, llegado este caso, si le pareciera convenía, la 
parte lejítima del dicho su hijo la ponga a usura 
pupilar por mano del reverendo padre procurador 
jeneral de la Compañía de Jesús de Madrid o Se- 
villa, señalando alguna parte de premio al dicho 
reverendo padre procurador jeneral para que tome 
a su cuidado el seguro e interés de la dicha lejítima, 
i que con los intereses se pueda alimentar el dicho 
su hijo hasta que tenga edad competente para ad- 
ministrarla i correr con sus negocios». 

El otorgante reiteró el nombramiento que en el 
testamento había hecho a su mujer de tenedora de 
bienes i guardadora de su hijo don Juan Gabriel, i 
designó conjuntamente como albaceas al ilustrísimo 
señor doctor don Juan de Sarricolea, obispo de 
Santiago i del consejo de Su Majestad, i a los se- 
ñores doctor don Francisco Sánchez de Barreda i 
Vera, licenciados don Mai-tín de Recabárren i don 
Juan del Corral Calvo de la Torre, del mismo con- 
sejo i oidores de la real audiencia, al señor doctor 



_ 119 — 

don Martín Gregorio de Jáuregúi i Tollo, fiscal de 
ella, al señor licenciado don Francisco Ruíz, pro- 
tector fiscal que fue de la ciudad de los Reyes i 
oidor honorario de la real audiencia, al maestre de 
campo jeneral don Manuel de Salamanca i al señor 
don Juan Francisco de Larrain. 

Mandó que sus albaceas hicieran componer un 
coche que le había prestado el capitán don Luís de 
Santelices, i que se le había quebrado; que una vez 
compuesto, se lo devolvieran; i que, caso de no po- 
derse reparar, se le restituyera su valor. 

Ordenó, por último, de palabra que se repartieran 
todos sus trajes entre sus familiares i criados. 

El 10 de noviembre, el presidente se sintió mui 
postrado, e hizo llamar a las once de la mañana al 
escribano don José Álvarez de Henostrosa para 
ordenarle pusiera por dilijencia que había dejado 
varios comunieatos al doctor don Francisco Sán- 
chez de la Barreda i Vera, del consejo de Su Ma- 
jestad, oidor decano i alcalde de corte de la real 
audiencia, i que ordenaba se cumpliesen como sus 
últimas disposiciones. 

El confesor del moribundo fue el padre Juan de 
Casarca de la Compañía de Jesús. 

Don Gabriel Cano de Aponte murió el 11 de no- 
viembre de 1733 cerca de las 11 de la noche. 

EH jeneral había ordenado en su testamento «que, 
cuando falleciera, su cuerpo fuera sepultado en el 
oonvento del señor san Francisco de esta ciudad, o 
de la parte donde muriese, i no habiéndolo en otro 



— 120 — 

lugar de su finamiento, se hiciera su entierro a ar- 
bitrio de sus albaceas, i fuera su cuerpo amortajado 
con el hábito de dicha sagrada relijión, con ánimo 
de ganar las gracias, i luego revistado con el hábito 
capitular de su orden de Alcántara; i armado en la 
forma que se acostumbra con los caballeros de su 
orden, se pasase a la sala de Profanáis de dicha 
relijión sin detener su cuerpo para ostentación al- 
guna; i rogaba i encargaba a sus albaceas que, a las 
dos horas de haber fallecido pasasen su cuerpo a la 
dicha sala de Profanáis sin hacer pompa ni otra 
demostración alguna ni por presidente de la real 
audiencia, ni por capitán jeneral, ni por otra gra- 
duación de su persona, porque desde luego las re- 
nunciaba, sobre lo cual rogaba por amor de Dios a 
dichos sus albaceas diesen estrictísimo cumplimien- 
to i sin dispensación alguna a, esta su cláusula; i 
acompañasen su cuerpo a la sepultura el cura i sa- 
cristán de la parroquia con la cruz alta; i si fuese 
hora, se le dijese una misa de cuerpo presente con 
su vijilia, i si no el día siguiente; i se le mandasen 
decir por los susodichos mil misas rezadas, de que 
se había de pagar la cuarta episcopal; i todo lo de- 
más de su funeral i entierro quedaba al arbitrio de 
sus albaceasK 

Don Gabriel Cano de Aponte era al mismo tiem- 
po un católico sincero i un galán de capa i espada; 
era un hombre de iglesia i un hombre de salón, a 
quien gustaba vestirse de seda i terciopelo. 

Conservó su carácter hasta el postrer suspiro. 



— 121 — 

Pretendía a la vez agradar a Dios i deslumhrar 
a la sociedad. 

Por eso, deseaba presentarse en la otra vida cu- 
bierto con el hábito de san Francisco i juntamente 
ostentarse en ésta hasta el último momento atavia- 
do con su traje mas espléndido. 

Quería tener dos mortajas: una para la tierra i 
otra para el cielo. 

En esta parte, se cumplió su voluntad, según 
consta de la dilijcncia que sigue: 

«Yo José Álvarez de Henostrosa, escribano del 
rei nuestro señor, i público del número de esta ciu- 
dad de Santiago de Chile, certifico, doi fe i verda- 
dero testimonio, en cuanto puedo i ha lugar en de- 
recho como hoi miércoles 11 de noviembre de 1733 
años pasó de esta presente vida a la eterna el exce- 
lentísimo señor don Gabriel Cano, caballero del 
orden de Alcántara, comendador de Mayorga, te 
niente jeneral de los reales ejércitos de Su Majestad, 
gobernador i capitán jeneral de este reino i presi- 
dente de su real audiencia como a las once poco 
menos de la noche, cuyo cadáver vi amortajar con 
el hábito de nuestro padre san Francisco interior- 
mente i encima revestido con un manto capitular i 
armado caballero; i es el mismo señor que conocí, 
traté i con quien actué muchas veces despachos de 
oficio en su gobierno; i para que conste lo firmo i 
signo en testimonio de verdad. 

<LJosé Álvarez de Henostrosa, escribano público i 
real». 

16 



— 122 — 

Los funerales del capitán jeneral fueron magní- 
ficos contra lo que había determinado en sus últimas 
disposiciones. 

XI . 

Por una real cédula datada en Sevilla el 24 de 
diciembre de 1731 , el rei había comunicado a la real 
audiencia de Santiago que había concedido licencia 
a don Gabriel Cano de Aponte para que fuese a 
España, i nombrado en su reemplazo al teniente 
jeneral don Bruno Mauricio de Zavala, actual go- 
bernador de Buenos Aires. 

Le participaba esta resolución a fin de que don 
Gabriel Cano de Aponte no saliera del país sin 
dejar afianzado i asegurado el juicio de residencia 
que debía promovérsele. 

Esta real cédula fue recibida en Santiago el 3 de 
marzo de 1733; pero el presidente no hizo uso del 
permiso que se le concedía, i permaneció en Chile, 
donde, como se ha visto, debía tener posada eterna. 

El viaje no se había realizado, i por lo tanto, la 
fianza no se había exijido; pero es de advertir que 
ella debía haberse otorgado al tiempo en que el 
presidente tomó posesión de su cargo. 

La omisión de este requisito era grave, vista la 
disposición del monarca. 

A fin de remediar el mal en lo posible, el supre- 
mo tribunal celebró el acuerdo que sigue: 

«En la ciudad da Santiago de Chile, en 12 días 
del mes de noviembre de este presente año ds 1733 



— 123 — - 

años, los señores, presidente i oidores de esta real 
audiencia, estando en real acuerdo de justicia, dije- 
ron que, por cuanto el día de ayer, entre diez i once 
de la noche, falleció el excelentísimo señor don Ga- 
briel Cano de Aponte, comendador de Mayorga en 
el orden de Alcántara, teniente jeneral de los reales 
ejércitos de Su Majestad, gobernador i capitán je- 
neral que fue de este reino, i presidente de esta real 
audiencia, i que, hallándose en ella por duplicado 
real cédula que se recibió en el último aviso por el 
mes de octubre en que ordena a esta audieneia que, 
sin embargo de tener concedida licencia al dicho 
excelentísimo señor presidente para pasar a los paí- 
ses de España, luego que le llegase su sucesor, no 
se le permita salir de este reino sin haber afianzado 
el juicio de su residencia; porque parece concernien- 
te a la real voluntad que, habiendo ya muerto sin el 
otorgamiento de fianza alguna para dicho juicio, se 
den las providencias convenientes a la aseguración 
de las acciones, o fiscales, o de particulares por la 
sindicación; en esta atención, mandaron que, optán- 
dose primero venia por parte del tribunal de la 
excelentísima señora doña Francisca Velaz, su mu- 
jer, su albacea, su tenedora de bienes, tutora i cu- 
radora de su hijo menor don Juan Cano, se pasu 
por un señor ministro al embargo de los bienes que 
hubiese dejado dicho señor presidente con asistencia 
del señor fiscal i el presente escribano de cámara, 
para que dieron comisión la bastante en derecho al 
señor don Martín de Becabarren, por cuyo motivo, 



— 124 — 

como el de otras providencias, que pueden ofrecerse 
incompatibles con el ejercicio de albacea, se escusó 
i renunció el cargo por los señores licenciados don 
Juan del Corral Calvo de la Torre i doctor don 
Martín de Jáuregui i Tollo, fiscal de esta audiencia, 
con positivo reconocimiento i gratitud a la honra i 
confianza que merecieron en su nominación al dicho 
excelentísimo señor presidente; i que, aunque fue 
nominado asimismo por albacea el señor doctor don 
Francisco Sánchez Barreda i Vera, oidor mas anti- 
guo de ella, no ha podido escusarse por el particu- 
lar encargo que dicho señor presidente le hizo sobre 
la ejecución i cumplimiento de algunas providen- 
cias secretas que miraban al descargo de su con- 
ciencia; i así lo proveyeron, acordaron i señalaron 
los señores licenciados don Martín de Recabarren 
i don Juan del Corral Calvo de la Torre, estando 
presente el dicho señor fiscal. 

«Ante mí, Miguel de Cuadros, escribano de cá- 
mara i de Su Majestad». 

En consecuencia de este acuerdo, el 16 de no- 
viembre de 1733, don Martín de Recabarren, del 
consejo de Su Majestad, oidor i alcalde de coi'te de 
la real audiencia de Santiago, procedió al inventario 
i embargo de los bienes dejados por don Gabriel 
Cano de Aponte. 

Habiéndose practicado en seguida la tasación de 
dichos bienes, resultó que su valor alcanzaba solo a 
'a suma de siete mil seiscientos setenta pesos tres 
reales. 



— 125 — 

Era evidente que con esta eantiddad el difunto 
no alcanzaba a pagar sus deudas, el aporte de su 
mujer i las arras que le había ofrecido. 

El presidente de Chile había muerto, por lo tan- 
to, fallido. 

Si resultaba algún cargo en contra suya en el 
juicio de residencia que debía formársele, era indu- 
dable que el fisco o los reclamantes iban a quedar 
insolutos. 

Como lo he insinuado ya, don Gabriel Cano de 
Aponte no había rendido fianza alguna al tomar 
posesión de su empleo, a pesar de que este requisito 
estaba ordenado espresamente por la lei. 

Según el fiscal de la real audiencia doctor don 
Martín Gregorio de Jáuregui i Tollo, era costumbre 
inmemorial en Chile que los presidentes no diesen 
la tal fianza; porque ni el ayuntamiento se atrevía 
a exijírsela en los momentos mismos en que se so- 
lemnizaba su llegada, ni ellos habrían podido pres- 
tarla desde que no conocían todavía a nadie en el 
país. 

La lei del caso era una letra muerta, que no se 
cumplía. 

Molestada por aquel secuestro i por el arraigo a 
que se le obligaba, doña Francisca Velaz elevó una 
presentación al virrei del Perú don José de Ar- 
mendariz, marqués de Castel Fuerte, para que le 
permitiese dirijirse a España por la vía de Buenos 
Aires, llevando consigo a su hijo don Juan Cano, 



— 126 — 

el equipaje de su uso i el caudal en oro i plata que 
a ella pertenecía. 

El virrei accedió a esta petición por decreto fe- 
chado en Lima el 2 de noviembre de 1734. 

A principios de marzo de 1735, doña Francisca 
Velaz salió de Santiago para Buenos Aires, acom- 
pañada de una pequeña escolta, que la había pro- 
porcionado don Manuel de Salamanca, el cual estaba 
ejerciendo entonces el empleo de presidente interino 
del reino. 

Ella se había decidido a hacer el viaje por tierra, 
atravesando la cordillera i las pampas. 

La señora emprendió su marcha sin ruido, casi 
en secreto, evitando toda demostración. 

Fue a hospedarse en 'casa del capitán don An- 
tonio González, teniente de correjidor del valle de 
Putaendo, el cual le suministró toda especie de fa- 
cilidades para que pudiera irse por el camino de 
los Patos, cuyo tránsito estaba prohibido para el 
resto de la jente, en vez de irse por el de Santa 
Rosa, que era el espedito i frecuentado. 

Se notó con sorpresa que don Antonio González 
no había avisado la llegada de doña Francisca Velaz 
a su inmediato jefe, el marqués de Cañada Hermosa, 
correjidoi" i justicia mayor de Aconcagua; i que solo 
vino a comunicársela después de que ella había par- 
tido. 

El marqués de Cañada Hermosa, a quien, sea 
dicho de paso, la misma ex-presidenta había ma- 
nifestado un mes antes que iba a seguir un camino 



— 127 — 

diverso, se quejó de la conducta observada por su 
subalterno; pero don Manuel de Salamanca trató 
de calmarle, i satisfacerle con la carta siguiente: 

«Señor mío: 

«Recibí la carta de Usía de 14 del corriente en 
que me manifiesta el sentimiento que le debió la 
ignorada salida de su excelencia de esta ciudad para 
la de Mendoza para haber practicado en su obsequio 
lo que es tan natural en los acreditados garbos i 
atenciones de Usía, a quien debo decir que el mo- 
tivo de no haberle participado la noticia, que a nadie 
se avisó, fue porque su excelencia con mandato es- 
preso me previno lo ejecutase así, atendiendo con 
su gran caridad a que no se molestase a la jente, 
que considera ocupada en recojer sus cosechas, i a 
evitar la incomodidad de los eorrejidores i sus te- 
nientes; por lo que me vi precisado a condescender 
con la insinuación de su excelencia. 

«No obstante, si no hubiera la relación que hai de 
tan cercano parentesco, no hubiera permitido con- 
tinuase la marcha sin una compañía de escolta, que 
le era tan debida por su persona, por su carácter i 
demás circunstancias que comprenderá Usía. 

«I aunque a Antonio González tampoco se le 
avisó, i fue repentina la llegada de su excelencia a 
su habitación, hallándose ésta mas adelante de la de 
Usía, por cuya cercanía pasó, fe persuadiría a que 
era inoficioso avisar a Usía lo mismo que creyó podía 
saber, con que en esto no le hallo culpa, si bien no 



— 128 — 

es mi ánimo que González, ni otro alguno, falte a 
Usía en lo mas mínimo, ni que se valga de mi agra- 
decimiento al buen hospedaje para propasarse a lo 
que no debe, según me lo espresa Usía. 

«Pero, porque no se atribuya a fin diverso cual- 
quiera corrección, estimaré que por ahora no se le 
moleste sin nuevo mérito, que creo procurará evitar, 
conduciéndose con la cordura que me aseguran lo 
ha hecho siempre, sin que en adelante, practicando 
lo contrario, le deba valer la pintura del moro en el 
escudo de su defensa. 

«Quedan asegurados en esta cárcel el mulato 
José, esclavo que me dice Usía es de don Gregorio 
Valdós, vecino de Colchagua, i María Alegría, con 
quien vivía en suma libertad en amistad ilícita; i de 
ambos se dispondrá lo que fuere conveniente, según 
justicia. 

«Dios guarde a Usía muchos años. 

«Santiago, 17 de marzo de 1735. 

«Besa las manos a Usía su mayor servidor. 

Don Manuel de Salamanca. 
«Al señor marqués de Cañada Hermosa». 

Los procedimientos misteriosos i poco francos de 
doña Francisca Velaz, agregados a otros indicios, 
fueron causa de que se esparciera entre todos la 
sospecha de que dicha señora llevaba consigo injen- 
te caudal. 



— 129 — 

Por cédula espedida en el Buen Retiro el 9 de 
diciembre de 1736, el monarca comisionó al briga- 
dier don José Manso i Velasco, electo presidente, 
gobernador i capitán jeneral del reino de Chile, 
para que tomara residencia a sus antecesores don 
Gabriel Cano de Aponte i don Manuel do Sala- 
manea. 

Una de las primeras dilijencias de don José Man- 
so fue la de que se recibiese una información suma- 
ria secreta para averiguar el caudal que doña Fran- 
cisca Velaz había sacado de Chile. 

La voz pública pretendía que había muchas- omi- 
siones en el inventario que se había formado de los 
bienes dejados por don Gabriel Cano de Aponte; i 
que, entre otras cosas que no habían sido apunta- 
das, se notaban una fuerte cantidad de dinero, i 
varias alhajas i preseas, que la viuda se había apre- 
surado a vender ocultamente. 

Muchos calculaban la herencia de don Gabriel 
Cano de Aponte en mas de cien mil pesos; i a su 
fallecimiento solo se había hallado un valor de siete 
mil seiscientos setenta pesos tres reales. 

La diferencia era muí considerable. 

Resaltó de la información que doña Francisca 
Velaz había conducido consigo, a mas de su equi- 
paje, veintiséis petacas, o arcas de madera forradas 
en cuero, las cuales iban marcadas con sus corres- 
pondientes números, cerradas con sumo cuidado, i 
lacradas como si fueran la cubierta de un testa- 
mento, 

17 



— 130 — 

Todas las noches, al tiempo de alojarse, se exa- 
minaban esas cargas para ver si iban en el mismo 
estado en que por la mañana se liabian entregado 
a los arrieros. 

En seguida, se colocaban veinte i cuatro de ellas 
dentro del toldo o carpa de la ex-presidcnta, i las 
otras dos debajo de su propia cama. 

Los soldados i los sirvientes dormian en torno de 
la tienda. 

Cualquiera comprenderá, estas minuciosas pre- 
cauciones, cuando sepa que las veinticuatro cajas 
mencionadas estaban llenas de plata, i las otras dos 
iban llenas de oro. 

Cada una de las primeras pesaba seis arrobas; i 
cada una de las segundas, nueve. 

Posteriormente, don Manuel de Salamanca re- 
mitió a su tía dos cargas de plata, cuyo contenido 
se descubrió por una gran casualidad. 

El 21 de abril de 1735, don Miguel de los Ríos 
se presentó ante el marqués de Cañada Hermosa 
con una porción crecida de cargas de varios jéneros, 
entre las cuales, había también varios zurrones de 
plata, que se remitían con la licencia competente. 
El conductor, entregó a dicho señor la carta que 
sigue: 

«Señor mío: 

«El dador de ésta es don Miguel de los Ríos, 
persona de mi estimación, i mui apreciablc por sus 
prendas. 



— 131 — 

«Deseo su mayor satisfacción; i como por lo avan- 
zado del tiempo puede necesitar de algún auxilio 
para pasar la cordillera nevada, pido a Usía lo tenga 
presente para atenderlo en todo. 

«Remito con el dicho tres cargas que vinieron de 
algunos encargos de Lima para mi señora parienta 
la excelentísima señora doña Francisca Velaz de 
Medrano, que por la brevedad, i tener sacada con 
anticipación su licencia, no van inclusas en ella; i 
con esta noticia puede Usía permitir pasen libre- 
mente. 

«Dios guarde a Usía muchos años. 

«Santiago, 17 de abril de 1735. 

«Besa las manos de Usía su mayor servidor. 

Dos Manuel de Salamanca. 

«Al señor marques de Cañada Herniosas. 

El correjidor de Aconcagua, que estaba receloso, 
hizo rejistrar las tres cargas, i encontró que eran 
de plata. 

Dan Miguel de los Ríos se vio entonces obligado 
a reconocer ante un ministro de fe que las tres car- 
gas eran de plata; i que el presidente Salamanca 
las enviaba a doña Francisca Velaz, por cuya cuenta 
i riesgo las llevaba. 

Antes de concluir, debo esponer que la ex-pre- 
sidenta sostuvo que todo aquel dinero no era suyo, 
con escepción de cuatro mil pesos, porque el resto 
pertenecía a diferentes sujetos, quienes se lo ha- 



— 132 — 

bian entregado para diversos encargos i comisiones 
i efectivamente rindió una información para probar 
lo; pero la opinión pública persistió en creer que 
doña Francisca Velaz había reducido los bienes de 
don Gabriel Cano de Aponte a barras de plata i 
tejos de oro, que había estraído clandestinamente 
para poner estos valores a cubierto de la garra del 
fisco, caso de que resultara alguna condenación en 
el juicio de residencia que iba a promoverse contra 
el difunto presidente. 

La señora, ya que dejaba en Chile las tumbas de 
su marido i de su hijo, quería por lo menos que aquel 
injente caudal no fuese sepultado en la tumba sin 
fondo llamada erario español. 



DON JOSÉ RODRÍGUEZ BALLESTEROS 



Voi a hablar de un hombre desgraciado, que ha 
compuesto la historia peor escrita que existe de 
nuestra guerra de la independencia. 

El autor i su obra merecen que se les dediquen 
algunas líneas. 

El autor interesa por los reveses de su suerte. 

La obra, a pesar de su poco mérito literario, 
encierra noticias que pueden esplotar con provecho 
los aficionados a la historia nacional. 

Don José Rodríguez Ballesteros nació en la villa 
de Madrid, i fue bijo de don Juan Rodríguez Ba- 
llesteros, que vino de rejente a la audiencia de 
Santiago, i que murió en Lima cuando se dirijía a 
España para incorporarse en el supremo consejo de 
Indias, del cual había sido nombrado ministro. 

Su madre era una italiana de Valetri. 

En 1787, don José Rodríguez Ballesteros entró 
a servir de cadete en un cuerpo de caballería, lla- 
mado del Príncipe, que por entonces guarnecía la 
capital del reino de Chile. 

Desde esa época, pasó trece años ocioso en los 
cuarteles. 

En semejante universidad, no es probable que ad- 



— 136 — 

quiriese mucha ciencia ni mucha literatura el futuro 
historiador de la guerra de la independencia. 

Pero, desde el primer año de este siglo, Balles- 
teros comenzó un servicio mas activo; i con cortos 
intervalos tuvo que emprender campaña tras cam- 
paña. 

En ese año, principió verdaderamente su carrera 
militar formando parte de una espedición marítima 
enviada por el virrei del Perú a las islas Galápagos 
en contra de los ingleses. 

Mas tarde marchó entre las tropas que fueron a 
contener la insurrección de Quito. 

En seguida hizo en Chile las campañas de 1813 
i 1814 

En 18 1.5, se incorporó con un cuerpo de tropas en 
el ejército español del Alto Perú. 

Por último, se encontró entre los valientes rea- 
listas que a las órdenes de Quintanilla defendieron 
la isla de Chiloé hasta 1826. 

Ballesteros fue en 1813 uno de los que mas con- 
tribuyeron a organizar i disciplinar el ejército de 
Pareja en esta isla i la provincia de Valdivia. 

El 27 de- marzo de ese mismo año, fue el primero 
de las tropas iuvasoras que desembarcó en la playa 
de San Vicente conduciendo el batallón Voluntarios 
de Castro. 

En la sorpresa de Yerbas Buenas, fue su cuerpo 
el que resistió a los patriotas. 

En la batalla de San Carlos, fue él quien formó i 
mandó el cuadro de las tropas españolas 



— 137 — 

En el sitio de Chillan, se portó con valor. 

Eu la reñida acción de Raucagua, fue jefe de una 
de las divisiones que asaltaron la plaza, i mereció 
que en oficio particular Ossorio le manifestase su 
complacencia por el comportamiento que había te- 
nido. 

Durante la campaña de Chiloé, ganó contra los 
patriotas el 1.° de abril de 1824 el combate de Me- 
copulli. 

Ballesteros abozaba de mucho crédito entre sus 
camaradas. 

Era valiente en el peligro, pródigo de su dinero, 
i jeneroso con los vencidos. 

En mas de una ocasión, repartió sus ahorros entre 
sus compañeros, o los franqueó a la autoridad 
realista en los apuros del erario. 

Don José Miguel Carrera, contra quien sirvió 
de fiscal en la causa que le mandó seguir Gaínza 
cuando aquel caudillo insurjente cayó prisionero, 
ha dejado en su Diario un recuerdo honorífico para 
Ballesteros. 

La rendición de Chiloé el 19 de febrero de 1826 
puso término a su prosperidad i a su carrera de sol- 
dado. 

La completa derrota de las fuerzas peninsulares 
en América arruinó a Ballesteros. 

Su estrella se eclipsó con el abatimiento de la 
bandera a cuya sombra había combatido. 

Al fin de la lucha, se halló inhábil para el trabajo 
i sin recursos, teniendo en el bolsillo los despachos 

18 



— 138 — 

de coronel de un ejército que había desaparecido, i 
los documentos que justificaban sus préstamos a un 
gobierno que, como el ejército, se había convertido 
en humo. 

Había militado treinta i ocho años cinco meses; 
i de ese largo período dedicado al ejercicio de las 
armas, había pasado veinte i un años cinco meses 
en campaña frente al enemigo. 

Durante ese trascurso de tiempo, había contraído 
hábitos de campamento que le hacían odiosa cual- 
quiera otra ocupación. 

Así se encontraba pobre, i ajitaba los brazos sin 
hallar como ganar su subsistencia. 

Sabía diseminar soldados, pero no sabía pedir su 
alimento a una industria cualquiera. 

Para remate, no era solo: se había casado i tenía 
hijos. 

Comenzó por enterar la vida como mejor podía, 
a fuerza de trazas i de espedientes. 

Pero no tardó en caerle encima la vejez con sus 
achaques e intercadencias. 

Los hijos se le habían aumentado. 

Su situación se agravó notablemente. 

Ese veterano que, si hubiese triunfado su partido, 
habría llevado el pecho cubierto de cruces; que ha- 
bría obtenido cuando menos el grado de brigadier; i 
que talvez habría sido capitán jeneral de Chile i pre- 
sidente de su real audiencia, se vio reducido a la 
condición mas desventurada. 

La miseria en todo caso es un estado lastimoso) 



— 139 — 

pero la miseria despue's de la prosperidad es una 
cosa horrible. 

¡Haber sido rico, i verse pobre! ¡haber sido aca- 
tado en el mundo, i verse desvalido! ¡mirarse aislado 
i desatendido, cuando se había contraído la costum- 
bre de ser escuchado con respeto, de ser consultado 
con deferencia! 

Para soportar todo eso, debe necesitarse un alma 
mui vigorosa, una enerjía de estoico, una resigna- 
ción de cristiano, difíciles de poseer. 

Caer de tanta altura a tanto abatimiento ha de 
causar una pena mui profunda. 

Un joven puede soportar quizás esas alternativas; 
tiene delante de sí la mitad de la vida; le alienta 
la esperanza en lo desconocido; le sostiene una 
fuerza de voluntad que el uso üo ha gastado toda- 
vía. 

Pero Ballesteros era un viejo, quebrantado por 
ios años i por las fatigas de una existencia afanosa. 

Esas circunstancias hacían para él mas dolorosa 
las variaciones de la suerte. 

Su situación era demasiado triste i habría abati- 
do a cualquiera. 

Tenía una mujer i tenía hijos, a quienes su pobreza 
hacía padecer; no poseía capital ni medios de indus- 
tria; no podía trabajar para mantener a esas perso- 
nas queridas. 

¿Qué hacer? 

Un día, alguien le dijo, o se le ocurrió a él mismo 
quizá, que una relación de las campañas do la iu- 



— 140 — 

dependencia, compuesta por un testigo ocular, por 
un actor como era él, encontraría aceptación en este 
país i sería bien pagada. 

El coronel Ballesteros acojió la idea con entu- 
siasmo. 

El libro que proyectaba, iba a suministrarle pan 
para su familia; iba a traerle un alivio en su apurada 
situación; iba tal vez a restituirle la consideración 
que le había acompañado en la juventud i en la edad 
madura, i que, veleidosa amiga, le había traicionado 
en la vejez. 

Había adquirido fama i prestijio viviendo en los 
campamentos i haciendo la guerra, ¿por qué no 
recobraría una parte de ese bien perdido refiriendo 
lo que en otro tiempo se lo había dado? 

Con la concepción de su obra, Ballesteros se forjó 
un mundo de ilusiones. 

Se soñó rico i acatado. 

Se volvió a ver consultado i escuchado con res- 
peto, como en la época de su auje. 

¿Quién sabe cuantas otras cosas se imajinó? 

¿Quién sería capaz de rehacer el magnífico poema 
sobre su prosperidad futura que compuso entonces 
con la rapidez del pensamiento? 

No hai fantasía mas rica que la del pobre. 

Los desgraciados son comunmente los primeros 
entre los poetas. 

La existencia les sería insoportable si no soñasen, 
i si no huyesen en alas de la imajinación lejos de las 
incomodidades que los cercan. 



— 141 — 

Dios es justo i bondadoso, i cuida de dar a los 
que padecen uua compensación para sus males. 

Ballesteros se puso al trabajo sin demora, i co- 
menzó a componer un libro que tenía por título 
Revista de la guerra de la independencia en Chile. 

En él, se proponía relatar lo que había visto, re- 
futar las inexactitudes i ponderaciones de los que 
le habían precedido en la empresa, i completar su 
relación en la parte que no había presenciado con 
lo que otros habían dicho. 

Para llevar a cabo su proyecto, tenía sus recuer- 
dos, algunos periódicos i algunas proclamas, un 
ejemplar de El chileno instruido en la historia de 
su país por el padre Guzmán, otro de las Memorias 
de Miller, i otro de la Historia de Torrente; tenía 
plumas, papel i tinta; tenía un ánimo im parcial i 
libi'e de las preocupaciones de partido, buenas in- 
tenciones i bastante veracidad; le faltaban instruc- 
ción, criterio, hábito de escribir, talento. 

Cuando se carece de esas cualidades, es difícil 
elaborar una obra. 

Ballesteros conoció desde el principio que para él 
la tarea era mui pesada. 

A todos les cuesta coordinar las ideas i espresar- 
las como corresponde; pero, para el ex-coronel tras- 
formado en escritor, era eso de una dificultad im- 
ponderable. 

Para redactar lo que quería decir, se veía forzado 
a someterse a una tortura de espíritu espantosa. 

Su intelijencia no estaba formada para semejante 



— 142 — 

ejercicio; i sin. embargo, la obligaba con violencia a 
que produjese. 

Solo los que lo lian esperimentado, pueden apre- 
ciar las fatigas de muerte que produce ese tormento 
de las facultades mentales. 

La redacción de su libro era para Ballesteros un 
trabajo abrumador, mas fatigante que cualquiera 
trabajo material, porque era el alma la que se le 
cansaba, i el cansancio del alma es mas doloroso que 
el cansancio del cuerpo. 

Esas congojas del escritor, esa dificultad de con- 
cepción i de espresión han quedado estampadas en 
la Revista de la guerra de la independencia. 

Uno no puede leer ese libro sin pena, sin senti- 
miento, pues a cada hoja se le representan las an- 
gustias del autor. 

El lenguaje i el estilo están manifestando lo que 
ese hombre debió sufrir. 

Esas frases trabajosas, incorrectas, atestadas de 
elipsis i de paréntesis, completadas por proposicio- 
nes incidentes, que las enredan i ofuscan, atormen- 
tan el ánimo i causan un dolor profundo. 

Basta echar sobre ellas la vista para convencerse 
de que ocultan un gran padecimiento. 

Cada una de esas frases ha costado al que las ha 
compuesto una horrible violencia del espíritu, cada 
una de ellas es hija de un parto doloroso. 

Para construir uno solo de esos períodos, ha de- 
bido gastar el autor un cuarto de hora, quizá una 
hora completa. 



— 143 — 

En escribir una línea,ha desperdiciado mastiempo 
que otros en escribir una pajina. 

Se habrían podido acabar dos o tres tomos en 
folio durante los largos meses que se han necesitado 
para trazar el folleto de Ballesteros. 

Eso es evidente; eso se palpa. 

Hai frases que no se ha hallado con fuerza de 
concluir él solo, que ha principiado de una manera 
propia, i que ha terminado con un inciso robado al 
padre Guzmán. 

Se conoce que descansa siempre que puede meter 
en su relación un trozo plajiado; lo que no es para 
él cosa tan sencilla, como a algunos podría parecer. 

Ballesteros no dirijo su lenguaje. 

Es el lenguaje el que le arrastra, i el que le hace 
decir lo que talvez no querría. 

Le sucede con frecuencia lo que a algunos estu 
diantes que no pueden espresar lo que habrían de- 
seado, i dicen una cosa mui diversa, arrastrados por 
las palabras que espontáneamente se les van ocu- 
rriendo, i que se van acomodando por sí solas en los 
varios períodos. 

Esa impotencia de estilo se nota a cada línea. 

El libro no está escrito en castellano, sino en je 
rigonza bárbara. 

No son los galicismos, las construcciones neolóji- 
cas, los provincialismos los que deslucen su lenguaje. 

No tiene frases. 

En lugar de éstas, nos da grupos de palabras, a 



— 144 — 

las cuales jeneralmente falta un verbo que las coor- 
dine i les dé vida. 

Esa dificultad estremada para espresarse acongo- 
ja el ánimo. 

El lector descubre por ella que Ballesteros no 
tenía aptitudes para ser escritor, i sufre hojeando 
su libro casi tanto, como debió sufrir él mismo al 
componerlo. 

¿Por qué el infortunado coronel se ha sometido a 
ese martirio? 

¿Qué pasión, qué necesidad le ha obligado a con- 
denarse él mismo a esa tarea de galeote? 

Para quien conoce sus antecedentes, la respuesta 
a esas preguntas no es embarazosa. 

Ballesteros padecía mucho intentando una cosa 
para que no había nacido; pero sus penas estaban 
también compensadas por dulzuras inefables. 

El libro que redactaba a costa de tantos sudores, 
era el alimento de sus hijos, la esperanza de una 
mejora en su suerte, la satisfacción de su amor pro- 
pio, el recuerdo de sus tiempos felices. 

¿Cómo no había de persistir en su faena? 

Escribiendo esc libro, satisfacía esa necesidad de 
hablar que esperimenta todo veterano, esa afición 
a relatar las hazañas propias i las de sus compañe- 
ros de armas, que es peculiar de todo soldado. 

Mientras escribía, el anciano sentía que la san- 
gre se rejuvenecía en sus venas; volvía a obrar; 
volvía a vivir; conducía de nuevo las tropas al 
combate; asistía otra vez a las juntas de guerra; 



— 145 — 

trazaba planes; daba consejos; dejaba de existir en 
el presente para trasladarse a un pasado que su 
abatimiento actual le hacía mas querido. 

Esos goces le resarcían superabundantemente to- 
das las torturas del espíritu, todas las congojas inte- 
lectuales que le costaba escribir. 

Sin esta indemnización, habría sido imposible 
que un individuo tan torpe en el manejo de la plu- 
ma hubiera dado cima a una empresa tan superior 
a sus fuerzas, como era la que había acometido. 

Solo el gran consuelo que hallaba en la compo- 
sición de ese libro podía animarle para arrostrar 
las fatigas que le hacía soportar. 

Los hombres acostumbrados a la acción, cuando 
se ven forzosamente separados del movimiento pú- 
blico, escriben o leen la historia, porque, ya que no 
pueden obrar i moverse realmente, gustan de obrar 
i de moverse siquiera por el pensamiento. 

Ese es el único medio que tienen de continuar 
la vida a que se habían habituado. 

Era eso precisamente lo que sucedía a Balles- 
teros. 

Había pasado mas de la mitad de la existencia 
en la acción, en el movimiento, haciéndose obedecer, 
influyendo sobre la suerte de sus semejantes, i se 
veía condenado a morir en el fastidio de la inercia, 
del aislamiento, de la nulidad que la pobreza trae 
consigo. 

Eso debía serle insoportable. 

19 



— 146 — 

Se concibe que esa inacción fuese para él un 
martirio mayor, que el de escribir. 

Así fue que, a pesar de todo, continuó redactando 
su obra, i viviendo en otra época por la imajinación. 
Día a día prosiguió su tarea; i añadiendo reglón 
tras reglón, consiguió llevarla a cabo después de lar- 
gas vijilias. 

Cuando hubo terminado su trabajo, pensó que 
había llegado el momento de comenzar a recojer el 
premio de su constancia, i trató de buscar un com- 
prador a quien conviniera la adquisición del manus- 
crito. 

Pero no tardó en conocer que lo que buscaba era 
mas difícil de descubrir de lo que se había imaji- 
nado. 

En vano propuso la venta a diversos individuos, 
porque solo recibió negativas por respuesta. 

En esta pesquisa, sus ilusiones principiaron a di- 
siparse. 

La esperiencia le enseñó que el oficio de escritor 
no era tan lucrativo, como había creído. 

Por último, después de muchos desengaños, una 
persona haciéndole gran favor, le dio seis onzas, 
según recuerdo, por la Revista de la guerra de la 
independencia. 

Ballesteros, que se había prometido sacar tanto 
provecho pecuniario de su libro, recibió como una 
gracia esa módica suma, i quedó reconocido. 

¡La triste realidad había desbaratado todos sus 
sueños! 



— 147 — 

Esta esperanza burlada no fue la única amargura 
que esperimentó el desgraciado coronel. 

Cruel era el golpe que acababa de sufrir; pero a 
continuación soportó otro que quizá le fue mas sen- 
sible todavía. 

A los pocos días, supo que el manuscrito había 
sido vendido en veinte onzas al gobierno para la bi- 
blioteca nacional. 

Otro había recojido el fruto de sus fatigas, otro 
le babía arrebatado el sustento de sus hijos, el alivio 
de su miseria. 

Había en este contratiempo con que desesperar 
a un santo. 

Sin embargo Ballesteros sin desalentarse conti- 
nuó luchando contra su fatal estrella. 

Inmediatamente se puso a escribir una Historia 
de la guerra de la independencia peruana, que 
terminó con las mismas dificultades poco antes de 
morir, i cuyo precio pagado esta vez al autor por 
el ministerio de instrucción pública le proporcionó 
algunos consuelos en sus últimos momentos. 

El desventurado Ballesteros no tuvo siquiera la 
satisfacción de ver impresa durante su vida la Re- 
vista de la guerra de la independencia, ese libro 
en el cual había fundado tantas expectativas de 
gloria. 

Hacía algunos meses que había muerto, cuando 
apareció en noviembre de 1851. 

La fatalidad que había perseguido al autor, per- 
siguió también a su obra. 



— 148 — 

La edición que de ella se ha hecho, es indudable- 
mente la mas fea i miserable, que haya salido de 
nuestras imprentas. 

Su tamaño i su estructura son de pésimo gusto. 

Las tiras de papel mugrientas i renegridas de 
que está formada, no se habrían podido emplear 
convenientemente ni para pruebas tipográficas. 

La tinta es digna del papel. 

Es mui probable que no haya otra edición, que 
contenga mas errat as. 

Algunas son monstruosas. 

Basta considerar ese libro por las tapas para pre- 
sumir que su autor era pobre i desgraciado. 

Solo la obra de un menesteroso podía haber sido 
impresa de una manera tan detestable. 

Ya desde el tiempo de los romanos, el poeta 
Ovidio había notado que los libros de los felices de 
la tierra son mui diversos por sus atavíos i esterio- 
ridades de los que se componen en medio de las lá- 
grimas i de la aflicción. 

Esta observación parece que ha sido hecha para 
aplicarse a la Revista de la guerra de la indepen- 
dencia, porque su traza está diciendo cuál era la 
condición del que la escribió. 

Ahora, para concluir, ¿qué valor tiene ese libro 
cuyo autor ha sido tan burlado por la suerte, cuyo 
alumbramiento ha costado tantas congojas i cuyas 
apariencias son tan poco atractivas? 

Ballesteros cuenta lo que ha visto con la veraci- 
dad de un Bernal Díaz del Castillo; pero, si tiene 



— 149 — 

ese punto de semejanza con el cronista mejicano, 
está mui lejos de parecérsele en e! injenio con que 
aquel ilustre compañero de Hernán Cortés hizo la 
relación de sus campañas en el Nuevo Mundo. 

Bernal Díaz ha compuesto una obra maestra que 
críticos competentes encuentran superior a la Ilíada 
de Homero; Rodríguez Ballesteros ha trabajado un 
opúsculo del cual ciertamente no se dirá otro tanto. 

Es verídico, i refiere con exactitud lo que ha visto. 

Este es su grande i tínico mérito. 

Pero conviene advertir, para no equivocarse, que 
su vista no alcanza a mucha distancia. 

Es una buena autoridad para rectificar las cosas 
que han sucedido a su alrededor. 

Merece ser creído en cuanto a las operaciones de^ 
ejército real, en cuanto al número i disciplina de las 
tropas, en cuanto a la abundancia o escasez de ví- 
veres. 

Esas son cosas materiales que pasaban delante 
de sus ojos, o que él dirijía. 

Debía saberlas mejor que nadie, i por el tono im- 
parcial i moderado con que las narra, estamos ciertos 
que no las adultera. 

Es también un testigo abonado en todo lo rela- 
tivo a los murmullos del campamento i las intrigas 
del cuerpo de guardia. 

Esos hechos se verificaban en su presencia; quizá 
él mismo intervenía en ellos; tenía oídos, debía 
escuchar, i hai acontecimientos que ni los años ni 
aún la pobreza nos hacen olvidar. 



— 150 — 

En todas estas materias, la obra es digna de ser 
consultada. 

Corrije algunas inexactitudes que el público 
había admitido como verdaderas, i desmiente mu- 
chas de las falsedades que los patriotas habían es- 
parcido a impulsos de la pasión de partido. 

Pero, en todo lo demás, su incompetencia es ma- 
fiesta. 

Ballesteros es inhábil para apreciar las causas i 
las consecuencias de los hechos. 

Es incapaz de dar un juicio acertado acerca de 
muchos de los sucesos que relata. 

No es testimonio respetable, sino cuando narra 
las cosas palpables, que acontecieron dentro del 
horizonte del ejército real. 

Para todo lo que pasa mas allá de este círculo, 
es el eco de todas las patrañas i consejas que se 
han publicado. 

Ballesteros era un hombre que tenía una venera- 
ción ciega a todo lo que estaba en letra de molde. 

Cuanto veía impreso, lo creía verdadero, a no ser 
que con sus propios ojos hubiera visto lo contrario. 

Para él, todo libro era tan respetable como la Bi- 
blia. 

Así, no es de estrañar que haya incorporado en 
su obra muchas de las inexactitudes que el padre 
Guzmán puso en la suya. 

Siempre que este historiador, Miller o Torrente 
dicen algo que esté en abierta contradicción con lo 
que Ballestero? sabía por esperiencia, los critica 



— 151 — 

como mejor puede; pero fuera de este caso los copia 
sin escrúpulo, sobre todo al primero. 

Las lijerezas de estos tres escritores, que él mismo 
había esperimentado en diversas circunstancias, po- 
dían haberle hecho mas cauto a su respecto; pero 
los sigue, como digo, a pie juntillas, cuando se trata 
de hechos que no ha presenciado. 

No es preciso estenderse mucho sobre los resulta- 
dos de semejante credulidad, porque a nadie deben 
ocultarse. 

Esto es lo que juzgo acerca de la obra del coronel 
Ballesteros, que los aficionados a la historia nacio- 
nal pueden compulsar con provecho, pero cuyas 
aserciones deben someter a maduro examen. 



DON RODULFO AMANDO PHILIPPI 



El eminente i bondadoso profesor a quien conoce 
i respeta toda la juventud estudiosa de Santiago, 
tiene por nombre el que aparece a la cabeza de este 
artículo, sea dicho con perdón de los decretos gu- 
bernativos i de los documentos universitarios, cuyos 
autores parecen haber tomado empeño en susti- 
tuirlo por el de Rodulfo Armando. 

Según lo he oído al mismo señor Philippi, se ha 
cansado de protestar contra una alteración comple- 
tamente inmotivada, hasta que al fin se ha resig- 
nado a ella. 

Pudiera creerse que ha sucedido con el nombre 
en este sabio naturalista lo que con muchas plantas 
que esperimentan variaciones al ser trasportadas de 
un clima a otro. 

Don Rodulfo Amando Philippi nació el 14 de 
setiembre de 1808 en Charlottenburg, población 
que pudiera denominarse el Versalles de Berlín. 

El personaje de que voi a tratar, es hijo de don 
Guillermo E,verardo Philippi, orijinario de West- 



— 156 — 

falia, i de doña María Ana Krumwiede, natural 
de Hanover. 

Su padre, empleado en el tribunal de cuentas, 
perdió sus cortos bienes de fortuna cuando la inva- 
sión francesa de 1806. 

Ya que se veía en la imposibilidad de dejar a sus 
hijos una herencia en dinero, aunque solo fuera pe- 
queña, se esforzó en asegurarles la adquisición de 
una excelente educación. 

El niño Rodulfo Amando, i su hermano menor, 
Bernardo, también mui conocido en Chile, fueron 
desde temprano enviados a Suiza para recibir los 
rudimentos de la instrucción en el colejio que el 
famoso Pestalozzi dirijía en Iverdon, en el cual 
permanecieron cuatro años. 

Al fin de este tiempo, Rodulfo Amando fue a 
concluir sus estudios preparatorios en uno de los 
liceos de Berlín. 

En 1826, se incorporó en el curso de medicina 
de la universidad establecida en la capital del reino 
de Prusia. 

Sin embargo, su afición decidida le llevaba al 
estudio de las ciencias naturales. 

Si consentía en procurar hacerse apto para la 
profesión de médico, era únicamente por dar gusto 
a su padre, que así lo deseaba. 

En 1830, su famlia, i mui en especial su madre, 
hicieron sacrificios pecuniarios para que el joven 
estudiante, según un uso jeneral en Alemania, fuera 



- 157- 

a completar su educación, viajando por algunos 
países estranjeros. 

Durante el viaje de que estoi hablando, el joven 
Philippi se encontró con los eminentes jeólogos 
Federico Hoffnian i Arnaldo Escher von der Listh, 
que fomentaron la inclinación que siempre había 
tenido al estudio de la naturaleza. 

Por muchos meses, estuvo con ellos recojiendo 
las producciones marinas i fósiles de la Italia Me- 
ridional i de la Sicilia. 

De regreso a Berlín, rindió en 1833 las pruebas 
finales que se exijían a los aspirantes a la profesión 
de médico. 

Aunque se desempeñó en ellas con mucho luci- 
miento, i obtuvo certificados mui honrosos, se limitó 
a presentar a sus deudos el diploma de médico para 
manifestarles que no había perdido el tiempo, ni 
sido indigno de sus desvelos i sacrificios. 

Ni entonces ni después ha ejercido la profesión 
de médico, 

Philippi es de la clase de individuos para quienes 
el cultivo desinteresado de la ciencia es una especie 
de sacerdocio. 

Todo el tiempo de que ha podido disponer, le ha 
parecido corto para sus variadas i pacientes inves- 
tigaciones, i para las tareas del profesorado. 

Su vocación ha sido la de aprender para enseñar. 

En vez de procurar ganar la vida con el ejercicio 
de la medicina, lo hizo dando en Berlín lecciones 
privadas de historia natural. 



— 158 — 

Las horas que esta ocupación le dejaba libres, las 
dedicaba a diversos trabajos científicos. 

Entre otros, ejecutó por entonces la clasificación 
de las conchas recojidas por Ehrenberg en el Mar 
Rojo. 

Desde aquel tiempo, comenzó a ser uno de los 
colaboradores de una recopilación científica que 
aparece en Bonn bajo el título de Archivos de His- 
toria Natural. 

Entre 1834 i 1845, insertó en esa publicación 
hasta veinteiseis artículos o memorias sobre diversos 
asuntos, pero particularmente sobre los caracoles i 
los animales que viven en ellos. 

El mui ilustre sabio Alejandro de Humboldt i 
el célebre jeólogo Leopoldo de Buch conocieron el 
mérito de don ítodulfo Amando Philippi, i le dis- 
pensaron la mas decidida protección. 

En 1835, Philippi dejó la Prusia para pasar a 
Hesse-Cassel, de cuya escuela pilotécnica había sido 
nombrado profesor. 

El año siguiente de 1836, fue marcado para Phi- 
lippi por dos acontecimientos mui notables en su 
existencia. 

Se casó con la señorita Carolina Keumwiede. 

Dio a luz en Berlín el primer volumen en folio 
de su primera obra de largo aliento, que lleva por 
título: Enumeratio molluscorum Sicilias. 

El autor, no solo había compuesto el testo de esta 
obra, sino también dibujado i litografiado sus nu- 
merosas láminas. 



— 159 — 

Humboldt, a quien Philippi había sometido el 
manuscrito, lo consideró digno de presentarlo al rei 
de Prusia Federico Guillermo IV, el cual obsequió 
al autor en premio de su trabajo una medalla de 
oro. 

Desgraciadamente Philippi tuvo en 1837 un es- 
pantoso ataque de sangre por la boca, lo que le 
obligó a ir a Italia con su mujer en busca de la 
salud. 

Vivió en aquella comarca dos años, durante los 
cuales no permaneció ocioso. 

Apenas restablecido de su enfermedad, volvió a 
visitar la Calabria i la Sicilia, i estudió con mucho 
esmero los moluscos i las conchas fósiles de la Italia 
Meridional. 

Al regresar en 1840 a Hesse-Cassel, trabó rela- 
ciones a su paso por la Suiza con el ilustre sabio 
Luís Agassiz, el cual, haciendo un rodeo, i aprove- 
chando un intervalo de la comisión científica que 
ejecutaba por encargo del gobierno de Estados 
Unidos de Norte América, vino a Santiago, en- 
tre otros motivos, para estrechar la mano de su 
viejo amigo Philippi, a quien no había vuelto a ver 
desde aquella época lejana, i la de su condiscípulo 
don Ignacio Domeyko, a la sazón rector de la Uni- 
versidad de Chile. 

Philippi dio a la estampa en 1844 el segundo vo- 
lumen en folio de su estensa obra Enumeratio mo- 
lluscorum Sicilia, el cual le valió el obsequio de 



— 160 — 

una nueva medalla de oro por parte del reí Fede 
rico Guillermo IV. 

Las láminas de este segundo volumen habían 
sido, como las del primero, dibujadas i litografiadas 
por el autor. 

Hace poco tiempo, que el rei de Italia Víctor 
Manuel, en premio de la obra mencionada, ha en- 
viado a Philippi el diploma de caballero de la 
orden denominada la corona de Italia, acompa- 
ñándole la correspondiente condecoración de oro. 

I ya que se toca este punto de las distinciones, 
diré aquí que Philippi recibió de la última reina de 
España el título de miembro de la orden de Isabel 
la Católica. 

Desde 1845 hasta 1850, don Rodulfo Amando 
Philippi fue insertando un gran número de artícu- 
los en una compilación alemana publicada por va- 
rios naturalistas con el título de Figuras i descrip- 
ciones de conchas nuevas poco conocidas, la cual 
consta de tres volúmenes en folio. 

Aunque Philippi había tenido siempre simpatías 
por las doctrinas liberales, tomó poca parte en la 
política activa hasta 1848. 

Las ajitaciones del gran movimiento europeo 
ocurrido en ese año le obligaron a intervenir en 
los negocios públicos. 

La estimación jeneral que se había granjeado, 
la sensatez de sus ideas, la laboriosidad de sus 
hábitos atrajeron sobre él en aquellas circunstan- 



— 161 — 

cias difíciles la atención de los habitantes de Hesse- 
Cassel. 

Philippi, sin solicitarlo, fue nombrado presiden- 
te, vice-presidente o secretario de las frecuentes 
reuniones políticas que entonces se celebraron, o 
de las diversas juntas que se organizaron. 

Los jóvenes fueron los primeros que le designa- 
ron para un cargo de esta especie; los hombres ya 
maduros se apresuraron a imitar lo que les pareció 
un ejemplo mui acertado. 

Merece advertirse que Philippi fue escojido a 
menudo para dirijir las reuniones, no solo de sus 
amigos políticos los liberales, sino también de los 
radicales, con cuyas opiniones solía hallarse en 
desacuerdo, aunque a la sazón, el término a que 
los unos i los otros se encaminaban, puede decirse, 
era común. 

Esta manifestación de confianza era tan honrosa 
para aquel a quien se hacía, como fácil de conce- 
birse. 

En aquellas reuniones, había muchos que pro- 
nunciaban calorosos discursos; pero eran pocos los 
que acompañaban a Philippi a desempeñar las 
tareas de oficina. 

En 1849, don Rodulfo Amando Philipi obtuvo 
el nombramiento de director de la escuela politéc- 
nica de Hesse- Cassel. 

Aquel mismo año, solicitó carta de naturaleza en 
dicho estado. 

21 



— 1G2 — 

Inmediatamente fue elejido miembro o conseje- 
ro de la municipalidad. 

Entre tanto, llegó la reacción de 1850. 

Como era natural, Philippi se disgustó sobre 
manera del aspecto que tomaban los negocios pú- 
blicos, i estuvo mui lejos de ocultarlo. 

Habiendo el gobierno exijido al director i pro- 
fesores de la escuela politécnica ciertas declaracio- 
nes que Philippi consideró indebidas, hizo renun- 
cia de su cargo. 

Sin pérdida de tiempo, fue a establecerse con su 
familia en Brunswick. 



II 



Como lo he dicho antes, don Rodulfo Amando 
Philippi tenía un hermano menor llamado Bernar- 
do, el cual desde 1831 había emprendido diversos 
viajes a Chile por distintos motivos. 

Don Bernardo Philippi adquirió en 1845 la ha- 
cienda de Bella- Vista en la provincia de Valdivia. 

Por petición suya, don Rodulfo Amando Phi- 
lippi envió a Chile en 1846 para que se establecie- 
sen en la hacienda mencionada las nueve primeras 
familias de inmigrantes alemanes que han venido a 
nuestro país. 

Hacia el tiempo en que don Rodulfo Amando 
se trasladó a Brunswick, don Bernardo, que se 
encontraba en Alemania como ájente del gobierno 
de Chile para promover la inmigración, le persua- 



— 163 — 

dio que viniera a tomar la dirección de la hacienda 
de Bella-Vista. 

Don Rodulfo Amando, que estaba fastidiado del 
aspecto de los asuntos públicos en Europa, aceptó 
el ofrecimiento, i se vino a Valdivia en diciembre 
de 1851. 

Su posición en Chile fue desde luego mui poco 
halagüeña. 

La hacienda de Bella-Vista no correspondió a 
las brillantes esperanzas que se habían concebido. 

Además, don Bernardo Philippi, nombrado go- 
bernador de la colonia de Magallanes, fue asesina- 
do en noviembre de 1852 por los patagones duran- 
te una incursión que emprendió al interior de la 
comarca recorrida por estos indios bárbaros. 

Todo esto hizo que don Rodulfo Amando se en 
contrase en una situación bastante desagradable. 

Mientras tanto, Philippi, como siempre, se había 
dedicado mas al cultivo de la ciencia, que a los ne- 
gocios. 

Con este motivo, había entrado en relaciones con 
don Ignacio Domeyko, secretario en esa época de la 
Facultad de ciencias matemáticas i físicas, el cual, 
entre otros títulos a la gratitud nacional, tiene el 
indisputable de haber servido de introductor a va- 
rios de los estranjeros distinguidos que mas han 
contribuido a la difusión de las luces en nuestra 
patria. 

Por conducto de Domeyko, Philippi dirijió en 
el año de 1.852 a la espresada Facultad tres me- 



— 164 — 

morías, cuyos temas eran: el clima de Valdivia, el 
volcán de Osorno, i la determinación del límite de 
las nieves perpetuas bajo la latitud de dicha ciu- 
dad i la constitución jeolójica de la cordillera de la 
costa en la provincia del mismo nombre, 

En la sesión celebrada por el Consejo Univer- 
sitario en 23 de octubre de 1852, se leyó una nota 
del decano de matemáticas en la cual comunicaba 
que el secretario don Ignacio Domeyko había en- 
tregado para el Museo Nacional a nombre de don 
Rodulfo Amando Philip pi «un bajo relieve que 
representaba la configuración del Vesubio i de sus 
inmediaciones, obra ejecutada con suma prolijidad 
i elegancia, i que se refería a un viaje hecho por 
su sabio autor a Ñapóles, habiéndole valido mucha 
fama su descripción jeolójica en el mundo cientí- 
fico». 

A consecuencia de este obsequio, se hizo notar 
que Philippi debía contarse «entre los mas ilustres 
inmigrados alemanes de Valdivia;» i que «desde 
que estaba en Chile, ya había remitido a la Uni- 
versidad tres memorias de mucho mérito e interés 
para el país». 

El resultado de estas observaciones fue que en 
aquella misma sesión el Consejo, «justo apreciador 
de los méritos de don Rodulfo Amando Philippi,» 
acordara «recomendar encarecidamente al gobier- 
no» que le nombrara miembro corresponsal de la 
Universidad. 

El presidente de la República don Manuel Montt 



— 165 — 

i el ministro de instrucción pública don Silvestre 
Ochagavía mandaron sin tardanza espedir el título 
solicitado, espresando que aceptaban la propuesta, 
«en testimonio del aprecio que hacía el gobierno 
de las luces del señor Philippi i de su decidido 
anhelo por el progreso i difusión de las ciencias 
naturales». 

A principios de 1853, Philippi remitió a la Fa- 
cultad de ciencias matemáticas i físicas una memo- 
ria i un mapa de las lagunas de Llanquihue i de 
Todos los Santos i de los terrenos adyacentes. 

El Consejo Universitario mandó imprimir la 
memoria i litografiar el mapa. 

Las noticias que se tenían de la alta reputación 
científica que don Rodulfo Amando Philippi había 
obtenido en la culta Alemania, i las varias pruebas 
que inmediatamente había dado de cuan merecida 
era esa reputación, hicieron que el gobierno de 
Chile le nombrara en 1853 rector del liceo de Val- 
divia, i casi inmediatamente profesor de botánica 
i de zoolojía de la Universidad i director del Museo 
Nacional. 

Habiéndole elejido al año siguiente la Facultad 
de ciencias matemáticas i físicas miembro de nú- 
mero, leyó para incorporarse en ella una memoria 
sobre el hierro meteórico del desierto de Atacama. 

En 1866, fue nombrado profesor de jeografía 
física i de historia natural en la sección preparato- 
ria del Instituto Nacional; en 1868, miembro del 



— 160 — 

Consejo de la Universidad; i en 18T2, miembro 
honorario de la Facultad de medicina. 



III 



La posición en que los cargos enumerados colo- 
caban a Philippi, le asignaba el deber de estudiar 
la naturaleza de su nueva patria. 

Philippi no era hombre de frustrar las lejítimas 
esperanzas que en él se habian fundado. 

Don Ignacio Domeyko se dedicaba con brillo al 
estudio de la jeolojía, i mui especialmente al de la 
mineralojía de Chile; i don Amado Pissis, con 
resultados no menos notables, al de la jeolojía i de 
la jeografía física, 

Philippi hizo por su parte algunas incursiones i 
algunas publicaciones para adelantar la jeografía 
física. 

Las memorias sobre esta materia a las cuales 
aludo, son las que siguen: «Escursión a la laguna 
de Kanco, hecha en enero de 1860». 

«Viaje a los baños i al nuevo volcán de Chillan, 
emprendido en febrero de 1862». 

«Viaje a las provincias de Valdivia i Llanqui- 
hue,» llevado a cabo en 1868, por encargo del mi- 
nistro del interior don Jerónimo Urmeneta, i publi- 
cado en la compilación que dirijo el famoso Petter- 
mann en Alemania. 

La principal obra de esta especie, compuesta por 



— 167 — 

Philippi, es el «Viaje al desierto de Atacama he- 
cho en el verano de 1853 a 1854». 

Pero los aspectos de la naturaleza chilena a cuyo 
estudio se ha dedicado particularmente Philippi 
han sido la botánica i la zoolojía. 

Eran estos dos ramos de la ciencia en los cuales 
había mucho que hacer. 

El libro mas completo i popular que sobre ellos 
apareció en tiempo de la dominación española, fue 
el que el es-jesuíta chileno don Juan Ignacio Mo- 
lina dio a luz en 1782. 

Este autor se aprovechó de las observaciones 
practicadas antes que él por algunos pocos botáni- 
cos, especialmente por el padre Luís Feuillée, que 
hizo un viaje a Chile i al Perú en los años de 1709 
hasta 1712. 

Philippi ha notado que Molina ha traducido 
literalmente las descripciones i observaciones de 
Feuillée, sin decirlo siempre espresamente, aunque 
se complace en reconocer la importancia de la obra 
de su antecesor. 

Sin embargo, Moiina ha sido considerado por 
mucho tiempo como el naturalista mejor instruido 
entre los que han enseñado la botánica i la zoolojía 
de Chile. 

A esto debe el houor de que se le haya erijido 
una estatua de bronce en la Alameda de Santiasro, 
i de que seis naturalistas tales como Bertero, Cava- 
nilles, Ruíz i Pavón, Jussieu, Monch i Gay hayan 



— 168 — 

dado a otras tantas plantas el nombre del jesuíta 
chileno. 

Mientras tanto, muchas de sus descripciones son 
equivocadas, incompletas o incomprensibles. 

La planta, por ejemplo, a que Bertero dio el 
nombre de Molina, es la bella palma chilena (Mo- 
linaea Micrococos) «casi desconocida de los natu- 
ralistas,» según Philippi, que ha escrito sobre ella 
una memoria. 

Molina fue sin duda el primero que habló de 
este árbol; pero la descripción que hizo de él, aun- 
que detallada, no es suficiente para clasificarlo en 
el sistema botánico. 

I el mencionado no es un ejemplo aislado de 
deficiencia o de error. 

Pueden citarse muchos en la obra de Molina. 

Voi a hablar de otro, porque me permitirá llamar 
al mismo tiempo la atención sobre una planta chi- 
lena mui curiosa. 

Molina habla do una albahaca, cuyas hojas apa- 
recen por la mañana cubiertas de pequeños globos 
salinos, duros i relucientes como el rocío, que los 
campesinos emplean en lugar de la sal común, a la 
cual es superior por el sabor. 

Ya el antiguo cronista Alonso de O valle había 
aludido a esta planta, advirtiendo que los indíjonas 
la estimaban sobre manera porque producía «una 
sal mui sabrosa i regalada;» i que era especialísima 
del valle de Lampa. 

El mismo autor presume que este prodijio es el 



— 169 — 

que debió inducir a los escritores Juan Laet i An 
tonio de Herrera a suponer que había en Chile 
plantas en cuyas hojas se conjelaba el rocío, con- 
virtiéndose en azúcar o maná. 

Ninguno de los botánicos posteriores a Molina 
habla de tan interesante fenómeno. 

Philippi se sentía curiosísimo por conocer una 
planta tan rara, que estaba cierto había sido mal 
clasificada por Molina, porque los caracteres que le 
atribuía no correspondían a los del jénero albahaca, 
i porque sabía que jamás ningún botánico había 
encontrado en nuestro país una especie de este jé- 
nero que se produjera espontáneamente. 

Al fin de varios años, tuvo la buena fortuna de 
que su hijo descubriese en el valle de Quilicura la 
planta singular a que habian aludido Ovalle i Moli- 
na, i que es conocida por los campesinos bajo el 
nombre de yerba del salitre. 

Philippi se convenció de que efectivamente se 
formaban en esta planta globos de sal común bas- 
tante pura; pero vio al punto que había sido mal 
descrita i mal clasificada por Molina. 

La yerba del salitre era la que don Claudio Gay, 
sin hacer ninguna alusión a su curiosa propiedad, 
ha dedicado al naturalista don Carlos Bertero bajo 
el nombre de franJcenia bertereana. 

Philippi ha destinado tres notables trabajos al 

examen de las obras de Feuillée i de Molina, que 

pueden considerarse los naturalistas primitivos de 

Chile. 

32 



— 170 — 

Estos trabajos, presentados a la Universidad, 
llevan por títulos: 

«Sobre las plantas chilenas descritas por el padre 
Feuillée». 

«Comentarios sobre las plantas chilenas descritas 
por el abate don Juan Ignacio Molina». . 

«Comentai'ios críticos sobre los animales chilenos 
descritos por el abate Molina». 

Los trabajos de Feuillée i Molina fueron rectifi 
cados o considerablemente estendidos después de 
la independencia por gran número de viajeros dis- 
tinguidos entre otros por Meyen, Darwin, Bertero, 
Pceppig, D'Orbigny, etc., etc. 

Pero indisputablemente el que hizo progresar 
mas la botánica i la zoolojía de Chile fue don Clau- 
dio Gay, el cual permaneció para ello bastantes 
años en nuestro país. 

Philippi ha proclamado con entusiasmo el sobre- 
saliente mérito de la obra de Gay. 

«Ningún país de Sur América, ha escrito en una 
de sus memorias, puede gloriarse de poseer sobre 
su historia natural un trabajo parecido a la Historia 
física impolítica de Chile del señor don Claudio Gay. 
Nadie creerá que esta obra sea un catálago com- 
pleto de todas las especies de plantas i animales 
que la naturaleza creó en la vasta estensión de la 
República; pues para obtener este resultado se 
necesitaría el trabajo do un gran número de natu- 
ralistas, continuado talvez durante siglos; pero pre- 
senta un cuadro bastante exacto de la flora i fauna 



— 171 - 

chilenas, que comprende todos sus rasgos princi- 
pales. Los naturalistas posteriores tendrán solo que 
completarlo i ampliarlo, El señor Gay ha abrazado, 
lo que es mui raro, todos los ramos de la historia 
natural; i ha sido talvez uno de los colectores mas 
infatigables que hubo jamás». 

Sin embargo, la obra monumental de Gay, como 
es fácil de presumir, deja mucho que desear a causa 
de lo vasto mismo de su plan. 

Una carta de Mr. León Fairmaire, director de 
la Sociedad Entomolójica de Francia, escrita en 
13 de febrero de 1857, hace notar, verbigracia, que 
los trabajos relativos a los insectos de Chile de 
Solier i Blanchard, esto es, de los dos naturalistas 
que redactaron esta parte de la obra de Gay, no 
son suficientes para determinar sus caracteres; 
por lo menos dan lugar a dudas o imponen una 
tarea mui penosa. 

Philippi ha creído de su deber dedicarse con el 
mayor empeño, a rectificar o completar la obra de 
Gay. 

Son mui numerosas las memorias que ha dado a 
luz en Chile o en Alemania sobre diversos puntos 
de la historia natural de su nueva patria. 

La opinión dominante entre los naturalistas es 
que cada comarca jeográfica es el centro de una 
creación especial de plantas i de animales. 

Los sostenedores de esta doctrina mencionan en 
su apoyo dos hechos mui notables que se observan 
en las slas distantes de los continentes, a saber: su 



— 172 — 

estremada pobreza en especies botánicas, i el gran 
número de plantas peculiares que no se encuen- 
tran en otras partes. 

Philippi, en una memoria «sobre la flora de 
Juan Fernández,» presentada a la Universidad, ha 
manifestado que las islas de este nombre confirman 
la efectividad de los hechos mencionados. 

Aunque sea mui interesante para la ciencia fijar 
cuáles son la flora i la fauna propias de cada rejión, 
es sumamente difícil determinarlo. 

Desde luego, hai especies de plantas i de anima- 
les que se van estinguiendo. 

Molina refiere que los indíjenas de Chile culti- 
vaban, antes de la llegada de los españoles, además 
del maíz, cuatro clases de cereales que llamaban 
magu, tuca, hueguen i cacilla. 

Gay dice haber visto plantas de magu en el Sur. 

Pero Philippi, por mas empeño que puso para 
encontrar alguna de las cuatro clases enumeradas, 
no ha podido hallar ninguna. 

Esto le ha inducido a suponer que dichas cuatro 
plantas se han estinguido, o están prontas a estin- 
guirse. 

Molina asegura en su libro que la papa llamada 
oca se cultiva en las comarcas australes de nues- 
tro país. 

Pero ningún botánico moderno, ni Poeppig ni 
Gay, ni Philippi hasta 1867, habian podido des- 
cubrir una planta de esta especie. 

Philippi se inclinaba a colocarla entre aquellas 



— 1731— 

que van desapareciendo, cuando don Francisco 
Fonck le envió en 1867 gran número de papas de 
oca cosechadas en Chiloé i Llanquihue. 

Un caso mui particular de esta estinción de al- 
gunas plantas es uno que puede observarse en la 
isla de Juan Fernández. 

Se han encontrado en ella, i se encuentran toda- 
vía, trozos mas o menos largos de un palo oloroso, 
parecido al llamado sándalo, que es tan apreciado 
de los chinos i de los habitantes de la India Oriental. 

Estos trozos están desparramados por la isla i 
se descubren aún en la cumbre de los peñascos. 

Todos ellos están desprovistos de cascara, i mu- 
chos de ellos presentan huecos producidos por la 
broma; pero las dimensiones de estos huecos mani- 
fiestan que son la obra de un insecto de un tamaño 
que no tiene ninguno de los de su especie que se 
han encontrado hasta ahora en aquella isla. 

Jamás se ha visto en Juan Fernández un tronco 
de sándalo metido en tierra, ni mucho menos con 
corteza, ni mucho menos todavía vivo o verde. 

Este árbol tampoco existe en el continente ame- 
ricano, ni en las islas inmediatas. 

Algunos pretenden que lo hai en las islas de 
Sunda; pero otros lo ponen en duda. 

Philippi se inclina a creer que el palo de sándalo 
de Juan Fernández es una muestra de un vejetal 
que ha sido ya borrado del catálogo de las plantas 
creadas por Dios. 

Así como hai plantas indíjenas que desaparecen, 



— 174 — 

existen otras exóticas que se incorporan en la flora 
de cada país, llegando a propagarse por sí solas, 
i aún a reemplazar a las yerbas i árboles primitivos- 
En Chile, los ejemplos de estas plantas inmigra- 
das que se han enseñoreado de nuestra tierras, son 
mui numerosos. 

Me bastará citar el yuyo, el rábano, el maltuerzo, 
la hualputa, el trébol, la visnaga, la cicuta, el cardo, 
el nilgüe, el clonqui, el vallico, la cizaña. 

Las violetas i los botones de oro han llegado a ser 
silvestres. 

Otro tanto sucede con las rosas. 
Se ha encontrado el culantro en la cordillera de 
Chillan. 

La mostaza negra ha llegado hasta el estéril 
Paposo, donde crece en tal abundancia, que hace 
ver amarilla una faja de la cordillera de la costa 
cuando se la mira desde el mar. 

Philippi ha hallado el alfilerillo en el interior 
mismo del desierto de Atacama. 

Pero el fenómeno mas admirable en clase de 
plantas inmigradas es el manzano, que al presente 
prospera silvestre en la provincia de Valdivia, for- 
mando bosques tan abundantes, que en el otoño 
los arroyos i los ríos arrastran millones de manza- 
nas hasta el mar. 

Philippi ha contado ciento cincuenta especies 
de plantas europeas que se crian espontáneamente 
en Chile. 

Superando las dos clases de dificultades mencio- 



- 175 — 

nadas, Philippi el primevo ha intentado formular 
en uno de sus mas interesantes escritos «una esta- 
dística de la flora Chilena». 

Sé que tiene el pensamiento de perfeccionar es- 
te trabajo. 

Don Rodulfo Amando Philippi ha contribuido 
al estudio de la naturaleza de Chile, no solo con 
las muchas memorias que ha dado a luz en nuestro 
país i en Alemania, sino también con la organiza- 
ción del Museo Nacional de Santiago. 

Don Claudio Gay fue el fundador de este esta- 
blecimiento; pero cuando Philippi lo tomó bajo su 
dirección a fines de 1853, todo estaba por hacer. 

Entonces, todas las colecciones cabían en una 
sola sala, en la cual se hallaban reunidos los obje- 
tos mas heteoroj éneos; pájaros, cuadrúpedos, ollas 
de los antiguos americanos, insectos, minerales, 
armas de los indios de la Oceanía, plantas deseca- 
das, modelos de máquinas que habían obtenido 
privilejio esclusivo, etc., etc. 

Muchos de aquellos objetos no habían sido cla- 
sificados, i muchos estaban sumamente estropeados. 

Casi todas las muestras de historia natural eran 
exóticas; había muí pocas nacionales. 

El Museo parecía francés mas bien que chileno. 

Philippi con una laboriosidad alemana se dedicó 
a organizar aquella especie de caos i a completar 
las colecciones, fijándose mui particularmente en 
reunir muestras de la naturaleza chilena. 



— 176 — 

Sus constantes esfuerzos han sido coronados por 
el resultado mas feliz. 

Las colecciones del Museo no caben en el día 
en varias salas. 

Hai que mantener muchas encajonadas por falta 
de espacio. 

Casi todas están clasificadas. 

Se han publicado ya catálogos razonados de 
varias de ellas, i se están componiendo otros, 

Los viajeros intelijentes que han visitado el 
Museo Nacional, han declarado que es el mejor de 
la América del Sur. 

El señor Remy, uno de los colaboradores de la 
parte botánica de la obra de Gay, visitó en 1857 
este establecimiento, i ya entonces se manifestó 
admirado de las riquezas científicas que contenía. 

Tal ha sido también la opinión que acaba de es- 
presar el insigne jeólogo don Luís Agassiz. 

— «Este es un tesoro que hace honor a Chile, 
dijo; pero es indispensable que sea colocado en un 
edificio conveniente». 

Philippi tiene todavía otro título mui señalado 
para la gratitud pública. 

Es uno de los profesores mas distinguidos i en- 
tusiastas del Instituto Nacional i de la Univer- 
sidad. 

En 1866, ha publicado para sus alumnos unos 
«Elementos de historia natural,» que acaban de 
tener una segunda edición; i en 1869, un «Curso 
de Farmáéia». 



— 177 — 

Todos estos trabajos han valido con justicia a 
Philippi una afectuosa estimación de parte de los 
chilenos amantes a la ilustración; i una gran repu- 
tación entre los naturalistas de Europa i América, 
que se han apresurado a elejirle miembro de casi 
todas sus asociaciones; Philippi, si pagara tributo 
a la vanagloria, podría tapizar de diplomas su ga- 
binete de estudio. 

En el último tiempo, ha esperimentado sensibles 
desgracias domésticas. 

Perdió primero su esposa; en seguida su hijo 
menor, que murió de subteniente a consecuencia 
de las heridas que recibió en una de las batallas de 
la guerra entre Prusia i Francia; i después la 
mujer de su hijo mayor. 

Como era de esperarse, ha buscado el consuelo 
en un aumento de dedicación al trabajo, el cual 
redundará en provecho de la ciencia i en bien de 
nuestro país 

IV 

Creo que será, no solo interesante, sino útilísima, 
una nómina de los trabajos científicos publicados 
por don Rodulfo Amando Philippi. 

La parte principal de la biografía de un sabio 
está consignada en sus escritos. 

OBRAS DE DON RODULFO AMANDO PHILIPPI 



Descripción de los ortópteros, langostas de los 

l. 
23 



alrededores de Berlín. Disertación inaugural. 



— 178 — 

Enumeración de los moluscos de la Sicilia, de los 
vivientes i de los fósiles en los terrenos terciarios. 
1836. 

Fauna de los moluscos en los terrenos terciarios 
del Reino de las dos Sicilias. 1844. Fruto de la 
segunda residencia del autor en Italia. 

Contribuciones al conocimiento de los fósiles ter- 
ciarios del noroeste de Alemania. 1844. 

Figuras i descripciones de conquilias nuevas o 
poco conocidas. 1845. Tres tomos. 

Manual de la conquilojía i malacolojía 1853. 
El prólogo fue escrito en el cabo de Hornos. 

Viaje al desierto de Atacama. 1860. 

Elementos de historia natural. 1864, 

Elementos de botánica. 1869. 

Los fósiles terciarios i cuartarios de Chile. 1887. 

MEMORIAS PUBLICADAS EN LOS ANALES 
DE LA UNIVERSIDAD DE CHILE 

Descripción de una nueva especie de flamenco. 
(Incorporada en el Viaje al desierto de Atacama). 
Tomo XI. 

Sobre la constitución jeolójica de la cordillera 
de la costa de la provincia de Valdivia. Id. 

Observaciones sobre las conchas de Magallanes. 
Tomo XII. 

Observaciones sobre la Huidobria fruticosa. (In- 
corporada en el Viaje al desierto de Atacama). Id. 



— 179 — 

Observaciones sobre las especies del jénero He- 
lise. Id. 

Descripción de las plantas últimamente incorpo- 
radas en el herbario chileno. Id. 

Observaciones sobre la flora de Juan Fernández. 
Tomo XIII. 

Estadística de la flora chilena. Tomo XIV. 

Observaciones jenerales sobre la flora del desier- 
to de Atacama. (Incorporada en el Viaje al desier- 
to de Atacama). Id. 

Noticias jeolójicas relativas a la fauna de Chile 
i descripción de tres especies de aves. Id. 

Descripción de una nueva especie de patos, en 
unión con don Luís Landbeck. Id. 

Descripción de tres especies nuevas de coleópte- 
ros chilenos. Tomo XVI. 

Descripción de algunas nuevas especies de ma- 
riposas chilenas. Id. 

Algunas observaciones jenerales sobre los insec- 
tos de Chile. Id. 

Algunas especies nuevas de coleópteros de la 
provincia de Valdivia, en unión con su hijo don 
Federico Philippi. Id. 

La palma i los pallares de Chile, en unión con 
su hijo don Federico Philippi. Id. 

Descripción de una nueva especie de murciélago, 
en unión con don Luís Landbeck. Tomo XVIII. 

Descripción de algunas especies nuevas de pája- 
ros, en unión con don Luís Landbecii. Id. 



— ISO — 

Descripción- de tres especies nuevas de reptiles. 
Id. 

Descripción de una nueva especie de mosca. Id. 

Descripción de una nueva especie de pájaros del 
j enero Thalassidroma. Id. 

Descripción de una nueva especie de pájaros del 
jénero Chotacabra o Caprimulgus. Id. 

Sobre algunas especies chilenas del jénero Fali- 
ca. Tomo XIX. 

Descripción de unas nuevas especies de pájaros 
peruanos del Museo Nacional. Id. 

Sobre una sustancia parecida al hiraceo del cabo 
de Buena Esperanza. Id. 

Observaciones botánicas sobre algunas plantas 
chilenas recojidas por los señores Ricardo Pearce i 
Jermán Volckman. Id. 

Descripción de un nuevo jénero de plantas de 
la familia de las Solanáceas. Id. 

Observaciones sobre el Ocynum sedinum de Mo- 
lina. Id. 

Catálogo de las plantas recojidas cerca de Men- 
doza i en el camino del portezuelo del Portillo por 
don Wenceslao Díaz. Id. 

Descripciones de unas plantas nuevas recojidas 
en la provincia del Maule i en Chillan por don 
Jermán Volckman. Id. 

Viaje a los baños i al nuevo volcán de Chillan. 
Id. 

Sobre algunos insectos de Magallanes. Tomo 
XXI. 



— 181 — 

Comentario sobre las plantas chilenas descritas 
por el abate don Juan Ignacio Molina. Tomo 
XXII. 

Descripción de algunas plantas nuevas chilenas. 
Tomo XXIII. 

Sobre algunos coleópteros nuevos de Chile i 
sobre el j enero Cnemalobus. Tomo XXIV. 

Contribuciones a la ornitolojía de Chile, en unión 
con don Luís Landbeck. Tomo XXV. 

Comentario crítico sobre los animales descritos 
por Molina. Tomo XXVI. 

Descripción de algunos insectos nuevos de Chi- 
le. Id. 

Descripción de algunas plantas nuevas de Chi- 
le. Id. 

Noticia de un árbol colosal americano (sounina) 
i de la planta denominada jirasol. Id. 

Descripción de algunas plantas nuevas recojidas 
cerca de Chillan por el finado doctor don Manuel 
Antonio de Solís. Tomo XXVII. 

Descripción de algunas plantas del desierto de 
Atacama. Id. 

Sobre las plantas chilenas descritas por el padre 
Feuillée. Tomo XXIX. 

Catálogo de las aves chilenas existentes en el 
Museo Nacional de Santiago, en unión con don 
Luís Landbeck. Id. 

Aves chilenas que faltan en el Museo, o que 
deben borrarse de la lista de las aves chilenas, en 
unión con don Luís Landbeck, Id. 



— 182 — 

Aves chilenas no descritas en la obra de Gay, 
pero existentes en el Museo, en unión con don 
Luís Landbeck. Id. 

El Museo Nacional de Chile. Id. 
Aves peruanas existentes en el Museo. Id. 
Observaciones críticas sobre algunas especies de 
aves mencionadas por diversos autores. Id. 

Observaciones sobre la Sj/nopsis plantarum cequi- 
noetialium del señor Tompson. Id. 

Descripción de una nueva mariposa del jénero 
Erebus. Tomo XXXVI. 

Cabeza humana preparada por los jíbaros i pre 
tendido ídolo. Tomo XLI. 

Sobre la testudo chilenas del doctor Gray. Id. 

Sobre la flora de la Nueva Zelandia comparada 
con la flora chilena. Id. 

Enumeración de las plantas recojidas en la esplo- 
ración de la costa de Llanquihue por el capitán de 
corbeta don Francisco Vidal Gormaz. Id. 

Descrípjiói de las plantas nuevas incorporadas 
últimamente en el herbario chileno. Id. 

Sinonimia del huemul. Tomo XLI1I. 

La isla de Pascua i sus habitantes. Id. 

De la escritura jeroglífica de los indíjenas de la 
isla de Pascua. Id. 

Del Prodromüs systematis regni vegetabilis de 
De Candolle. Tomo XLV. 

Observaciones sobre las conchas fósiles terciarias 
de Chile. Tomo XLVII. 



— 183 — 

Sobre las plantas que Chile posee en común con 
Europa. Id. 

Neci'osis del sistema leñoso i formación de otro 
de la corteza. Id. 

Escursión al cajón de los Cipreses en la hacienda 
de Cauquenes. Id. 

El sándalo de la isla de Juan Fernández. Id. 

Descripción de tres peces nuevos. Tomo XLVIII. 

Descripción de algunos ídolos peruanos. Tomo 
LV. 

Observaciones sobre la opuntia Segethi. Id. 

Sobre diferentes especies de astacus de Chile. 
Tomo LXI. 

Dos nuevas especies del j enero Cirrus (caracol 
fósil). Tomo LXIII. 

Sobre las piedras horadadas. Tomo LV. 

Descripción de algunas plantas nuevas de Chile, 
en unión con el señor don Carlos Renjifo. Id. 

Sobre los animales introducidos en Chile después 
de la conquista por los españoles. Tomo LVII. 

Sobre un pretendido ídolo de los aboríjenes de 
Chile. Es una pipa para fumar. Tomo LIX. 

Existencia del hierro en Perú i en Chile antes 
de la conquista. Id. 

Sobre las especies chilenas del j enero Polyachi- 
rus. Id. 

Orijen peruano de los zapallos i fréjoles. Id. 

Sobre una clase de ornamentación prehistórica. 
Tomo LXIV. 



— 184 — 

MEMORIAS PUBLICADAS EN LA REVISTA ALEMANA 
TITULADA «ARCHIVO DE HISTORIA NATURAL» 

Sobre el veretillum pusillurn, nuevo zoófito, 
Tomo I. 1835. 

Sobre el animal de la solemya mediterránea 
(concha). Id. 

Descripción de algunas nuevas especies de con- 
chas del Mediterráneo. Tomo II. 1836. 

Catálogo de líos moluscos hallados en la isla de 
Helgoland. Id, 

Comparación de la llora de Sicilia con la de otros 
países. Id. 

Sobre las especies sicilianas de acterias aliadas 
o confusas con la acteria aurantiaca. Torno III. 
1837. 

Descripción de dos erizos de mar monstruosos i 
observaciones sobre los erizos en jeneral. Id. 

Sobre la gorgonia paradoxa. Id. 

Rododesnos, nuevo j enero de conchas. Id. 

Prueba de que las nulíporas son plantas, i no 
zoófitos, como se ha creído hasta ahora. Id. 

Algunas noticias zoolójicas sobre conchas i cara- 
coles del Mediterráneo. Tomo V. 1839. 

Observaciones zoolójicas sobre crustáceos, ara- 
ñas, marinas, madréporas. Tomo VI. 1839. 

Observaciones zoolójicas sobre los gasteópodos 
del Mediterráneo. Tomo VIL 1841. 



— 185 — 

Observaciones sobre algunas concbas de Linneo 
desconocidas de los concbiliolojistas posteriores. Id. 

Rectificaciones de rectificaciones sobre con- 
cbas. Id. 

Observaciones zoológicas, sobre varios animales 
vertebrados marinos. Tomo VIII. 1842. 

Ulteriores observaciones sobre los copépados del 
Mediterráneo, crustáceos microscópicos. Id. 

Sobre los ricrogónidas de Ñapóles. Tomo IX. 
1843. 

Los moluscos de la Italia inferior comparados 
en cuanto a la distribución jeográfica con los molus- 
cos en la actualidad i en el período terciario. To- 
mo X. 1844. 

Observaciones sobre el j enero Sérpula (anélido) 
i enumeración de las especies que pudo obser- 
var. Id. 

Deagroses de unas concbas nuevas. Tomo XI. 
1845. 

Observaciones sobre algunos jéneros de concbas 
cuyos animales son poco conocidos. Id. 

Descripción de algunos Equinodermos nue- 
vos. Id. 

Descripción de dos nuevos jéneros de concbas, 
i observaciones sobre Lyamiun, Ervilia i Entodes- 
mus. Tomo XIII. 1847. 

Sobre algunos pájaros de Chile. Tomo XXI. 
1855. 

Abrote, nuevo jénero de Crustáceos de la fami- 
lia de las Hippáceas. Tomo XXIII. 1857. 

24 



— 186 — 

Cuatro especies nuevas de Equinodermos del 
mar chileno. Id, 

Sobre el Huemul de Molina. Id. 

Algunos pájaros i peces chilenos. Id. 

Breve descripción de algunos crustáceos nue- 
vos. Id. 

Breve descripción de una nueva -especie chilena 
del jénero Mallus. Id. 

Descripción de algunas nuevas estrellas de mar 
en Chiloó. Tomo XXIV. 1858. 

Descripción de algunos nuevos vertebrados de 
Chile. Id. 

Sobre dos patos quizás nuevos de Chile i sobre 
la Funjilla barbata de Molina. Tomo XXVI. 1860. 

Bithynis, nuevo jénero de los crustáceos macrou- 
ros. Id. 

Descripción de dos especies nuevas de pájaros 
chilenos de los jéneros Procellaria i Caprimulgus, 
en unión con don Luís Landbeck. Id. 

Nuevos animales vertebrados de Chile, en unión 
con don Luís Landbeck. Tomo XXVTI. 1862. 

Contribuciones a la fauna del Perú en unión con 
don Luís Landbeck. Tomo XXIX. 1863. 

Sobre los gansos ehilenos, en unión con don 
Luís Landbeck. Id. 

Breve noticia sobre algunos peces chilenos. Id. 

Contribuciones a la ornitolojía de Chile, en 
unión con don Luís Landbeck. Tomo XXX. 1864. 

Contribuciones a la ornitolojía de Chile, en unión 
con don Luís Landbeck. Tomo XXXI. 1865. 



— 187 — 

Sobre la anguila de los chilenos. Id. 

Sobre algunos nuevos mamíferos de Chile. Tomo 
XXXII. 1866. 

Breve descripción de algunos zoófitos chile- 
nos. Id. 

Contribuciones a la fauna de Chile, en unión 
con don Luís Landbeck. Id. 

Breve noticia sobre dos sanguijuelas chilenas. 
Tomo XXXIII. 1868. 

Sobre algunos animales de Mendoza. Tomo 
XXXV. 1869. 

Sobre la Temnophila chilensis. Tomo XXXVI. 
1870. 

Sobre la Felis colocólo de moliua. Id. 

Una pretendida nueva especie de ciervo de 
Chile. Id. 

Sobre un nuevo perezoso. Id. 

Nuevas estrellas de mar de Chile. Id. 

Sobre la Felis guiña de Molina, i sobre la con- 
figuración del cráneo de los pajeros i colocólos. 
Tomo. XXXIX. 1873. 

Una nueva especie de Trachysterus (pez). To- 
mo XL 1874. 

Sobre algunos animales nuevos chilenos. Tomo 
XLV. 1879. 

Ratón de la Tierra del Fuego. Tomo XLVI. 
1879. 



— 188 — 

MEMORIAS PUBLICADAS EN EL PERIÓDICO ALEMÁN 
TITULADO «GACETA BOTÁNICA» 

Observaciones sobre la flora de la isla de Juan 
Fernández. 1856. 

Observaciones sobre las mirtáceas chilenas. 1857. 

Observaciones sobre la flora del desierto de Ata- 
cama. Id. 

Sobre las formas que el jénero Quinchamalicin 
presenta en Chile. Id. 

Latua, nuevo jénero de Solanáceas. 1858. 

Viaje botánico a la provincia de Valdivia. Id. 

Sobre la palma chilena i el pallar de Molina. Id. 

Escursión a la laguna de Raneo. 1860. 

Escursión botánica en la provincia de Aconca- 
gua. 1861. 

Comentarios sobre las plantas descritas por Mo- 
lina. 1863. 

Algunas plantas chilenas. 1865. 

Monstruosidad de la flor de un quisco; i mons- 
truosidad de un Senecio vulgaris. Plantas euro- 
peas, casi espontáneas en Chile. 1868. 

Tetráptera, nuevo jénero de las malváceas. 187Q. 

Vejetación de las islas de San Ambrosio i San 
Félix. Id. 

TRABAJOS PUBLICADOS EN LAS TRANSACCIONES DE LA 
SOCIEDAD IMPERIAL ZOOLÓJICO-BOTANICA DE VIENA 

Enumeración de los dípteros chilenos. Primera 
parte. La segunda no se ha publicado. 



— 189 — 
Ai'achmtes¡, nuevo jénero de plantas. Tomo XV. 

TRABAJOS PUBLICADOS ES LA GACETA ENTOMOLÓJICA 
DE STETTIN 

Algunos coleópteros nuevos chilenos. Este tra- 
bajo fue continuado en 1864. 

Metamorfosis de Castrio, especie de mariposa — ■ 
Endelia rufesiens, nueva mariposa de Chile, i un 
insecto, que sirve de condimento. — Descripción de 
insectos nuevos chilenos. El trabajo está hecho con 
la colaboración de don Federico Philippi. 1864. 

Coleopterodes, nuevo jénero de chinches. Id. 

Dos insectos nuevos. 1865. 

Descripción de algunos insectos nuevos chilenos. 

TRABAJOS IMPRESOS EN LAS COHUÍÍICACIONES 
JEOGRÁFICAS DE PETERMAN 

Memoria sobre la provincia de Valdivia, con un 
mapa de dicha provincia. 

Escursión a los baños i al nuevo volcán de Chi- 
llan. 1863. 

Observaciones sobre la provincia chilena de 
Arauco. 1883. 

Cambios que el hombre ha producido en la flora 
de Chile. Id. 

Escursión al volcán de Osorno en 1852. El au- 
tor no ha podido indicar el título preciso de este 
opúsculo a causa de haberse quemado la parte de 



— 190 — 

su biblioteca que tenía en su casa de Valdivia; i 
con ella, el tomo del Ausland, que contenía esta 
memoria. 

Don Rodulfo Amando Philippi ha publicado, 
en los Anales de mineral ojia, jeolojía i conocimiento 
de los fósiles, redactados por Leonard i Bronn, va- 
rios trabajos relativos a esta ciencia; pero el incen- 
dio ocurrido en su casa de Valdivia en 1863 ani- 
quiló los tomos en que estaban insertos, 

El doctor Philippi conserva en su poder los 
recortes de las dos siguientes memorias: Fósiles 
diversos; i lista de los fósiles terciarios bailados 
cerca de Magdeburgo. 

Fueron impresas en un periódico destinado a 
los estudios de paleontolojía. 

Philippi ha dado también a luz varios opúsculos 
en una revista dedicada a la propagación de las 
ciencias naturales establecidas por los señores Gie- 
bel i Heinz. 

Muchos de los artículos mencionados han sido 
traducidos al castellano, i pueden leerse en los 
Anales de la Universidad de Chile. 



La vejez con sus nublados, sus nieves, sus dolen- 
cias, sus fatigas, no ha disminuido la laboriosidad 
de don Rodulfo Amando Philippi. 

Ha sucedido lo contrario, 



— 191 — 

Todos conocen los últimos trabajos que el emi- 
nente sabio ha dado a luz en Chile. 

El editor de este libro puede agregar a los opúscu- 
los enumerados anteriormente por el biógrafo las 
siguientes memorias que Philippi ha escrito en 
la revista titulada Flora de los jardines. 

Sobre la Oxalis tuberosa de Molina. 1883. 

Nuevas plantas chilenas. 1884. 

La vejetacióa primaveral de Colina en Chile. 
1887. 

Vejetación de una parte de la Araucania. 1889. 

Tres nuevas plantas monocotiledóneas (Latace, 
Stemmetium, Tillandier Geissei). 

El doctor Philippi ha insertado en los anales 
botánicos de Engler una memoria titulada nuevos 
jéneros de las Siperáceas: Didymia. Tomo VIII. 

Ha escrito además, en los Informes de la socie- 
dad botánica alemana, una memoria sobre algunos 
jéneros nuevos de plantas chilenas. 1889. 



DON JOSÉ ANTONIO TORRES 



Don José Antonio Torres nació en Vadivia el 
6 de marzo de 1828. 

Fueron sus padres don Antonio Torres i doña 
Benigna Pérez de Arce, 



Don Antonio Torres era oriundo de Portugal: 
nació en Lisboa el año de 1795. 

«A la edad de nueve años, por instancia de al- 
gunos miembros de su familia (dice don Pablo Zo- 
rrilla en su discurso de incorporación en la Uni- 
versidad de Chile) fue colocado en el seminario de 
la ciudad de Santarem con el fin de que abrazase la 
carrera eclesiástica. Allí hizo sus primeros estudios 
de latinidad i filosofía hasta que la ocupación del 
Portugal por los franceses dio diverso jiro a las 
cosas. Su padre fue muerto en el campo de batalla; 
i con este motivo Torres entró después al colejio 
de medicina i cirujía del hospital real de San José 
endonde permaneció siete años, espirados los cuales 



— 196 — ■ 

obtuvo el grado de licenciado en medicina i cirujía 
el año de 1816». 

El doctor Torres debía recorrer mas tierras, sur- 
car mas mares i conocer mas personas, que Ulises, 
de errante existencia i de lejendaria historia. 

Tres meses después de haber recibido su título 
de médico i cirujano dejó a Lisboa para siempre; i 
se dirijió a Calcuta, donde residió ocho meses. 

De aquí pasó a Lima, i de Lima a Talcahuano. 

Desembarcó en nuestras costas el 10 de enero 
de 1818. 

Venía en calidad de cirujano en el escuadrón de 
de dragones de Arequipa en la segunda espedición 
comandada por el jeneral Ossorio en contra de 
Chile. 

Se encontró eti Cancharrayada. 

Estuvo igualmente en Maipo. 

Declarada la derrota de los españoles, el mismo 
jeneral Ossorio le instó para que le acompañase en 
la fuga; pero Torres rehusó seguirle. 

Su conciencia no le permitía retirarse. 

Pensaba que las funciones del cirujano comen- 
zaban precisamente en el instante que las del sol- 
dado terminaban. 

¡Había tantos lamentos, tantos estertores, tantos 
heridos, tantos moribundos! 

El físico, como Ossorio le llamaba, quedó firme 
en aquel campo de desolación, de agonía, de muerte. 

Fue hecho prisionero en el hospital de sangre. 

Permaneció detenido cinco meses. 



— 197 — 

Uno de los vencedores, el coronel don Tomás 
Guido, a quien asistió profesional mente i a quien 
sanó de una grave dolencia, le consiguió la libertad. 

La república es una organización tan adecuada 
a la dignidad humana, que mui pocas personas 
logran escapar a su atractivo. 

Pesuadido de la justicia que la atrasada i mísera 
colonia tenía para exijir su emancipación, don An- 
tonio Torres resolvió establecerse en nuestro terri- 
torio i cooperar al buen éxito de tal propósito. 

En 1820, se le nombró cirujano de primera clase 
del ejército, habiéndosele enviado a ejercer su cargo 
en Valdivia, que en febrero de ese año había sido 
tomada por lord Cochrane. 

Sin merecimientos quedaron bastante arrincona- 
dos en esa remota plaza. 

Solu en 1828 fue llamado a Valparaíso para ocu- 
par el empleo de médico de sanidad, que acababa 
de crearse. 



Todo marchaba para él viento en popa i a velas 
desplegadas, cuando una desgracia imprevista cayó, 
como un rayo, sobre su cabeza. 

A fines de 1832, fondeó en Valparaíso la fragata 
ballenera Catalina. 

Su capitán, un norte-americano llamado Enrique 
Paddock, venía desespei'ado, 

Necesitaba dinero para pagarla tripulación, para 
comprar víveres, para reparar la nave, 



_ 198 — 

I mientras tanto no tenía un centavo en la gave- 
ta, ni un barril de aceite en la bodega. 

El viaje había sido pésimo; i la pesca, infruc- 
tuosa. 

En tan grande apuro, trató de levantar un em- 
préstito por conducto de la casa de Alsop; pero la 
negociación fracasó. 

Cuando se le anuncióla imposibilidad de realizar 
su intento, Paddock se puso furioso, sacó una na- 
vaja i asesinó en el acto a don Jorje Kern i a don 
Feliciano Salgado, dependientes de la casa men- 
cionada. 

En seguida, salió a la calle, corriendo como un 
perro rabioso, con dirección al muelle; mató en el 
camino a don José Joaquín Larrain, heredero del 
marquesado de Monte Pío; e hirió gravemente a 
don José Squella i a otros varios. 

Habiendo sido capturado, se le sometió a la ju- 
risdicción de los tribunales. 

Un noticiero de alto coturno, don Andrés Bello, 
va a darnos cuenta de este lamentable suceso. 

Hé aquí lo que escribía con fecha 28 de diciem- 
bre de 1832 en el número 120 de El Araucano: 

«El público está ya informado por El Mercurio 
i correspondencia de Valparaíso de los horrendos 
asesinatos cometidos en aquella ciudad el 21 del 
corriente por Enrique Paddock, capitán de un bu- 
que ballenero; i no sin justicia se ha conmovido su 
indignación contra el autor de una catástrofe tan 
espantosa, Nadie puede ser indiferente al oír la 



— 199 — 

narración de un suceso en que, en pocos instantes, 
fueron muertos tres individuos, i heridos grave- 
mente ocho, sin antecedente ni causa alguna que 
pudiesen conducirlos a semejante desgracia. 

«Un crimen sin igual en Chile no podía menos 
que excitar el celo de nuestros magistrados para 
aniquilar prontamente a esta fiera en figura huma- 
na. En veintidós horas, se le formó causa por el 
juez de primera instancia de Valparaíso, quien le 
condenó a ser fusilado i espuesto el cadáver a la 
espectación pública. Esta sentencia fue confirmada 
por la ilustrísima corte de apelaciones a las veinte 
i cuatro horas de haber llegado el proceso a esta 
ciudad. Sin embargo, no ha tenido efecto todavía 
dicha sentencia por haber el defensor del delin- 
cuente interpuesto recurso de nulidad, con cuyo 
motivo se ve hoi la causa por la corte suprema en 
reunión estraordinaria. La celeridad con que han 
procedido los jueces, acredita el horror a la impu- 
nidad, i merece la consideración respetuosa de todos 
los ciudadanos. Mas no es solo el proceso el que 
llama la atención, ni el castigo que se imponga al 
delincuente, sino también el estado mental de este 
desventurado. 

«Pasada la sensación de horror que ocasiona un 
fenómeno tan sangriento, la razón se dirije natu- 
ralmente a investigar la causa que puede haberlo 
producido. Sin concebir una depravación superior 
a la corrupción del corazón, no puede creerse que 
un hombre, hallándose en el pleno goce i ejercicio 



— 200 — 

de sus facultades intelectuales, pueda arrojarse a 
estos atentados sin motivo i sin objeto. Menos 
puede imajinarse que un estranjero, sin mas rela- 
ciones que las de ser consignatario, i con una sema- 
na escasa de residencia en el puerto de su desem- 
barco, hubiese sido provocado a una venganza. 
Algo se habría traslucido de las ofensas que la ha- 
bían prepai'ado. La intención de dañar sin causa i 
sin fin no es propia del estado de cordura; i única- 
mente podrá ejercitarse en un abandono completo 
de la razón. En este estado lamentable, puede con- 
siderarse al capitán Paddock en el momento de los 
estragos que cometió, según las reglas de la medi- 
cina legal, ciencia a cuyo estudio deben dedicarse 
nuestros jurisconsultos con este ejemplo. 

«Hai circunstancias en el hecho que proveen de 
materiales para argüir contra esta opinión. Esta- 
mos al cabo de todas; i sin embargo de ellas nos 
mantenemos firmes en nuestro concepto, porque 
nos hallamos persuadidos de que estos arrebatos 
de frenesí muchas veces son momentáneos, como 
lo comprobaremos en otros números con ejemplos 
mui autorizados. La urjencia del tiempo no nos 
permite mas que indicar nuestro modo de pensar 
sobre la situación en que se hallaba el capitán Pad- 
dock, cuando aterró a Valparaíso. I no por esto se 
orea que nuestro intento es que se dejen sin ven- 
ganza las víctimas que sacrificó, sino que se averi- 
güe su estado mental para que la pena correspon 
da al tamaño del delito. Sabemos cuál es la natu- 



— 201 — 

raleza de éste; pero no bal idea cierta del carácter 
del agresor; i para juzgar rectamente, es preciso 
conocer con exactitud el hecho i el hombre». 



Don Diego Portales, que a la sazón era gober- 
nador de Valparaíso, estaba profundamente con- 
vencido de que Paddock se hallaba en el uso com- 
pleto de su razón. 

Pensaba además que, en todo caso, el reo debía 
sufrir el último suplicio, si estaba cuerdo para cas- 
tigar su delito, i si loco, para impedir la repetición 
de iguales atentados. 

Un animal feroz no tenía derecho de vivir. 

El médico de sanidad, don Antonio Torres, a 
quien se pidió informe en el proceso, opinó, como 
don Andrés Bello, que el homicida estaba loco 
cuando había perpetrado sus crímenes. 

Don Diego Portales, que había conversado lar- 
gamente con el doctor Torres sobre el particular, 
leyó con sumo enfado un dictamen que venía a 
entorpecer una ejecución, que, consideraba no solo 
justa, sino indispensable, para calmar la ajitación 
del pueblo en Valparaíso. 

Portales era omnipotente en el partido domi- 
nante. 

Don Andrés Bello recibió orden de no continuar 
tratando en El Araucano la cuestión de medicina 
legal que había ofrecido dilucidar. 

26 



— 202 — 

La gran convención negó el indulto que el encar- 
gado de negocios de Estados Unidos había solici- 
tado en favor del delicuente. 

El sábado 12 de enero de 1833, Enrique Paddock 
fue fusilado a las tres de la tarde en presencia de 
un numerosísimo concurso. 

Se le sacó de la cárcel amarrado en una silla. 

Llevaba sobre las rodillas una biblia que leyó 
hasta el último instante. 

Su cadáver fue levantado en la grúa mayor del 
muelle donde estuvo colgado veinte i cuatro horas- 
Don Pablo Zorrilla asienta en el discurso ya 
citado que, el año de 1833, se destituyó a don An- 
tonio Torres de su empleo de módico de sanidad 
de Valparaíso, i se le envió a Chillan, «acaso por 
suponérsele de ideas políticas adversas a la admi- 
nistración, durante esa época borrascosa de nuestra 
era independiente». 

«Poco mas tarde (agrega) regresó a Valparaíso; 
i de allí a Santiago, endonde desempeñó por mu- 
chos años el cargo de cirujano de la guarnición». (1) 

El intejérrimo facultativo atribuyó siempre la 
persecución de que fue víctima al informe emitido 
sobre el estado mental de Enrique Paddock. 



Durante su mansión en Valdivia, don Antonio 
Torres se casó con doña Benigna Pérez de Arce, 
hija de don Diego Pérez de Arce, fundador de la 



(1) Añiles de la universidad de Chile, tomo XXIV, número 5, corres- 
pondiente al mea de mayo de 1864, 



— 203 — 

familia de este nombre en aquella ciudad, i de doña 
Melchora Henríquez, hermana única del insigne 
Camilo Henríquez. 

Doña Benigna Pérez de Arce era, por lo tanto, 
sobrina del famoso revolucionario. 

Aquel matrimonio fue fecundo. 

Los cónyujes tuvieron trece hijos que voi a enu- 
merar por orden de edad. 

Nacidos en Valdivia 

María del Rosario. — Rafael. — Pablo Antonio. — 
José Antonio. 

Nacidos en Valparaíso 

María del Carmen. — José Ruperto. — Juan No- 
pomuceno. 

Nacidos en Santiago 

Ignacio. — José María. — Diego Antonio. — Caro- 
lina. — Víctor. — José Camilo. 

Don José Antonio Torres, a quien dedico estos 
recuerdos, recibió en la pila baustimal el nombre 
del abuelo paterno muerto en la guerra del Por- 
tugal. 

El doctor Torres tuvo muchos hijos i muchos 
clientes, pero pocos bienes de fortuna. 

La causa de que no hubiera atesorado un capital 
injente, es fácil de esplicar, 



— 204 ~ 

Torres era un médico hábil i práctico a la vez; 
pero no esplotaba las dolencias humanas, como 
vetas de metales preciosos. 

Yo mismo le he conocido personalmente i puedo 
afirmar, como testigo de vista, su caridad i des- 
prendimiento. 

Curaba a los pobres gratuitamente, i llevaba un 
honorario insignificante a los ricos. 

No era ese el medio de reunir un caudal. 

Dejo ahora al padre para concretarme al hijo. 



II 



Don José Antonio Torres se educó en Santiago, 
a donde vino mui niño con su familia. 

Su intelijencia fue tan precoz, como brillante: 
era una chispa. 

Debió mas a su talento natural i espontáneo, 
que al estudio. 

El joven Torres era valiente i entusiasta. 

Tomó parte, como defensor del gobierno, en la 
revolución del 20 de abril de 1851. 

Era entonces capitán del número 2 de guardias 
cívicas, i recibió en el combate una bala que le 
traspasó el brazo izquierdo. 

Cuando se le retiraba de la refriega a pesar suyo 
en una silla de manos, el jeneral Bulnes, que se 
encontraba a su paso, le preguntó con interés si 
era peligrosa su herida. 

Torres contestó con enerjía: 



— 205 — 

—No, señor; i aún cuando lo fuera, todavía tengo 
sano el brazo derecho para pelear por la Repú- 
blica. 

El diario rotulado La Tribuna elojió mucho al 
día siguiente la respuesta de Torres, i su compor- 
tamiento en esa triste jornada. 

Si el herido hubiese podido levantar con su ma- 
no ilesa el velo que oculta el porvenir habría visto 
con asombro que el partidario de hoi iba a ser el 
adversario de mañana; i que el gobierno que con- 
decoraba su pecho con una medalla debía mas tarde 
prenderle i desterrarle. 

Torres comenzó a escribir en prosa i en verso, 
cuando apenas radiaba sobre su frente el sol de la 
juventud. 

Fue poeta lírico, poeta narrativo, dramaturgo, 
novelista, autor de folletos políticos, sociales i reli- 
jiosos, periodista. 

Sus obras tan numerosas, aunque de mérito mui 
desigual, indican lo estremado de su afición a las 
letras i su mucha dedicación al trabajo. 

Sin embargo, el estilo de las producciones de 
Torres demuestra que tenía la mano espedita i la 
pluma lijera. 

Todos conocen en Chile sus poesías líricas, pues 
las ha escrito sobre toda especie de asuntos, i las 
ha insertado en cuantos periódicos han aparecido 
en este país, desde que principió a rimar hasta su 
muerte. 

Existía en él una abundante vena jocosa. 



— 206 — 

Semejaba un repertorio inagotable de chistes 
orijinales i espontáneos. 

Había heredado esta calidad de su padre. 

No perdonaba su propia persona. 

Tenía las narices grandes, aunque no descomu- 
nales, como las ridiculizadas por Quevedo. 

De esta circunstancia, sacaba tema para burlarse 
de un defecto que le permitía compararse con 
Ovidio. 

En una composición rotulada Para ella i para 
mí, decía a una niña: 

Cierto que soi narigón. 
Hai muchos así felices. 
Nadie ama con las narices, 
sino con el corazón. 

Vaya una muestra de su espíritu zumbón, que 
borbotaba todavía mas en sus labios, que en su 
tintero. 

CONFESIÓN DE UNA SEÑORA MAYOR 

— Me acuso, padre, que un día 
por las Delicias paseando 
me iba absorta recreando 
en un joven que venía 
sus bigotes enroscando. 
I al pasar tan a su orilla, 
los ojos se me inflamaron, 
i ¡ai mi padre! me asaltaron, 
tentaciones de chiquilla. 



— 207 — 

— Eso, hermana, no es gran cosa, 
que a nadie dañan sonrojos, 
cuando están muertos los ojos 
i la frente está rugosa. 

— Yo, como soi tan cristiana, 
i ya cuento algunos años, 
miré, como cosa vana, 
que a un joven diese la gana 
de causarme desengaños. 
Mas se cayó mi mantilla, 

i al pasarla él dilijente 

me cruzaron por la mente 
tentaciones de chiquilla. 

— Que usted tenga tentaciones 
tampoco a ninguno daña; 
i nadie hoi día se engaña 
con las viejas .... ilusiones. 

— En la noche, volví a hablarlo, 
pues a un baile entramos juntos; 
i mis ojos al mirarlo, 
sin que pudiera estorbarlo, 
se me quedaron difuntos. 
Mas luego tras de mi silla 
vino a pararse el malvado; 

i tuve al verlo a mi lado 

tentaciones de chiquilla, 

■ — -Eso, hermana, no la aflija, 
que ya no es usted chicuela, 
i nadie templa vihuela, 
que le faltan las clavijas. 



— 208 — 

— El, con semblante inui terco, 
cada vez nías se llegaba; 
i al ver que yo lo notaba, 
i no le decía: ¡puerco! 
i del asiento zafaba, 
me hizo el picaro cosquilla, 
i aunque firme me mantuve .... 
me acuso, padre, que tuve 
tentaciones de chiquilla. 

— Esto en verdad no es tan casto, 
ni digno de una cristiana, 
que eso es ya tocar, hermana, 
la vihuela por el trasto. 

— De ahí a poco a convidarme 
a bailar cuadrillas vino. 
Pretendí en vano escusarme, 
que él empezó a cargosearme 
de un modo tan dulce i fino. . . . 
Bailamos, pues, la cuadrilla, 
i al hacer sansimoniana, 
¡ai padre! me vino gana ... 
de volverme una chiquilla. 

-—Perdió usted su salvación 
i el mOzo ganó el infierno: 
él por hacérsele el tierno; 
i usted por la tentación. 

Al lado de la vena burlona, bullía en la mente 
del vate otra sentimental i tierna. 

En una composición titulada Consuelo, esclama- 
ba con sinceridad: 



— 209 — 

Yo también hace tiempo, hermosa mía, 
que silencioso arrastro una cadena. 
La formaron amargos desengañes, 
ilusiones perdidas, 
aquellas mis queridas 
hermosas esperanzas de otros años; 
cadena de recuerdos punzadores, 
que cruje al son de lúgubres cantares, 
i cuenta en sus sonidos mis pesares, 
i anuda sin cesar nuevos dolores. 

El 13 de diciembre de 1853, don José Antonio 
Torres publicó una composición que suministró pá- 
bulo a la maledicencia. 



MIS DESEOS 

(Imitación del poeta portugués Juan Aboim) 

Si fuera la luna que brilla en el cielo, 
quisiera en tu seno mi luz reflejar. 
Tus lindos cabellos soltara a los vientos, 
si fuera en las playas la brisa del mar. 

Si fuera del prado sentido murmullo, 
tu voz inspirada quisiera imitar. 
Si fuera alguna ave preciosa i cantora, 
en tu hombro de nieve me iría a posar. 

Si fuera la flor de tus flores, mas bella 
quisiera a tu vista por siempre brillar. 
Si fuera una blanca paloma inocente, 
tus dulces caricias quisiera gozar. 

27 



_ 210 — 

Si fuera una rima de verso sencillo, 
por esos tus labios quisiera pasar. 
Si fuera una lira de cuerdas doradas, 
quisiera en tus manos sentirme vibrar, 



Mas yo no soi astro, ni lira, ni eco, 
ni ave, ni rima, ni brisa del mar. 
Soi hombre que sufro, que siento, que amo, 
que el verle en la tierra me puede matar. 



Los cnvidio¿os que, como la maleza, pululan en 
todas partes, comenzaron a cuchichear que el orijb 
nal de Aboim había servido de modelo para una 
composición dada a luz por don Eusebio Lillo con 
el mismo título poco tiempo antes. 

La supuesta imitación no existía. 

Lillo no había leído nunca la composición de que 
se hablaba. 

No conocía siquiera el nombre de su autor. 

Don Andrés Bello escribió también un soneto 
rotulado Mis deseos, que tiene por epígrafe IIoc 
erat in votis de Horacio. 

Raciocinando en la forma adoptada, habría po- 
dido sostenerse que Aboim era un imitador de 
Anacreonte, 

Habría bastado para ello copiar la siguiente oda 
del poeta griego traducida por don José Castillo i 
Ayerma, de Ja Academia Española; 



- 311 - 



A UNA MUCHACHA 



En piedra convertida 
Xiobe en otro tiempo, 
i en ave fue mudada 
3a esposa de Tereo. 

Yo, porque me mirases 
me trocara en espejo; 
trocárame en vestido 
que tú llevaras puesto. 

En agua me cambiara 
para lavar tu cuerpo; 
i para nnjirlo todo, 
en oloroso ungüento. 

Tornárame la cinta 
que ajustas a tu pecho, 
volviérame la perla" 
que pende de tu cuello; 

I fuera la sandalia 
que el pie te ciñe tierno; 
que por tu planta hollado 
viviera yo contento, 



Don José Antonio Torres no fue solo poeta 
lírico, sino también narrativo. 

Dio a la estampa las siguientes leyendas en ver» 
so; en 1848, Los amores de Santiago; en 1853, Na- 
die ftfféíq $1 fin es dichoso i I^a hermosa Qaclikre; 



— 212 -f 

i en 1859, durante su permanencia en Lima, el pri- 
mer canto de un poema que había denominado 
Una leyenda. 

La segunda de esas narraciones está dedicada a 
don Eusebio Lillo, quien la ha juzgado con impar- 
cialidad en las siguientes líneas: 

NADIE HASTA EL PIN ES DICHOSO 

«Es el título de la leyenda publicada por don José 
Antonio Torres. Esta obra está desnuda de toda 
alta pretensión literaria, 

«El señor Torres, conocido ya ventajosamente 
por otras obras poéticas, nos cuenta ahora, en bue- 
nos versos, i con rasgos llenos de poesía, una his- 
toria sencilla i sentimental. Enrique i Elvira son 
los dos héroes de la leyenda. Dos seres unidos por 
los sublimes lazos de la pasión, pero separados por 
las conveniencias sociales. Enrique, aunque joven 
de distinguida capacidad i de corazón recto, es po- 
bre; i basta este solo inconveniente para que el 
padre de Elvira le niegue la mano de su hija. Su 
Única ambición es la de enlazarla con don Juan, 
hombre acaudalado, que la ha pedido por esposa. 
En vísperas de efectuarse este enlace, el pobre 
Enrique, en los estreñios de su desesperación, se 
dirije a su rival, i le revela la pasión que le liga i 
la resolución en que se encuentra de arrebatársela 
o de morir. Don Juan comprende la horrible situa- 
ción de los amantes; i seguro de que Elvira no 



— 213 — 

puede amarle, tiene el buen sentido i la jenerosi- 
dad de abandonar sus pretensiones i de trabajar 
por unir a los dos enamorados. Efectivamente, el 
matrimonio proyectado por el padre de Elvira con 
don Juan se verifica con Enrique, con gran sor- 
presa del viejo, que soñaba con un yerno rico como 
Creso. Añadiré a esto que don Juan fue el padrino 
de la boda. 

«Fuera de la dedicatoria escrita con harto inje- 
nio i agudeza, i con la cual el autor me honra, el 
cuento del señor Torres tiene pajinas bellísimas. 
Léanse si no las lindas décimas en que el autor 
trova aquella quintilla de Zorrilla: 

Amar, i no ser amado, 
sentir, i no consentir, 
morir viviendo olvidado, 
morir por haber amado, 
i no poderlo decir; 

i la parte tercera de la leyenda. El señor Torres 
tiene facilidad para escribir versos; i su inspiración 
es casi siempre espontánea i libre. Digo casi siem- 
pre, porque desgraciadamente, en ocasiones, este 
poeta abusa de la facilidad que antes le he recono- 
cido, El señor Torres es mui joven aún; i, por 
consiguiente, su poesía se resiente casi siempre de 
la demasiada vehemencia de su corazón ardiente. 
Con algunos años mas, i con sólidos estudios, las 
obras en verso del señor Torres harán honor a nues- 
tra poesía nacional». 



— 214 — 

.' La hermosa Cadiere versa sobre los amores del 
jesuíta Juan Bautista Girare! i María Catalina 
Cadiére. 

Julio Michelet ha referido esta sombría historia 
en su libro La Bruja. 

Aunque consideraba el argumento muí escabro- 
so, don Andrés Bello opinaba que el desempeño 
de nuestro autor en su leyenda «no estaba desnudo 
de todo mérito». 

Don José Antonio Torres buscó también laure- 
les en el teatro. 

Dio a la estampa las siguientes piezas: La inde- 
pendencia de Chile, drama histórico en tres actos i 
en verso (1856); Carlos o Amor de padre, drama 
en cuatro actos i en prosa (1863); i El aventurero, 
drama en un acto i en prosa (id.) 

El 27 de noviembre de 1858, comenzó a inser- 
tar en El Correo literario una comedia en dos actos 
i en verso, titulada Una promesa de amor. 

Alcanzó a imprimirse el primer acto i la mayor 
parte del segundo; pero la terminación del periódi- 
co dejó la pieza inconclusa. 

El mismo clon José Antonio Torres ha indicado 
el orijen de su drama La independencia de Chile 
en una carta dirijida a don Salvador Sanfuentes, a 
quien dedicó su producción. 

«Al señor don Salvador Sanfuentes. 

«Distinguido amigo: 

«La interesante Memoria presentada por Usted 



— 215 — 

a la Universidad en 1850, ha sido la que me ha 
servido particularmente para la composición del 
presente drama. A usted, pues, lo dedico como un 
testimonio de sincera amistad. ¡Ojalá que su lec- 
tura, mi ilustrado amigo, pueda distraerlo siquiera 
algunos instantes en su penosa enfermedad! 

«Su admirador i amigo, 

«•José Antonio Torres, 

Santiago, 12 de diciembre de 185G. 

La Independencia, de Chile ha sido representada, 
no solo en nuestros teatros, sino también en los de 
otros países americanos. 

Hé aquí cuál fue el juicio que el distinguido li- 
terato don Francisco Fernández Rodella espresó 
sobre Carlos o Amor de padre en El Picaflor: 

«El jueves pasado (3 de mayo de 1849), no obs- 
tante las brillantes promesas del cartel, i a pesar 
del atractivo que ofrecía la primera exhibición de 
un drama orijtnal de un joven poeta que ha dado 
ya mas que esperanzas, el público de Santiago no 
pudo sacudir esa indiferencia que nos hace deses- 
perar del arte dramático en Chile. 

«Sentimos que la abundancia de materiales no 
nos permita hacer el análisis de la pieza de don . 
José Antonio Torres. Sin embargo, nos es suma- 
mente grato consignar aquí el verdadero triunfo 
que coronó sus esfuerzos, 



— 216 — 

«Los entusiastas i repetidos aplausos con que fue 
acojida la producción del señor Torres, prueban 
que este joven poeta está llamado a trabajar para 
el teatro. 

«Hemos notado en esta pieza buenas intenciones 
dramáticas, facilidad en el lenguaje i mucha anima- 
ción en el diálogo. 

«No obstante, nos tomamos la libertad de acon- 
sejar al señor Torres que no so deje seducir por esa 
facilidad que puede aniquilar en él la orijinalidad, 
impidiéndole consagrar a sus producciones todo el 
tiempo i el esmero que requiere un arte tan difícil, 

«Un buen drama orijinal no es obra de pocos 
días, así como una buena comedia no se compone 
en veinte i cuatro horas. En prueba de la sinceridad 
de nuestra observación, recomendamos encarecida- 
mente al señor Torres que no desmaye por las crí- 
ticas mal intencionadas. Es joven; tiene talento; i, 
aunque la carrera dramática sea en Chile mui árida 
e improductiva, el poeta puede hallar, en el cultivo 
de su arte, goces íntimos, contra los cuales nada pue- 
de la censura de una crítica parcial. El público se 
mostró tan complacido de la pieza, como de los ac- 
tores, que con tanto acierto ejecutaron esta noche 
su papel». 

El artista francés don Narciso Desmadryl impri- 
mió en 185 4 una Galería nacional, &«olección de 
biografías i retratos de hombres célebres de Chile. 

Don José Antonio Torres escribió en ella la bio-. 
grafía del jeneral don Francisco de la Lastra. 



— 217 — 

En 1858, Torres publicó una novela titulada Los 
misterios de Santiago. 

Las otras obras en prosa que dio a luz son: en 
1854, una traducción del portugués al castellano de 
un libro que lleva el título de Retrato de la Compa- 
ñía llamada de Jesús i un libro rotulado Educación 
e instrucción de la mujer; en 1860, los Oradores 
chilenos; i en 1863, la solución de la cuestión de lími 
tes entre Chile i Bolivia i los Estudios económico- 
políticos sobre la actualidad de Chile. 

La mas notable de estas obras es Los Oradores 
chilenos, o retratos parlamentarios, de que había 
preparado una segunda edición aumentada i corre- 
jida, que, a lo que entiendo, pensaba hacer imprimir 
en Europa. 

Nuestro autor ha cultivado muchos jóneros de li- 
teratui'a; pero, en mi concepto, sobresalía principal- 
mente en la redacción de un diario; i no tanto en 
los artículos serios, cuanto en los jocosos. 

Poseía una gran viveza de imajinación i una gra- 
cia natural para condimentar la sección noticiosa i 
amena, que constituye la ensalada mas sabrosa pa- 
ra muchos. 

El primer periódico que redactó Torres, fue uno 
semanal, a que puso por nombre Álbum, i en el cual 
trató esclusivamente de asuntos literarios. 

Este periódico apareció el 4 de enero de 1851, i 
no pasó del cuarto número, probablemente por fal- 
ta de suscriptores. 

Antes i después de dicha época, pero por aquellos 

28 



— 21S — 

años, insertó en los diarios de Santiago i Valparaí- 
so diversos artículos festivos firmados Bálsamo, los 
cuales, aunque dejaban conocer que salían de la 
pluma de un principiante, anunciaban que, mediando 
la esperiencia, su autor podría hacer algo mejor en 
aquel ramo. 

El 1.° de diciembre de 1852, tomó a su cargo la 
redacción de El Progreso, el primer diario que ha 
habido en la capital, cuya publicación había sido 
suspendida el 13 de setiembre de 1851, a conse- 
cuencia de los sucesos políticos acaecidos en este 
año; pero el nuevo empresario no logró resucitar 
aquel cadáver. 

Don José Antonio Torres se vio forzado a desis- 
tir de su propósito el 11 de marzo de 1853 por 
escasez de suscriptores i por carencia de dinero para 
sustentarlo. 

Despue's de este fracaso, Torres escribió, durante 
largo tiempo, en El Mercurio do Valparaíso, las 
revistas o historias de la semana, producciones que 
comentaban en tono alegre los sucesos de toda 
especie ocurridos en el intervalo. 
I Estas crónicas redactadas con mucho donaire, i 
espolvoreadas con sal i pimienta, fueron las que con- 
solidaron su reputación de literato. 

En junio de 1858, fundó en Santiago un periódico 
semanal titulado El Correo Literario, en el que con- 
tinuó dando a luz con mucha aceptación pública sus 
historias de la semana, 



— 219 — 

• 

El Correo Literario ha sido el primer periódico que 
ha habido en Chile ilustrado con caricaturas. 

Esta publicación, que consiguió reunir un gran 
número de suscripto-res, estuvo apareciendo basta 
el 4 de diciembre del mismo año, en que pereció de 
muerte violenta. 

El día mencionado, la provincia de Santiago fue 
declarada en estado de sitio; la imprenta, cerrada; 
i don José Antonio Torres, reducido a prisión. 

No iba a la cárcel en mala compañía. 

Otros muchos jóvenes, de los mas distinguidos, su- 
frieron la misma suerte. 

Todos conocen el acontecimiento a que aludo. 

Se había formado un club que tenía por propósi- 
to la reforma de la constitución. 

El gobierno ordenó que cesara. 

No obstante, los miembros del club persistieron 
en reunirse. 

Vista su insistencia, el domingo 5 de diciembre, 
dos compañías de soldados los condujeron presos al 
cuartel de policía. 

Al día siguiente, la mayor parte de ellos fueron 
puestos en libertad, después de habérseles exijido 
una multa de cincuenta pesos a cada uno. 

Se retuvo a trece, entre los cuales se contaba don 
José Antonio Torres, redactor principal de El Co~ 
rreo Literario, para someterlos a juicio. 

¿No es de conjeturarse que Torres debiese en 
gran parte al «crimen de sus chistes i sarcas- 
mos» la eseepción que se hacía en su contra? 



— 220 — 

La corte suprema, por sentencia fechada el 1.° 
de febrero de 1859, declaró compurgada, «con la 
prisión sufrida», la desobediencia que Torres había 
cometido. 

Su falta, como se ve, aún para los que considera- 
ban que la había habido, estaba mui lejos de ser 
grave. 

Sin embargo, Torres no obtuvo su libertad. 

Por el contrario, el gobierno decretó que fuese 
trasportado a la lejana i pavorosa colonia de Maga- 
llanes. 

¿Cuál era el delito que le hacía merecedor de tan 
severo castigo? 

Mientras había estado preso, el norte i el sur de 
la República se habian insurreccionado contra el 
gobierno del presidente don Manuel Montt. 

Pero ¿qué complicidad tenía en» ello un joven es- 
critor que, antes de que estallara la revolución, había 
sido secuestrado en un calabozo por desobediencia 
a un mandato de la policía, que la corte suprema 
había juzgado suficientemente penado con la prisión 
sufrida desde el 5 de diciembre de 1858 hasta el 1.° 
de febrero de 1859? 

N"o obstante, el redactor de El Correo Literario 
fue destinado por un tiempo indefinido a la fríjida 
i desolada colonia de Magallanes. 

Don José Antonio Torres i siete de sus compa- 
ñeros de prisión fueron conducidos a Valparaíso. 

Éstos eran don Santiago Ortúzar, don Ramón 
García, don Roberto Souper, don Juan E. Doren, 



— 221 — 

clon Ramón Lara, don Antonio Almeida i el hon- 
rado i laborioso artesano Rojas. 

La misma noche de su llegada al puerto, se les 
depositó en la barca Olga, que debía trasportarlos 
a Magallanes. 

Estaban ya a bordo tres correlijionarios suyos, 
don Salustio Cobo, don Ramón Toro Mazóte i don 
Francisco R. Sampayo, destinados al mismo paraje. 

El teniente de la brigada de marina don Anto- 
nio Oyarzún i quince soldados guarnecían el buque. 

Don Santiago Or tuzar consiguió, mediante el 
empeño i la fianza de don Domingo Espiñeira, que 
se le permitiese dirijirse a Europa. 

La Olga zarpó de Valparaíso el 24 de febrero 
de 1859. 

Tan luego como los deportados perdieron de vis- 
ta los cerros de la costa, se comunicaron el pensa- 
miento de sublevarse, i de dar a la nave un rumbo 
diverso. 

«La empresa era arriesgada (dice don José An- 
tonio Torres): éramos solo diez, mientras la guar- 
nición se componía de diez i seis hombres; i había 
quince de tripulación. Pero, ante el suplicio que nos 
aguardaba en Magallanes, no vacilamos, i esperamos 
resueltos el primer momento favorable. 

«El 28, a las once del día, estando el capitán del 
buque almorzando con el jefe de la guarnición, nos 
fuimos sobre ésta; i auxiliados de tres revólveres 
que habíamos logrado llevar a bordo con nosotros 
mismos, empezamos a desarmar a los soldados uno 



m. 222 — 

por uno, sin el menor ruido, i sin que fuera necesa- 
rio derramar una gota de sangre. 

«En seguida, nos presentamos en la cámara de 
popa i notificamos al teniente Oyarzún que, desde 
ese momento, quedaba preso, ordenándole que no 
saliera de la cámara. 

«El teniente i el capitán se manifestaron alta- 
mente sorprendidos del suceso. Aquél temía que 
tomásemos la revancha, i le diéramos un tratamien- 
to, como el que él nos había dado. Pero bien pronto 
quedó convencido de que un caballero no se mancha 
jamás con acciones indignas i cobardes. Era nuestro 
prisionero; i ningún mal nos podía hacer: no debía- 
mos rebajarnos usando de innobles represalias. Si- 
guió, pues, durmiendo en su camarote; comiendo 
perfectamente en nuestra misma mesa; i atendido 
en todo, según su deseo. 

«Obligado el capitán a cambiar el rumbo, nos hi- 
cimos a la vela para el puerto del Callao. 

«Después de hecho el movimiento, acordamos le- 
vantar un acta de lo sucedido i entregarla al capitán 
para salvar su responsabilidad. Este documento lo 
firmamos todos, i patentiza la hidalguía de nuestro 
procedimiento. 

«Helo aquí: 

Acta ele lo sucedido a bordo de la barca Olga 
el 28 de febrero de 1859 

ih los 33° latitud sur i 77° 37' lonjitud, en el 
ufa m'üm espvesady, loa que suscriben, destinados 



— 223 ™ 

por el Gobierno de Chile al presidio de Magallanes, 
estando inocentes i sin formación de causa, i viendo 
una muerte segura en el tristísimo lugar adonde se 
les enviaba i la detestable calidad de los víveres 
colocados para su alimento, usando del sagrado de- 
recho de la conservación propia, armados de tres 
revólveres, se echaron sobre la guarnición, que, al 
mando del teniente Oyarzún, los custodiaba; i, des- 
pués de desarmarla, apresaron al jefe de dicha guar- 
nición, e intimaron orden al capitán del buque de 
que cambiase de rumbo i se dirijiese al puerto del 
Callao. El espresado teniente hizo una inútil resis- 
tencia de palabra, quedando definitivamente some- 
tida la guarnición i él incomunicado con ella. El 
capitán hizo también por algunos momentos resis- 
tencia a cambiar el rumbo de la barca, i argumentó 
apoyando al teniente Oyarzún; pero, al fin, reducido 
como aquél por encontrarse igualmente desarmado, 
varió el rumbo, i el buque fue puesto a la vela para 
el puerto que se le indicó. Esto es fielmente lo su- 
cedido, lo que firmamos para los fines que convenga. 
José Antonio Torres. — Roberto Souper — Ramón 
Toro Mazóte. — Ramón] García. — Francisco R. 
Sampayo. — Salustio Cobo. — A n tordo Almeidá. — ■ 
Ramón Lava. — Juan E. Doren. 

«Firmada esta acta, i entregada al capitán, ya 
solo concentramos nuestro pensamiento en las hos- 
pitalarias playas adonde nosdirijíamos. 

^Tviyimog feÜQÍqacl en la navegación) i aparte ü§ 



— 224 — 

las angustias de las guardias que teníamos que hacer 
día i noche, ningún contratiempo nos inquietó. 

«Una vez llegados al Callao, i puestos bajo la pro- 
tección de las leyes peruanas, entregamos el buque 
al capitán, pusimos en libertad a la guarnición, i 
desembarcamos». 

Apenas los proscritos pisaron la tierra peruana, 
don José Antonio Torres publicó, a nombre propio 
i de sus compañeros, un folleto titulado Manifesta- 
ción hecha por los que suscriben a sus compatriotas 
i a la humanidad, en el que se esponian los agra- 
vios que se les habian inferido. 

El desterrado tornó a su patria. 

Al poco tiempo después de su regreso a Chile, 
tomó la redacción de El Mercurio, que desempeñó 
casi hasta que se vio postrado por la terrible enfer- 
medad que, a despecho de su robusta constitución, 
le sumió en la tumba. 

t Don José Antonio Torres murió en Santiago en 
la madrugada del 19 de marzo de 1864. 



BOU SIMÓN RODRÍGUEZ 






SU VIDA 

¿I qué utilidad puede sacarse de la historia de un 
loco? ¿con qué objeto escribirla? ¿qué provecho nos 
resultará de leerla? dirán muchos cuando vean el 
nombre de la persona que va al frente de estas 
pajinas. 

Como pudiera suceder que los que así piensan 
tuvieran razón, no me empeñaré en persuadirles lo 
contrario. 

No me perdonaría jamás que alguno hubiera 
perdido el tiempo por culpa mía. 

El que no quiera leer, que no lea i me deje en paz. 

Por lo que a mí toca, he escrito la biografía de 
don Simón Rodríguez, porque no la juzgo entera- 
mente desnuda de interés. 

La vida de un loco es muchas veces una lección 

para los cuerdos. 

Los locos, como los niños, suelen' decir grandes 

verdades; i si no las dicen, él conocimiento de sus 



— 228 — 

estravíos sirve para impedir que caigamos en las 
mismas aberraciones. 

Por otra parte, el mundo no siempre es justo en 
sus fallos. 

Las alabanzas que prodiga, no tienen la autori- 
dad de cosa juzgada. 

El diploma del saber suele concederlo con fre- 
cuencia a la ineptitud. 

La misma arbitrariedad reina en sus críticas. 

Las sentencias condenatorias no recaen sieinpi'e 
sobre aquellos que las merecen. 

Los jenios mas sublimes han sido perseguidos; 
sus intenciones, mal interpretadas; sus. trabajos, 
menospreciados. 

El personaje de que voi a hablar, ha sido talvez 
víctima de una de esas injusticias, sin que sea por 
eso mi ánimo absolverle de todos sus pecados. 

Muchos de los filósofos de la antigüedad no son 
mas sabios que don Simón Kodríguez, que nos re- 
cuerda a Diójenes por sus costumbres i carácter. 

Muchos de los socialistas modernos han emitido 
ideas cuya prioridad pudiera vindicar el pensador 
americano. 

Considerado desde este punto de vista, me pa- 
rece que bien pudieran dedicarse unas cuantas líneas 
a un individuo que puede colocarse sin mengua al 
lado de tantos otros acerca de cuyos sistemas se 
han escritos volúmenes sobre volúmenes, 

Lbs naturalistas describen i analizan cb'n la may'ó? 



— 229 — 

prolijidad las yerbas mas insignificantes, que clasi- 
fican en seguida por jéneros i especies. 

¿Por qué no se liaría lo mismo con el hombre? 

¿No sería mas conveniente prestar a seres dota- 
dos de vida i razón esa atención que se concede a 
las cosas brutas e inanimadas? 

Si nos importa conocer la infinita variedad de 
plantas i de arbustos, que ninguna semejanza tienen 
con nosotros, mucho mas nos importa conocer a los 
miembros de esa gran familia llamada la humanidad, 
con quienes vivimos i a quienes nos ligan la comu- 
nidad de orijen i la de fin. 

Don Simón Rodríguez es uno de esos tipos cu- 
riosos cuya fisonomía debe tratar de conservarse. 

La estra vagancia de sus costumbres i la orijina- 
lidad de sus ideas le hacen digno de este honor. 

Desgraciadamente, no poseo las noticias sufi- 
cientes para hacer una relación detallada de su 
existencia. 

Los pocos datos que he recojido en las obras 
escritas por él mismo, en algunas conversaciones 
privadas i en impresos o manuscritos en que por 
incidencia se hablaba de su persona, son necesaria- 
mente mui incoTnpletos. 

La carencia de pormenores no me permite pintar 
a don Simón de cuerpo entero, con todos sus pelos 
i señales. 

Xo puedo hacer otra cosa que delinear su retrato, 
que en muchos aspeóte? s§ asemejará a sias imfl* 



— 230 — 

jenes divididas i fraccionadas en todos sentidos que 
se reflejan en un espejo mal azogado. 

La biografía que va a leerse, sin orden en el con- 
junto i sin trabazón en sus diversas partes, es como 
un capítulo desprendido del libro de DiójenesLaer- 
cio sobre las vidas, doctrinas i apotegmas de los 
filósofos antiguos, que, al lado de cuentos pueriles i 
ridículos, habla de teorías cuya aplicación podría 
causar la felicidad o desgracia de la sociedad 

Don Simón Rodríguez nació en Caracas. 

Tuvo por padre a un clérigo nombrado Carreño, 
cuyo apellido llevó don Simón por algún tiempo; 
pero que cambió después por el de Rodríguez. 

¿Cuándo nació? 

No lo sé. 

La fecha del nacimiento de ios hijos bastardos, 
i sobre todo, de los sacrilegos, no se conserva por 
lo jeneral en las familias. 

La madre no repite jamás esa fecha, porque le 
recuerda un desliz que la deshonra; el padre pro- 
cura olvidarla para ahogar los remordimientos de 
una conciencia culpable. 

Mucho conseguiríamos si lográramos descubrirla 
registrando las partidas de bautismo en los libros 
parroquiales. 

La cuestión, por lo demás, me parece ociosa, 
pues creo, con el autor de que trato, que los hombres 
no nacen propiamente cuando empiezan a ver la 
luz, sino cuando oomienzan a alumbrar ellos, es 
decir, cuando comienzan, & ser útiles. 



— 231 — 

Don Simón no fue hijo único. 

Tuvo un hermano, llamado Cayetano, que de 
afición llegó a ser el mejor músico de Venezuela. 

Cuando se sentaba al piano, parecía que la armo- 
nía brotaba a raudales entre sus dedos. 

Los mismos artistas estranjeros que le escucha- 
ban por casualidad, quedaban admirados de su 
gusto i maestría. 

Don Simón fue al principio de su vida un hom- 
bre austero i devoto, frugal en su alimento, modesto 
en su traje hasta el estremo de que esperimentaba 
escrúpulos al adornar sus zapatos con hebillas de 
plata según la moda de entonces. 

Como su conducta era intachable, tenía una 
reputación mui bien sentada aún entre aquellos 
que no le conocian personalmente. 

Da fama de un hombre honrado salva siempre 
los límites del barrio donde vive, como el perfume 
de una flor alcanza hasta mui lejos del sitio donde 
ha brotado. 

Habiendo fallecido el padre del libertador Bolí- 
var dos años después del nacimiento de su hijo, no 
se creyó prudente que el huérfano, poseedor de un 
cuantioso patrimonio, quedara bajo la dirección de 
parientes que, en caso de muerte, debían heredarle. 

A fin de tomar las precauciones necesarias, la 
audiencia de Caracas ordenó que fuera encomenda- 
do a una persona respetable i designó a don Simón 
Rodríguez para este cargo. 

Esta circunstancias hizo que uno de loa héroes 



— 232 — 

irías graneles de América recibiera sus primeras 
lecciones de uno de los pensadores mas orijinales 
que ella ha producido. 

El preceptor i el alumno vivieron estrechamente 
unidos hasta que Bolívar a la edad de quince años 
fue enviado a España por su curador don Carlos Pa- 
lacios para que completara sus estudios. 

Hacia esta época comenzó a verificarse un cambio 
notable en las ideas de don Simón Rodríguez. 

Sus creencias políticas i relijiosas principiaron a 
alterarse i a ser menos ortodoxas. 

¿Qué causas operaron esta estraña metamorfosis? 

No acertaría a esplicarla. 

Sea de esto lo que fuere, las nuevas opiniones de 
Rodríguez no fueron bien pronto un secreto para 
nadie, porque él mismo cuidó de revelarlas. 

Antes de que estallara en Caracas la revolución 
de la independencia, el cabildo de esta ciudad le 
había nombrado director de una escuela municipal. 

En su calidad de maestro, i sintiendo natural- 
mente apego a las clases desvalidas, se había ocu- 
pado mucho en instrucción primaria, de cuyos be- 
neficios quería que todos gozaran sin escepción. 

Con este objeto, había concebido un plan de edu- 
cación que comunicó a las autoridades coloniales 
para que se le permitiera plantearlo en el estableci- 
miento de su cargo. 

Este fue para don Simón el orijen de una multi- 
tud de sinsabores, 

Las mjtorjcjftcl^ a quienes habla presentado m 



— 233 — 

proyecto, no solo lo encontraron malo, sino también 
antimonárquico, contrario a los intereses de la 
metrópoli, inmoral i no sé qué otra cosa. 

El autor, desde entonces, fue para el gobierno un 
hombre sospechoso de ideas subversivas, a quien era 
preciso observar con vijilancia; i para los padres 
de familia, un preceptor que, en vez de una doctrina 
sana, podía infundir a sus inocentes hijos el veneno 
de los principios antisociales que profesaba. 

Con motivo de estas prevenciones, la escuela 
que rejentaba don Simón, fue de día en día menos 
frecuentada; i por consiguiente, las entradas del 
maestro comenzaron a minorarse de una manera 
alarmante. 

Esta ojeriza de los gobernantes i de los particu- 
lares no hizo mas que agriar el ánimo del reforma- 
dor i robustecerle en sus convicciones. 

La persecución no ha convertido a nadie; pero 
sí ha fanatizado a muchos. 

La represión no ha sido nunca un dique contra 
las ideas, sino un medio eficaz, de propagarlas. 

La guerra declarada que se le hacía, fue causa 
de que don Simón emigrara de su patria, i se reti- 
rara a Jamaica. 

En esta isla, se le antojó aprender el inglés que 
no sabía, i que se puso a estudiar en la escuela pú- 
blica en compañía de los niños, con quienes no se 
avergonzaba de corretear i divertirse, como el vieio 
Esopo se entretenía en jugar q, las nueces con los 

BffleJwhps úq Atenas, 

!5Q 



— 234 — 

«AI salir a la calle, escribía entonces a Caracas, 
los alumnos arrojan sus sombreros al aire, i yo hago 
como ellos». 

Don Simón no se detuvo en Jamaica mucho 
tiempo. 

Estaba animado por la pasión de los viajes, como 
otros lo están por la del juego o del amor. 

El doctor Gall habría descubierto en su cerebro 
el órgano de la locomoción. 

Hacía por gusto lo que el judío errante por ne- 
cesidad, seguir cuenta la leyenda. 

Antes de que viniera a Cbile, había viajado 
cuarenta i cuatro año*, veinte i seis en Europa i 
diez i ocho en América, de los cuales había emplea- 
do dos en recorrer los Estados Unidos, siendo una 
particularidad digna de notarse que comúnmente 
no viajaba sino a pie. 

Durante su mansión en Londres, donde perma- 
neció algún tiempo, adquirió cierta reputación por 
su manera fácil i espedita de enseñar la escritura, 
las matemáticas, la teneduría de libros i el francés. 

En cuanto a la escritura, colocaba a los alumnos 
con los brazos en triángulo i los dedos atados de 
modo que quedara la libertad conveniente al índice, 
al cordial i al pulgar; i los ejercitaba en seguir sobre 
el papel situado oblicuamente los contornos de una 
plancha de metal donde se encontraba trazado un 
óvalo. 

De esta figura, formaba todas las letras. 

En cuanto al oáloulo, con U ayuda de pequeñoa 



— 235 — 

cuadrados de madera pintados de diversos colores 
hacía que sus discípulos ejecutaran adiciones, sus- 
tracciones, multiplicaciones i divisiones mui prontas. 

Pequeñas tablitas unidas entre sí le servían tam- 
bién para enseñarles las fracciones, i hacerles com- 
prender de antemano diversos teoremas que los 
niños conciben difícilmente cuando uno se dirije a 
su espíritu sin hablar antes a sus ojos. 

«Nada mas injenioso, nada mas lójico, nada mas 
atractivo que su método; es en este jénero otro 
Pestalozzi, que tiene, como éste, la pasión i el jenio 
de la enseñanza:» dice una persona que le conoció 
i de quien he tomado la descripción de los procedi- 
mientos referidos. 

Tanta habilidad le proporcionó muchos discípulos; 
al paso que su honradez le hacía distinguir de esos 
charlatanes que siempre hormiguean en las grandes 
poblaciones, i que tienen por oficio hacer descubri- 
mientos maravillosos para enseñar las ciencias i las 
artes con tanta rapidez, como la que ponen en lim- 
piar los bolsillos de los necios que se confían a su 
dirección. 

Merced al crédito que se había adquirido, i a la 
protección del cónsul francés que le tenía especial 
cariño, don Simón habría podido enriquecerse en 
Londres, pero sus instintos aventureros, mas fuertes 
que su interés, no le permitieron permanecer quieto. 

Un impulso irresistible le obligó a abandonar la 
Inglaterra, como había abairdonado a Venezuela, la 
Jamaica i otras rejiones que sería largo enumerar. 



— 23G — 

Necesitaba moverse, recorrer el mundo; le gus- 
taba pasearse por los caminos reales, pasar la ma- 
ñana en una ciudad, la noche en otra, si era posible. 

Aún cuando le fuera bien en alguna parte, no 
podía fijarse en ella mucho tiempo; casi involunta- 
riamente se sentía inclinado a dejarla para dirijirse 
a otra. 

«ISTo quiero parecerme a los árboles, decía, que 
echan raíces en un lugar, sino al viento, al agua, al 
sol, a todas esas cosas que marchan sin cesar». 

Durante estas correrías por la Europa, encontró 
a Bolívar, con quien visitó algunos países i volvió 
a anudar sus relaciones, ligándose mutuamente por 
la mas estrecha amistad. 

En 1823, Rodríguez regresó a América, adonde 
le trajo el deseo de distinguirse publicando sus ideas 
sobre la organización de las repúblicas que durante 
su ausencia se habian levantado en el nuevo mundo, 
i de trabajar, en cuanto de él dependiera, por rea- 
lizar esas ideas maravillosas, que, a su juicio, ence- 
rraban el venturoso porvenir de sus compatriotas. 

Apenas hubo llegado don Simón a Colombia, 
pudo conocer que las cosas habian cambiado mucho 
desde que había partido. 

Entre su salida i su vuelta, mediaba una revolu- 
ción. 

Las autoridades que había dejado, le habian pros- 
crito, puede decirse, i las que encontraba, le recibían 
con los brazos abiertos. 

El hombre de hn olvmmvano'm, el libertador 33 q« 



— 237 — 

lívar, que en aquel momento tenía en sus manos el 
destino de Colombia, no solo le amaba como amigo, 
sino que le respetaba como maestro. 

La siguiente carta, en que le dio la bienvenida, 
manifiesta la veneración del jefe de los independien- 
tes al primer socialista sur-americano i la adhesión 
que prestaba a sus ideas: 

«Pativilca, 19 de enero de 1824. 

«¡Olí mi maestro! ¡oh mi amigo! ¡oh mi Robin- 
son! Usted en Colombia, usted en Bogotá, i nádame 
ha dicho, nada me ha escrito! Sin duda es usted el 
hombre mas ... estraordinario del mundo. Podría 
usted merecer otros epítetos, pero no quiero darlos 
por no ser descortés al saludar a un huésped que 
viene del viejo mundo a visitar el nuevo. Sí, a vi- 
sitar a su patria que ya no conoce... que tenía olvi- 
dada; no en su corazón, sino en su memoria. Nadie 
mas que yo sabe lo que usted quiere a nuestra ado- 
rada Colombia. ¿Se acuerda usted cuando fuimos al 
Monte Sacro, en Roma, a jurar sobre aquella tierra 
santa la libertad de la patria? Ciertamente no habrá 
usted olvidado aquel día de eterna gloria para noso- 
tros: día que anticipó, por decirlo así, un juramento 
profético a la misma esperanza que no debíamos 
tener. 

«Usted, maestro mío, ¡cuánto debe haberme con- 
templado de cerca, aunque colocado a tan remota 
distancia! ¡Con q'ué avidez habrá usted seguido mis 



— 238 — 

pasos dirijidos mui anticipadamente por usted mis- 
mo. Usted formó mi corazón para la libertad, para 
la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he 
seguido el sendero que usted me señaló. Usted fue 
mi piloto, aunque sentado sobre una de las playas de 
Europa. No puede usted figurarse cuan hondamente 
se han grabado en mi corazón las lecciones que usted 
me ha dado: no he podido jamás borrar siquiera una 
coma de las grandes sentencias que usted me ha re- 
galado; siempre presentes a mis ojos intelectuales, 
las he seguido como guías infalibles. En fin, usted 
ha visto mi conducta; usted ha visto mis pensamien- 
tos escritos, mi alma pintada en el papel; i no habrá 
dejado de decirse: Todo esto es mío: yo sembré esta 
planta; yo la regué; yo la enderecé cuando tierna; 
ahora robusta, fuerte i fructífera, hé ahí sus frutos; 
ellos son míos; yo voi a saborearlos en el jardín que 
planté; voi a gozar de la sombra de sus brazos ami- 
gos; porque mi derecho es imprescriptible .. .privati- 
vo a todo. 

«Sí, mi amigo querido, usted está con nosotros: 
mil veces dichoso ei día en que usted pisó las playas 
de Colombia. Un sabio, un justo mas, corona la 
frente de la erguida cabeza de Colombia. Yo deses 
pero por saber qué designios, qué destino tiene us- 
ted sobre todo; mi impaciencia es mortal, no pudien- 
do estrecharle en mis brazos; ya que no puedo yo 
volar hacia usted, hágalo usted hacia mí; no perde- 
rá usted nada. Contemplará usted con encanto la 
inmensa patria que tiene labrada en la roba del des- 



— 239 — 

potismo por el buril victorioso de los" libertadores 
.. de los hermanos de usted. No, no se saciará la 
vista de usted delante de los cuadros, de los colosos, 
de los tesoros, de los secretos, de los prodijios que 
encierra i abarca esta soberbia Colombia. Venga 
usted al Chirnborazo. Profane usted con su planta 
atrevida la escala de los Titanes, la corona de la 
tierra, la almena inespugnable del universo nuevo. 
Desde tan alto tenderá usted la vista, i al observar 
el cielo i la tierra, admirando el pasmo de la crea- 
ción terrena, podrá decirse: Dos eternidades me 
contemplan, la pasada i la que viene; i este trono 
de la naturaleza idéntico a su autor, será tan dura- 
dero, indestructible i eterno como el Padre del uni- 
verso. 

«¿Desde dónde, pues, podrá usted decir otro tanto 
tan erguidamente? Amigo de la naturaleza, venga 
usted a preguntarle su edad, su vida i su esencia 
primitivas. Usted no ha visto en ese mundo caduco 
mas que las reliquias i los desechos de la próvida 
madre. Allá está encorvada bajo el peso de los años, 
de las enfermedades i del hálito pestífero de los 
hombres: aquí está doncella, inmaculada, hermosa, 
adornada por la mano misma del Creador. No; el 
tacto profano del hombre todavía no ha marchitado 
sus divinos atractivos, sus gracias maravillosas, sus 
virtudes intactas... 

«Amigo, si tan irresistibles atractivos no impul- 
san a usted a un vuelo rápido hacia mí, ocurriré a 
un epíteto mas fuerte... La amistad invoco. 



— 240 — 

«Presente usted esta carta al vice-presidente; 
pídale usted dinero de mi parte; i venga usted a 
"encontrarme. 

([Bolívar^. 

La carta que acaba de leerse, manifiesta que Ro- 
dríguez gozaba de un alto valimiento con Bolívar, i 
que bien habría podido no ser modesto en sus pre- 
tensiones. 

Sin embargo, no se aprovechó del afecto que le 
profesaba el libertador para solicitar empleos, con- 
decoraciones, honores. 

Su ambición era mucho mas elevada. 

No se asemejaba a esos socialistas estériles que 
vociferan la triste suerte de la humanidad i que 
jamás se han ocupado en su remedio, ni a esos es- 
peculadores políticos que tienen el nombre del pue- 
blo en los labios i el amor de sí mismos en el co- 
razón. 

Conocía las enfermedades que aquejan el cuerpo 
social, i por lo mismo trataba de curarlas. 

«Obras son amores i no buenas razones», escla- 
maba como las mujeres cuando se cansan de oírse 
el ojiar. 

Apenas se vio con Bolívar, no pidió secretarías, 
ministerios, embajadas, aunque no le faltaban oca- 
siones ni aptitudes para desempeñar estos cargos, 
sino muchachos que enseñar. 

Durante sus viajes por el viejo i nuevo mundo 
había perfeccionado aquel malhadado plan de edu- 



— 241 ~ 

cación popular que tantos sinsabores le había costa- 
do en Venezuela. 

La realización de este plan era para él la inaugu- 
ración del reinado de la paz, de la libertad, de la 
justicia. 

La América no podía ser feliz sino cuando adop- 
tara el sistema que él había ideado, i era ya tiempo 
de que ella fuera pensando en ejecutarlo. 

El proyecto de don Simón se reducía a formar 
ciudadanos que tuvieran costumbres republicanas 
para cumplir l° s fines sociales, i una industria para 
asegurar su subsistencia. 

Abrazaba la educación de los niños, i el cultivo 
de la tierra, que debía proporcionar a éstos trabajo 
i materiales para los oficios manuales o mecánicos. 
Don Simón comunicó sus ideas a Bolívar, ofre- 
ciéndole sus servicios para llevarlas a cabo. 

Bolívar, que, como hemos visto, le estimaba mu- 
cho i participaba de las mismas creencias, accedió a 
la petición i le prometió todos los auxilios necesarios. 
Desde ese momento, uno i otro no pensaron sino 
en realizar el proyecto. 

Don Simón Rodríguez indicó a Bolivia como el 
lugar mas aparente para tentar la esperiencia por 
su situación apartada i la condición pacífica de su 
jen te. 

Si hubiera encontrado un desierto o una Tebaida, 
los habría preferido; pero, no divisando a mano 
sitios semejantes, escojía el Alto Perú, como el 

país mas solitario, i en aquel momento el mas tran- 

31 



— 242 — 

quilo del nuevo continente, a fin de que nadie le 
turbara en sus tareas. 

Quería trabajar en medio de la soledad i el silen- 
cio por la rejeneración de la sociedad futura repre- 
sentada en los niños, con el mismo sosiego que ha- 
llaban los cenobitas en el alejamiento del mundo, 
para trabajar en su propia justificación. 

Bolívar aprobó la indicación i designó a Chuqui- 
saca para teatro del primer ensayo. 

En esta ciudad, debía abrirse una escuela modelo 
del sistema que Rodríguez había concebido. 

Mas tarde deberían fundarse otras semejantes en 
cada departamento de la república. 

Los alumnos que hubieran salido de estos esta- 
blecimientos, habrían sido distribuidos en los terre- 
nos baldíos del estado, i auxiliados para que se pro- 
curasen los aperos indispensables para la labranza. 
Esto era lo que nuestro reformador llamaba colo- 
nizar el país con sus propios habitantes. 

Don Simón fue nooibrado director de la escuela 
de Chuquisaca, endonde debían educarse los futuros 
ciudadanos de una verdadera república, i facultado 
para abrir caminos, para entender en las minas, 
para plantar bosques i para cultivar la tierra, ope- 
raciones que habían de facilitar a sus discípulos la 
adquisición de la correspondiente industria. 

Este doble cargo importaba la comisión de civi- 
lizar, no solo a los habitantes, sino también el suelo, 
que es tan susceptible de ser civilizado, como los 
hombres que lo pueblan. 



— 243 — 

Bolívar asignó a don Simón una cantidad de seis 
mil pesos, pero no para que la invirtiera solo en su 
persona o la guardara en su bolsillo, sino para que 
con ella atendiera al propio tiempo a los«gastos del 
establecimiento. 

Arreglados todos los preparativos, la escuela se 
abrió en el lugar prefijado en el mes de enero de 
1826. 

La empresa comenzaba bajo los auspicios mas fa- 
vorables; estaba protejida por el gobierno i recenta- 
da por el mismo que la babía concebido. 

Todo le presajiba un éxito feliz. 

En menos de cuatro meses, la nueva escuela contó 
mas de doscientos niños, entre ellos cincuenta jó- 
venes pobres i veinte pudientes de diversas partes 
que aprendían para ir a propagar la instrucción en 
otras ciudades. 

Sin embargo, la prosperidad del naciente estable- 
cimiento duró poco. 

Ni la naturaleza del sistema, que habría alar- 
mado a muchos sabios, ni el carácter del inventor, 
que podía ser tachado de mas de una estravagan- 
cia, eran propios para ser comprendidos en lo que 
valían por los buenos vecinos de Chuquisaca. 

Cuando supieron que Bolívar se proponía plan- 
tear una institución de nueva especie, i que iba a 
colocar a su cabeza a un hombre de un mérito es- 
traordinario, que había viajado mucho, que había 
leído mas, i que había aprendido todavía mas que 
viajado i leído, todos ellos esperaron que la proyec- 



— 244 — 

tada institución había de producir efectos estapen- 
dos en favor del país, i que ese director tan respe- 
tado por Bolívar había de ser un pasmo de ciencia, 
un modelo de compostura, un prodijio de virtud. 

Luego que comenzó a hablarse del tal director, 
cuenta el mismo don Simón, i a tratarle unos de 
Vuestra Señoría i otros de Vuestra Excelencia, 
lasjentes ilustradas creyeron que sería un hombre 
de baja estatura, sin pescuezo, calvo hasta el cogo- 
te, con cuatro pelos torcidos en coleta, los muslos 
escondidos bajo la bai'riga, piernas cortas i delga- 
das, terminadas por grandes pies envueltos en 
zapatos de paño con hebillas de oro, caja de polvo, 
rosario en faltriquera, rezador, limosnero, gran 
citador de historia, que engastaba sus frases en 
versos clásicos i que escupía latinajos a cada mo- 
mento. 

Los timoratos se figuraron que debía ser alto, 
seco, cejudo, taciturno, muí sabio, muí grave, mui 
santo i mui sucio. 

Un hombre tan acatado por Bolívar no podía 
ser sino de uno u otro de esos tipos. 

Desgraciadamente don Simón Rodríguez no rea- 
lizó ninguno de estos dos ideales. 

Poco tiempo bastó para que los vecinos de Chu- 
quisaca percibieran que el director de la escuela 
era mui diferente de lo que se habían imajinado. 

Don Simón Rodríguez era excéntrico en cuanto 
hacía, cínico en sus palabras, mas cínico en sus 
acciones, no conocía lo qué se llama respeto huma- 



— 245 — 

no, obraba como se le antojaba, no iba a misa, no 
sabía la historia, no hablaba latín, defendía los pro- 
3 r ectos mas inauditos, vivía como no vive un buen 
cristiano, hablaba i escribía como no hablan i escri- 
ben los demás hombres, sulía pasearse por la ma- 
ñana en su cuarto con el traje que usó Adán antes 
de su primer pecado. 

La escuela que don Simón había fundado, era 
tan estraña como el fundador. 

En ella, se enseñaban cosas que nunca se habían 
visto enseñar en una escuela. 

Eí establecimiento tenía por objeto, a lo que 
parecía, formar artesanos i hacer de los alumnos 
albañiles, carpinteros, herreros, i de las alumnas 
costureras, hilanderas, tejedoras. 

Después que don Simón fue conocido personal- 
mente, se tuvo de él en Chuquisaca una opinión 
opuesta a la que había merecido cuando solo era 
conocido de fama. 

«Bolívaí*, decían los sujetos principales, reflexio- 
nando sobre el particular, por acomodar a su hom- 
bre le ha dado una importancia que no tiene.» 

Las hablillas del vulo-o no tildaron solo los defec- 
tos de que don Simón adolecía en realidad; no se 
cebaron solo en las estravagancias que con razón 
debían echársele en rostro; no se encarnizaron solo 
contra la irregularidad de costu rabí-es que verda- 
deramente podían serle imputadas. 

Pasaron mucho mas allá de ese límite, i propa- 
laron contra di calumnias o acusaciones absurdas. 



— 246 — 

Díjose que era un jugador desatado, que de día 
jugaba a los dados i de noche a los naipes, i que 
cuando le faltaban tercios jugaba solo; que se había 
robado monjas de los conventos; que se entretenía 
en destruir templos para emplear la madera en 
muebles de sus salones. 

Susurróse que era un hereje, un francmasón, un 
ateo que no hacía caso de los truenos, ni creía en 
los criaderos de plata. 

Estos clamores no tardaron en llegar a los oídos 
de la autoridad. 

En aquel momento, Bolívar, que quizá habría 
sostenido a su maestro, se hallaba ausente del país, 
i el jeneral Sucre, que había quedado a la cabeza 
del gobierno, no tenía los motivos del libertador 
para guardar consideraciones a don Simón. 

Sucre además sabía por esperiencia que no eran 
embustes todas las ridiculeces i excentricidades 
que se atribuían a Rodríguez. 

Cierto día había sido convidado él mismo por 
este último para una comida que había preparado 
en su obsequio. 

Cuando el ilustre jeneral acompañado de su es- 
tado mayor, se había presentado en el sitio desig- 
nado, había notado con asombro que la mesa esta- 
ba cubierta, no de fuentes, sino de. . . . esos tiestos 
que sirven para el uso menos poético ele la vida. 
(Permítaseme que en honor de la decencia recu- 
rra a esa figura de que tanto abusó el abate Delille.) 

Pcm Simón no tenía vajilla. 



— 247 — 

Para proveerse de ella, había ido a una tienda 
de loza; i habiendo visto una colección de esos 
utensilios que no quiero nombrar, los había encon- 
trado aparentes para el objeto i los había com- 
prado. 

¿Por qué se había de dar tanta importancia a la 
forma de las soperas i fuentes? 

Esousado me parece advertir que Sucre i sus 
compañeros no fueron en esto de la opinión del 
dueño de casa, i que no consintieron en probar 
bocado, aunque don Simón les aseguró que aque- 
llos tiestos se estrenaban por la vez primera. 

Este rasgo descubre lo que faltaba a don Simón. 

Hombre de naturaleza incompleta, era capaz de 
concebir lo útil, pero no lo bello. 

Sucre tenía, pues, antecedentes para prestar cré- 
dito a lo que se decía contra el director de la es- 
cuela de Chuquisaca, i ordenó una visita de ins- 
pección. 

Tocó, no sé si de intento o por casualidad, que 
don Simón estuviera en Cochabanba, cuando el 
señor Calvo, prefecto del departamento, comisiona- 
do para inspeccionar el establecimiento, vino a visi- 
tarlo con gran pompa, vestido de uniforme i acom- 
pañado del secretario. 

Calvo, que probablemente traía su resolución 
tomada, examinó la escuela i los alumnos; i en se- 
guida mandó que la escuela se cerrara; que los 
alumnos se volviei'an a sus casas; i que se dijera 
a don Simón cuando regresara, «que se le habían 



— 24S — 

confiado aquellos niños para ensenarles a leer, no 
para hacerlos albañiles.» 

El prefecto creyó, i el público fue de la misma 
opinión, que mas que la escuela del reformador 
venezolano, planteada de una manera tan orijinal, 
valían una casa de misericordia bien organizada i 
unas buenas escuelas de Lancáster, donde sus hi- 
jos aprendieran a leer, escribir i contar. 

Procuraron, pues, fundar su hospicio i sus esta- 
blecimientos primarios arreglados a los métodos 
conocidos i practicados en el mundo, i se conside- 
raron mui gananciosos en haber cambiado por 
instituciones de esta especie la escuela de Chuqui- 
saca, cuna de la verdadera república, según los que 
la habían creado. 

Fácil es concebir el despecho de don Simón 
cuando a la vuelta de su viaje encontró arruinado 
por un decreto del prefecto el edificio que tanto le 
había costado levantar. 

Jamás pudo perdonar a Calvo que hubiera lla- 
mado aprendices de albañiles a los aprendices de 
ciudadanos, ni que hubiera reemplazado una escue- 
la social por esas escuelas de vapor, decía, inven- 
tadas por Lancáster, a imitación de las sopas a 
la Rumfort, que se acostumbra dar en los hospi- 
cios, 

«Con pocos maestros, continuaba, i algivnos prin- 
cipios vagos, se instruyen en ellas muchachos a 
millares, casi de balde; i salen sabiendo mucho, 
así como con algunas marmitas de Papin i algunos 



— 249 — 

huesos engordan millares de pobres sin comer 
carne.» 

A impulso de la rabia, no escaseó las imprecacio- 
nes i denuestos contra Calvo, a quien comparó con 
Herodes en su degollación de niños, i a quien ame- 
nazó con la execración de la posteridad en esta vida 
i los tizonazos del infierno en la otra. 

Sus gritos nada le valieron, i al fin tuvo que 
callarse. 

La resignación es una virtud que la necesidad 
obliga a practicar al débil cuando combate contra 
el fuerte. 

De Bolivia don Simón pasó al Perú con el pro- 
yecto de difundir por Ja prensa sus ideas de reje- 
neración social. 

No podía conformarse con que sus pensamientos 
se desvanecieran en el olvido, como su cadáver 
había de podrirse bajo la tierra. 

«Escribamos para nuestros hijos, decía; pense- 
mos en su suerte social; dejémosles luces en lugar 
de caudales; la ignorancia es mas de temer que la 
pobreza; el único medio de que nuestros descen- 
dientes no nos olviden, es legarles libros donde se 
hallen consignadas las verdades descubiertas por 
nosotros.» 

Esta idea de la gloria, esta idea de vivir en el 
recuerdo de los hombres, es una idea que aparece 
de continuo en la pluma de don Simón. 

Es ciertamente estraña, i muí digna de meditar- 

32 



— 250 — 

se, esa ansia de inmortalidad terrena en un mate- 
rialista como él. 

La inmortalidad para don Simón no es mas que 
una sombra de la vida, que cada uno se empeña 
por prolongar hasta donde alcanzan sus miradas, en 
la serie de los años. 

El hombre sensible se complace figurándose su 
existencia dilatada en el interminable espacio de 
los tiempos, como se complace en ver desde una 
altura sucederse los valles, los bosques i los mon- 
tes en la lontananza de un horizonte sin fin. 

Pero, aunque la gloria, la inmortalidad, no fuera 
ante su juicio perturbado, mas que una sombra, don 
Simón quería que su vida arrojara esa sombra. 

«Es un efecto de la imajinación, decía, pero que 
alimenta el espíritu, como lo eran el néctar i la 
ambrosía de que se alimentaban los dioses del pa- 
ganismo.» 

De aquí provenía que le causara tanta amargura 
el pensamiento de morirse sin haber publicado su 
sistema. 

«La meditación i la esperiencia, repetía, me han 
suministrado luces. Necesito un candelabro donde 
colocarlas. Ese candelabro es la imprentad 

Con esa constancia tenaz de todo pensador con- 
vencido, buscó por todos lados los medios de cos- 
tear la edición de una obra que tendría por asunto 
las luces i virtudes sociales, que enseñaría a los 
lectores el modo de alcanzar la felicidad, i que ase- 
guraría al autor una fama imperecedera. 



— 251 — 

Publicó un prospecto, la introducción aún; pero 
los suscriptores no vinieron. 

Don Simón había nacido bajo una mala estrella. 

Funda una escuela para probar la virtud de sus 
ideas por los resultados; i esa escuela cuenta su 
duración por días. 

Principia a imprimir un libro para hacer adop- 
tar el mismo sistema por razones; i la publicación 
de ese libro no pasa de las primeras pajinas. 

Del Perú don Simón se vino a Chile siempre 
con el mismo pensamiento, siempre en prosecución 
de igual objeto. 

En Chile, corrió poco mas o menos idéntica suer- 
te a la que había corrido en el Perú. 

Consiguió publicar algunas pajinas mas de su 
libro; pero no fueron sino algunas pajinas mas. 

El cuerpo de la obra continuó inédito. 

La vida de nuestro héroe durante varios años 
me es casi enteramente desconocida. 

En 1840, le encontramos establecido en Valpa- 
raíso. 

Un estranjero de un talento sobresaliente, Mr. 
Luís Antonio Vendel-Heyl, a quien un viaje trajo 
a Chile, a quien un naufrajio arrojó sobre nuestras 
costas, i a quien la muerte fijó para siempre en 
nuestro suelo, va a ponernos de nuevo en comuni- 
cación con este ente orijinal. 

Mr. Vendel-Heyl era un sabio mui distinguido, 
que tenía un conocimiento profundo en los idiomas 
clásicos, que había desempeñado durante años una 



— 252 — 

clase en el colejio de Luís el Grande en París, i que 
había compuesto obras de enseñanza sumamente 
apreciadas. 

No estará demás advertir que, dotado de un 
alma ardiente i de un espíritu novedoso, había abra- 
zado con calor las doctrinas sansimonianas, que 
durante cierta época tuvieron en Francia mucho 
auje. 

Indispuesto por esta causa con el gobierno de 
Luís Felipe, que trataba de darle un destino de 
inferior categoría, se había incorporado en la espe- 
dición que en la fragata Oriental se proponía dar 
la vuelta al mundo. 

Habiendo llegado a Concepción, el ilustre viaje- 
ro leyó por casualidad en un cuaderno titulado: 
Las sociedades americanas, escrito por Simón Ro- 
dríguez, este pensamieto completamente sansimo- 
niano: 

Fin de la sociabilidad — hacer menos penosa la 
vida. 

La lectura de esta máxima, que formaba uno de 
los dogmas de su creció político i relijioso, le dio 
deseos de conocer al autor de ella. 

Tomó informes acerca de aquel individuo i supo 
que residía en Valparaíso. 

Como la Oriental debía arribar a este puerto, 
resolvió no continuar su viaje sin visitar a Rodrí- 
guez, i como éste había residido durante algún 
tiempo en Concepción, no fue difícil a Vcndel- 



Heyl proporcionarse entre los habitantes de esta 
ciudad cartas de introducción para don Simón. 

Apenas la Oriental ancló en "Valparaíso, Ven- 
del-Heyl, para cumplir su deseo, saltó a tierra i se 
dirijió a visitar a uno de sus hermanos en relijión, 
que la suerte le deparaba en el paraje donde menos 
debía esperarlo. 

Una pajina del Diario que llevaba Vendel-Heyl, 
ya a permitirnos asistir a la conferencia que tuvie- 
ron. 

• Me tomaré si la libertad de hacer algunas modi- 
ficaciones en la redacción, sin alterar las ideas sus- 
tanciales, porque esa pajina, escrita a la lijera, 
tiene la incorrección i el desorden de un simple 
apunte de cartera. 

«.Valparaíso, viernes 29 de mayo de 184-0. 

«Apenas almorcé (cuenta Mr. Vendel-Heyl en 
su diario en la fecha correspondiente a este día), 
bajé a tierra. Desembarqué en un muelle de made- 
ra en bastante mal estado, donde noté la falta de 
una tabla que formaba un agujero, en el cual uno 
podría mui fácilmente romperse una pierna, o desli- 
zarse de cuerpo entero en el mar. 

«Tomó al oeste siguiendo la calle del Puerto i 
habiendo llegado a una plaza cuyo nombre ig- 
noro, subí a un ómnibus para hacerme conducir 
al Almendral, a casa de don Simón Rodríguez. 

IÉI ómnibus me dejó en un plaza que, según creo, 



— 254 — 

se llama plaza de Orrego. Me volví hacia la dere • 
cha, i tomando una callejuela que conduce a los ce- 
rros, me encontré en la casa del hombre a quien 
buscaba. 

«Hallábase en medio de algunos alumnos a quie- 
nes daba, si no me engaño, una lección de mate- 
máticas. Luego que supo que yo quería hablarle, 
me hizo atravesar de nuevo el patio por donde ha- 
bía entrado, i después de haberme llevado a su 
cocina, adonde necesitaba pasar para encender un 
cigarro, me introdujo a lo que él llamaba su gabi- 
nete. 

«Era este un aposento en el cual no había mas 
muebles que un bufete, una mesa i dos sillas. En- 
cima del bufete, se distinguían algunos diarios i al- 
gunos pliegos de papel, que estaban atestiguando 
que el dueño de casa era un escritor i que trabajaba. 
Por aquí i por allí, había algunos libros; pero no se 
veía nada que se asemejara a una biblioteca, aunque 
fuera pequeña. 

«La intimidad se estableció bien pronto entre 
nosotros. 

«Don Simón principió por leerme la continuación 
de ese cuaderno titulado Sociedades americanas, 
que había despertado mi curiosidad en Concepción. 

«Le habló entonces de la analojía que había en • 
tre sus ideas i las de Fourier i San Simón. No 
había oído sus nombres, sino poco tiempo antes; i 
no había leído sus obras. Los sabios franceses con 
quienes mas relaciones había tenido durante su per 



-1255 - 

manencia en Francia, habían sido nuestros viejos 
profesores del Jardín de plantas, los señores Vau- 
guelin i Faugeas de Saint Fond, en cuya casa 
recordaba haber visto a Brard. 

«Coversando de estas cosas, me contó que en el 
curso de sus viajes, que mui joven todavía le habían 
conducido a muchas rej iones de Europa i América, 
había descubierto el muriato de hierro nativo, del 
cual hai depositada una muestra en el museo de his- 
toria natural bajo el nombre de Samuel Robinson, 
en que figuran las iniciales de su nombre i apellido. 
Con motivo de haber aludido por la circunstancia 
mencionada al nombre que llevaba, creí deber ha- 
cerle el cumplimiento de observarle que en su nom- 
bre se encontraban reunidos el de San Simón i el 
de los primeros discípulos de este reformador, Eu- 
jenio i Olindo Rodríguez. 

«Me puse entonces a hablarle de los dogmas re- 
ligiosos del sansimonismo. 

«Me escuchó sin asombro; ^pero manisfestó que 
sus creencias a ese respecto eran diversas. 

«Poco importa, le respondí yo, la diversidad de 
los medios con tal que la moral sea la misma i el 
objeto idéntico. Lo esencial, como usted dice en su 
cuaderno, es hacer la vida cuanto mas feliz sea po- 
sible para sí i para los demás. 

«Sin duda, continuó él; aquellos que piensan de 
otro modo, se asemejan a jentes que, oyendo a un 
viajero pedirle una buena cama, le contestasen: 
«¿qué necesidad tiene de un lecho i de coberturas 



~ 256 — 

en nuestra casa, usted que parte mañana?» — No! 
por poco que sea el tiempo que yo deba permanecer 
en esta posada de la tierra, sea un año o un día, 
quiero vivir bien, quiero poder comer en buena me- 
sa, i acostarme en buena cama. La brevedad del 
tránsito no es razón para estar incómodo cuando 
uno podría no estarlo. 

«De las ideas jenerales, nuestra conversación 
descendió a la situación privada de mi interlo- 
cutor. 

«Don Simón Rodríguez estaba rejentando una es- 
cuela en Valparaíso. Su establecimiento, que no 
contaba mas que año i medio de existencia, había 
alcanzado a tener en cierta temporada hasta cincuen- 
ta alumnos, entre ellos seis costeados por la muni- 
cipalidad; pero en aquel momento había decaído 
hasta el estremo de no ser concurrido sino por diez 
i ocho. 

«La disminución de discípulos había traído la dis- 
minución de rentas. 

«Don Simón estaba reducido a la mayor escasez. 
Después de tantos viajes i estudios que habían con- 
consumido su fortuna, el pobre hombre se hallaba 
condenado a no salir de su casa, porque no tenía 
mas que la chaqueta, un pantalón de tela grosera i 
el viejo sombrero que llevaba cuando le vi. 

«Ni siquiera podía tener el consuelo de publicar 
el fruto de sus meditaciones, el resultado de esas 
observaciones a que lo había sacrificado todo. No 
encontraba ni editor, ni suscríptóres para sus obras. 



— 257 — 

«Solo pedía cinco reales por entrega, i aún así no 
había podido reunir mas que doscientos suscriptores, 
necesitando cuatrocientos. 

«El orijen del descrédito i abandono en que ha- 
bía caído, eran sus relaciones ilícitas con una india, 
de quien había tenido dos hijos, a quienes amaba i 
que regocijaban sus viejos días, como si los hubiera 
tenido de una europea de pura sangre. Había queri- 
do despreciar la opinión del mundo, que, volviéndole 
desprecio por desprecio, no se dignaba fijar la aten- 
ción en tal individuo, i le entregaba sin piedad a la 
miseria. 

«El rigorismo de costumbres de un pueblo qua 
no había podido tolerar que un maestro de escuela 
tuviera una querida, hizo recordar a don Simón el 
puritanismo de Inglaterra; lo que le llevó a disertar 
acerca de esta última nación. 

«El juicio que emitió sobre ella, me pareció 
exacto. 

«Los ingleses, me dijo, forman un pueblo de 
mercaderes codiciosos, que no se ocupa en ilustrar 
a los demás pueblos, sino en convertir en provecho 
propio los hábitos i preocupaciones que observa en 
ellos. Si los ingleses ven que las otras naciones co- 
men tierra, finjen comerla también para reservarse 
el derecho de vendérsela. Son a los franceses i a los 
otros pueblos de orijen latino lo que Sancho Panza 
es a don Quijote». 

Tal es el resumen de la conversación que tuvie< 

33 



— 258 — 

ron el¡viajero discípulo de San Simón, i el socialista 
americano maestro de Bolívar. 

El 23 de junio, la fragata Oriental salía del puer- 
to, haciéndose a la vela para el Perú. 

La tripulación i Mr. Vendel-Heyl creian que 
aquella iba a ser probablemente la última vez que 
sus ojos debían contemplar las costas de Valparaíso, 
i que aquel punto del territorio chileno sería una 
de las muchas comarcas que en el curso de sus corre- 
rías habían dejado a sus espaldas. 

Sin embargo, no debía ser así. 

A los pocos instantes después de haber zarpado, 
un nauírajio traía de nuevo los pasajeros de la 
Oriental al puerto de donde acababan de salir. 

Al día siguiente, en el momento en que Mr. 
Vendel-Heyl marchaba con los restos de su equi- 
paje a depositarlos en casa de un amigo, se encon- 
tró con don Simón Rodríguez, que iba a la playa 
con algunos de sus alumnos a ver si en algo podría 
servir a los náufragos. 

Vendel-Heyl, tan luego como pudo, pasó a casa 
de Rodríguez, tanto para darle las gracias, como 
para manifestarle el deseo que sentía de asociarse 
con él, i ayudarle a levantar su desprestijiada es- 
cuela. 

Don Simón rechazó la oferta porque la juzgó per- 
judicial para el que la proponía. 

Estaba demasiado desconceptuado en la opinión 
de los habitantes para que su nombre, en vez de 
atraer alumnos, no fuera un motivo de alejarlos. 



— 259 — 

Había resuelto, además, cerrar el establecimiento 
que dirijía. 

El gobierno acababa de pedirle ciertos datos so- 
bre su escuela. 

Don Simón que había creído descubrir en esto el 
principio de una inspección, talvez hostil, de todos 
modos molesta, había contestado al gobernador de 
Valparaíso que desde aquel momento cesaba de ser 
preceptor. 

Don Simón concluyó ofreciendo a Vendel-Heyl 
que dispusiera de su casa i de sus bienes. 

Vendel-Heyl le reprochó entonces que no supie- 
ra plegarse a las circunstancias, i que estuviera tan 
preocupado por la propagación de sus ideas, que, no 
obstante profesar una filosofía materialista, des- 
cuidaba la vida material i positiva mas que los mis- 
mos espiritualistas. 

«Usted es, terminó deciéndole, un ejemplo mas 
de la contradicción que casi siempre existe entre los 
principios i la conducta de los filósofos». 

«Tiene usted razón, replicó don Simón; yo, que 
desearía hacer de la tierra un paraíso para todos, 
la convierto en un infierno para mí. Pero ¿qué 
quiere usted? La libertad me es mas querida que 
el bienestar. He encontrado entretanto el medio 
de recobrar mi independencia i de continuar alum- 
brando a la América. Voi a fabricar velas. La pro- 
fesión de velero es mas noble de lo que a primera 
vista podría parecer. En el siglo de las luces, ¿qué 



— 260 — 

ocupación puede haber mas honrosa, que la de fa- 
bricarlas i venderlas»? 

Efectivamente, a los pocos días, don Simón Ro- 
dríguez, que, según el testimonio de Vendel-Heyl, 
había aprendido, bajo la dirección de los mas ilus 
tres profesores de Francia, la física, la química, 
la jeolojía i tantas otras ciencias, estaba asociado 
a un fabricante de velas en Valparaíso, i había 
cambiado por la industria la carrera del precepto- 
rado. 

El mismo se reía de su estraua metamorfosis, i 
decía que podía inscribirse en la puerta de su casa, 
como en la portada de sus libros: 

Luces i Virtudes americanas, 
esto es, velas de sebo, paciencia, jabón, resignación, 
eola fuerte, amor al trabajo. 

¿Cuánto tiempo permaneció don Simón entrega- 
do a semejante ocupación? 

¿Cuándo i por qué se alejó de Chile? 

¿A dónde se fue? 

¿Qué correrías emprendió todavía? 

¿Qué penalidades tuvo que soportar? 

¿Qué aventuras compusieron la restante exis- 
tencia de hombre tan estraordinario? 

Otros se encargarán de responder a tales pre- 
guntas, porque yo he perdido el rastro de la vida 
de Rodríguez desde su entrada en la fábrica de 
velas. 

La última noticia que he recojido sobre él, 
es un corto aviso que publicó el Heraldo de Lima 



— 261 — 

anunciando que había fallecido en un puerto del 

Perú llamado Huahuas, a mediados de marzo 

de 1854. 

En 1840, el mismo don Simón había dicho a 

Vendel-Heyl que contaba mas de setenta años de 

edad, lo que le da mas de ochenta i tros a la época 

de su muerte. 

II 

SUS IDEAS 

En 1823, don Simón Rodríguez, después de lar- 
gas correrías por Europa, regresó a América tra- 
yendo en la cabeza una idea que él estimaba tan 
importante en el orden moral, como lo había sido 
en el orden físico la presunción de la existencia de 
un nuevo mundo por Cristóbal Colón. 

Esa idea era nada menos que la creación en 
América de una sociedad que asegurase la digni- 
dad i el bienestar de los hombres. 

La realización de esa idea debía producir algo 
de estraordinariamente bueno, algo que nunca ha- 
bía habido en la tierra, algo que hasta entonces no 
había existido sino vagamente en los sueños de los 
poetas. 

Don Simón Rodríguez había descubierto el se- 
creto de cambiar nuestro continente en un paraíso, 
de convertir nuestro siglo en una edad de oro. 

Para ejecutar ese magnífico proyecto, traía la 
concepción de un libro en el cual se proponía desa- 
rrollar su pensamiento, i la voluntad de dirijir en 
persona los primeros esperimentos. 



— 262 — 

Encontró, desde luego, un auxiliar poderosísi- 
mo para su intento. 

Simón Bolívar, que entonces imperaba en el 
mediodía de la América, i que era, como lo saben 
mis lectores, discípulo de Rodríguez, acojió la idea 
de su maestro, i determinó llevarla a cabo. 

Escojióse a Chuquisaca en Bolivia como teatro 
del primer ensayo; 

Don Simón Rodríguez tuvo a su disposición 
todos los elementos precisos, i dio principio a la 
obra; pero Bjlívar se vio obligado a ausentarse 
del país. 

El jencral Sucre, que le sucedió en el gobierno, 
recibió malos informes del establecimiento dirijido 
por el reformador, i lo mandó cerrar. 

He referido esta incidencia anteriormente i de 
una manera mas circunstanciada. 

Don Simón Rodríguez tenía un convencimiento 
demasiado profundo de la bondad de su sistema 
para dejarse abatir por un revés. 

Buscó como alcanzar con los escritos lo que no 
había podido lograr con los esperimentos; i trató 
de ganar prosélitos con el raciocinio, ya que no 
había podido ganarlos por la acción. 

En 1828, publicó en Arequipa la introducción, o 
el Pródromo como él la llamaba, de su libro. 

El título i el plan de esta obra orijinal están 
espresados en la curiosa pajina que copio a con- 
tinuación; 



— 263 — 

SOCIEDADES AMERICANAS 

en 1828 

cómo serán i cómo podrían ser 
en los siglos venideros. 

(Epígrafe) 



En esto han de pensar los americanos, 
no en pelear unos con otros 

TEMA 

Las sociedades han llegado a su pubertad: ni pueden ser monárqui- 
cas come lo eran, ni republicanas como se pretende que lo sean. 

Dedúcese 



í sin R 
que deben gobernarse < i 

\ sin Congresos, 

advirtiendo que .... 
Monarquía republicana 



República monárquica 

no es la residíante que se pretende determinar: 

no es tampoco 

el gobierno democrático de algunos pueblos de 

la antigüedad. 

División de la obra 

l.* parte — El suelo i sus habitantes. 

( económico \ 
p, , ) moral [necesidad de una re- 
forma 



\ civil i tfc, 
\ político ) 



„ a , Medios de reforma que sel ■ j. ■ 

#. a parte — < , , , , / , 1 , y su insuficiencia. 
1 j han tentado hasfa aquí. t 

5. a parte — Nuevo plan de reforma. 

í Medios que se deben emplear en la 
J/..* parte — ■< reforma. Métodos i modos de pro- 
(_ ceder en los métodos. 



— 264 — 

La novedad del estilo i de las ideas despertó 
algún tanto la atención del público; pero por en 
tonces el libro se quedó en la introducción. 

Tres años mas tarde, estando clon Simón en 
Lima, creyó poder continuar la edición de su tra- 
bajo, dándolo a luz por entregas i por suscripción. 

Al efecto, distribuyó un programa, al cual debió 
reunir cierto número de suscriptores, pero no los 
suficientes. 

La escasez de recursos pecuniarios le 'obligó por 
segunda vez a retardar la publicación de su libro. 

Desde esa época, así como Colón anduvo pidien- 
do a los monarcas auxilios para darles un nuevo 
imperio, así don Simón Rodríguez se puso a buscar 
de potentado en potentado un protector para di- 
fundir por la prensa el gran proyecto que había 
concebido, aquel del cual debía resultar la organi- 
zación de la verdadera república. 

Pero mas desgraciado que el navegante jenovés, 
no pudo descubrir sus reyes católicos, ni una doña 
Isabel que tomara el arbitrio de vender sus joyas 
para proporcionar al pensador venezolano, no bar- 
cos, sino la imprenta que él necesitaba. 

Bolívar, el único, según Rodríguez, que hubiese 
comprendido su sistema, había dejado de existir. 

El libertador de Colombia había tenido sucesores 
en el poder, pero no en la cooperación que había 
ofrecido a su maestro. 

«¡Murió Bolívar! esolamaba don Simón; desde 



— 2G5 — 

entonces yo vivo vagando en el olvido. Murió Bo- 
lívar! i el proyecto de república se sepultó con él». 

Al cabo, casi tocando el último rincón de la 
América Española hacia el sur, como se espresaba 
el mismo don Simón, las ideas sociales vinieron a 
hallar la protección que habían andado buscando 
por espacio de once años en partes mas pobladas. 

El intendente de la provincia de Concepción de 
Chile don José Antonio Alemparte, creyendo que 
la obra podía ser provechosa, protejió su publica- 
ción, pero a condición de que se principiara, no pol- 
la primera de las partes de que debía constar, sino 
por la última, que debía ocuparse en los medios de 
la reforma, en los métodos i en Jos modos de proce- 
der en los métodos. 

Rodríguez convino en la alteración que proponía 
el intendente de Concepción, i dio a luz la intro- 
ducción de la cuarta parte. 

Mas estaba condenado a quedarse en las intro- 
ducciones. 

En Arequipa, había impreso la introducción de 
la obra, i no había podido pasar adelante. 

En Concepción, imprimió la introducción de la 
cuarta parte, i tampoco pudo continuar. 

Estos reveses no desanimaron a don Simón, que 
prosiguió viajando de república en república para 
hallar quien quisiese ayudarle a costear la edición 
de sus ideas. 

Todas sus peregrinaciones fueron inútiles; todas 
sus solicitudes fueron vanas. 

34 



— 266 — 

Ningún gobierno quiso escucharle; ningún indi- 
viduo quiso protejerle. 

«Ando paseando mis manuscritos, decía don Si- 
món, como los italianos pasean sus tutilimundis. — 
Soi viejo, i aunque robusto temo dejar de un día 
para otro un baúl lleno de ideas para pasto de 
algún gazetero». 

Rodríguez sabía mui bien que en Europa donde 
todo se imprime i donde hai lectores para todo, 
especialmente para lo que tiene el atractivo de la 
orijinalidad, no faltarían editores a su obra; pero la 
impresión de ésta en alguno de los países europeos 
habría exijido su presencia en él; i no se conforma- 
ba con separarse, en el último tercio de su vida, de 
la América, que era donde únicamente creía posi- 
ble la realización de sus ideas. 

«Me han ofrecido, escribía, llevarme de balde a 
Europa o a los Estados Unidos, i al pensar que 
voi a alejarme para siempre, me sucede lo que al 
amante que riñe con su querida, — Con una falsa 
sonrisa se despide de ella, asegurándole que ya la 
tiene olvidada. . . . Sale. . . . pero con pies de plo- 
mo, esperando que la dama lo llore, i a cada paso 
que da le parece que lo llama.» 

Sin embargo, el tiempo trascurría, i su querida 
continuaba en cantar i en no hacer caso de don 
Simón, que suspiraba aguardando en vano que los 
otros cortejos dejasen de ser preferidos a él. 

Don Simón principió a aflijirse con el recelo de 
que fuera a quedarse cerrado para siempre ese baúl 



— 267 — 

de ideas donde, según él, estaba guardado el porve- 
nir venturoso de la América. 

«Temo morirme, repetía, sin dejar mi obra pu- 
blicada; si así sucede, yo habré perdido un poco de 
gloria que pronto se olvida en el sepulcro; pero los 
americanos habrán perdido algo mas, pues no pue- 
de serles indiferente 

el ser señores de su suelo, 

o el cultivarlo para sus señores; 

el conservar un nombre que los recomiende, 

o el tener que tomar otro para existir», 

El baúl de ideas de don Simón, que nadie tenía 
curiosidad de abrir, contenía los medios de hacer 

que los hombres vivan en los siglos venideros 

de otro modo... que en... los pasados; 
esto es, contenía entre otras cosas admirables, los 
medios de que fuesen señores de su suelo i de que 
tuvieran un nombre propio. 

Aquel baúl encantado encerraba la gloria i la uti- 
lidad de los americanos. 

Sin embargo, fueron mui reducidas las personas 
que pidieron la llave a don Simón, que estaba dis- 
puestísimo a franqueársela a todo el mundo, que lo 
deseaba aún ardientemente, que no tenía otro pen- 
samiento que el de participar a todos la riqueza 
inapreciable que guardaba aquella caja. 

Don Simón Rodríguez, el creador de la idea, ma- 
ravillosa que debía rejenerar la América, ha muerto, 
como había muerto Simón Bolívar, el sostenedor de 
la misma. 



— 26S — 

¿A quién lia legado el baúl donde guardaba su 
prodijioso descubrimiento? 

No lo sé. 

¿En qué consistía ese descubrimiento? 

Tenemos para averiguarlo la introducción de la 
grande obra en que don Simón iba a esponerlo, pu- 
blicada en Arequipa, i la introducción de la última 
parte de la misma obra publicada en Concepción. 

Esas dos introducciones, si no nos ofrecen todos 
los desarrollos de la idea, nos dan el cuadro com- 
pleto de ella. 

«La obertura en las operas, decía clon Simón, no 
es una sinfonía de capricho', sino un preludio de 
toda la obra. Si es que está bien hecha, los músicos 
de profesión reconocen los principales rasgos de la 
pieza i entran en la intención del autor. 

( el prólogo de un drama,, 
Así han de ser -J el prefacio de un libro, 

( el proemio de un tratado, 

que preparan a la exposición, i a veces son la espo- 
sición misma». 

La teoría del autor sobre las introducciones ha 
hecho que todo su sistema se halle contenido en 
las dos que nos ha dejado, aunque no haya impreso 
el libro que debía presentar todos los desenvolvi- 
mientos i pormenores necesarios. 

Para ayudarnos a comprender ese sistema, tene- 
mos además otros tres escritos de don Simón, que 
llevan los siguientes títulos: 



— 26,0 — 

El libertador del mediodía de América i sus com- 
pañeros de armas defendidos por un amigo de la 
causa social, redactado en 1828 dado a luz en 1830; 

Carta a cinco bolivianos a la caída de la confede- 
ración ^Perú-Boliviana. — 1339; i 

varios artículos publicados en 1840 en el Mercu- 
rio de Valparaíso. 

Los datos que contienen esos cinco escritos, son 
los que van a servirme para dar a conocer el siste- 
ma social de don Simón Rodríguez. 

Pero antes hablaré de su ortografía i de su estilo, 
que no son menos orijinales que sus ideas. 

El discurso hablado o escrito, según don Simón, 
comprende dos cosas: la pronunciación de las pala- 
bras i la espresión de los pensamientos, la articula- 
ción de las voces i la modulación de la voz. 

La escritura, por lo tanto, debe tener signos para 
una i otra cosa. 

En cuanto a los signos que marcan la pronuncia- 
ción de las palabras, la ortografía castellana necesita 
reformas i puede admitirlas; pero los españoles no 
quieren una ortografía perfecta. 

«Alegau para ello muchas razones; pero ninguna 
de conveniencia. Quieren, por ejemplo, que los sig- 
nos no tengan valores determinados — quieren escri- 
bir mas de lo que leen — o escribir de un modo i leer 
de otro, o distinguir escribiendo lo que no distin- 
guen pronunciando, etc. 

<LLimpia,fija i da esplendor, es el mote de la Aca- 
demia; 



— 27(T— 

«Pero no se liinpia de signos inútiles el alfabeto, 
pero no se limpian las cajas de la imprenta de todas 
las letras viejas para que no haya especies i varie- 
dades de líneas i formas. 

«Un signo para cada articulación...! siempre el 
mismo., sería preferible a la profusión de caracteres 
que lucen en la portada de un libro. Letras cuadra- 
das i redondas, con cola, con pelos i con dientes, 
unas acostadas i otras en pie, son buenas para ejer- 
citar el buril, no los ojos. Si se limpiase el alfabeto 
podría Jijarse; i ya fijo, se conservaría invariable: 
entonces tendría el esplendor de la claridad». 

Con arreglo a estos principios, don Simón destie- 
rra toda letra que como la h o la v no se pronuncia, 
i quiere que no haya dos o mas letras para un solo 
sonido, como sucede con la k, la q i la c delante de 
a, u, o. 

Debe escribirse como se habla, i no complicarse 
inútilmente el alfabeto. 

En cuanto a los signos de la segunda especie, don 
Simón es todavía mas inventivo, como puede verse 
por la esposición que voi a hacer de sus opinio- 
nes sobre esta materia. 

ííi los españoles ni los otros pueblos usan signos 
que indiquen el tono, el acento, la modulación de 
la voz. 

Sin embargo, la utilidad de ellos no podría poner- 
se en duda con fundamento. . ■ 

Leer es resucitar ¿deas; i para hacer esta especie 
de milagro, es menester conocer los espíritus de las 



— 271 — 

difuntas, o tener espíritus equivalentes que subro- 
garles. 

Esto no se conseguirá, si no se pintan los pensa- 
mientos bajo la forma en que se conciben. 

En el modo de pintar, consiste la espresión, i por 
la espresión se distinguen los estilos. 

No se han de ensartar las ideas en un renglón, 
como las perlas de uu collar — porque todas no son 
unas. 

El que lee debe f los signos de las cosas i las 
ver en el papel [ divisiones del pensamiento. 

Sin esto, no lee bien. 

Ahorrar papel es ahorrar espresión; i el lector en 
lugar de despertar la atención por la variedad de 
tonos i de tiempos... la adormece por la monotonía i 
el isocronismo. 

El hombre mas rústico sabe dar a las palabras en 
la conversación la acentuación que les corresponde; 
i el mas sabio peca contra las reglas leyendo: habrá 
escepciónes por una i por otra parte, pero pocas. 

El tonillo de la lectura es mui conocido. 

No echar de ver que el que está diciendo un es- 
crito está leyendo, es cosa mui rara. 

¿Por qué será? 

Porque es difícil que el que está leyendo penetre 
las ideas o se identifique con los sentimientos del 
autor sin tener signos que le guíen. 

Hai dos especies de lectura: la de despacho i la de 
gusto; la primera es para escritorios, escribanías, 



— 272 — 

relátenlas, secretarías, porque es para informar, 
ayudando la memoria; la segunda es para instruir, 
excitando emociones. 

¿Qué hacer para que la lectura sea de gusto mas 
frecuentemente de lo que ahora lo es, i no de despa- 
cho como casi siempre? 

Adoptar con el discurso escrito el mismo sistema 
que se sigue en la música: gastar todo el papel ne- 
cesario para ayudar al lector a descifrar los concep- 
tos que ha de espresar. 

Don Simón, como puede observarse en los trozos 
suyos que he copiado i en otros que copiaré ha in- 
tentado conseguirlo valiéndose para ello de llaves, 
puntos suspensivos, tipos diversos por la forma i el 
tamaño i de renglones seguidos o cortados. 

Las ideas de Rodríguez sobre la ortografía de las 
palabras son sumamente exactas i admisibles; son 
las que profesan en el día todos los gramáticos de 
distinción, i las que convendría que se pusieran en 
práctica cuanto antes. 

Sus ideas sobre la ortografía de las frases son 
igualmente verdaderas; pero mas difíciles de aplicar 
que las otras. 

Sería costoso descubrir un sistema de signos para 
las modulaciones de la voz, que todo el mundo pu- 
diera manejar sin embarazo. 

No obstante, la cosa no es imposible, i la dificul- 
tad no es un argumento decisivo contra nada. 

Es curioso que $lon Simón Rodríguez, como al- 



— 273 — 

ganos de los re for madores europeos, haya pensado 
a la vez en mejorar la ortografía i la sociedad. 

El estilo de Rodríguez es tan particular, o mas 
tal vez, que su sistema ortográfico. 

Desde luego pone el mayor cuidado en emplear 
las palabras en su sentido mas exacto, en el primi- 
tivo si es posible. 

«Así como en el comercio de cosas, dice, hai mo- 
nedas que representan los valores — -así en el ele las 
ideas hai signos establecidos que tienen sus valores 
también. Ni los muchachos dan una moneda por otra 
en sus compras— No puede asegurarse que suceda 
otro tanto con las palabras i con las espresionesl> . 

Esta idea fundamental para él, le ha llevado a 
colocar en la portada de una de sus obras el siguien- 
te enío-rafe: 



I o 



El conocimiento de las palabras 
es obligación del que escribe 
como... del que lee. 

La infracción de esta regla produce, según clon 
Simón, no solo inconvenientes literarios, sino males 
sociales. 

iEl sentido primitivo de la palabra partido, es- 
cribe en uno de sus artículos, es 

UN TODO HECHO PARTES. 

Es consiguiente que las partes estén opuestas, 

porque quedan unas enfrente de otras, ha'sta ha- 

35 



— 274 — 

berse separado o apartado; pero no que sean opues- 
tas, porque entre las partes que componen un todo 
no puede haber repulsión, que es el sentido que 
jeneralmente se da a la palabra oposición. 

«La política quiere, no obstante, que partido 
sea parte contraria, i de esta acepción viene espí- 
ritu de partido tomado en mala parte, como se 
toma injustamente sistemático por el que hace todo 
con sistema. ¡Ojalá todos tuvieran este defecto, i 
que el sistema de todos fuera el mismo! 

«Signifique la palabra partido oposición, pero 
no enemistad, como lo entiende el vulgo, por- 
que, sabiendo todos que en la enemistad se enjendra 
el odio, i que el odio dejenera en aborrecimiento, 
concluyen que el que aborrece sabe ofender, i que 
la ofensa pide venganza. Casi no hai caso en que 
la venganza no se considere justa — por consiguien- 
te, todo el mal que puede hacerse al enemigo es 
permitido. 

«Se empieza minando la reputación — con ésta 
cae el crédito, se pasa a atacar el honor, i de allí el 
dar con la persona cuesta poco — a este término 
lleva la mala interpretación de una voz». 

Esta exactitud que don Simón busca en las pala- 
bras, procura alcanzarla también en las frases. 

Para ello, da a sus pensamientos una forma aljé- 
brica, acercándose en cuanto puede a los procedi- 
mientos del lenguaje matemático. 

Enuncia secamente cada idea i las consecuencias 



— 275 — 

que de ella se deducen, sin fijarse ni en dssarrollar- 
las, ni en embutirlas unas en otras. 

Hai entre su estilo i el del común de los hombres 
la misma diferencia que entre un cuerpo revestido 
de la correspondiente carne i un esqueleto. 

Los escritos de don Simón Rodríguez parecen 
cuadros sinópticos, o materializando mas la espre- 
ción, parecen simples cimientos sobre los cuales 
falta todavía que levantar el edificio respectivo. 

El único adorno que de cuando en cuando inte- 
rrumpe la sequedad de los aforismos que emplea, es 
algún apólogo, o cuentecito tomado de las cosas 
vulgares, que sirve de ejemplo, o de esplicación a 
la doctrina. 

Don Simón creía que un sistema como el suyo 
que define todas las palabras importantes i que pre- 
senta las ideas en toda su desnudez suprimiendo los 
accesorios de toda especie, era sumamente claro i 
fácil de comprender. 

No quería asemejarse a los médicos que recetan 
agua tibia en latín. 

Pero nadie mas bien que don Simón ha mostrado 
que los estreñios se tocan i que un escritor puede 
ser tan oscuro por la pretensión de la grandi-elo- 
cuencia, como por la pretensión de una exactitud 
matemática. 

Esa multiplicidad de definiciones algo sutiles de 
que tanto gusta, confunde en vez de ilustrar. 

Esa exactitud rigorosa i descarnada de que hace 



— 276 — 

alarde, impide seguir el hilo de los raciocinios en 
vez de marcar mejor la conexión de las ideas. 

E?a pobreza de adornos, que es una de sus pecu- 
liaridades, quitando la luz i el colorido a los pensa- 
mientos, aumenta la dificultad de comprenderlos, en 
vez de hacerlos mas accesibles a la intelijencia: la 
desnudez con que los presenta les impide brillar 
para que sean evidentes. 

La exajeración en las calidades de estilo que he 
señalado, hace de una lectura fatigosa los es- 
critos de don Simón. 

Por orijinales que sean sus opiniones, por pican- 
tes que sean sus espresiónes, por cáusticas que sean 
sus agudezas, uno no puede recorrerlos largo tiem- 
po sin cansancio. 

Hai que hacer poco mas o menos, para seguir la 
serie de sus peducciones, el mismo esfuerzo que para 
estudiar el desenvolvimiento de algunos de los cal- 
culos del áljebra. 

Esa falta de atractivo que nace de la falta de cía 
ridad, es la causa verdadera de la poca fama que han 
gozado las obras de un pensador que de todos mo- 
dos merecía ser escuchado. 

Don Simón no ha tenido lectores, porque, si no 
ha empleado vocablos latinos para recetar agua 
tibia como ciertos médicos pedantes, ha intentado 
por un estravío diferente aplicar al lenguaje de la 
política fórmulas que no vienen bien sino al de las 
matemáticas. 

Pero ya que he dado a conocer la ortografía 



— 277 - 

í él estilo de nuestro autor, es tiempo de que pene- 
tre mas adentro, i de que principie ]a esposición de 
sus ideas. 

Lo que va a leerse, es la sustancia de sus escritos, 
que entresaco de todos ellos. 

A veces emplearé en este cstracto sus mismas 
frases; a veces solo sus pensamientos; en ocasiones 
le compendiaré, i en otras le desarrollaré; haré, en 
fin, todo lo que me parezca propio para esplicar su 
sistema con claridad i con conciencia, sin añadirle 
ni quitarle. 

Ni la monarquía ni la república convienen en 
todos lugares ni en todos tiempos. 

La Arnérisa es (en el día) el único lugar donde 
sea permitido establecer un 

GOBIERNO yERDADERAMEKTE REPUBLICANO. 

Mas, pora eso es preciso que no imite servilmente 
ni a la Europa ni a los Estados-Unidos. 

La Europa es ignorante, no en literatura, no en 
ciencias, no en artes, no en industria, pero sí en 
política. Un velo brillante cubre en el viejo mundo 
el cuadro mas horroroso de miseria i de vicios. La 
grande obra de Europa se ha hecho sin plan— se ha 
fabricado a retazos—i las mejoras se han ido a. u\< ra- 
tonando, no disponiendo; el arte brilla mas en loa 
amaños que en la comhi nación: las cosas ma3 subli- 
mes, confundidas con las mas despreciables, hacen 
un contraste bello por la perfección de las por- 
to; pero desagradable por la impropiedad del lodo. 



— 278 — 

— Lástima da el ver tanto injenio infructuosamente 
empleado en reformar — trabajos tan bien calcula- 
dos, que producen poco o nigún efecto. 

Nunca reformará la Europa su moral, como re- 
forma sus edificios: las ciudades modernas son mo- 
delos de gusto i de comodidad — muchas de las vie- 
jas van cediendo el puesto a las nuevas; pero los 
habitantes son siempre los mismos — saben mas que 
antes; pero no obran mejor— merecen elojios por 
lo primero, sin ser culpables por lo segundo. 

La América Española no puede imitar tampoco 
a los Estados-Unidos, porque estos dos países no 
tienen entre sí otra semejanza, que la de llevar en 
ambos el gobierno un mismo nombre — república. 

En Estados Unidos, no había un hombre (escep- 
cepto los esclavos de Virjinia) que no tuviese ideas 
de la independencia social; todos habían gozado de 
ella en Europa; i los que nó, habian venido bus- 
cándola. Unos por ser independientes i otros por 
serlo mas, habian venido a habitar los desiertos de 
América. ¿Sucedía otro tanto en las colonias espa- 
ñolas? 

El suelo de Estados Unidos está sembrado de 
ideas liberales — cultivado ea todos sus puntos por 
manos hábiles — protejido por un ambiente de 
libertad que respiran todos sus habitantes; abando- 
nado el suelo a su propia acción, es incapaz de 
adulterar sus producciones — el presidente es un 
fruto del terruño: cada ciudadano, cuando habla, 
sin afeotación dioe yo — en la Araérioa del sur, al 



— 279 — 

mas estudiado se le va la lengua i dice mi amo: en 
Estados Unidos, los empleos son casi concejiles; 
se toman como una carga — i los que los solicitan, 
buscan un medio de hacer brillar su patriotismo, 
i... los conocimientos con que los sostienen.... 
Entre los hijos de los españoles, se busca el empleo 
por el título o por la renta, como lo veian hacer a 
sus padres: allá quieren servir, acá quieren repre- 
sentar. 

Obsérvense las pequeneces. En Estados Uni- 
dos (i esto les viene de los ingleses), el presidente, 
el ministro i todos los majistrados se llaman por 
sus nombres — es menester saber que están emplea- 
dos para distinguirlos de los que no lo están. Entre 
nosotros, se renuncia el nombre por el título; i así 
como los capuchinos toman la ciudad en que nacie- 
ron por apellido, así los empleados olvidan sus fa- 
milias por voces de recomendación. 

El señor ministro! el señor tesorero] el señor vis- 
ta] el señor portero] ¡i para empavesar estos últi- 
mos, les agregan mayor, porque vista mAtor! porte- 
ro mayor! dicen algo mas. 

La América no debe imitar, pues, ni a la Europa, 
que es ignorante en política, corrompida en sus 
costumbres i defectuosa en su conjunto; ni a los 
Estados Unidos, cuyas circunstancias son entera- 
mente distintas de las nuestras. Debe ser orijinal. 

Pero nuestros publicistas i gobernantes hacen 
pi-ecisamente lo contrario. Sazonan sus arengas i 
proclamas con ejemplos de Grecia i de Roma, 



— 2S0 — 

(Don Simón escribía esto en 1828 — Lo digo por- 
que ya no es de moda citar a la antigüedad.) 
Imitan en sus planes a Inglaterra. Traen de Es- 
tados Unidos sus prácticas... en láminas. En vez 
de considerar el jenio de los americanos, toman 
en consideración el de los europeos. Todo les viene 
embarcado. 

¿Qué ha resultado? 

Que el pueblo ha continuado en la apatía des- 
pués de la emancipación, como lo estaba durante el 
réjimen colonial; que los presidentes son impoten- 
tes; que los congresos son ociosos. 

El pueblo no hace nada, i exije que el gobierno 
lo haga todo. 

El gobierno no puede hacer nada, porque el pue- 
blo no le ayuda en nada. 

Tres siglos de ignorancia i de abandono han apo- 
cado a los americanos, les han quitado toda espon- 
taneidad, los han habituado a la indiferencia i a la 
inacción, 

Los gobernantes que deben instruir, animar i 
poner en actividad esa masa inerte, tienen que de- 
sempeñar una tarea abrumadora. 

La carga que gravita sobre los hombros de los 
directores de las nuevas repúblicas, es tan pesada, 
que apenas se concebiría que haya en América 
quienes ambicionen el mando, si no se supiera que 
hai un país donde se entierra vivas a las viudas, i 
donde, sin embargo, nunca falta quien se case. 



— 2S1 — 

¿Cuál es el orijen de un estado tan calamitoso? 

¿Cuál es el remedio de un mal tan grave? 

El orijen de tan triste situación es que hai repú- 
blicas SIN CIUDADANOS. 

El remedio de un mal tan o-rave es crear un 
pueblo, que es lo que falta. 

El lugar de las instituciones es la opinión públi- 
ca; la opinión pública está por formarse, i nada se 
hace por instruir. 

Un hombre se escluj'e voluntariamente de toda 
comunidad parcial cuyas instituciones ignora; i ai 
mismo tiempo se cree apto para ejercer las funcio- 
nes de ciudadano en la comunidad jcneral, sin en- 
tenderla. ¿Será de mejor condición una cofradía 
que la sociedad- 
No hai viejo que se eche el escapulario de una 
hermandad sin estar impuesto en la regla — i el 
mismo viejo está echando hijos a pares en las ca- 
lles, sin decirles siquiera lo que es -poblado. 

Un año de noviciado exijen los monjes para pro- 
fesar — i en la sociedad nacen los hombres profesos, 

Todos los males sociales vienen de una incuria 
tan vituperable, Para ponerles término, declaren 
los gobernantes la nación en noviciado i enseñen 
de palabra i de obra. Persuádanse los jefes del 
pueblo que nada conseguirán si no instruyen. 

A esta indicación objetan muchos que el gobier- 
no no es maestro, i que para formar un pueblo se 
necesitan siglos. 

Ni lo uno ni lo otro es cierto. 

3G 



— 282 — 

El gobierno debe ser maestro. 

Cuando mas se necesitan cinco años para dar un 
pueblo a cada república. 

Pero, para conseguirlo, es preciso algo mas que 
fundar colejios, algo mas que fundar escuelas de 
Lancáster. Una nación no cabe en un colejio, mu- 
cho menos en una escuela. Las escuelas i los cole- 
jios no educan ciudadanos, sino letrados. Con escri- 
tores, con literatos, con doctores, no se forman las 
repúblicas. Los estudiantes saldrán de sus clases 
con los libros i los compases bajo el brazo a recibir 
con vivas a cualquiera que crean dispuesto a darles 
los empleos en que hayan puesto los ojos ellos o 
sus padres. 

A cada noticia que reciben los reyes, decía don 
Simón, del estado de nuestras repúblicas es regular 
que pregunten: 

«I... ¿qué están estudiando los jóvenes?... Mate- 
máticas?... historia?... derecho?... Eso también i 
mas estudian nuestros vasallos...» (Se sonríen i 
mudan de conversación). 

Bueno está que los jóvenes aprendan las cien- 
cias; que estudien lenguas, literatura, lejislación, 
física, botánica; pero hai todavía una cosa mas im- 
portante que deben saber primero — vivir en repií- 
blica. 

Bueno es que un soldado sea instruido; pero lo 
que importa a su profesión es la ordenanza i el 
ejercicio. 



— 283 — 

Bueno es que el hombre tenga; pero primero 
pan que otra cosa. 

Bueno es que un ciudadano sea un literato, un 
sabio; pero antes de eso debe ser un ciudadano. 

Saber sus obligaciones sociales es el primer deber 
de un republicano — i la primera de sus obligacio- 
nes es vivir de una industria que no le perjudique, 
ni perjudique a otro, directa ni indirectamente. 

Al que no sabe cualquiera / 

le engaña. I Deben repetirse 

Al que no tiene cualqu ; e-'j con frecuencia... 



ra le compra 



' 



los directores de las repúblicas. 

El sistema de educación que se ha planteado por 
medio de escuelas, colejios i universidades, no pue- 
de formar un pueblo, que es lo que falta. 

Es preciso recurrir a otro sistema que ha de 
pi-oponerse alcanzar estos tres resultados: 

Educación popular; 

Destinación a ejercicios útiles; 

Aspiración fundada a la propiedad. 

Veamos ahora los arbitrios que indicaba don Si- 
món Rodríguez para llegar a ese triple objeto. 

Hemos visto que abandonaba la Europa a su 
miseria, a su corrupción, porque consideraba impo- 
sible en ella la reforma; el mal era demasiado inve- 
terado para que tuviera remedio. 

Solo la América podía salvarse. 

Lo que hacía con los continentes, lo hacía con 
los hombres. 



— 284 — 

Creía a los adultos incapaces de sustraerse al 
imperio del hábito, incapaces de ser rejen erados. 

Estaba persuadido de que los hombres hechos 
no aprenden, i de que todo lo que pueden hacer es 
preparar para sus hijos un porvenir mejor. 

Era máxima suya que no debe despreciarse a 
los renuevos que están prometiendo fruto, por cui- 
dar troncos viejos que corren a su fin, i que entre 
tanto estorban, contrarían e inficionan su descen- 
dencia con su ejemplo. 

Cuando mas concedía que, así como en amores 
hai algunos viejos verdes, así también podía haber- 
los en política; pero siempre serian escepciones. 

Desesperando de la educación de los adultos, no 
exijía de ellos otra cosa, sino que pensaran en ase- 
gurar a sus descendientes una suerte mas ventu- 
rosa. 

«Hagan los padres de familia con los proyectos 
de reforma, decía, lo que hacen con el alimento 
que dan a sus hijos 

«Examinarlo. , . probarlo. . . i decir (como dice cada 
uno en mas de un caso); 

Si yo comiera esto me moría. 

Pero para muchachos es hueno. 

Come, hijo! ¡quién tuviera tu estómago! 

Cuando yo era de tu edad comía 

cosas mas pesadas i no me enférmala. 

Esta convicción hacía que don Simón pensara en 
apuntalar solamente la sociedad vieja compuesta 



de adultos, mientras bajo la obra echaba los sólidos 
cimientos de una sociedad nueva. 

Con este objeto, establecía un gobierno cuyos 
miembros todos debían ser vitalicios desde el pre- 
sidente, jefe supremo de la república, basta el juez 
de barrio, último empleado de la jerarquía. 

Esta forma de gobierno tenía para él varias ven- 
tajas. 

1. a Así se evitaban los trastornos ocasionados 
por las elecciones frecuentes en pueblos ignorantes 
i sin costumbres democráticas. En continuas mu- 
danzas, se desvanece la autoridad i todo se hace 
ilusorio. 

2. a Siendo de por vida el presidente i los repre- 
sentantes, el primero tendría tiempo para instruir- 
se en los negocios i los segundos para aprender a 
hacer leyes. La formación i ejecución de las leyes 
es obra demasiado seria i delicada para encomen- 
darla a aprendices. 

3. a La permanencia de los mismos gobernantes 
aumentaría su prestijio. Un gobierno respetable i 
constante tiene los medios suficientes para vencer 
todas las dificultades. 

L03 militares que habían combatido en favor de 
la independencia, debían ser preferidos en los car- 
gos públicos. 

El uniforme, según don Simón, era el signo del 
patriotismo activo. 

¿Quién podía tener mas derecho a la confianza 
del pueblo, que los que habían abrazado espontá- 



— 286 — 

neamente su causa, dándole la idea de un bien que 
no conocía? 

Los militares habían trasforrnado una colonia en 
nación; eran ellos los llamados a constituir una 
nación en república. 

El gobierno organizado de la manera dicha debía 
asumir en la educación las funciones de padre co- 
mún. 

El objeto de sus desvelos debía ser instruir a la 
vez a todo el pueblo, es decir, crear un pueblo. 

Debía apoderarse de los niños ricos i pobres, i 
educarlos conforme a los principios sociales. De 
este modo, aseguraría la industria que pedía, la 
riqueza que deseaba, la milicia que necesitaba, en 
una palabra la Patria. 

Cuando el pueblo estuviera educado a la repu- 
blicana, o mejor, cuando el pueblo estuviera crea- 
do, entonces sería tiempo de que cambiara por una 
forma definitiva de gobierno, la forma provisional 
que don Simón patrocinaba. 

Según este pensador, los pueblos están en la 
minoridad; pero no se les puede declarar, sin injus- 
ticia, eternamente inhábiles para la representación. 

Son menores, no dementes como los reyes los 
consideran. 

Don Simón Rodríguez tenía una intelijencia de- 
masiado perspicaz para no prever las objeciones de 
mayor bulto que podían levantarse contra su sis- 
tema, i mucho espíritu de proselitismo para no tra- 
tar de desvanecerlas. 



— 287 — 

Esa presidencia vitalicia, podía decírsele, es un 
escalón para el trono. 

Ese jefe supremo de por vida, rodeado de ma- 
jistrados también de por vida, no tiene mas que 
dar un paso para hacerse rei. 

La menor duración del mando, replicaba don 
Simón, no es el remedio contra las aspiraciones de 
los gobernantes. 

No es la permanencia de cinco, diez o cien años 
en el poder la que allanará o estorbará a un caudi- 
llo el camino del despotismo. 

Cualquiera, dure lo que dure en el gobierno, se 
hará monarca si tiene ambición para quererlo, 
dinero para corromper, armas para imponer, sobre 
todo, si no hai pueblo que le contenga. 

Hágase que el pueblo sea republicano i no se 
tenga miedo a los reyes. 

Pero podía dirijírsele todavía una objeción mas 
grave que la anterior; podía decírsele, esa consti- 
tución de gobierno es, no un amago de monarquía, 
sino la monarquía misma; ese presidente vitalicio 
es un monarca; esos majistrados vitalicios que le 
rodean, son los grandes que forman su cortejo. 

Don Simón, que tenía a mucho honor el ser 
republicano, dividía a los gobiernos en monárquicos 
i republicanos, atendiendo, no a la organización del 
ejecutivo i demás signos que señalan los tratados 
de derecho público, sino a las circunstancias de que 
identificaran o no sus intereses con los del pueblo. 

Para él, era monárquico el gobierno que, buscan- 



— 288 — 

do el bienestar de ciertas clases privilejiadas, des- 
cuidaba el de la jeneralidad; i republicano el que 
procuraba el de todos sin escepción. 

Conforme a esta regla, don Simón sostenía que 
la forma de gobierno que había concebido era repu- 
blicana. 

El presidente i los empleados, altos i bajos, que 
ella creaba, no debian pretender ni que sus hijos 
nacieran presidentes ni empleados, como nacen re- 
yes i duques los hijos de los reyes i de los duques, 
ni que esos mismos hijos fueran mantenidos ociosos 
a costa de la nación; ni que sus primojénitos goza- 
ran el título de vagos. 

Los dignatarios del gobierno vitalicio imajinado 
por don Simón no debian tampoco sacar contribu- 
ciones de todos i de todas partes para invertir su 
producto en lo que quisieran sin dar cuenta a na- 
die, sino que debian reglar los gastos por las nece- 
sidades públicas i rendir las cuentas correspon- 
dientes. 

No debian hacer de la nación una vaca lechera, 
sino un pueblo cuyo progreso social estaban obli- 
gados a conseguir. 

En una palabra, debían constituir una organiza- 
ción republicana, i no una monárquica. 

¿Qué objeción podía dirijirse a un gobierno que 
no tenía mas ocupación, que la administración de 
los intereses jenerales, ni mas anhelo que la ven- 
tura de todos? 

Antes de continuar el resumen del sistema con- 



— 289 — 

cebiclo por don Simón Rodríguez, permítaseme 
hacer algunas observaciones a las ideas que llevo 
espuestas. 

Como habrá podido notarse, el punto de partida 
de este pensador es la separación de los miembros 
que componen la sociedad en dos grandes clases: 
los adultos i los niños. 

La edad ha condenado los primeros a la igno- 
rancia, a la corrupción, a la ineptitud para la vida 



El hábito del error i de la preocupación impri- 
me jeneralmente en el hombre un sello indeleble. 

Los individuos que han vivido bajo el yugo de 
un despotismo degradante, aún cuando con el tiem- 
po sean restituidos a la libertad, conservan siempre 
resabios de su condición primitiva, como los apes- 
tados llevan hasta la muerte en su rostro las hue- 
llas de la viruela. 

Por el contrario, la flexibilidad que la niñez da 
al alma i al cuerpo de los segundos, hace que sean 
susceptibles de recibir una educación que señale a 
sus facultades morales e intelectuales una dirección 
conveniente. 

No hai salvación sino para los niños, cuyos cora- 
zones están puros i cuyas intelijencias son como 
libros todavía en blanco. 

Movido por esta creencia, don Simón propone 
un réjiínen provisional para esos hombi'es forma- 
dos que no tienen remedio; i un sistema de educa- 

37 



— 290 — 

ción para esos niños, esperanza i porvenir de la 
humanidad. 

No puede negarse que la separación indicada 
simplifica notablemente el problema. 

Es mas fácil educar a la mitad de los hombres, 
que no a todos ellos. 

Pero tampoco puede negarse que esa separación 
es la que hace ineficaz, imposible el proyecto de 
Rodríguez. 

Así como los hijos manifiestan siempre en sus 
fisonomías un reflejo de las fisonomías de sus padres, 
así también en sus ideas, en sus costumbres, dejan 
traslucir la influencia de las ideas i costumbres de 
aquellos que han dado el ser a sus cuerpos. 

Los niños en todos los tiempos i en todos los 
lugares se asemejan en muchos aspectos a los 
adultos que han dirijido su infancia. 

No se educará a los niños, sino se educa a los 
hombres. 

La educación del hijo debe principiar por la 
educación del padre. 

El desconocimiento de esta verdad constituye el 
defecto esencial del sistema de Rodríguez. 

Dejaba a los hombres hechos abandonados a su 
ignorancia, a sus vicios, a sus hábitos coloniales, 
encorbados bajo el imperio de una autoridad abso- 
luta. 

Los consideraba incapaces de rejeneración, i pre- 
tendía, sin embargo, que educaran a sus hijos para 
Una sociedad nueva i radicalmente diversa. 



— 291 — 

¿Cómo esperar por un momento que habían de 
trabajar para que sus descendientes pensaran, qui- 
sieran i obraran de un mododiametralmente opuesto 
al suyo? 

¿Cómo imajinarse que habían de procurar que sus 
hijos quemaran los dioses que ellos habían adorado? 

Don Simón debió reconocer por esperiencia propia 
la vanidad de una ilusión como la suya. 

Se había lisonjeado con que los adultos vivirían 
como pudiesen, i le dejarían entretanto metamor- 
fosear a los niños como a él le pareciese. 

El jeneral Suero i el prefecto Calvo vinieron a 
probar al reformador que los padres no permiten 
que se infundan a sus hijos ideas distintas de las 
que ellos mismos profesan. 

Don Simón debió cerrar los ojos a la evidencia, 
sino percibió que, para educar a los niños, es preciso 
educar a los hombres. 

Ahora bien, ¿cómo educar a los hombres? ¿cómo 
convertir en ciudadanos activos a colonos mengua- 
dos? 

A la verdad no puede enviárseles a la escuela, i 
es innegable que ejecutarán mal una cosa que no 
han aprendido a ejecutar, una cosa que aún es con- 
traria a sus hábitos. 

Sin embargo, es indispensable que la practiquen 
lo mejor que puedan para que algún día ellos, o sus 
hijos probablemente, lleguen a practicarla bien. 

Hai cosas que no se aprenderán jamás, si no se 
ponen por obra. 



i¡y2 — 



El ejercicio de los derechos políticos puede com- 
pararse en este aspecto a la natación. 

¿Cómo queréis aprender a nadar si no os botáis al 
agua? 

¿Pretenderíais por ventura llevaros siempre en 
la orilla mirando la corriente a protesto de que no 
habíais nadado nunca? 

Pero, si no principiáis por nadar alguna vez, si 
proseguís repitiendo siempre esa misma disculpa 
para paliar vuestra timidez, concluiréis la vida sin 
nadar jamás. 

Lo mismo sucede con la república; es preciso 
comenzar por practicarla, aunque sea mal, para lle- 
gar a practicarla bien. 

Las instituciones republicanas son las que educan 
a los hombres, como las escuelas las que educan a 
los niños. 

Esto era lo que no comprendía don Simón. 

Organizaba el despotismo para preparar la re- 
pública, i no advertía que tal hija no puedo naoer 
de tal padre. 

Además, el gobierno vitalicio dü don Simón era 
un encaño i un imposible. 

Ese gobierno no habría realizado el objeto de 
Rodríguez, i lo que es mas, no habría podido esta 
blecerse nunca. 

Admito el principio de don Simón para calificar 
la bondad de un gobierno. 

Buen gobierno es aquel que identifica sus intere- 



_- 293 — 

ses con los de la sociedad; mal gobierno aquel que 
tiene intereses distintos de los de sus gobernados. 
La solución del problema está sin duda en hacer 
que los majistrados i los ciudadanos no formen dos 
entidades diversas, opuestas quizá. 

Convenidos en el principio, solo falta averiguar 
si ese principio se realizará mejor constituyendo un 
gobierno vitalicio, por consiguiente irresponsable, i 
cuyos miembros han de componer precisamente una 
clase privilegiada; o un gobierno alternativo, respon- 
sable i cuyos miembros al concluir sus funciones se 
confundan con los ciudadanos, i esperimenten en 
sí mismos el efecto de las leyes que han dictado, las 
consecuencias de las medidas que han tomado. 

Me parece evidente que un gobierno organizado 
del primer modo tiene necesariamente intereses 
distintos de los de la sociedad, i que uno organizado 
uel-segundo no puede menos de tenerlos identifica- 
dos con los de aquélla. 

Si adoptamos por criterio el principio señalado, 
el gobierno propuesto por don Simón debe ser con- 
denado; el gobierno que él critica, debe ser el prac- 
ticado. 

Efectivamente, el mejor medio de conseguir que 
un funcionario no abuse es darle la seguridad de que 
un día, i no remoto, será medido con la misma vara 
que ha empuñado. 

Haced que la duración del mando sea solo unos 
cuantos años, que los majistrados sepan que no 
siempre estarán protejidos por las inmunidades del 



— 294 — 

poder, que al poner su firma al pie de un decreto o 
de una lei tengan entendido que no están lejislando 
únicamente para otros, sino también para sí; i per- 
ded todo cuidado. 

No temáis que atenten contra la seguridad indivi- 
dual, que violen el secreto de la correspondencia, que 
invadan el hogar doméstico, que corrompan la justi- 
cia, que impongan contribuciones arbitrarias, que 
abusen i que tiranicen. 

No harán nada de eso, porque sabrán demasiado 
bien que, si así lo hicieren, su seguridad personal 
estará un día en peligro, su correspondencia será 
violada, su hogar doméstico invadido, sus derechos 
atropellados, su propiedad saqueada, las garantías 
que los protejen a ellos i a sus amigos conculcadas. 

La alternatividad es el freno mas poderoso que 
puede inventarse contra las demasías de los gober- 
nantes. 

Don Simón Rodríguez, como todos los reforma- 
dores, sobrado apresurado i ardiente, quería ver 
realizado pronto su sistema. 

Esa impaciencia le hacía mirar de mal ojo las 
demoras que son consiguientes a las complicaciones 
de un gobierno constitucional, i admirar la pronti- 
tud, el vigor de la dictadura. 

Pero una sola consideración debería haberle 
alumbrado. ¿Qué seguridad tenía de que ese dicta- 
dor había de obrar bien? i si éste no cumplía con su 
deber ¿cómo remediaba don Simón el mal,' cómo 
ponía atajo a la tiranía? 



— 295 — 

Ciertamente, el despotismo que ejecuta al mo- 
mento lo que ha concebido, sería una cosa mui 
aceptable, si no se propusiera mas que la felicidad 
de los hombres, i si no estuviera sujeto al abuso i 
error; pero es el caso que su móvil es el egoísmo, 
que casi nunca respeta la justicia, i que casi siem- 
pre se equivoca. 

El sistema político de Rodríguez presentaba to- 
davía un inconveniente mas radical: la imposibilidad 
de llevarlo a efecto. 

El sistema colonial, entre tantos males, había le- 
gado un bien a los americanos, la ausencia de una 
aristocracia verdadera. 

La esclavitud había hecho iguales, si no a todos 
los habitantes de este continente, a lo menos a to- 
dos los individuos de las clases acomodadas. 

¿Cuál de ellos habría permitido entonces que otro 
de sus pares se le sobrepusiera en el mando i por 
toda la vida? 

¿Habrían colocado sobre el pedestal a alguno de 
los caudillos de la independencia, como lo propo- 
nía don Simón? 

Pero, entre éstos, había varios que se pretendían 
igualmente meritorios, que alegaban los mismos 
derechos, que estaban animados de la misma am- 
bición, que no habrían tolerado un superior. 

El mismo don Simón refiere un cuento que en- 
cierra una gran verdad i que debería haber me- 
ditado. 

«Había, dice, en el jardín de un monasterio un 



— 296 — 

naranjo rnui viejo. El síndico lo hizo cortar — man- 
dó hacer un crucifijo i lo colocó en la iglesia. — 
Hubo entre las monjas una que se acusó al confe- 
sor de la repugnancia que sentía al querer adorar 
la imajen; i preguntándole el confesor por qué, le 
respondió llorando — ¿Qué devoción quiere us- 
ted que me inspire, si lo conocí naranjo?» 

Esa misma repugnancia que sentía la monja para 
rendir culto al naranjo convertido en crucifijo, la 
habrían esperimentadolos americanos para prestar 
acatamiento a uno de los suyos, al hijo del vecino 
de muchos de ellos talvez, convertido en presidente 
vitalicio. 

La moral del cuento era muí fácil de sacar, i a 
fe que me causa admiración el que don Simón no 
la haya deducido. 

No había mas arbitrio para adaptar las institu- 
ciones a los hechos existentes que establecer un 
gobierno cuyos miembros fueran electivos i alterna- 
tivos, es decir, un gobierno que diera a todos los 
que fueran capaces esperanzas de participar de las 
dulzuras del poder. 

Eso era lo que aconsejaban la razón i la pruden- 
cia, la justicia i la realidad de las cosas. 

Todos los que intentaron lo contrario fracasaron 
en la empresa. 

Bolívar, San Martín, O'Higgins, muriendo en 
un destierro impuesto o voluntario, deben ser un 
terrible escarmiento para los que participen de sus 
ilusiones, i quieran fundar en A.nicrica algo que no 



— 297 — 

sea la república con gobernantes electivos í alter- 
nativos. 

He espuesto el sistema político que clon Simón 
había concebido para los adultos, i he dado mi opi- 
nión acerca de ese sistema que contaba entre sus 
adeptos a Bolívar. 

Voi a indicar ahora cuál era elréjimen que nues- 
tro reformador proponía para los niños. 

Don Simón hacía la competente distinción entre 
la educación i la instrucción, distinción que en el 
día es vulgar, pero que en aquella época no lo era. 

Instruir sin educar le parecía peligroso. 

La ciencia sin la virtud hace que los estafadores 
sepan formar cuentas i documentarlas; que los tram- 
posos sean destrísimos en entablar pleitos, en ganar 
o en eludir sentencias; que los falsificadores aprove- 
chen sus conocimientos en la química i el arte de 
grabar para adulterar la moneda ele metal o de 
papel. 

«Si se continúa instruyendo i no educando, decía 
don Simón, es probable que llegue a conseguirse que 
los salteadores de camino lleven los libros de sus ne- 
gocios por partida doble.» 

Sin embargo, a su juicio, la instrucción, aunque 
susceptible de abusos, es indispensable, porque el 
cultivo de la intelijencia es un paso para el cultivo 
del corazón. 

Un pueblo ignorante no comprenderá nunca que 
el deber i la conveniencia le exijen que se eduque. 

Así, es preciso instruir al pueblo, pero también 

38 



— 298 — 

es preciso no limitarse a instruirlo, sino educarlo al 
mismo tiempo. 

La instrucción es una preparación, la educación 
es el fin. 

Educar para don Simón significa enseñar al hom- 
bre a tratar con las cosas, e infundirle ideas sociales, 
esto es, enseñarle una industria que asegure su 
subsistencia, i una moral que regle sus relaciones 
con los demás. 

Quería que todo ciudadano tuviera la indepen- 
dencia del que sabe ganar el pan con el sudor 
de su frente i el trabajo de sus manos, i el ci- 
vismo del que toma por norma de sus acciones 
este principio: Todo derecho se deriva de la sociedad 
i toda obligación se refiere a ella. 

Los niños debían aprender en la escuela a traba- 
jar i a vivir como individuos sociales. 

Este réjimen debía en cinco años crear un pueblo 
i organizar la república. 

«La sociedad actual en todo el mundo cono- 
cido... . decía don Simón, no es obra del arte, sino 
de la casualidad. Su divisa lo prueba: 

Cada uno para sí 

i 

Dios para todos, 

máxima buena para naufrajios en alta mar... . i no 
siampre, porque si el barco da tiempo, un desgi-a- 
ciado convida a otro con su tabla. 



— 299 — 

Cada uno para todos 

i 

Todos para cada uno 

sería la de una sociedad que fuese obra de una 
Educación uniformen . 

La última palabra del trozo citado espresa el 
complemento de las ideas de don Simón sobre edu- 
cación. 

«En todos tiempos, repetía murmurando, se 
ha dado instrucción a algunos niños.... a alo-u- 
nos! (obsérvese bien) en escuelitas puestas por 
cualquiera que ha querido meterse a enseñar {^me- 
terse es el término propio); pero los mas la han 
tomado.... i la toman todavía, de boca de sus 
padres.» 

Este sistema de educación privada no era el 
ideal de educación social que había concebido don 
Simón. 

El gobierno, i no los particulares, debía suminis- 
trar bajo su dirección i vijilancia, educación a todos 
los niños sin distinción de clases ni de riqueza. 

La educación debía ser jeneral i uniforme para 
todos. 

Después de la educación social que enseña a los 
ciudadanos sus derechos i deberes, i de la educación 
corporal que les enseña a trabajar, viene la educa- 
ción científica que les enseña a pensar. 

Esta educación científica debía abrazar el estudio 



• _ 300 — 

de la lójica, del idioma i de las matemáticas, porque 
todo se hace pensando, hablando i calculando. 

Antiguamente, según don Simón, eran otros los 
estudios cardinales, a saber: la metafísica, la histo- 
ria i la poesía, porque todo era sueños, cuentos i 
ficciones. 

Para resumir, la fórmula de la educación en una 
monarquía es: 

Erudición i habilidades, 

Profesiones i oficios.... cu tumulto, 

Privilejios, herencias i usurpaciones; 

Pero en una república debe ser: 

Educación popular, 

Destinación a ejercicios útiles, 

Aspiración fundada a la propiedad. 

El plan de la escuela que don Simón Rodríguez 
organizó en Chuquisaca, bajo la protección de Bo- 
lívar en 1826, acabará de aclarar sus ideas sobre la 
materia que nos ocupa, i servirá como de un ejem- 
plo a su doctrina. 

Reunióse en una casa cómoda i aseada (debe su- 
ponerse que es don Simón el que habla) a los niños 
pobres de ambos sexos. 

En esa casa, había piezas destinadas a talleres, 
que estaban surtidos de instrumentos i dirijidos por 
buenos maestros, 

Los varones debían aprender Jos tres oficios 
principales, albañilería, carpintería i herrería, por 
que con tierra, maderas i metales se hacen las cosas 
mas necesarias, i porgúelas operaciones de las artes 



— 301 — 

mecánicas secundarias dependen del conocimiento 
de las primeras. 

Las mujeres apremian los oficios propios de su 
sexo considerando sus fuerzas; se quitaban, por con- 
siguiente, a los hombres muchos ejercicios que 
usurpan alas mujeres. 

Todos debían estar decentemente alojados, vesti- 
dos, alimentados, curados, i recibir instrucción mo- 
ral, social i relijiosa. 

Tenían, fuera de los maestros de cada oficio, ins- 
pectores que cuidaban de sus personas i velaban 
sobre su conducta, i un director que trazaba el plan 
de operaciones i lo hacía ejecutar. 

Se daba ocupación a los padres de los niños re- 
cojidos si tenían fuerzas para trabajar; i si eran 
inválidos, se les socorría por cuenta de sus hijos: 
con esto; se ahorraba la creación de una casa para 
pobres ociosos, i se daba a los niños una lección 
práctica sobre uno de sus principales deberes. 

El capital invertido en el establecimiento era 
productivo. 

Cada alumno se reconocía deudor por los gastos 
que ocasionaba, i a cada uno se le llevaba una cuen- 
ta corriente. 

Al fin de cada quinquenio, se cargaban a los 
alumnos existentes a prorrata los gastos que habían 
costado los muertos e inválidos. 

Cuando los alumnos saliesen de la escuela, debían 
liquidarse sus cuentas; i cada uno debía pagar el 



— 302 — 

cinco por ciento hasta amortizar la cantidad que 
quedase debiendo. 

Estos intereses fo miaban un fondo que se desti- 
naba a auxiliar i socorrer a los miembros de aquella 
sociedad por corporaciones, luego que estuviesen 
establecidos i con una industria en ejercicio. 

De este modo, la escuela modelo de Chuquisaca 
debía enseñar a los niños bolivianos el trabajo, que 
procura la subsistencia del cuerpo, i la moralidad, 
que hace mirarse a todos los hombres como her- 
manos. 

He manifestado que a mi juicio el sistema polí- 
tico de Rodríguez no era aceptable. 

Es distinta mi opinión acerca de su sistema de 
educación, cuyas bases me parecen en jeneral mui 
razonables. 

Tres son las ideas principales que lo constituyen: 

Dirección esclusiva de la educación por el go- 
bierno; 

Educación jeneral, uniforme i forzosa para todos; 

Educación simultáneamente moral e industrial 
que perfeccione el alma i el cuerpo i dé alimento al 
espíritu i al estómago. 

Chile, la república hispanoamericana que se en- 
cuentra mas adelantada en instrucción pública, si 
bien no practica todavía esas tres ideas en toda su 
estensión, por lo menos las ha proclamado con al- 
o-unas modificaciones. 

Los artículos 153 i 154 déla constitución política 



— 303 ~ 

encomiendan al gobierno del estado la dirección i 
superintendencia de la educación pública. 

En Chile, el gobierno es el preceptor jeneral de 
los niños, como lo quería don Simón, pero con la 
diferencia de que la libertad de enseñanza ha sido 
al mismo tiempo respetada. 

El proyecto de lei presentado en 1849 al con- 
greso por el actual presidente de la república, en 
aquella época miembro de la cámara de diputados, 
reconoce el derecho a la enseñanza en todos los 
habitantes de este suelo. 

Sanciónense tanto ese derecho, como la obliga- 
ción correlativa en todo ciudadano de adquirir cier- 
to mínimo de instrucción; i se tendrá convertido en 
lei el segundo principio fundamental de Rodríguez. 

El preámbulo del proyecto citado indica igual- 
mente la necesidad de dar a la enseñanza una ten- 
dencia industrial i de comprender en ella ramos de 
aplicación que mejoren la condición material del 
pueblo; lo cual importa la enunciación del tercer 
principio de don Simón. 

En vista de tales hechos, puedo afirmar que el 
sistema de educación propuesto por el pensador 
venezolano, si no está realizado en Chile, por lo 
menos tiende a realizarse, 

Así una república electiva i alternativa está en 
camino de llevar a cabo lo que jamás habría podi- 
do ejecutar esa república vitalicia soñada por don 
Simón Rodríguez, 



M FEAKCISCO NUIEm MEMIBASCUMi 



Don Francisco Núñez de Pineda i Bascuñán me- 
rece tener su retrato en una galería de los literatos 
chilenos: primero, porque ha escrito la obra titulada 
El Cautiverio Feliz, que bajo su tosca corteza sumi- 
nistra algunos datos sobre los españoles i los indíje- 
nas de su tiempo; i segundo, porque él ha sido uno 
de los pocos poetas que han figurado en Chile du- 
rante la época colonial: rara ave canora estraviada 
en una floresta sombría, donde no se escuchaban 
otros gorjeos, que los silbidos del viento, los aulli- 
dos de las fieras i los gritos de combate. . 

Dejo la palabra al eminente historiador don 
Diego Barros Arana para que introduzca en la es- 
cena del mundo al autor cuyo nombre encabeza este 
artículo, i sobre cuyas composiciones métricas me 
propongo llamar la atención. 

«Don Francisco Núñez de Pineda i Bascuñán 
nació por los años de 1607, probablemente en la 
ciudad de Chillan, donde tenía residencia su fa- 
milia. Era su madre una señora principal apellidada 
Jotré de Loaísa, descendiente de uno de los mas dis- 
tinguidos conquistadores de Chile. Su padre, don 
Alvaro N~úñez de Pineda i Bascuñán, era un militar 



— 308 — 

español envejecido ea el servicio del rei durante mas 
de cuarenta años. Su nombre se encuentra consigna- 
do en los documentos referentes a la guerra arauca- 
na, i aún en los poemas en que esta guerra fue canta- 
da. Sirvió desde la edad de catorce años; desempeñó 
por mas de diez años el cargo de maestre de campo 
jeneral bajo la administración de cuatro gobernado- 
res; i solo se separó del servicio cuando la edad i 
los achaques consiguientes a sus heridas, le imposi- 
bilitaron para el servicio militar. A los sesenta i 
seis años, don Álvai'o se hallaba privado de un ojo 
e imposibilitado para andar por sus propias piernas. 
Entonces se retiró a Chillan para cuidar de la edu- 
cación de su familia». (1) 

El niño contaba sólo seis o siete años cuando su 
madre espiró. 

Don Alvaro no podía dejar a su hijo en un hogar 
desolado por la muerte. 

No podía abandonar tampoco el viejo tercio que 
comandaba para contener a los salvajes. 

En tal conflicto, tomó al muchacho consigo i le 
puso a estudiar en el convento establecido por los 
jesuítas en Arauco. 

El futuro poeta parece haber sufrido con bastante 
resignación el fallecimiento de la señora Jofré de 
Loaísa. 



(1) Diego Barros Arana, introducción a El Cautiverio Feliz, en el tomo 
III de la Colección de historiadores de Chile i documentos relativos a la 
historia naóimnat. 



— 309 — 

Por lo menos, años mas tarde esclamaba: 
«Dichosa pérdida cuando tuvo por ganancia la 
doctrina i enseñanza de la relijión sagrada de la 
Compañía de Jesús, madre tan piadosa de los fieles, 
como amada de los que tienen verdadero conoci- 
miento de su grandeza». 

El adolescente aprendió con perfección la lengua 
del Lacio, 

La posesión de ese idioma le permitió leer las 
obras de los clásicos latinos i las de varios padres 
de la iglesia. 

La casa poseía una biblioteca bastante regular. 

El aprovechado alumno permaneció hasta los 
diez i seis años en aquel claustro, donde las perso- 
nas que le conocían esperaban que hubiera profe- 
sado. 

Comenzaba a cursar la filosofía, cuando se vio 
forzado a poner punto final a sus estudios. 

Don Alvaro Núñez de Pineda i Bascuñán tuvo 
dos fundamentos para sacarle del colejio. 

Fue el primero «ciertos juveniles desaciertos (es- 
presa el hijo) que suelen servir de escollos que obli- 
gan a amainar las velas al injenio que con mas 
pompa i lucimiento surca el inmenso mar de la sa- 
biduría» . 

¿Sería alguna aventura de amor? 

Es probable. 

El fuego de la pubertad i el espejismo de la ima- 
jinación en esa época crítica de la vida le hicieron 



— 310 — 

acaso dar algunos traspiés o cometer algunas faltas, 
de que mui luego debió de arrepentirse, 

Fue el segundo el deseo vehemente de que el 
mozo, como vasallo leal, empezara a pagar su con- 
tinjente de sangre en la perdurable guerra de 
A rauco. 

El maestre de campo jeneral se hallaba postrado 
en cama, con un ojo menos, con las piernas tullidas, 
imposibilitado para el servicio por la ancianidad i 
los achaques. 

¿Por qué el hijo no ocuparía su puesto? 

Cuando cae un árbol secular, los retoños lo reem- 
plazan. 

El discípulo de los jesuítas pasó a ser militar, 
trocando la tranquilidad del claustro por el bullicio 
del campamento. 

Se incorporó en el ejército como soldado, i ascen- 
dió a capitán en el tercio de San Felipe de Austria. 

Desde el momento en que empuñó la pica, su 
existencia fue la antítesis de. lo que antes era. . 

Hubo para él días sin comer, noches sin dormir, 
emboscadas, combates, arcabuzazos, lanzadas, he- 
ridas, matanzas. 

Enfermó; i pidió licencia para ir a curarse a la 
c/isa paterna, de donde volvió -para continuar la 
campaña sin fin. 

La táctica de los bárbaros consistía en atacar 
sorpresivamente ya un punto, ya otro, situado a 
una distancia enorme. 



— 311 — 

Montados en sus caballos en pelo pasaban como 
el huracán. 

Pobres de los objetos que se encontraban bajo 
las patas de sus corceles: rnieses u hombres. 

En abril de 1629, el toqui Lientur devastó las 
cercanías de Chillan; derrotó la tropa que intentó 
resistirle, habiendo sucumbido en la refriega el co- 
rrejidor, su hijo, su yerno i varios soldados; cortó 
las cabezas de los cadáveres que clavó, como trofeos, 
en las puntas de las lanzas; i saqueó los fundos in- 
mediatos, cuyos ganados arrastró consigo como es- 
pléndido botín arrancado a los aborrecidos conquis- 
tadores. 

Aquel ataque súbito i salteo magno causaron 
honda sensación en todo el país. 

El presidente, gobernador i capitán jeneral don 
Luís Fernández de Córdoba conferenció con varios 
sujetos entendidos i prácticos para arbitrar el jiro 
que debía darse a la guerra ofensiva contra los 
araucanos. 

Uno de los individuos a quienes visitó con tal 
objeto, fue don Alvaro ISTúüez de Pineda i Bas- 
cuñán. 

El maestre de campo recibió al jefe del estado 
con todo el acatamiento debido. 

La conferencia tomó, sin embargo, a la postre, un 
tono áspero i desabrido. 

El presidente preguntó al anciano mutilado i 
paralítico: 



— 312 — 

— ¿Qué pensáis .de la lucha empeñada con los in- 
dios? 

El veterano contestó sin vacilar: 

— Por ahora, mucho mal i poco bien. 

— Me parece que estáis equivocado. El tercio de 
San Felipe de Austria basta para debelar a los re- 
beldes. 

—No pienso tal. Ese cuerpo deja mucho que 
desear: está incompleto; carece de armas; no tiene " 
disciplina. 

— Habláis como un viejo que mira con ceño adus- 
to lo moderno. 

— Podría contestar que en la guerra no conviene 
proceder con la soberbia de un mozo que desprecia 
como una chochez la voz de la prudencia; pero me 
abstengo de hacerlo, porque no quiero ofenderos i 
os deseo toda especie de prosperidades. 

En la confianza, estaba el peligro. 

En 15 de mayo de 1629, los araucanos i los es- 
pañoles tuvieron un í'eíiido combate en el lugar de- 
nominado Las Cangrejeras, en el cual los segundos 
llevaron la peor parte. 

El tercio de San Felipe de Austria fue comple- 
tamente destrozado. 

El presidente don Luís Fernández de Córdoba 
notició el descalabro a don Alvaro Núñez de Pineda 
i Bascuñán en la carta que copio a continuación: 

«Señor maestre de campo jeneral Alvaro Nuñez 
de Pineda: 

«Aquí he llegado a este tercio de San Felipe de 



— 313 — 

Austria con harto sentimiento i pesar mío por la 
desgracia i pérdida que en él he hallado de mas de 
cien hombres, i entre ellos, el señor capitán don 
Francisco de Pineda, que no parece, aunque se ha 
hecho particular dilijencia de buscarle entre los 
cuerpos muertos; conque se presume que irá vivo; 
i si lo va, tenga Vuestra Merced por cierto que 
haré todas cuantas dilijencias fueren posibles para 
que Vuestra Merced le vuelva a ver a sus ojos; que 
la desgracia suya es la que mas he llegado a sentir 
por lo que le estimaba i quería, i por el pesar tan 
justo que Vuestra Merced tendrá: no hai sino es 
encomendarle a Dios, que yo de mi parte no cesaré 
de hacer mis poderíos para saber si va vivo i poner 
todo mi esfuerzo por librarlo, antes que yo deje este 
gobierno; i tome Vuestra Merced esta palabra de 
mí, a que no faltaré, con todas veras, poniéndolo 
principalmente en las manos de Nuestro Señor, el 
cual guarde a Vuestra Merced muchos años, i le dé 
el consuelo que deseo. 

«Don Luís Fernández de Córdoba i Arcéfr. 

Esta carta recibió la siguiente respuesta: 

«Señor presidente: 

«Cuando pase a servir al Rei, Nuestro Señor, a 
mi hijo Francisco en tiempo de tantos infortunios 
i trabajos, fue con esa pensión; i yo no puedo tener 
mas gloria que él: haber muerto en servicio de Su 
Majestad, a quien desde mi niñez he servido con 

todo amor i desvelo. No he llegado a sentir tanto 

40 



— 314 — 

su pérdida, cuanto que, en la ocasión que a Vuestra 
Señoría dije i supliqué que reparase ese tercio para 
lo sucedido, me respondió que era mui a lo viejo. 
Paróceme que no va sucediendo mui a lo mozo. 

«Dios guarde a Usía como puede etc. 

«Alvaro Núñez de Pinedas. 

El capitán don Francisco Núñez de Pineda i 
Bascuñán había caído en el campo de batalla herido 
i contuso. 

Durante algún tiempo, se le tuvo por muerto. 

Uno de los vencedores, Maulicán, cacique de 
Repocnra, notó que respiraba i le tomó prisionero. 

Cuando los indios supieron que el cautivo era el 
primojénito de don Alvaro, su enemigo mortal, qui- 
sieron vengarse de éste i exijieron que se matase al 
joven para arrancarle el corazón i comérselo palpi- 
tante. 

¡Qué fiesta! ¡Qué manjar! 

La demanda fue unánime; la gritería, inmensa. 

El aprehensor, aunque intrépido como Lautaro, 
era prudente como Colocólo. 

Al principio, finjió acceder a la petición de sus 
conmilitones; pero supo aplazar el cumplimiento 
para resistir en tiempo oportuno. 

Maulicán se retiró a su tierra, situada en las in- 
mediaciones de la Imperial, so protesto de mostrar 
el cautivo a su padre; pero, en realidad, para escon- 
derle entre las breñas i bosques del apartado lugar. 



— 315 — 

Los indíjenas no pudieron resignarse a perder su 
víctima. 

Ofrecieron comprarla; pero el dueño rehusó ven- 
derla. 

Intimaron que la arrebatarían por la fuerza, pero 
el requerido despreció las amenazas. 

Acaso se dirá que el arrestado cacique esperaba 
que los españoles habían de darle un magnífico res- 
cate que compensase sus molestias i peligros. 

Está bien; pero, así i todo, la verdad es que el 
prisionero le debió la vida. 

í)on Francisco Núñez de Pineda i Bascufián lo 
creía firmemente. 

No tardó en manifestarle su gratitud. 
El alumno de los jesuítas hacía versos. 

La juventud i la lectura de ios poetas habían 
despertado su estro. 

Uno de sus primeros cuidados fue rimar una 
composición en elogio de su denodado protector. 

ROMANCE 



En agradecimiento a MauHe.ín mi amo, debido a sus agasajos 
i corteses acciones 

Estas mal medidas letras, 
que de un pecho ardiente salen, 
mi agradecimiento ofrecen 
a tí, valeroso Atlante. 



— 316 — 

En la guerra batallando, 
mal herido en el combate, 
desmayado i sin sentido, 
confieso me cautivaste. 

La fortuna me fue adversa, 
si bien no quiero quejarme, 
cuando tengo en tí un escudo 
para mi defensa grande. 

En la batalla, adquiriste 
nombre de esforzado Marte, 
i hoi con tu cortés agrado 
eternizarás tu sangre; 

Porque el valor i el esfuerzo, 
a que asiste lo agradable, 
no han menester mas crisol 
para mostrar sus quilates. 

Cautivo i preso me tienes 
por tu esfuerzo; no es dudable; 
mas con tu piadoso celo 
mil veces me aprisionaste. 

Mas podré decir, que he sido 
feliz cautivo en hallarme 
sujeto a tus nobles prendas, 
que son de tu ser esmalte. 

Vivas, señor, muchos años, 
a pesar de los cobardes, 
que, como émulos, se oponen 
a tus acciones loables. 



— 317 — 

Uno de los regocijos del prisionero era observar 
los espléndidos paisajes que a cada paso se le pre- 
sentaban. 

El espectáculo de la yerba, la floresta, los valles, 
las quebradas, los cerros, le deleitaban; pero mui 
luego el recuerdo de su situación presente, lejos de 
su padre, sus amigos, sus compatriotas, i cerca de 
la muerte, le sumerjía en profunda tristeza. 

Su pincel, sin embargo, era impotente, i su palé • 
ta escasa, para pintar con brillante colorido los 
cuadros que se ofrecian a sus ojos. 

Léase la siguiente descripción de un aposento 
a que servían de paredes unas piedras i de techo 
las copas de dos árboles, por entre cuyos troncos 
se deslizaba un manso arroyo: 

A UNA FUENTE 

Entre marmóreos riscos, 
cuyas guirnaldas verdes Febo dora 

de famosos lentiscos, 
principio cuyo humildemente adora 

una fuente risueña, 
que por regar sus plantas se despeña, 

Formó naturaleza 
de brutescos peñascos aposento, 

con tanta sutileza, 
que suspensión causara al mas atento 

por ver que sus honduras 
labran techumbres para SU9 alturas. 



— 318 — 

Pabellones copados 
a aquesta cumbre sirven de edificio, 

con arte orijinados 
de dos firmes columnas, que el bullicio 

de aquel cristal corriente 
los sublimó por cima de su frente. 

Al son de sus corrientes 
imitadoras lágrimas envía 

Fenicio, viendo ausentes - 
los bienes que en un tiempo haber solía; 

que siempre el desdichado 
jamás conoce el bien, si no ha pasado. 

La prosa del padre Alonso de Ovalle en su His- 
tórica Relación del reino de O hile es mas poética 
que los versos de don Francisco Núñez de Pineda 
i Bascuñán. 

Siempre recuerdo como una miniatura bien eje- 
cutada la siguiente descripción de una fuente que 
el jesuíta chileno traza en su citada obra. 

Pintando un manantial existente en Bucalemu, 
dice a este respecto: 

«Nace esta fuente en un vallecito llano i apacible 
que hacen las vertientes de una quebrada, que dista 
del mar una legua, i brota entre arena blanca i clo- 
rada a borbotones con la mesma arena, como si 
estuviera hirviendo al calor de algún fuego que es- 
tuviera debajo; i.'es cosa admirable que, si echan 
alguna rama sobre el agua, parece que se enoja, i 
que con una oculta impaciencia se inquieta i hierve 
eon mas fuerza por tragársela; i es así que, saltando 



— 319 — 

contra la rama, la embiste una i muchas veces, i 
dándola uno i otro encuentro, últimamente se la 
traga, i esconde donde no parece mas; i si una tarde 
entera le están echando flores o ramas, hace con 
todas lo mesmo, sin que sepamos que se hace de 
cuanto va sorbiendo». (1) 

A la mañana siguiente del día en que visitó el 
aposento de piedra, don Francisco Núñez de Pineda 
i Bascuñán tradujo el salmo VI: 

Que no me arguyas pido. 
Señor, a tu grandeza: 
ni. en tu rigor airado, 
me pidas larga cuenta, 

Habe misericordia 
de mi flaca miseria; 
sana los huesos duros 
que con culpas se mezclan. 

El ánima turbada 
está con tal violencia, 
que faltan los sentidos, 
¿i tú, Señor, me dejas? 

Trueca mis pensamientos, 
i líbrame con fuerza. 
Por tu misericordia, 
sáname la conciencia. 



(1) Alonso de Ovallc. Histórica relación del reino de Chile, libro I, :a- 
pítulo 12, 



— 320 — 

Porque no hai quien se acuerde 
de tí en la muerte eterna, 
¿i quién en el infierno 
alabará tu alteza? 

Trabajando en mi llanto, 
adornaré mis mesas; 
i al lecbo que me ampara 
daré lágrimas tiernas. 

Las luces perturbadas 
con el furor se muestran, 
que, entre mis enemigos, 
me envejecieron penas. 

Los que obráis insolentes 
quitad de mi presencia, 
porque el Señor del mundo 
ha escuchado mis quejas. 

Oyó mis rogativas, 
admitió mis promesas, 
porque las oraciones 
sus sentidos penetran. 

Todos mis enemigos 
avergonzados sean; 
conviértanse veloces; 
i ríndanse con fuerza. 

Gloria demos al Padre 
i al hijo de su diestra, 
con el Espíritu Santo, 
que para siempre reinan. 



— 321 — 

Un poeta chileno, Pedro de Oña, anterior al de 
que trato, sostenía que nadie, por abatido que es- 
tuviese, debía vender la saya verde de la esperan- 
za, porque siempre había ocasión de usarla. 

La variación es la lei del j enero humano. 

Ajitado por el mismo sentimiento, don Francis- 
co Niiñez de Pineda i Bascuñán imploraba la for- 
tuna para que volteara su rueda, como un niño- 
hace mover el arco con que juega. 

Los felices del mundo habrían querido inmovili- 
zarla o clavarla para siempre. 

A LA INCONSTANTE FORTUNA 

Rueda, fortuna, no pares 
hasta volver a subirme; 
porque el bien de un desdichado 
en tu variedad consiste. 

Un tiempo me colocaste 
con las estrellas mas firmes; ' 
i ahora me tienes puesto 
en la tierra mas humilde. 

Entonces me vi tan alto, 
que me pareció imposible 
ver mis glorias humilladas 
a los pies de quien las pise. 

Tan dichoso fui en un tiempo, 
que me diste lo que quise; 
i hoi te me muestras contraria, 
quitándome lo que diste, 

41 



X 



— 322 — 

Tu natural inconstante 
con varios efectos vive, 
abatiendo al que merece, 
sublimando al que no sirve. 

Si tu inconstancia ignorara, 
quejarme fuera posible; 
pero es forzoso que ruedes 
cuando con tu ser te mides. 

La esperanza me sustenta 
de ver que, cuando me aflijes, 
tanto mas cerca me hallo 
de la gloria que me impides. 

Que no pares en mi daüo 
la rueda, quiero pedirte; 
porque es mi dicha tan corta, 
que presumo ha de estar firme. 

El día que el cautivo se vio forzado a dejar el 
traje español para vestirse uno indiano, se puso a 
llorar. 

Mirándose descalzo de pies i desnudo de piernas, 
se consideró infamado. 

¡Qué decadencia para un joven que había pen- 
sado llegar a tener los astros bajo sus plantas! 

Don Francisco Niiuez de Pineda i Bascuñán 
conocíaj no solo los poetas latinos, sino también los 
castellanos. 

Hemos visto que había escrito en liras una com- 
posición a una fuente. 



— 323 — 

Hilvanó ahora un soneto para lamentar esa mu- 
danza de vestido que le aproximaba a la barbarie. 

¿Soi el dichoso yo, soi por ventura 
quien debajo del pie tener solía 
lo mas sublime que corona el día, 
teniendo en poco la mayor altura? 

¿Soi a quien jamás vio la desventura, 
por ver que con el cielo competía 
mi loco pensamiento, i que a porfía 
encumbrarse soñaba sin mesura? 

Yo soi; mas ya no soi, que el tiempo mueve 
lo que firme parece al pensamiento, 
pues vemos que al mas alto se le atreve. 

Ninguno en su vital estribe aliento, 
ni piense que la gloria se le debe 
hasta que tenga el fin feliz asiento. 

La situación del poeta era angustiosa por demás. 
Estaba husmeado, acechado i perseguido por fie- 
ras de figui-a humana, que se manifestaban sedien- 
tas de su sangre i hambrientas de su carne. 

Se comprende fácilmente que todos sus pensa- 
mientos i versos se refieran al mismo asunto. 

ROMANCE 

Dejadme, imajinaciones, 
dejadme llorar un rato. 
Veré si llorando puedo 
dar a mi pena descanso- 



_ 324 — 

Dejad que mis claras luces 
despidan de sí cuidados, 
que talvez al pecho aflijen 
si quiere disimularlos. 

I pues estáis ojos míos, 
tan llenos de pena i llanto, 
desaguad por esas fuentes 
el mar que os tiene anegados. 

Dejad que se precipiten 
esos arroyos colmados 
para que con su avenida 
salgan pensamientos varios. 

Con valeroso denuedo 
arrojadlos al naufrajio, 
que talvez al atrevido 
le favorecen los hados. 

Al prudente sufrimiento 
se sujetan los contrarios. 
Sufrid, que todo lo vence , 
el tiempo con darles vado. 

I pues Jeremías fuisteis 
en lo aflijido i llorado, 
sed Job en tener paciencia, 
que en ella hallareis el lauro. 

Mas no me admiro lloréis, 
pues con eso halláis descanso, 
que es propio del aflijido 
mitigar su mal llorando. 



— f325 — 

: ¿ Don Francisco ISÍúñez de Pineda i Bascuñán 
había conservado en el cuartel i en el campamento 
todas las prácticas relijiosas que había observado 
en su niñez i en su adolescencia. 

Era lo que se llama un soldado devoto. 

Llevó después esas mismas prácticas i oraciones 
a los bosques del sur. 

Profesaba un afecto especial a la Vírjen del Pó- 
pulo, existente en la casa de residencia de los jesuí- 
tas en Arauco, la cual tenía la peculiaridad de se- 
guir con los ojos al espectador desde cualquier lugar 
que éste pudiese contemplarla. 

La imajen se asemejaba en este punto al cuadro 
que representaba a Jesús con la cruz a cuestas, i 
que se hallaba colocado en un nicho en la calle de 
la Bandera en Santiago a espaldas de la Catedral. 

El cautivo no podía olvidar en sus tribulaciones 
a su abogada e intercesora. 

Á LA SANTÍSIMA VIRJEN 

Son las selvas hermosas; 
hermosos son los prados i riberas: 
i las flores vistosas 
hermosísimas son en primaveras. 
En lo verde, las gramas son primeras, 
si no son olorosas; 
i las piedras preciosas 
hermosas también son; i en sus esferas, 
los astros son hermosos; i eslo el día. 
Mas vos, Virjen María, 
sois mas bella, que el sol i las estrellas, 



-~ 326 — 

pues solo vuestras huellas 

exceden la hermosura de los prados, 

atrepellan las flores 

perdiendo sus colores, 

i los astros parecen desmayados, 

porque vos, Virjen pura, 

el non plus ultra sois de la hermosura. 

La instancia del presidente i la solicitud de don 
Alvaro consiguieron que el cautivo fuera puesto en 
libertad, mediante un valioso rescate, que compren- 
día, entre otras cosas, la restitución de varios caci- 
ques prisioneros. 

El 29 de noviembre de 1G29, don Francisco Nú- 
ñez de Pineda i Bascuñán llegó a los muros del 
fuerte Nacimiento, donde fue recibido con salvas 
de mosquetería, arcabucería i artillería. 

Estaba en libertad. 

Su primera dilijencia fue entrar en la iglesia. 

Besó su umbral, abrazó sus pilares, puso los la- 
bios i frente en su pavimento i en las gradas del 
altar. 

Oyó en seguida con el mayor fervor una misa 
cantada. 

Acto continuo se dirijió a la casa del jefe del 
fuerte, donde cambió su grosera vestimenta de in- 
dio por un uniforme bien aderezado, un coleto de 
ante bien guarnecido, espada i daga al cinto; i lo 
demás necesario para su adorno i lucimiento, según 
su grado. 



Compuso, por último, un soneto a la Virjen de- 
Rosario en acción de gracias por hallarse en tierra 
de cristianos. 

¿Quién hai, Señora, que valerse quiera 
de vuestro santo nombre, que no alcance 
con lágrimas orando al primer lance 
lo que imposible al tiempo pareciera? 

¿Quién hai que en vuestras manos se pusiera, 
Virjen sagrada, en peligroso trance, 
que en el mayor trabajo no descanse, 
i su esperanza fin dichoso adquiera? 

Bien manifiesto está en mi larga suerte, 
pues que, entre tantos bárbaros contrastes, 
quisisteis libertarme déla muerte. 

Gracias os doi ya fuera de debates, 
estimando el favor, i si se advierte, 
jamás imajinado entre rescates. 

El 7 de diciembre, don Francisco Núcez de Pi- 
neda i Bascuñán llegó a Chillan para abrazar a don 
Alvaro que, agobiado por la vejez i las enfermeda" 
des, no había podido ir a recibirle. 

El 8, día de la Virjen, el padre i el hijo se con- 
fesaron i comulgaron devotamente. 

El joven reverenciaba a su projenitor, a quien 
procuraba imitar en todo. 

Movido por ese afecto entrañable, escribió, o por 
lo menos trascribió, en loor del anciano, la siguiente 
composición; 



328 



ROMANCE 

Al maestre de campo jeneral don Alvaro Núñez de Pineda, a su grande 
opinión i a lo que obró en servicio de Su Majestad en la guerra de 
Chile 

Tanto por tus claros hechos, 
valeroso Alvaro Núñez, 
cuanto por su noble sangre, 
son los Pinedas ilustres. 

De cuantos venera el tiempo 
capitanes andaluces, 
tus mas comunes hazañas 
no son ejemplos comunes. 

A tu dichosa esperiencia 
Chile su paz atribuye, 
pues no hai juntas con tu nombre 
que Su Majestad no turbe. 

Aun cuando mas impedido, 
tanto a tu nobleza acude, 
que, en fe de que vives, mueren 
los mas terribles gandules. 

Tan aventajadas suertes 
solo en tu valor concurren, 
que, como a la suya el fuego, 
a la quinta esfera suben. 

Tú solo ufano pudiste 
hollar la difícil cumbre 
de los trabajos chilenos,' 
que a los mas hombres consumen. 



— 329 — 

Tú solo ser rayo ardiente 
en sangrientos avestruces, 
que. sustentados con yerro, 
innumerables incluyen. 

Tus peregrinas proezas 
no es menester que pregunten, 
que son tales que no hai 
envidioso que las dude. 

Para contadas es breve 
el mas crecido volumen, 
pues no hai voz que las publique, 
ni olvido que las oculte. 

El premio de tus servicios 
al supremo rei incumbe, 
que quien defiende su lei 
es bien que a su laclo triunfe. 

Inmortal quede Sevilla, 
pues tanto valor produce, 
que en el reino mas remoto 
sus maravillas esculpe. 



En cantar tu invicto brazo, 
heroicos cisnes se ocupen, 
que no es calva la ocasión, 
aunque cortés la descubres. 

Don Francisco Núñez de Pineda i Bacuñán 
asienta que estos versos fueron compuestos por un 

42 



— 380 — 

gránele injeniq, ilustrado en letras divinas i huma- 
nas; pero tampoco es descaminado presumir que tal 
afirmación solo ha tenido por objeto quitar la tilde 
de parcialidad a las alabanzas. 

El lector posee todos los datos existentes para 
fallar la cuestión. 

Así como en la escritura, la forma de la letra 
permite a veces conocer la mano que la ha trazado; 
así también en literatura, el estilo deja barruntar 
el nombre del autor. 

El capitán escapado de la caverna araucana volvió 
a servir en el ejército, en el cual alcanzó el grado 
de maestre de campo jeneral. 

Se casó, i tuvo muchos hijos. 

Vivió i murió pobre. 

Don Francisco Núñez de Pineda i Bascuñán ha 
consignado todas sus aventuras en un libro titulado 
El Cautiverio Feliz, que solo vino a imprimirse en 
1863 en la Colección de historiadores de Chile i do- 
cumentos relativos a la historia nacional, en la cual 
forma el tomo III. 

Termina su obra con un soneto a la Virjen en el 
día de su pura i limpia Concepción, i con un roman- 
ce laudatorio a Nuestra Señora de las Nieves, que 
no copio por ser demasiado largo. 

El autor concluyó su obra el año de 1673. 

El Cautiverio Feliz es una producción de lectura 
pesada e indijesta; pero que puede suministrar al- 
gunos datos curiosos sobre la condición de los indi- 



— 331 — 

jenas, la vida de los españoles i las relaciones de 
éstos coa aquéllos. 

Nótanse, en el relato i discusión, el amor de los 
vasallos al reí i el odio de los mismos al mal go- 
bierno. 

El segundo sentimiento debía prevalecer al cabo 
sobre el primero. 

El monarca, cuyo trono se levantaba a millares 
de leguas de la colonia, no quería, i acaso no podía, 
reformar los abusos que cimentaban su dominio, i 
que los empleados estaban interesados en mantener. 

El defecto capital del libro consiste en la exhu- 
berancia de citas de santos padi'es, las cuales no 
tienen conexión estrecha con la narración i habrían 
podido amputarse como excrecencias que afean sus 
pajinas i molestan al lector. 

Si se hubiera cercenado ese lujo de pedantería, i 
se hubieran omitido algunos hechos pueriles e in- 
sulsos, la relación habría ganado en amenidad sin 
perder su solidez. 

Así i todo, hai bastante que estudiar i aprender 
en ese fárrago. 

El Cautiverio Feliz semeja un terreno ingrato i 
árido de cuya tierra i arena pueden estraerse algu- 
nas pepitas de oro. 

Yo me he limitado esclusivamente a cojer algunas 
florecitas para formar un ramillete. 

Se argüirá que las tales florecitas carecen de color, 
de fragancia i de ambrosía. 



— ; 332"— 

No lo niego; pero ellas han sido plantadas en 
nuestro suelo por un compatriota nuestro. 

No están marchitas, sino secas: algunas tienen 
dos siglos. 

Guardémolas por ser nuestras en un herbario. 



DON BERNARDO DE TERA I PINTADO 



El personaje a quien se refieren los apuntes que 
van a leerse, fue uno de los que mas activamente 
prepararon e impulsaron el movimiento revolucio- 
nario que principió en 1810, i que trajo por resul- 
tado la independencia de Chile. 

En esa época, tan famosa en la historia hispano- 
americana, el protagonista de mi narración cumplía 
treinta años de edad, esto es, llegaba al período de 
la vida humana en que el hombre alcanza de ordi- 
nario la plenitud de sus facultades. 

La casualidad hacía que el héroe de esta biogra- 
fía pudiera entrar armado de todas sus fuerzas en 
la lucha memorable que debía convertir en naciones 
soberanas i llenas de esperanzas a las pobres colo- 
nias que crecian raquíticas i macilentas a la sombra 
de la bandera de Castilla. 

Don Bernardo de Vera i Pintado había nacido 
allende los Andes en 1780, a las márjenes del Pa- 
raná, en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, 
siendo sus padres don José de Vera i Mujica i doña 
María Antonia López Almonacid Pintado. 

Se trasladó a nuestro país en 1799, cuando vino 
de gobernador i capitán jeneral de Chile don Joa- 



— 336 — 

quín del Pino, que estaba casado con una hermana 
de su padre. 

La protección de tan encumbrado patrono le 
había durado poco. 

Al cabo de unos tres años, Pino había sido pro 
movido a virrei de Buenos Aires, a donde Vera 
rehusó seguirle, prefiriendo quedarse en Santiago. 

Es el caso que aquel joven, a pesar de ser es- 
tranjero i sin relaciones de familia en nuestra so- 
ciedad, había sabido adquirirse en ella una grande 
i merecida influencia. 

Voi a esplicar cómo. 

Así como don Bernardo de Vera se distinguía 
de sus contemporáneos en lo físico por un color 
albino, que llamaba la atención de cuantos le mira- 
ban en una esmarca donde tal color era desconocido, 
así se distinguía también de ellos en lo moral por 
la excelencia i cultivo de su entendimiento, que 
eran singulares. 

Había principiado su educación en la universidad 
de Córdoba, esa Salamanca de la América Espa- 
ñola, durante el período colonial, donde había me- 
recido ser llamado en estilo ecolástico el Fénix del 
ergotismo cordobés, i había venido a concluirla en 
la de San Felipe con no menor brillo hasta gra- 
duarse de doctor en teolojía i en leyes. 

Los individuos de aquellos tiempos apartados que 
aún viven, cuando quieren manifestar, por no con- 
fesarse inferiores en nada a sus nietos, que la cul- 
tura intelectual de la época del presidente don Luís 



— 337 — 

Muñoz de Guzmán, no era tan despreciable como 
ahora se pretende, recuerdan todavía con compla- 
cencia que, habiéndose mandado proveer por real 
cédula todas las cátedras de la universidad de San 
Felipe, hubo una persona, que fue el doctor Vera, 
capaz de hacer oposición a todas ellas, teolojía, le- 
yes, cánones i artes, i lo que es mas, de arrancar 
unánimes aplausos en los diversos actos que tuvo 
que desempeñar con dicho objeto. 

Evidentemente; tal aserto es una hipérbole; pero 
pone de relieve el alto concepto de que gozaba el 
preclaro catedrático. 

Don Bernardo de Vera i Pintado, a mas de ser 
famoso en la universidad i en el foro, era acatado 
en las reuniones, tertulias i banquetes. 

Su entendimiento espontáneo i lleno de erudición 
le permitía hablar de las materias mas arduas con 
los políticos, jurisconsultos i teólogos; su alma ar- 
diente i poética le excitaba a entrar en sabrosas 
pláticas con las damas; i su espíritu jovial i donai- 
roso le hacía el promotor del contento en la mesa 
del festín. 

Para completar el retrato del doctor Vera, debo 
advertir que su popularidad e influencia en Santiago 
resultaban, no solo de las sobresalientes dotes de 
su intelijencia, sino también de las prendas de su 
carácter jeneroso, franco i servicial. 

No contaba para sostenerse mas que con los pro- 
ductos de la profesión de abogado que ejercía; pero 

43 



— 338 — 

sin embargo, era sumamente desinteresado con sus 
clientes. 

«No solo servía gratuitamente a cuantos le ocu- 
paban en su oficio, si le decían que no tenían como 
pagarle (escribe don Joaquín Campino en una ne- 
crología que publicó a los pocos días de haber muerto 
Vera), sino que se hacía el ájente, procurador i pa- 
trono de todos los miserables que imploraban su 
protección, haciendo los costos procesales de su 
propia bolsa». 

La opinión de un hombre de tales condiciones 
debía por necesidad ser mui atendida entre sus 
contemporáneos, que le eran naturalmente adictos 
por admiración a su talento, o por gratitud a sus 
servicios. 

Don Bernardo de Vera era uno de los que creían 
ya en aquella época que el sistema colonial de Es- 
paña pecaba por absurdo i perjudicial a todas luces 

para los criollos. 

Mui ligado con los patriotas de Buenos Aires, en- 
tre los cuales se contaba su primo político, el des- 
pués tan célebre don Bernardino Rivadavia, man- 
tenía con ellos una correspondencia sostenida i les 
servía de intermediario con los patriotas chilenos. 

Al mismo tiempo, aunque por lo bajo, atizaba el 
descontento, i procuraba sacar provecho en favor 
de su causa de las circunstancias difíciles en que la 
invasión francesa colocaba a la metrópoli. 

Dando rienda a sus inclinaciones satíricas, no 
desperdiciaba oportunidad de ridiculizar al arrog 



— 339 — 

te virrei don Fernando Abascal i al menguado pre- 
sidente de Chile don Francisco Antonio García 
Carrasco, propagando así, entre burlas i chistes con- 
tra los funcionarios españoles, las ideas revolucio- 
narias que tan serias consecuencias debian producir. 

El gobierno no tardó en notar el papel de ajitador 
que había tomado Vera, quien iba de casa en casa, 
a manera de gaceta viva, para esparcir noticias i 
promover discusiones desfavorables a las autorida- 
des reales; i naturalmente le colocó uno de los pri- 
meros en la lista de los díscolos, a quienes era me- 
nester vijilar. 

Es sabido que en mayo de 1810, el presidente 
Carrasco se lisonjeó de poner fin a la ajitación pú- 
blica con la prisión de los vecinos a quienes consi- 
deraba como los principales autores de ella. 

Como puede suponerse, don Bernardo de Vera 
fue contado en ese número, i trasladado junto con 
otros dos sujetos respetables a uno de los castillos 
de Valparaíso. 

Cuando Vera se vio encerrado en un calabozo, 
guardado de vista por un centinela, i acusado de 
traidor al soberano, tuvo miedo. 

Su imajinación de poeta, turbada por las visiones 
pavorosas que habitan en la oscuridad de las cárce- 
les, desplegó ante sus ojos el mas triste i sombrío 
porvenir. 

Para concebir la congoja de Vera en la prisión, 
es preciso trasportarse a aquella época, i recordar 
que entonces la simple sospecha de ser alguno in- 



— 340 ■=- 

clinado a novedades políticas, era mil veces mas pe- 
ligrosa que hoi día la de ser luterano o panteísta. 

El detenido veía trocarse su hogar doméstico, 
donde saboreaba las dulzuras de marido i de padre, 
i donde esperimentaba todas las delicias del estu- 
dio, por un estrecho calabozo, donde no había mas 
que sinsabores i vejaciones. 

Su posición ventajosa de abogado con crédito i 
clientela había pasado a ser la suerte nada envidia- 
ble de un reo de estado en una colonia donde la 
voluntad del monarca era la lei suprema. 

El aprecio social de que gozaba, iba a convertirse 
en la reprobación ostentosa que la jente timorata 
manifiesta a un traidor. 

La contemplación de una mudanza tan rápida i 
tan radical en su fortuna perturbó su criterio. 

Bajo el imperio de tales impresiones, escribió, 
con fecha 13 de junio de 18 1 0, a un alto potentado, 
una carta para disculparse e interesarle en su favor. 

Después de haber dado esplicaciones sobre los 
hechos que en su concepto debian haberle ocasio- 
nado la persecución que sufría, termina su esposi- 
ción con los siguientes trozos oratorios que descu- 
bren la ajitación de su ánimo: 

«¡Oh Dios inmortal que me oyes, i ves mi cora- 
zón poseído. de los sentimientos mas dignos del mas 
fiel vasallo! ¡Oh rei mío, a quien amo, e imito en la 
prisión no merecida! auxiliadme i confortad mi es- 
píritu para que no desespere o pierda la razón! 

«Me contentaré con una providencia que salve 



— 341 — 

mi honor, i la nota a mi hija de serlo de un reo de 
estado. ¡Oh Dios! ¡reo de estado! Haced, señor, que 
conozcan mi inocencia, i que no me consuma la con- 
templación de ser sin culpa el objeto de los juicios 
arbitrarios del vulgo, i de la posteridad que me 
confundirá con los delincuentes. 

«Señor, yo no sé lo que escribo; mi cabeza se 
desvanece; son ya las tres de la mañana; acuérdese 
usted de quién es, de quién soi; i, después de tener 
la gloj'ia de salvar a un inocente, tendrá en él un 
esclavo de su agradecimiento, o un amigo sin la 
infamia que hoi le cubre i horroriza». 

¡Qué lección tan provechosa contienen los pasa- 
jes que acaban de leerse! 

El suceso que Vera, encerrado en uno de los ca- 
labozos del castillo de Valparaíso, juzgaba una in- 
famia, ha llegado a ser su gloria. 

El no haber sido fiel vasallo, i sí buen ciudadano, 
es lo que le ha valido que su memoria sea venerada, 
i que su nombre sea inscrito en los trofeos de las 
fiestas' nacionales. 

Su hija, en vez de tener a mengua el deber la 
existencia a tal reo de estado, esto es, a uno de los 
fundadores de la república chilena, no querría 
cambiar ese bello título por el de hija de un corte- 
sano, aunque fuera conde o marqués. 

El mismo don Bernardo de Vera ha contradicho 
los falsos conceptos en que se calumniaba a sí mismo 
en su carta de 13 de junio de 1810 por éstos cier- 



— $42 — 

tamente mas verdaderos del himno que compuso 
en 1812 para la primera celebración del 18 de se- 
tiembre: 

Las jeneraciones 
nos bendecirán, 

cuando a nuestro esfuerzo 
libres se verán. 

De padres a hijos 
la voz pasará; 
i esta noble historia 
¡qué honor nos hará! 

El mismo, cuya mano no temblaba al escribir el 
nombre del rei Fernando VII inmediatamente 
después del de Dios, era quien algunos años mas 
tarde debía componer nuestra canción nacional, 
donde se leen estos dos versos: 

Arrancad el puñal al tirano, 
quebrantad ese cuello feroz. 

Los partidarios de la libertad i del progreso no 
deben perder jamás la fe en la realización de sus 
principios. 

Los triunfos de sus enemigos son momentáneos. 

La victoria de los que combaten contra la injus- 
ticia i los abusos, es solo asunto de tiempo. 

El porvenir les pertenece. 

Ese momento de debilidad que acabo de revelar 
en Vera, nos está patentizando cuánto debemos a 
los ilustres proceres que nos dieron independencia. 



— 343 — 

Cuando las grandes revoluciones sociales han 
llegado a ser hechos consumados, no nos figuramos 
bien todo lo que ha costado llevarlas a cabo. 

Nos parece, por ejemplo, que era mui natural ser 
patriota, i mui absurdo ser realista. 

La tribulación de don Bernardo de Vera en el 

castillo de Valparaíso está ahí para rebatir una idea 

tan equivocada. 

La consecución de la independencia ha costado 

mas zozobras, mas trabajos, mas peligros, mas ba- 
tallas, que las reformas posteriores. 

Para decidirse, el hombre ha tenido que luchar a 
brazo partido con las preocupaciones de tres siglos. 

A pesar de las disculpas i protestas de fidelidad 
de la carta fechada el 13 de junio, Vera continuó 
preso; pues Carrasco i sus allegados comprendían 
perfectamente lo que ellas importaban, i la clase de 
vasallo que era el doctor poeta. 

Mientras tanto, i cuando se esperaba lo contrario, 
el gobernador de Chile ordenó que sin tardanza los 
tres sujetos a quienes mantenía arrestados en el 
castillo de Valparaíso, fuesen enviados al Perú a 
disposición del virrei. 

Vera, en particular, tembló de verse entregado al 
resentimiento de Abascal, de quien era mui mal 
querido, pues este magnate no ignoraba que nues- 
tro héroe le tomaba con frecuencia por blanco de 
sus chistosas burlas. 

En trance tan apurado, recurrió al arbitrio de 
finjirse enfermo, siquiera para ganar tiempo, lo- 



— 344 — 

grando así que la orden de Carrasco se suspendiera 
solo por lo que a él tocaba. 

Sus dos compañeros de prisión, don Juan Anto- 
nio Ovalle i don José Antonio Rojas, fueron con- 
ducidos a Lima, mientras don Bernardo de Vera 
consiguió quedarse en tierra. 

Una serie de sucesos inesperados vino a concluir 
lo que la astucia había comenzado. 

El vecindario de Santiago, violentamente ajitado 
por la arbitrariedad i falsía de Carrasco, le llamó 
a cuentas apenas tuvo noticias de su resolución 
respecto a los presos políticos de Valparaíso; i al 
fin de cinco días de graves conmociones, consiguió 
que el cuitado personaje renunciara el mando del 
país. 

Don Bernardo de Vera volvió entonces a la ca- 
pital donde fue recibido en triunfo. 

La revolución siguió su marcha sin que nada 
pudiera contenerla 

El 18 de setiembre de 1810 un gobierno nacional 
sucedía al establecido por la metrópoli. 

Vera, con un desprendimiento i un patriotismo 
ejemplares, puso al servicio del nuevo orden de 
cosas sus bienes de fortuna, su talento, cuanto podía, 
cuanto valía. 

Conocido en las Provincias del Plata, donde 
residía su familia, i respetado 1 en Chile, donde él 
se había formado, el esclarecido repúblico había 
tomado desde el principio de aquel gran trastorno 
social el papel de intermediario entre los hombres 



— 345 — 

que dirijian el movimiento en Buenos Aires i los 
que lo impulsaban en Santiago. 

Desempeñó desde luego ese importante cargo 
privadamente, i haciendo valer sus relaciones per- 
sonales; pero, desde agosto de 1811, comenzó a 
ejercerlo con un carácter público i oficial, habiendo 
sido nombrado diputado, como se decía en el len- 
guaje de la época, ájente diplomático, como se dice 
ahora, del gobierno arjentino, para entenderse con 
las autoridades chilenas. 

Don Bernardo de Yera fue al principio ardiente 
partidario del congreso reunido en Santiago el año 
de 1811; pero su entusiasmo se enfrió poco a poco. 

Andando el tiempo, pensó que la convocación 
de esa asamblea era prematura, ya que la ignoran- 
cia no le permitía arraigar ni fructificar; i perjudi- 
cial, puesto que tendía a dividir a los habitantes, 

cuando se trataba de unirlos para lanzarlos al 
combate. 

«No deben haberse borrado de la memoria de 
los chilenos (escribía en 1818) los males que nos 
trajo aquel cuerpo que en 1811 con el nombre de 
congreso solo sirvió para introducir la discordia 
entre los particulares, para hacer la guerra civil 
entre las provincias i para producir de su mismo 
esterminio el despotismo mas cruel que jamás sufrió 
otra nación de la tierra. El congreso fue la causa 
de la usurpación de los Carreras. 

«Él mismo fomentaba en su seno los partidos 
que cedieron, al fin, en provecho de terceros, que 

44 



— 346 — 

castigaron atrozmente el crimen cometido en su 

favor; él mismo, en fin, dispuso todas las cosas para 

que encontrasen los españoles en Concepción un 

partido demasiado fuerte contra nuestra libertad. 

«Iguales desgracias por los mismos principios se 

han encontrado en Méjico, en Cundinamarca, en 

Cartajena i en Caracas. Los congresos, obra de la 

precipitación i del espíritu de partido, han abierto 

al enemigo común el camino de sus victorias i el 

de nuestras ruinas». 

En el mismo sentido, opinaba don Bernardo 

O'Higgins, que había sido uno de los campeones 

mas conspicuos del bando exaltado en el congreso 

de 1811. 

No creo que estos juicios sean el veredicto de la 
posteridad; pero el historiador debe recojerlos antes 
de que se pronuncie la sentencia definitiva. 

El tino i la actividad con que don Bernardo de 
Vera desempeñó su empleo de ministro diplomático 
de las Provincias Arjentinas, hicieron concebir a 
los gobernantes del Plata una idea tan elevada de 
su intelijente representante, que le instaron para 
que se trasladara a Buenos Aires; pero él rehusó 
por los motivos que espone en la siguiente carta, 
escrita con fecha 24 de julio de 1812, a su primo 
político don Bernardino Rivadavia, en aquella sazón 
secretario de la junta gubernativa del Plata: 

«Cuando Usted se empeña en convidarme con 
esa capital, me hace mas honor del que merezco, 
porque no me conoce. Permítame que le hable con 



— 347 — 

toda la franqueza que me caracteriza. Yo no soi a 
propósito para comisión alguna militar: abomino 
esa carrera. Tampoco tengo aquellas luces de alta 
política que en las circunstancias exije la grande 
estensión del gobierno superior de un estado na- 
ciente. Mis talentos no pasan la raya de comunes: 
tal cual espedición en la pluma, i el deseo de for- 
marme por principios de pura reflexión i estudio 
sobre el hombre, acaso los hagan aparecer mas de 
lo que son. Carezco de erudición, porque ni he sido 
mui aplicado a la historia, ni me ha sobrado tiempo 
para dedicarme: ahora empiezo. Casado cinco años 
hace en Chile con una joven idolatrada i con dos 
hijos, el foro ha hecho toda mi subsistencia. Lo 
desamparé desde que acepté la diputación de Bue- 
nos Aires. Su corta renta es la que sufraga a las 
urjencias diarias, porque nada he guardado, ni he 

podido guardar, de los honorarios de la abogacía, 
que siempre han seguido la naturaleza de mi jenio 
desprendido de intereses. Así ninguno poseo que me 
detenga en Chile, siempre que en esas provincias 
pueda contar con un empleo seguro para la manu- 
tención de mi familia que debe ir en aumento, pues 
a no contar con un destino fijo, si he de verme 
obligado a volver al bufete, sería imprudencia dejar 
el país donde soi conocido i buscado como abogado, 
a menos que pudiese en tal. caso retirarme a Santa 
Fe, en donde me ha tocado un pedazo de tierra 
por muerte de mis padres, que hoi se hallará pro 
derelicto. He aquí la relación sincera que Usted 



— 348 — 

desea. Diré mas: soi honrado; amo la justicia; i mi 
corazón solo deja de ser benigno, cuando ve que se 
le ataca. Los derechos de los pueblos i la libertad 
bien reglada son mi manía». 

El proyecto de domiciliarse en las provincias del 
Plata quedó sin efecto. 

Vera continuó en nuestro territorio desempe- 
ñando el cargo de diputado del gobierno de Bue- 
nos Aires, escribiendo prosa i versos para los 
periódicos de la época, i prestando a la causa de la 
independencia cuantos servicios estuvieron a sus 
alcances. 

La contención había descendido a todas las cla- 
ses sociales. 

El fuego graneado resonaba en toda la línea. 

No se luchaba solo en los comicios populares, 
en los cuerpos políticos, en los campos de batalla, 
sino también en el hogar i en la iglesia. 

Las mujeres i los eclesiásticos habían bajado a 
la estacada. 

Lóase la siguiente carta que el 21 de agosto de 
1813 don Bernardo de Vera i Pintado dirijió a 
Camilo Henríquez, editor de El Monitor Araucano: 

«Dos cosas me atormentan fuertemente: el atre- 
vimiento con que se producen algunas señoras 
contra el sistema, i la tolerancia de los eclesiásticos 
que le son enemigos. Veo la dificultad de atacar el 
gran poder del bello sexo, i el de esos hombres ca- 
racterizados. Pero la gran causa de la revolución a 
todos iguala a presencia de la lei; i es necesario que 



— 349 — 

los hábitos inveterados de un respeto indebido se 
destruyan por otros opuestos. 

«El talento i el amor de la patria hermosean a 
una mujer mas que todas las gracias; i yo tengo 
observado que el sarracenismo se jeneraliza entre 
las feas e ignorantes. Despreciadas de la virtuosa 
juventud, se hallan precisadas a aceptar el cortejo 
i adoraciones de cuatro viejos aforrados en la anti- 
gua rutina, que, repulsados de nuestras bellas pa- 
triotas, se introducen por este principio con las que 
no lo son; apoyan su tenacidad con los cuentos de 
Cario Magno, profecías supuestas i representaciones 
del caduco boato de los difuntos déspotas; i pre- 
tenden multiplicar sus prosélitos por medio de estas 
célebres predicaciones. Ellas no se detienen, porque, 
acostumbradas a que se les mire como niños grandes, 
i a que su falta de concurso en los negocios públicos 
haga que se las crea sin influencia, no temen un 
castigo que por esta causa jamás esperimentaron. 

«Nos equivocamos: el influjo no está reservado a 
los que sufragan en las asambleas del pueblo, o se 
acercan al gobierno. Estas oradoras del sarracenia 
mo inoculan sus ideas a los domésticos; éstos las 
estienden a sus corresponsales: a cada referencia 
se añade alguna novedad, que, al fin, reunida con 
otras, compone un todo de imposturas degradantes; 
i como el vulgo naturalmente se inclina a lo nuevo 
i su ignorancia no le permite entrar en crítica, 
autorizándole, por otra parte, para un juicio libre 
la impunidad que observa en las promovedoras de 



— 350 — 

estos excesos, se engruesa de día en día el partido 
antipatriótico, se insulta a las jóvenes amantes de 
su país, se fomenta la rivalidad entre las familias, 
la detracción mas licenciosa i picante hiere las 
providencias de la suprema autoridad, nuestro en- 
tusiasmo se espone al peligro de rechazar con vio- 
lencia la osadía enemiga, las casas de estas sarrace- 
nas son el punto.de congregación de nuestros sordos 
rivales; en una palabra, ellas dilatan el imperio del 
complot infernal. ¿Son despreciables estos males? 
Si se forma este concepto, cenfesemos que no hai 
sistema. 

«Pero, si se trata de sostenerlo, ¿por qué no se 
decreta una mordaza para las sarracenas? ¿por qué 
no se encarga a la policía una doble vijilancia sobre 
la conducta de estas furias? 

«No son menos perjudiciales los eclesiásticos 
contrarios a la causa americana. Profanadores del 
silencioso tribunal de la penitencia, hacen servir su 
ministerio a la seducción i falsa doctrina, confun- 
diendo la libertad civil con el libertinaje; i ya que 
el temor del gobierno no los deja fanatizar sobre el 
pulpito, prostituyen el lugar santo del sijilo para 
infundir en las almas débiles el escrúpulo consi- 
guiente a la oposición que figuran entre la relijión 
i el sistema de la patria. Estos sacrilegos son hom- 
bres verdaderamente de sangre, i reos execrables 
de la que derraman las víctimas sacrificadas a sus 
perversas máximas. Si aman tanto el evanjelio, i 
están en la persuasión de que, muriendo por soste- 



— 351 — 

nerlo, ganarán la palma del martirio, ¿por qué no 
salen a la palestra, a que tantas veces se les ha de- 
safiado? ¿Por qué no escriben i manifiestan esa pre- 
tendida contrariedad del dogma con la libertad, 
que es hija del mismo autor de la relijión? Por otra 
parte, la imprenta se ha declarado libre, el gobier- 
no es católico, los patriotas no tememos a las balas 
de los tiranos para mostrar nuestra opinión; i esos 
santos, sobre no tener que recelar en esta vida 
mortal, esperan en su concepto una corona de eter- 
na gloria, si fallecen por defender su fanatismo. En 
fin, ellos aconsejan el martirio a los que no advier- 
ten que no se atreven a esponerse los mismos con- 
sejeros. ISTo hai una prueba mas efectiva de la fal- 
sedad de su doctrina. Pero tampoco hai cosa mas 
escandalosa que la impunidad i franqueza de que 
disfrutan estos eclesiásticos. Su guerra es la mas te- 
mible i la mas fácil de evitarse, si el gobierno decreta 
que los prelados recojan todas las licencias de confe- 
sar i predicar, i no se concedan sino a los que por 
informes seguros se acrediten afectos al sistema de 
la patria: providencia que debió ser la primera en 
la revolución. En El Semanario Republicano, yo 
hablaré con mas estensión de algunos daños parti- 
culares que causan a la República estos maquinado- 
res, i del mérito de los verdaderos sacerdotes que 
hacen triunfar la causa de la patria sobre los pres- 
tijios de la mentira i del error». 

La derrota de Rancagua, acaecida en octubre de 



— 352 — 

1814, puso término a la primera campaña de la 
guerra de la independencia. 

Las llamas pelearon en favor de los realistas. 

«Los españoles protestaron, dice don Bernardo 
de Vera, invadirnos a sangre i fuego. Esta fue la 
intimación precursora a la jornada de Rancagua. 
Pero nunca era concebible que su bárbara zana se 
cebase en los vencidos con invenciones de crueldad 
que no ocurrieron a los Calígulas, los Tiberios i los 
Fálaris. Nuestros desgraciados heridos fueron en- 
cerrados en una casa que al momento se entregó a 
las llamas. Allí se consumieron vivos; pero el fuego 
respetó algunos brazos, que quedaron pendientes 
en las rejas, para que este inefable atentado se do- 
cumentase por los mismos fragmentos de las víc- 
timas». 

Diré con franqueza que me resisto a creer que 
hubiera sido quemada intencialmente la casa con- 
vertida en hospital, aunque lo aseveren el presbí- 
tero don Laureano Díaz i algunos otros. (1) 

Sea lo que fuere, el hecho es que esa casa se in- 
cendió, i que de sus escombros se estoajeron vein- 
tiocho cadáveres carbonizados. 

«Observé en esta misma casa (dice el padre frai 
Javier Guzmán) en el hierro de las ventanas pega- 
dos i arrugados los cueros de las manos de aquellos 
tristes desgraciados que, agolpados en ellas, i asidos 



^1) Don Juan Égaña, M Chileno consolado en los x^resiiios, tomo I, seo. 
oion 1. a , párrafo 2. 



— 353 — 

de los hierros, hechos ascuas, pedian socorro a los 
inhumanos espectadores, sus asesinos, i que solo 
eran correspondidos con insultos e insolencias has- 
ta que tocios perecieron en aquel terrible incen- 
dio». (1) 

Esa reja maldita habría sido digna de figurar en 
el infierno del Dante. 

La derrota de Raneagua fue causa de que los 
patriotas chilenos, entre ellos don Bernardo de 
Vera, trasmontaran los Andes para oponer un ba- 
luarte colosal de piedra a la persecución de los rea- 
listas. 

El proscrito regresó a Chile el año de 1817 
incorporado en el ejército libertador, en el cual 
desempeñaba el empleo de auditor de guerra. 

El 12 de lebrero del año citado, la victoria de 
Chacabuco dio la independencia a Chile. 

El 5 de abril de 1818, la victoria de Maipo ase- 
guró con clavos de acero la independencia resta- 
blecida. 

Don Bernardo de Vera ha apreciado como sigue 
la primera de las acciones mencionadas: 

«El 12 de febrero recuerda a los habitantes de 
Chile la época en que se elevaron a la dignidad de 
hombres libres. Los anales de la historia de este 
hermoso país trasmitirán a la posteridad con ca- 
racteres indelebles que, después de mas de tres- 



(1) Frai José Javier Guíwáu, El Chileno instruido en la historia topo- 
gráfica-, civil i política de su, país, tomo I, lebción 51. 

10 



— 354 — 

cientos años de una dominación tiránica, los hijos 
de Chile emprendieron sacudir el yugo de España 
i proclamaron los imprescriptibles derechos de su 
libertad civil a costa de inmensos sacrificios de sus 
vidas i haciendas. 

«Este grande acontecimiento debe parecer tanto 
mas natural a los ojos de los filósofos i de los polí- 
ticos, cuanto que su marcha estaba indicada por el 
mismo orden de las vicisitudes que han marcado 
desde tiempo inmemorial los períodos de las con- 
quistas entre las naciones del otro hemisferio. I 
¿qué otro derecho tenía España para conservar 
bajo su cetro de hierro unas rej iones vastísimas, 
separadas por millones de leguas de una pequeña 
porción del continente europeo, sino el que le daba 
la fuerza? Luego, desde el momento que se levantó 
otra fuerza mayor, debió cesar, i cesó en el acto, 
el derecho de conquista, por la misma razón que 
concluyó el remado de José Napoleón una vez que 
las águilas francesas, que le colocaron en el trono, 
fueron arrojadas del territorio español. I si reco- 
rremos unas épocas mas remotas, veremos a Espa- 
ña entregada a la rapiña ele los sarracenos, de infi- 
nitas naciones bárbaras del norte de Europa, i mui 
anteriormente invadida por los fenicios, los carta- 
gineses i los romanos. 

«A la verdad, si algo hai que admirar en la do- 
minación española en América, es que haya podido 
durar tanto tiempo contra el torrente del destino, 
i en medio de las vejacidnes de toda especié que sus 



— 355 — 

ajentes corrompidos ejercían contra los americanos. 
Así es que la conducta que han observado en su 
emancipación estaba indicada por la lei de los gra- 
ves; i el centro que se buscaba se ha hallado en el 
pacto social de los pueblos. Este ha enseñado a la 
América que la soberanía reside en el voto jeneral, 
i que aquella que dimana de la violencia tiene mi- 
nada su base desde el momento mismo en que se 
erije. La tiranía excita a la venganza; i ésta sale al 
fin del seno de la apatía después de un largo sufri- 
miento. 

«Penetrado Chile de estas verdades, siguió el 
ejemplo de aquellos hermanos suyos que enarbo- 
laron primero el estandarte de la libertad ameri- 
cana; i sustituyó, porque debió i pudo hacerlo, a la 
caduca autoridad real una administración mas aná- 
loga a su situación local, a su civilización i al rango 
a que es susceptible elevarse entre las naciones; i 
no depondrá las armas hasta haber conseguido tan 
noble objeto, por mas que el gobierno español se 
obstine en remachar las cadenas de su antigua servi- 
dumbre. El rei de España es responsable a la faz 
del universo de la sangre que su ciega obstinación 
haga derramar de nuevo en estos hermosos países, 
i también de las innumerables víctimas inmoladas 
a sus furores, las unas por querer sostener sus in- 
justas pretensiones de conservar unos dominios, 
tan distantes de su silla por el inmenso espacio 
que los divide, como lo está su autoridad de los 
corazones de lo's americanos) i las otras, mas ino- 



— 356 — 

centes, sacrificadas en obsequio de la defensa de su 
país i de sus mas preciosos derechos. Los manes 
de todas ellas rodearán el solio de Fernando, es- 
parciendo el terror en su ajitada conciencia, la cual 
no conoce el reposo i la tranquilidad, porque éstos 
solo se abrigan en donde reinan la piedad i la be- 
neficencia. 

«Además de aquellas consideraciones filantrópi- 
cas capaces de producir, en cualquier otro sistema 
de gobierno que el de España, una mudanza favo- 
rable a sí misma i a la humanidad, se nos ofrecen 
otras razones de una política ilustrada. 

«La España, por correr tras los tesoros del nuevo 
mundo, obstruyó de repente todos los canales de su 
prosperidad interior, haciendo consistir su riqueza 
en el oro i la plata que estraía de América, i con- 
virtiendo estos metales aun tiempo mismo en signo 
i mercancía, cuando no son ambos mas que el re- 
presentativo de las cosas, No han querido conocer 
nunca los españoles que el abandono en que dejaban 
la agricultura, las artes i la industria nacional, era 
una pérdida mucho mayor que los tesoros que acu- 
mulaban, i que al fin salían para otros países, no 
quedando a España mas que el lujo i la molicie que 
les brindaban los estranjeros i la disminución de su 
población, que emigraba atraída por las riquezas 
de América. Con esta falta de brazos, se paraliza- 
ron mas i mas todos los ramos de industria i pros- 
peridad interior. 

<A pesar de esta terrible lección, el gobierno es- 



— S57 — 

pañol no desiste de su empeño en mantener la po- 
sesión de sus antiguas colonias, llegando a tanto su 
obcecación que tampoco se aprovecha del ejemplo 
que tiene a la vista en la independencia de Estados 
Unidos. Es demasiado notorio que nunca reportó 
Inglaterra tantas ventajas de sus colonias norte- 
americanas, como desde que éstas han formado una 
nación independiente; i lo mismo sucederá a España 
respecto a nosotros, porque luego que se estinga el 
odio enjendrado por las crueldades de los ajentes 
españoles (¡crueldades tales, que los caracteres del 
alfabeto no alcanzan ya a describirlas!) recobrarían 
su imperio los podez'osos resortes de la identidad 
de hábitos, lenguaje i relijión. 

«I no solo para la misma España sería ventajosa 
nuestra independencia, sino también para toda 
Europa . . . . » 

Don Bernardo de Vera sigue discurriendo en 
este sentido. 

Las obras de Alejandro Humboldt le suminis- 
traron abundante material para hacerlo. 

España despreció el sabio consejo de un adver- 
sario leal. 

La metrópoli continuó devastando la estremidad 
austral del país a pura pérdida, sin conseguir otro 
fruto, que un fracaso completo en sus tentativas i 
un aumento de odio entre los belij erantes. 

En julio de 1819, don Bernardo de Vera com- 
puso la canción nacional que cantaban nuestros, 
padres, 



— 358 — 

El distinguido jurisconsulto de que estoi hablan- 
do, era pobre. 

Poseía como entrada principal, casi única de su 
caja, la que le proporcionaba la abogacía. 

Resultaba de aquí que las comisiones que el go- 
bierno le encomendaba sin remuneración alguna, 
contribuían a acrecentar su penuria, quitándole el 
tiempo necesario para el ejercicio de su profesión. 

Los documentos que copio an seguida, comprue- 
ban de un modo fehaciente este aserto: 

«Excelentísimo Señor: 

«El ciudadano Bernardo de Vera con todo mi 
respeto espongo: que, desde el día 20 de julio de 
1819, sirvo en la comisión del juzgado de presas 
después de una formal dedicación al estudio del de- 
recho de mar, el mas complicado entre los proble- 
mas de la política. He llevado de mi bolsillo todos 
los gastos de papel i amanuense en los repetidos 
informes, contestaciones i despacho de este encargo; 
i ya las tareas del bufete a que desgraciadamente 
se haya ligada mi subsistencia, i otras atenciones de 
un particular interés para la patria, no me permiten 
continuar en el despacho de aquella incumbencia. 
Tengo la satisfacción de que Vuestra Excelencia 
conozca mi amor al servicio público i mi gustosa 
deferencia a sus órdenes supremas, i que seguiría 
llenando la del tribunal de presas, si no fuese abso- 
lutamente incompatible con la necesidad de vivir 



— 359 — 

de otros trabajos. Hablo como un bornbre de bien; 
i encarecidamente, 

«Suplico a Vuestra Excelencia se digne admitir- 
me la formal renuncia que hago de esta comisión, 
en lo que recibiré un favor que obligue toda mi gra- 
titud. 

{{Bernardo de Vera, 

«Santiago, 2 de junio de 1821», 

RESOLUCIÓN 

«No pudiendo el gobierno conciliar en las pre- 
sentes circunstancias los intereses privados del doc- 
tor don Bernardo de Vera, que justamente reclama 
en la admisión de su renuncia, con los intereses co- 
munes del país que exijen ejecutivamente la conti- 
nuación da este funcionario en el tribunal de presas, 
como que de su contracción i acreditadas luces de- 
pende en gran parte el rápido curso i decisión de 
los delicados negocios que boi se versan ante aque- 
lla autoridad, i cuya demora (circunstancia inevita- 
ble a la variación de jueces) compromete a la Re- 
pública con naciones de primer rango; i teniendo, 
por otra parte, la convicción de que el doctor Vera 
cederá gustoso, como lo ha hecho constantemente, 
al clamor de la patria que demanda con urjencia 
sus servicios, se declara no haber lugar por ahora 
a la admisión de su renuncia. Previniéndole que, 
así como el gobierno siente la mas alta satisfacción 



— 360 — 

en publicar el verdadero mérito que ha contraído 
en el desempeño de dicha judicatura, espera que 
continuará en ella con la misma actividad i desvelo; 
i que, si por consideraciones al bien público se exije 
de él un nuevo sacrificio en la continuación preve- 
nida, es un deber de esta supremacía (que no puede 
escuchar con indolencia la voz de lajusticia) remu- 
nerar congruentemente los laudables servicios de 
este apreciable ciudadano sobre que le empeña el 
honor de su palabra. 

«O'HlGGINS. 

iCentenoy. 

El 20 de agosto de 1820, zarpó de Valparaíso la 
espedición libertadora del Perú. 

No tengo para qué delinear, siquiera a grandes 
rasgos, la historia del ejército embarcado en sus 
naves. 

Solo consignaré aquí que, en la tarde del 13 de 
agosto de 1821, un inmenso concurso de ciudadanos 
de todas clases fue al palacio directorial para feli- 
citar a don Bernardo O'Higgins por la plausible 
noticia de que nuestro ejército había ocupado a 
Lima, i que don Bernardo de Vera improvisó con 
este motivo en honor del jefe del estado el siguiente 
soneto: 

¿Con que el golpe del último tirano 
que va a consolidar la independencia, 
estaba reservado a Vuecelencia, 
al grande hijo del suelo americano? 



— 361 — 

¿Con que el gran San Martín, el ciudadano 
a quien fortuna concedió su influencia, 
de la patria ha ostentado la potencia 
para timbre inmortal del araucano? 

Si la época feliz de tu gobierno 
no contara otros triunfos en tu gloria, 
este solo bastara a hacerte eterno. 

Sin duda lo serás en la memoria 
desde el anciano grave al niño tierno; 
i este será el blasón de nuestra historia. 

No presento este soneto siquiera como mediocre; 
pero lo he recojido como un fruto inmaturo del au- 
tor de la canción nacional. 

Desde que la independencia de Chile tuvo la 
autoridad déla cosa juzgada, don Bernardo de Vera 
se dedicó esclusivamente a la enseñanza, al foro i a 
la prensa. 

Aunque fue diputado al congreso instalado el 22 
de noviembre de 1824, tornó siempre una parte 
poco activa en las contiendas civiles que siguieron 
a la lucha contra España. 

Semejante en esto a su amigo i colega de perio- 
dismo el padre de la buena muerte Camilo Henrí- 
quez, el único partido por el cual se acaloró i com- 
prometió cuanto valía, fue el de la independencia, 
mirando todos los demás con frialdad. 

«La calidad mas notable del carácter del doctor 

Vera (dice don Joaquín Campino) era un espíritu 

conciliador i de complacencia; i esto, en tiempo de 

46 



— 362 — 

revolución en que las facciones i partidos se hallan 
tan exaltados, le esponía a ser tenido por débil o 
tejedor (como se dice en el idioma del tiempo), i a 
que ninguno de los partidos o facciones le tuviese 
por un decidido o acérrimo partidario. Pero esta 
circunstancia también le ha libertado de tener ene- 
migos encarnizados». 

El 17 de febrero de 1825, presentó un proyecto 
para reglarla devolución de los bienes secuestrados 
a los realistas i ratificar el dominio de los que hu- 
bieran sido enajenados. 

Don Bernardo de Vera i Pintado falleció el 27 
de agosto de 1827, tan escaso de recursos que con 
frecuencia tuvo que acudir en sus últimos días ala 
jenerosidad de sus amigos. 

Su muerte dio lugar a un duelo jeneral i produjo 
manifestaciones de dolor público que hasta enton- 
ces nadie había obtenido. 



LA NECRÓPOLIS 



DE 



DON JOSÉ MIGUEL INFANTE 



Cuenta Walter Scott, en el capítulo primero de 
Los Puritanos de Escocia, que un anciano cuyo nom- 
bre se ignoraba, iba de cementerio en cementerio 
para arrancar el musgo de las tumbas i restaurar 
los epitafios grabados en las losas que cubrían los 
restos de los presbiterianos que habían perecido en 
las batallas o sucumbido en los cadalsos, defendien- 
do i proclamando su fe política i relijiosa. 

Se le llamaba el viejo de las sepulturas. 

El presente trabajo obedece al mismo propósito 
de conservar siempre viva la memoria de los indi- 
viduos que contribuyeron a la emancipación de 
Chile i a la constitución de la República. 

Es un conjunto de inscripciones sepulcrales que 
el tiempo amenazaba borrar con su esponja corro- 
siva. 

La redacción de este opúsculo no me ha impues- 
to otra molestia que la de reunir, i copiar las necro- 
lojías de varios patriotas, que don José Miguel In- 
fante publicó en El Valdiviano Federal. 

Las colecciones de este periódico son escacísi- 
mas. 



— 366 — 

¿Habrá dos? ¿Habrá tres?... 
Comencemos nuestra fúnebre escursión. 



DON MANUEL NAVARRO 

Hemos sido informados que el teniente coronel 
don Manuel Navarro, natural de la benemérita 
provincia de Aconcagua, i que bacía de mayor en 
el batallón Chacabuco, se ha ahogado al pasar el 
rio Arcbibueno en persecución de Pincbeira. Si de- 
be sernos sensible la pérdida de un oficial que, des- 
de los principios de la revolución, ha prestado ser- 
vicios recomendables, debe serlo mas cuando es 
víctima de los peligros que arrostra por la defensa 
común; i nada podría calificarse de mas justo, que el 
que de los nombres de estos desgraciados se forma- 
se un catálogo por separado para que la posteridad 
les tributase el homenaje especial de gratitud a que 
les hace acreedores el sacrificio que han hecho su- 
friendo el término de su vida, que de otra suerte 
habría sido mas prolongado. Mueren prematura- 
mente; pero vivan sin término en la memoria de 
sus conciudadanos, que han sabido merecer. 

II 

DON JUAN FARIÑAS 

Nada es mas debido que el recordar los nombres 
de loS (jue, decididos én favor de la causa de la ín* 



— 367 — 

dependencia, se arrojaron a los peligros por soste- 
nerla. El presbítero don Juan Fariñas, que falleció 
en marzo de 1833 en el curato de Elqui, a los cua- 
renta i tantos años de su edad, fue de este número. 
Desde que estalló la revolución, se pronunció por 
ella i contribuyó con sus luces i sus talentos a for- 
mar la opinión. 

No fueron solo de este jénero sus servicios. En 
1816, en que el país se hallaba dominado por los 
españoles, tomó una parte activa en su restauración. 
Entre sus hechos, merece particular recuerdo el 
siguiente. Puesto el valiente don Francisco Villota 
a la cabeza de una guerrilla restauradora, le dirijió 
Fariñas una esquela, suministrándole cuantos cono- 
cimientos podían servirle a su heroica empresa. Vi- 
llota sucumbió acometido por fuerzas superiores i 
fue despedazado cruelmente. Al despojarle los ene- 
migos, se le halló en la bota del vestido la esquela 
de Fariñas. Este suceso condujo a Fariñas a una 
prisión; se le condenó a muerte; i puesto en el ban- 
co para ejecutarlo, un acto inesperado de conmisera- 
ción en el jefe español le salvó la vida; pex'O se le 
conservó en rigurosas prisiones. 

Libre enteramente el país, pasó Fariñas a residir 
en la provincia de Coquimbo, en donde fue varias 
veces electo diputado de aquella lejislatura provin- 
cial, i en otra de uno de los congresos constituyen- 
tes, destinos en que se distinguió por sus conoci- 
mientos, amor decidido a la independencia nacional 
i esfuerzos por la sanción de instituciones' liberales. 



— 368 — 

Si un partidario del rei hubiese, por su causa, co- 
rrido iguales peligros, se le hubiera hallado digno 
de grandes premios; pero Fariñas pereció pobre e 
indijeote en la vida privada en medio de las perse- 
cuciones a que dan lugar los partidos, i que, abre- 
viando probablemente sus días, le dan un nuevo 
título al público reconocimiento. 

III 

DON ISIDORO EERÁZURIZ 

Si es justo que los chilenos tributen un alto re- 
conocimiento a la memoria de los que concurrieron 
a romper las cadenas de su servidumbre, debe nu- 
merarse entre los mas dignos al benemérito patriota 
don Isidoro Errázuriz, a quien la muerte arrebató 
de entre nosotros el 1.° de agosto de 1833. Él fué 
uno de los cuatrocientos cincuenta que el 18 de se- 
tiembre de 1810 se presentaron con denuedo i en- 
tusiasmo a derrocar la tiranía, ahogándola en medio 
de sus mas formidables recursos, i estableciendo de 
hecho la independencia, que después sancionó el 
voto público. 

Desde este día augusto, aumentó sus compromi- 
sos prestando nuevos servicios que, en razón de su 
utilidad a la causa pública, le prepararon el odio i 
persecuciones de los tiranos que reconquistaron el 
país en 1814; confináronle luego en dos ocasiones 
consecutivas al presidio de Juan Fernández, en don- 



— 369 — 

de permaneció hasta la restauración de la Repúbli- 
ca, sufriendo con los compañeros de su suerte todas 
las vejaciones de que no puede prescindir la barba- 
rie española. 

Sus servicios ; pasado ese período de horror, no 
fueron menos solícitos en diversos destinos que ob- 
tuvo, llevando su amor a la patria hasta los últimos 
días de su existencia, en los que hacía esfuerzos 
para informarse del estado de los negocios públicos 
en los cortos intervalos que se lo permitían las crue- 
les dolencias de una enfermedad tan desconocida, 
que aún después de disecado su cadáver, no fue 
fácil a los facultativos caracterizarla. 

La índole afable i jovial de este ciudadano, que 
constantemente le captó la benevolencia pública, 
nos fue conocida desde su infancia por habernos 
criado i subsistido siempre en un propio barrio i 
vecindad. Su popularidad i beneficencia para con 
el miserable fueron nada comunes. Pocos colonos 
menos gravados que los que residían en sus hacien- 
das de campo; sin embargo, entre otros beneficios, 
les mandaba todos los años repartir gratuitamente, 
i con proporción al número de individuos de cada 
familia, las lanas de sus ganados sin reservar ningu- 
na. Recordamos haberle oído que en las estaciones 
que permanecía en su hacienda, tenía el placer de 
reunirlos los días de fiesta en su propia casa i pro- 
moverles personalmente todas aquellas diversiones 
honestas que podían serles agradables, haciéndoles 
los agasajos i obsequios propios del campo, 

47 



— 370 — 

Esta jenerosidad filantrópica del propietario con- 
tribuía sin duda a moralizarlos i disipar en ellos la 
rudeza déla vida campestre, excitándoles a la con- 
fianza recíproca tan necesaria para hacer mas sopor- 
table la vida aislada del miserable labrador. 

Al bosquejar estos breves rasgos que indican 
cuál fue el carácter del ciudadano Errázuriz, cuya 
pérdida ha merecido el sentimiento público, ellos 
mismos hacen esperar que de la escuela de tan digno 
padre saldrán los imitadores de sus virtudes, que 
cooperen a la conservación de las libertades públicas 
en cuya creación tuvo tan gran parte su ilustre pro- 
genitor. 

IV 

DON ANSELMO DE LA CRUZ 

Don Anselmo de la Cruz, patriota del año 1810, 
falleció el mes de julio de 1833. Su decisión por la 
causa de la independencia se hizo mas recomendable 
por la circunstancia de que, siendo mediocre su for- 
tuna, no adhirió a la opinión de dos hermanos ma- 
yores poseedores de un injente caudal, que hasta su 
muerte siguieron el partido del rei. 

Entre las pruebas de amor a la libertad que dio 
don Anselmo, fue ciertamente heroica i propia de 
un republicano la siguiente. Habiendo perecido un 
hijo suyo en la primera acción de guerra que tuvo 
la República contra el ejército invasor del año 1813, 
contestó al oficio de pósame que recibió del gobier- 



— 371 — 

no nacional: serle satisfactorio que su hijo hubiese 
derramado su sangre, defendiendo glorioso/mente la 
causa de la libertad; i ofreció otro que le quedaba 
para que subrogase a su hermano en el servicio 
de las armas. 

Obtuvo don Anselmo varios destinos que desem- 
peñó siempre con honradez i patriotismo. 



V 



DON JOSÉ VICENTE AGUIEEE 

Don José Vicente Aguirre, patriota del año 1810, 
falleció en junio de 1833. En 1812, le llamó el 
gobierno patrio a servir el cargo de asesor. En 
1813, acompañó al jeneral Carrera en la campaña 
del sur con la investidura de auditor del ejército 
restaurador. En 1814, en que este ilustre jeneral 
fue sorprendido por una partida enemiga que le 
hizo prisionero, el ciudadano Aguirre corrió la mis- 
ma suerte. ISTo solo los peligros de la guerra i 
padecimientos de la prisión forman su mérito. 
Obtuvo también en esta segunda época de la patria 
varios honoríficos destinos. 

VI 

DO>* JOSÉ MARÍA P0ETU3 

Nunca es mas obligatorio recomendar a la gra- 
titud pública el mérito de los fundadores de la in- 



— 372 — 

dependencia nacional que, cuando lejos de haberse 
tributado el debido galardón a sus servicios, fueron 
ingratamente perseguidos de los gobiernos. El co- 
ronel don José María Portas, que ha fallecido re- 
pentinamente el 19 de diciembre de 1833 en la 
ciudad de Aconcagua, su país natal, es uno de esos 
individuos infortunados. 

Óiganse sus principales hechos. 

A los dos años después de la revolución, ya me- 
recía ser nombrado segundo jefe del rejimiento de 
Aconcagua; i es notorio que bajo su dirección ad- 
quirió ese cuerpo un grado de disciplina i entusias- 
mo por la causa de la libertad que se hizo distin- 
guido entre los demás de la República. 

Al tercer año, es decir, en el de 1813, la Repú- 
blica fue invadida por el ejército que mandó a su 
reconquista el virrei del Perú, Abascal. 

Esta invasión insperada puso en movimento a 
los partidarios del rei en todos los puntos del terri- 
torio, especialmente en el partido de Santa Rosa 
de los Andes, en donde se había reunido un número 
considerable de españoles, que, acaudillados por 
Eseiza, uno de ellos, hicieron estallar la mas atre- 
vida conspiración. 

Después de posesionarse los conjurados de aque- 
lla villa, i de poner en rigorosas prisiones a los 
mejores ciudadanos, se dirijieron sin perder mo- 
mento en número de mas de trescientos hombres 
contra la ciudad de San Felipe, distante solo cuatro 
leguas. La cautela, sijilo i celeridad con que efec- 



— 373 — 

tüaron su marcha, impidieron que se tuviese noticia 
en la ciudad, hasta que el enemigo se halló a menos 
de dos leguas. Ni la sorpresa, ni la inminencia del 
peligro, abatieron el ánimo de los aconcagüinos. 
Todo el pueblo se puso en alarma, siendo de los 
primeros el coronel Portus, que, aunque gravemen- 
te enfermo, partió precipitadamente a reunir su 
rejimiento, i en menos de cinco horas puso mas de 
mil hombres en la plaza de Santa Rosa, en que se 
había efectuado el movimiento, con admiración de 
ambos pueblos, por la circunstancia de componerse 
el rejimiento de hombres que habitaban disemina- 
dos en la vasta estensión de aquellos campos. De 
allí marchó contra el enemigo; i aunque el denoda- 
do valor de algunos intrépidos ciudadanos había 
ya puesto en fuga al principal caudillo, el coronel 
Portus consumó la victoria, persiguió i aprehendió a 
los conjurados, que luego puso a disposición de la 
autoridad civil. 

Considérese que, si este movimiento no hubiese 
sido sofocado en su principio, se habría probable- 
mente estendido a Quillota i Valparaíso, puntos 
en que los españoles tenían gran número de parti- 
darios, que, reunidos a los conjurados, hubieran 
puesto la República en la mas terrible consterna- 
ción por haber en los mismos días sufrido el ejército 
de la patria un fuerte combate que le obligó a sus- 
pender el sitio de la plaza de Chillan; simultaneidad 
que, unida a algunos datos del proceso indagatorio, 
no dejó duda que el movimiento de Santa Rosa fue 



— 574 — 

obrado en combinación con el ejército español que 
hacía la guerra en el sur de la República. 

En 1814, el coronel Portus fue nombrado jefe 
político i militar de los cinco partidos que lioi for- 
man la provincia de Aconcagua. Poco tiempo des- 
pués, considerándosele mas necesario al frente del 
enemigo, se le hizo marchar al ejército a la cabeza 
de su Tejimiento. Él habría contribuido a dar días 
de gloria a la patria en batalla campal; pero ence- 
rrado por órdenes de los jefes en la plaza de Ran- 
cagua, su caballería no pudo obrar i corrió la suerte 
que todo el ejército en aquella desgraciada jornada 
que no es posible recordar sin dolor. 

El coronel Portus libró la vida rompiendo por 
medio de las filas enemigas; i sus fuertes compro- 
misos le pusieron en la necesidad de emigrar a la 
ciudad de Mendoza, en donde empezó a prestar 
servicios importantes desde que el jeneral San 
Martín principió a formar el ejército que había de 
restaurar a Chile. 

No es posible pasar aquí en silencio un aconte- 
cimiento memorable, i talvez el mas amargo que 
esperimentó el coronel Portus en sus días. Dos 
meses antes de la restauración de Chile tuvo de- 
nuncio el presidente Marcó de que don Juan José 
Traslaviña, joven apreciable con quien poco tiempo 
antes el coronel Portus había casado la única hija 
que tenía, llevaba correspondencia con su padre po- 
lítico, en que comunicaba el estado del ejército real 
i cuanto convenía pai'a intelijencia del jeneral San 



— 375 — 

Martín. Fue aprendido Traslaviña inmediatamente 
con otros tres mas; i formada la causa, sufrieron a 
los pocos días la ignominiosa pena de horca en la 
plaza de Santiago, escepto uno que por su corta 
edad fue condenado a solo presenciar la ejecución 
de los otros tres, el uno de ellos su deudo inmediato. 

Digan los que hoi disfrutan de los bienes de la 
independencia, comprada a tanta costa, si son dig- 
nos de su reconocimiento los que pasai'on por todo 
j enero de sacrificios para adquirirla. 

Exaltado con tan atroz suceso a mayor grado el 
patriotismo del coronel Portus, marchó desde Men- 
doza incorporado a la vanguardia del ejército espe- 
dicionario. La circunstancia de verificar éste su 
invasión por la provincia de Aconcagua, le propor- 
cionó reanimar el patriotismo, fruto de sus fatigas, 
de los antiguos soldados de su rejimiento i el de sus 
conciudadanos i amigos, para que se reuniesen al 
ejército, i le prestasen toda clase de auxilios, como 
lo verificaron. 

Libertado el país, en cuya gloriosa empresa el 
jeneral San Martín fue tan feliz como César, que 
llegó, vio i venció, parecía que el coronel Portus 
sería uno de los chilenos mas considerados por sus 
desgracias, por sus servicios i por su decidido amor 
a la causa de la libertad. Mas ¿quién lo creyera? 
Al poco tiempo se le puso en prisión, de la que fue 
sacado al año i meses, para conducirle al presidio 
de Valdivia, en donde se le mantuvo mas de cuatro 
años abandonado i sin recursos, porque toda su for- 



— 376 — 

tuna la habla perdido en los diversos contrastes de 
la gíterra. 

I ¿qué crímenes le atrajeron estas persecuciones? 
A. él no se le formó causa alguna, ni la opinión pú- 
blica le acusaba de la menor falta. Puede, pues, 
asegurarse que no hubo otro antecedente, que con- 
siderarle opuesto al partido de la administración, i 
temerse el influjo que le daban su propio mérito i 
servicios. 

Obtuvo al fin su libertad en 1823; pero continua- 
ron sus infortunios, porque los diversos gobiernos 
que tuvo la República en los diez años corridos 
hasta su muerte, unos desatendieron sus méritos, 
otros renovaron contra él las persecuciones, aunque 
pasajeramente. 

El coronel Portus ha fallecido sin dejar descen- 
dencia lejítima por haber su digna hija sobrevivido 
pocos años a la afrentosa catástrofe de su esposo, 
siendo notable que los gobiernos de la patria que en 
ella rijieron no le prestaron asistencia alguna en 
su triste orfandad, no obstante su escasa fortuna i 
la imposibilidad de su perseguido padre para sumi- 
nistrársela, ni le hicieron otra alguna gracia ni ma- 
nifestación de gratitud, de que habría sido tan digna 
la esposa de un ciudadano que fue víctima de la 
tiranía por servicios a la patria, que el peligro de 
prestarlos pone en la esfera de heroicos. 

La persecución del padre en diversas épocas i la 
ninguna consideración a sus degracias harán talvez 
que algunos de los que no conocieron al primero 



— 377 — 

sospechen de su conducta pública; pero deben ad- 
vertir que esas mismas persecuciones son la mejor 
credencial en su favor, si se considera que la natu- 
raleza de los gobiernos, especialmente en países sin 
constitución, o mal constituidos, es anteponer la 
lisonja i la adulación al verdadero mérito, es la de 
perseguir a cuantos no veneran los abusos mismos 
del poder. Observamos de cerca las opiniones i pro- 
cedimientos de este buen ciudadano en las crisis 
mas terribles de la República; i no trepidamos en 
asegurar que constantemente fueron en favor de la 
libertad, i desnudas de aspiraciones personales. 

Si no hubiese de robar el mas debido tributo al 
mérito, habría quizá omitido presentar al pú- 
blico este lijero recuerdo de los servicios del coronel 
Portus, temeroso de que sus desgracias contribuyan 
a hacer desmayar el patriotismo; pero las almas 
jenerosas jamás se desalientan, i al descender al 
sepulcro llevan el consuelo de haber legado a su 
patria la libertad, prestando los servicios de que 
fueron capaces durante su penosa existencia. 

VII 

DON MIGUEL NEIRA 

Este chileno fue fusilado en el año de 1817 como 
reo de grandes crímenes, de los que* el público solo 
tuvo noticias vagas. Se dijo que su ejecución la había 
decretado el señor Freiré, luego que ingresó al país 

48 



— 378 — 

por la parte del sur a la cabeza de una división del 
ejército libertador. Probablemente Neira fue a in- 
corporarse en ella; mas, para tener dato seguro, 
convendría que el señor Freiré informase al público 
de lo cierto, como también si el decreto de ejecu- 
ción lo libró de orden de los jetes superiores, o por 
sí propio, i cuáles fueron las causas. El público 
tiene derecho para que se le noticie de los gran- 
des crímenes, i especialmente cuando se perpetran 
por hombres que han llamado sobre sí la atención 
pública. 

Neira fue de este número; i si él cometió críme- 
nes, se sabe que también cooperó a la causa de la 
libertad de un modo estraordinario, i tanto mas 
admirable, cuanto que fue un hombre sin relaciones, 
sin bienes de fortuna, ni educación alguna. Desnudo 
de todos estos prestijios, afrontó a un enemigo pa- 
cífico poseedor del país, i le hostilizó con una auda- 
cia i valor sin ejemplo. Durante los gobiernos de 
Ossorio i Marcó, Neira fue el terror de los tiranos. 
Él burló siempre sus pesquisas, aún cuando se ha- 
llaba en medio de ellos, i les hizo todo el mal po- 
sible, obligándoles a ofrecer grandes premios por su 
cabeza. El crédito que adquirió de valor, indujo al 
jeneral San Martín a dirij irle desde Mendoza pocos 
meses antes de la restauración de Chile una carta, 
que vimos con placer, empeñándole a que continuase 
hostilizando a los tíranos. 

Neira, en el corto período de sus empresas, ma- 
nifestó el carácter i cualidades de un Viriato, ase- 



— 379 - 

¡nejándosele hasta en el desgraciado fin de su exis- 
tencia. Neira habría quizá honrado a su patria con 
el correctivo de una buena educación; pero regular- 
mente es contraria la suerte a los jenios mas dis- 
tinguidos en pueblos embrutecidos por la tiranía i 
la superstición. 

Si adquirimos nuevos datos de este hombre, 
volveremos a ocuparnos de él. Como se castigaron 
sus crímenes, es necesario que una justa gratitud 
reconozca sus servicios en favor de la causa de la 
libertad. 



Espusimos haber visto la carta que el jeneral 
San Martín dirijía a Neira desde Mendoza, inci- 
tándole a continuar sus servicios a la patria; i te- 
niéndola hoi a la mano, pasamos a insertarla: 

€Ál señor Miguel Neira, comandante ele la par- 
tida 'patriótica. — Donde se halle. 

«Diciembre, 8 de 1816. 

«Mi estimado Neira: Sé con gusto que está us- 
ted trabajando bien. Siga así, i Chile es libre de 
los maturrangos. 

«Dentro de poco tiempo tendrá el gusto de ver- 
lo su paisano i amigo, 

((San Martín. 

«Posdata: Si necesita armas i municiones, aví- 
semelo, rabiando para enviarlas». 



— 380 — 

Prueba, pues, que Neira era patriota i que hacía 
la guerra a los españoles desde antes de introdu- 
cirse al país el ejército libertador. 

Se le atribuye que saqueaba igualmente a pa- 
triotas, que a sarracenos. I los gobiernos de la pa- 
tria ¿no formaban partidas de fuerza armada a las 
puertas de los unos i de los • otros, si prontamente 
no entregaban las cuotas que se les exijian? Neira 
era quizá mas disculpable, porque no tenía un era- 
rio de que disponer como los gobiernos. Era nece- 
sario considerar todas estas circunstancias al recor- 
dar a este hombre verdaderamente célebre, i digno 
de ocupar un lugar en los fastos de la revolución. 

VIII 

DON PEDRO SAN MARTÍN 

El 12 de enero de 1834, falleció don Pedro San 
Martín, el que prestó servicios a la patria desde el 
año de 1810, especialmente en la campaña de 1813 
i 1814, habiendo desempeñado penosas comisiones, 
entre ellas la de dirijir la conducción de cañones del 
mas grueso calibre desde Concepción al sitio de 
Chillan en la rigorosa estación del invierno. Los 
mas de sus servicios fueron gratuitos, como que 
pertenecía a la milicia; i aunque fue postergado en 
sus ascensos, obtuvo hasta el grado de sarjento ma- 
yor de ejército. 



— 381 — 
IX 

DOÑA JERTRUDIS ZERRANO 

Los tiranos no apaciguan su cólera con solo per- 
seguir i derramar la sangre de los hombres libres 
que combaten su tiranía. Ansian también por de- 
vorar cuanto a éstos pertenece, particularmente a 
los padres que les dieron el ser. 

La señora doña Jertrudis Zerrano, que falleció 
el 1.° de enero de 1834, tan conocida por su mo- 
deración i virtud, presenta una prueba clásica 
de esta verdad. ¿En que podía ofender a los bár- 
baros españoles que en 1814 reconquistaron a Chi- 
le? Su sexo i su edad avanzada les presentaban 
garantías seguras; pero era madre del ciudadano 
Ramón Freiré, que se había distinguido en las 
acciones de guerra de 1813 i 1814; i no podían 
dejar de vengar en ella el patriotismo i las proezas 
del hijo. 

Luego que Chile cayó de nuevo bajo el yugo 
férreo de sus antiguos opresores, don Jiliberto 
Díaz, individuo del ejército reconquistador, hizo 
venir a doña Jertrudis a su presencia, sin otro ob- 
jeto que insultarla. Después de apurar toda clase 
de ludibrio, la mandó volver presa a su casa donde 
la mantuvieron por espacio de quince días con cen- 
tinela de vista i un cañón abocado a la puerta. 
Allí estuvo incomunicada sin mas compañía que 



— 382 — 

dos cadáveres ya descarnados o en osamenta, que 
permanecían desde algún tiempo en aquella horri- 
ble mazmorra, i que doña Jertrudis se vio precisada 
a medio sepultar, escavando la tierra con fragmen- 
tos de los mismos cadáveres. Pasados veinte días, 
fue conducida a Talcahuano a solicitud de don 
Matías de la Fuente. La obligaron a andar a pie 
el camino; i en él fue atropellada por el capellán 
del bergantín Potrillo con tal ferocidad, que llegó a 
descomponerle un brazo. Se le remitió a las órde- 
nes de don Miguel Mesa, gobernador de aquella 
plaza i uno de los principales autores de su prisión., 
Luego fue puesta en un calabozo, cuyas puertas se 
mandaron clavar a los dieziocho días de estar en 
él, dando por motivo que la guarnición salía a batir 
las divisiones de la patria que se hallaban bloquean- 
do la plaza. Al regreso de la fuerza, se mandó 
decir a doña Jertrudis, con el fin solo de angus- 
tiarla, que las armas del rei habían derrotado a los 
insurjentes, i que • en la acción había perecido su 
hijo, intimándole al mismo tiempo orden de salir 
personalmente a poner luminarias, que se decreta- 
ron en celebridad de aquel afectado triunfo. Fue- 
ron inútiles sus súplicas para que se le eximiese 
de este acto humillante, pues tuvo al fin que so- 
meterse a ejecutarlo para evitar mayores tropelías. 
En estas circunstancias, conmovido don Santiago 
Ascacíbar de la triste situación de la señora doña 
Jertrudis, hizo grandes empeños hasta conseguir su 
libertad. El día que fueron a sacarla dé la prisión, 



— 883 — 

la hallaron tendida en el suelo, porque ni le habian 
permitido entrar cama, i en un estado de postración 
que daba poca esperanza de vida. Ascacíbar la llevó 
a su casa, que le fue señalada por cárcel. Allí sufrió 
nuevos i mayores ultrajes, que su favorecedor ape- 
nas pudo precaver, llegando al estremo de intentar 
los soldados talaveras en una noche romper las 
cerraduras de la puerta con el fin de asesinarla, 
como lo vociferaron con insultos los mas groseros, 
viéndose al fin Ascacíbar precisado a pedir auxilio, 
con el que pudo evitar tan cruel atentado. En esta 
casa, permaneció hasta el año 1818, en que fue can- 
jeada. 

Hacer sentir todos estos ultrajes i padecimientos 
a una señora desvalida i digna de ser respetada por 
su edad, por su sexo i circunstancias, fue ciertamen- 
te renovar las atrocidades de la conquista; i en efec- 
to, cuando las nuevas Repúblicas den a luz la his- 
toria de sus acontecimientos, verá el mundo que el 
carácter inhumano de los españoles ha sido en la 
guerra de la independencia americana el mismo que 
tres siglos antes en la de la conquista. Es verdad 
que no puede ser otro el de todos los que sostienen 
la causa de la opresión i de la tiranía; pero la lle- 
varán siempre aun exceso mas notable los vasallos 
de una nación sin principios i educada bajo el 
despotismo de sus reyes i de los horrores de la in- 
quisición romana. 

Tres períodos de crueles infortunios esperimentó 
la señora doña Jertrudis, que abrazaron casi todo 



— 384 — 

el tiempo corrido desde la revolución hasta su 
muerte. En el primero, de cerca de un bienio, vivió 
en el continuo sobresalto de ver a su hijo corriendo 
los peligros de la guerra, que le hacía inminentes su 
acreditado valor; en el segundo, sufrió las mismas 
vejaciones i ultrajes que le infirieron los españoles 
en el tiempo de su bárbara dominación; i en el ter- 
cero, que comprende los cuatro años últimos de su 
existencia tuvo que llorar la privación i las desgra- 
cias de un hijo qne había sido el consuelo de su can- 
sada i achacosa edad. 

En suma, la guerra de la independencia fue un 
teatro de amargura i llanto para esta infortunada 
señora, digna ciertamente de ser venerada entre las 
mas ilustres matronas de la revolución, i de que la 
posteridad recuerde con ternura su memoria. 



DON JUAN DE DIOS LARRABARU" 

Un accidente nos hizo saber que había fallecido 
el presbítero don Juan de Dios Larrabaru; i como 
el que daba la noticia añadió que había prestado 
importantes servicios en la causa de la libertad, esta 
circunstancia nos movió a indagarlos, pues no co- 
nocimos al nominado presbítero. La relación de 
ellos nos hizo ofrecer su publicación, especialmente 
si existian documentos que los comprobasen; i con 



— 385 — 

ellos a la vista, pasamos a recordar la memoria de 
este benemérito eclesiástico. 

Es constante que en los claustros de los regula- 
res la causa de la libertad no ha tenido en tiempo 
alguno, sino mui raros prosélitos. Uno de éstos fue 
frai Juan de Dios Larrabaru, relijioso mercedario 
hasta el año 1825 en que obtuvo breve de seculari- 
zación por el nuncio apostólico. Aunque no constan 
sus servicios en los primeros años de la revolución, 
fueron seguramente distinguidos en el hecho de 
haber resuelto huir de los tiranos, luego que supo 
la dispersión del ejército republicano acaecida en 
los ^campos de Cancharrayada en marzo de 1818 
La manera de su emigración a Mendoza prueba sus 
escasos recursos. El mismo salvó, tirando la muía 
en que conducía su cama i ropa. A su arribo a la 
villa de Santa Rosa, supo que el ejército de la patria 
se había reorganizado, i se preparaba a la defensa. 
En el momento, resolvió su regreso; i antes de dos 
días se presentó al jeneral del ejército ofreciendo 
sus servicios con la firme resignación de sepultarse 
en las ruinas de la patria, si la suerte de las armas 
era adversa. El empleó la víspera i día del combate 
en reanimar al soldado i participar con él de los 
peligros de aquella acción sangrienta (batalla de 
Maipo). Reconocido el gobierno a sus servicios en 
esos días de conflictos para la patria, le agració con 
una medalla de honor, según consta de su hoja de 
servicios. 

Eri junio de 1820, fue nombrado capellán cas- 

49 



trense del batallón número 8, en cuyo cuerpo mar- 
chó el mismo año reunido al ejército espedicionario 
del Perú. Las intemperies i fatigas de la campaña 
en cerca de dos años, quebrantaron su salud en tal 
estado, que le obligaron a pedir su retiro, el que 
le fue concedido con goce de fuero por el jeneral 
del ejército i protector del Perú en Lima, a 30 de 
noviembre de 1821, agraciándole con una medalla 
de oro por sus servicios en aquella República. 

El mismo refería, i fue constante a muchos, que, 
después de su retiro, tuvo que permanecer en el 
Perú algún tiempo por su quebrantada salud, en 
donde, como no se le concedió mas que goce de 
fuero, subsistió a espensas de un negro que, compa- 
decido de su miseria, le suministraba gratuitamente 
socorros diarios. 

Regresado al fin a Chile, obtuvo su seculariza- 
ción; i poco después, la coadjutoría del curato de 
Río Claro. El eclesiástico que servía el gobierno 
del obispado en ese tiempo, después de elojiar su 
moderación i sus virtudes, nos ha referido que, 
aunque le había ofrecido curato en propiedad, se 
escusó en admitirlo, esponiéndole la miseria de los 
campos, i que' le era doloroso tener que subsistir 
de las exacciones de tantos infelices. Se conformó 
con la gracia de capellán de un hospital, en cuyo 
servicio ha fallecido. 

Tal es la suerte de los que mas dignamente se 
han sacrificado por la causa de la libertad. Ellos 
viven i mueren en el abandono i en el olvido, mien- 



— 38? — 

tras que los que aguzaron los puñales para asesi- 
narla, disfrutan destinos que no habrían obtenido 
del tirano mismo a quien sirvieron, traicionando 
los derechos sagrados de su patria. 

Avergüéncense los gobiernos, cuyo primer deber 
es remunerar el mérito, estimulando así el patrio- 
tismo i las virtudes. Pero es preciso buscar mas 
arriba el orijen. Este se halla en los lejisladores, 
cuyas viciosas leyes han dejado sin justos diques la 
arbitrariedad del poder. 



XI 



DON MANUEL BARROS 

El 10 de junio de 1834, falleció el ciudadano don 
Manuel Barros que, desde el año de 1810, cooperó 
a la importante obra de derrocar la tiranía i arrojar 
los cimientos de la independencia de que hoi goza 
la República. Entre sus diversos servicios, son 
dignos especialmente de recuerdos los que prestó 
en el laborioso encargo de presidente de la junta de 
auxilios creada en la capital para contribuir al ejér- 
cito toda clase de socorros en la dura guerra de 
1813 i 1814. Con estas i otras relevantes pruebas 
de su patriotismo, excitó las persecuciones de los 
españoles contra su persona en los años 1815 i 1816, 
que dominaron el país, hasta el de 1817, en que íue 
restaurado. La patria, reconociendo su mérito i 
servicios, le confirió desde esta segunda época va- 



— S8S — 

ríos cargos honoríficos que desempeñó con celo i 
actividad. Ella debe recordar con gratitud su me- 
moria, esperando que los dieziocho hijos que ha 
dejado sean dignos imitadores de sus virtudes. 

XII 

DON ANTONIO HERMIDA 

Entre los ciudadanos que prestaron una eficaz 
cooperación a la causa de la independencia, se dis- 
tinguió mui señaladamente el coronel don Antonio 
Hermida, que falleció el 6 de agosto de 1834. 

El hecho solo que pasamos a referir, bastará a 
colocarle entre los primeros promovedores de la in- 
dependencia. En su casa (la segunda al salir de la 
calle del Estado a la Alameda, doblando hacia aba- 
jo, i en la pieza misma en que terminó su existencia) 
se inició i acordó el plan de deponer al último pre- 
sidente español don Francisco Antonio García Ca- 
rrasco i erijir por primera vez un gobierno patrio. 

Es necesario relatar acontecimientos que prece- 
dieron. En 25 de mayo de 1810, había el presidente 
hecho poner en prisión a tres dignos ciudadanos: don 
José Antonio Rojas, doctor don Bernai-do de Vera 
i don Juan Antonio O valle, los que, al día siguiente, 
fueron remitidos a Valparaíso; i después de toma- 
das sus confesiones por el oidor Basso, se les pasó 
a bordo de un buque, que a las pocas horas se hizo 
a la vela para Lima. A su llegada, fueron éntrela- 



— 389 — 

dos a disposición del virrei Abascal, quien los hizo 
traer a su presencia sin mas designio que compla- 
cerse ea su desgracia; i luego mandó permaneciesen 
en arresto hasta segunda orden. Pero no es el ob- 
jeto analizar este acontecimiento. 

Despue's de algunos días corrió en Santiago la 
voz de que iban a ser aprehendidos otros ciudada- 
nos j:>rincipales. Con este motivo, se indicó en una 
reunión casual de algunos rejidores la necesidad de 
que el cabildo se juntase para acordar seriamente 
medios de prevenir un segundo golpe de autoridad. 
Ninguno disconvino. Ocurrió solo la dificultad de 
que, debiendo conforme a la lei celebrarse toda reu- 
nión capitular en la sala designada, no era fácil 
acuerdo alguno sin conocimiento del gobierno. En- 
tonces Hermida, que se hallaba presente, aunque 
no pertenecía al cabildo, propuso que, si se convenía 
celebrarlo en casa particular, franquearía gustoso la 
suya. Su oficiosidad i sagaz persuasión indujeron 
a aceptarla; i en la noche del día inmediato, sábado 
14 de junio, compareció en ella con la necesaria 
precaución la mayor parte de los rejidores. 

Después de diversos proyectos, se adoptó el mas 
decisivo de repeler la fuerza por la fuerza. El go- 
bierno contaba entonces con doscientos soldados de 
infantería de Concepción, cincuenta dragones de la 
Reina i sesenta artilleros a las órdenes de don Fran- 
cisco Javier Reina. Todos los españoles residentes 
en la capital i el mayor número de empleados, eran 
también sus partidarios dispuestos al último sacri- 



— 390 — 

ficio para sostenerle. Nada de esto arredró al ca- 
bildo; i acordó por mayoría que, para la madrugada 
del martes próximo, habían de reunirse a las inme- 
diaciones de la ciudad el mayor número posible de 
hombres del campo. Al efecto, se comprometía cada 
rejidor a indicar el plan a los hacendados de sijilo 
i confianza que conociese i a empeñarlos a contri- 
buir a él, haciendo venir de sus haciendas toda la 
jente que pudiesen en el día i hora que se han 
dicho. 

Con esto, se disolvió el cabildo, emplazándose a 
nueva reunión la noche del día siguiente en la quin- 
ta de don Juan Agustín Alcalde. En ella, dio cada 
uno exacta cuenta de las dilijencias que había prac- 
ticado, las que combinadas ofrecian el resultado 
mas lisonjero. Todo fue ratificado; i después de 
otras importantes prevenciones se acordó que en 
la noche siguiente, víspera del día designado para 
la mutación del gobierno español, se reuniesen los 
dos alcaldes i el procurador de ciudad, para desig- 
nar el local en que el cabildo pudiese ser sostenido 
i espedirse con libertad; i en seguida ordenasen la 
citación de sus individuos. Las primeras disposicio- 
nes de este cuerpo debian ser, según lo acordado, 
mandar intimar al presidente la cesación en el man- 
do que asumiría el cabildo por cinco días, dentro 
de los que haría convocar al pueblo por esquelas para 
que nombrase gobierno provisorio hasta la reunión 
de un congreso de diputados elejidos por todos los 
pueblos de la República. Tales fueron las bases, es- 



— 391 — 

cusando referir otras resoluciones secundarias que 
se tomaron. 

Es sensible tener que referir la ocurrencia que 
sobrevino. Dos individuos partieron a casa del 
rejente Ballesteros i pusieron todo el plan en su 
noticia. El rejente reunió inmediatamente la au- 
diencia, i acordó ésta pasar al palacio del presiden- 
te. Fue suma la sorpresa de este jefe al imponerse 
del peligro que le amenazaba. Sin diferir un mo- 
mento hizo venir a los tres comandantes militares 
de la guarnición para asegurarse si estaban resuel- 
tos a sostenerle. 

La fluctuación que manifestaron, especialmente 
el coronel Reina, que temía comprometerse contra 
el pueblo en circunstancias que la causa de Es- 
paña presentaba mal aspecto, puso a la audiencia 
en estrecha necesidad de inducir al presidente a 
que hiciese dimisión del mando para que recayese 
en el oficial de mas graduación, como estaba pre- 
venido en nueva real orden. Le representaron que 
era el mas seguro arbitrio para que el reino conti- 
nuase gobernado por autoridades del rei; que de 
otro modo todos se esponian a un cambio absoluto. 
El presidente resistió largo tiempo; pero al fin tuvo 
que ceder a las serias requisiciones de la audiencia 
que le hacía responsable de las resultas; i en la 
misma noche se llamó al brigadier conde de la 
Conquista, i se le puso en posesión del mando. 

Fue estremado el entusiasmo i alegría del pueblo 
al ver a la cabeza del estado un americano, cuyo 



— 392 — 

carácter bondadoso era jeneralniente conocido. I 
aunque el denuncio impidió realizar todo el plan 
acordado, se venció al menos el mayor obstáculo 
para mas altos designios con la cesación en el man- 
do del último presidente español, cuya barbarie 
demasiado conocida, le habría conducido a los últi- 
mos atentados. (1) 

Tal fue el primer acontecimiento en que el ciu- 
dadano Hermida tuvo tan gran parte. En otros 
posteriores, no fue menos entusiasta en favor de la 
causa que había abrazado, viéndose al fin obligado 
en 1814, en que los españoles reconquistaron el 
país, a emigrar con los demás chilenos que, por sus 
fuertes compromisos, miraron en menos peligro su 
existencia, trasmontando en tan ríjida estación los 
elevados Andes, que quedando a discreción de un 
vencedor, acostumbrado solo a la venganza i al es- 
terminio. 

Volvió Hermida a su país incorporado al ejérci- 
to restaurador, i reasumió el cargo que antes ejercía 
de comandante de un rejimiento de caballería, en 
el que se mantuvo once o doce años mas, hasta que 
obtuvo la gracia de su retiro, hallándose de coronel 
efectivo de ejército. 



(1) Otro mayor mal se precavió. La rejencia de España había nombrado 
para sucesor de Carrasco en la presidencia a don Francisco Javier Elio ; 
de su asesor a don Antonio Garfias, Elío ss hallaba ya en camino. Por 
su conducta atroz en España para sostener el absolutismo de Fernando 
VII, infiérase cuál habría sido en Chile (Nota de Infante). 



393 



XIII 



DON MARTÍN LARRAIN 



En el mes de mayo de 1835, ha fallecido don 
Martín 1.° Larrain, uno de los mas respetables 
ciudadanos de la República, que tomó una parte 
activa en la revolución, cooperando con todo jénero 
de servicios al movimiento del 18 de setiembre de 
1810, en que fueron rotas las cadenas de la servi- 
dumbre. Veinticinco años ha sobrevivido a este 
día memorable, haciéndose siempre distinguir por 
su inalterable adhesión a la causa de la indepen- 
dencia. Padre de veintisiete hijos, trasmitió a ellos 
los mismos sentimientos de libertad de que les dio 
continuado ejemplo. Los chilenos deben tributar 
recuerdos honrosos a su memoria. 

XIV 

DON JOSÉ PORTALES I LARRAIN 

El 15 de octubre de 1835, falleció el ciudadano 
don José Portales i Larrain, que tomó parte en la 
revolución sagrada del 18 de setiembre de 1810. 
Al año siguiente, fue electo diputado del congreso 
por Santiago, capital de la República. Al subsi- 
guiente, se le nombró miembro del poder ejecutivo, 
en el que permaneció hasta 1813. Reconquistado 

50 



— 394 — 

el país por los tiranos en 1814, el ciudadano Por- 
tales fue uno de los confinados al presidio de Juan 
Fernández, en donde permaneció hasta la restau- 
ración de la República, en el año de 1817'. Sus 
servicios i padecimientos por la causa de la libertad 
le hacen acreedor a la memoria de sus conciuda- 
danos. 

XV 

DON RAMÓN PICARTE 

El 7 de noviembre de 1835, ha fallecido el coronel 
don Ramón Picarte, republicano benemérito. El 
tiempo de sus servicios a la patria debe medirse 
por el de la patria misma. Apenas ésta reclamó la 
cooperación de sus hijos, Picarte abandonó su ejer- 
cicio de campo para consagrarse a la carrera mili- 
tar. Principió desde sarjento; i cada grado que 
después obtuvo fue el premio bien merecido de una 
o mas acciones de guerra en que se había distin 
guido. No hubo casi combate durante la lucha de 
la independencia en que el valiente Picarte no 
hubiese ocupado una posición peligrosa, manifes- 
tando siempre su entusiasmo por la libertad, su 
ardor guerrero i sus conocimientos en la profesión 
militar que había abrazado. Concluida la guerra, 
obtuvo diversos i honrosos destinos políticos, entre 
otros, el gobierno de Valparaíso interinamente i la 
intendencia de la provincia de Valdivia en propie- 
dad, en cuyo desempeño se captó constantemente 



— 395 — 

la benevolencia pública por su liberalismo i pru* 
dencia. 

Una de las pruebas de las virtudes republicanas 
de este buen ciudadano es que siempre mantuvo al 
lado de su familia una vida frugal; i no obstante, 
cuando por desgracia sufrió el ser dado de baja con 
los mas de sus antiguos compañeros de armas 
(acontecimiento que aclarará algún día la imparcial 
historia) quedó reducido a la mísera situación de 
mendigar el pan para su sustento i el de su familia; 
i tal ha sido el estado en que ha perecido, dejando 
en deplorable orfandad a su virtuosa mujer i nueve 
tiernos hijos. 

Chilenos, si apreciáis debidamente vuestra inde- 
pendencia, no podéis dejar de fijar vuestras miradas 
compasivas sobre la familia de este jeneroso defen- 
sor de su patria. Hijos del benemérito Picarte, 
cualquiera que sea vuestra suerte en la sociedad, el 
deber de defender la patria, que tan gloriosamente 
desempeñó el que os dio el ser, es vuestra única he- 
rencia, Imitad a vuestro padre en el amor a la li- 
bertad, i en prestar por ella cuantos sacrificios exija 
de vosotros. 

XVI 

DON JOSÉ CHAPARRO 

Recordar fielmente los hechos heroicos de los que 
concurrieron a proclamar, defender i afirmar la in- 
dependencia de la República, es un deber de los 



— 396 — 

que les sobreviven. En setiembre de 1835, falleció 
don José Chaparro, uno de los ciudadanos que se- 
ñalaron su amor a la libertad con el mas decidido en- 
tusiasmo desde que principió la revolución. Entre 
sus varios e importantes servicios, el siguiente es 
ciertamente digno de ser consignado en la historia 
de nuestra regeneración política. 

En principios de agosto de 1813, época en que la 
República sustentó la guerra contra España, de 
que la provincia de Concepción era sangriento tea- 
tro, i cuyo éxito se presentaba dudoso, el español 
don José Antonio Eseiza, reunido a multitud de 
sus paisanos i patricios disidentes (avergüenza de- 
cirlo) encabezó la revolución que estalló en la villa 
de Santa Rosa. El gobierno supremo de la Repú- 
blica miró este acontecimiento en la parte del norte, 
como el mas peligroso, por la facilidad con que po- 
día propagarse, i el nuevo aliento que infundiría en 
los enemigos de la parte del sur, en donde combatía 
toda la fuerza de la República. 

Los primeros pasos del rebelde Eseiza fueron 
poner en prisión a los patriotas de Santa Rosa; i 
dejando una competente guarnición, marchó acele- 
radamente a la cabeza de trescientos hombres a to- 
mar la ciudad de Aconcagua, distante solo cuatro 
leguas. Noticiados sus vecinos por el benemérito 
patriota don José Antonio Villar, emigrado de San- 
ta Rosa, se reunieron los mas esforzados para ir a 
encontrar al enemigo, que se hallaba ya próximo. 
Apenas se avistaron distinguiendo Chaparro al 



_ 397 — 

caudillo Eseiza, se dirijió pricipitadainente a él. Al 
encontrarse los caballos, Eseiza le disparo una pis- 
tola. Felizmente reventó el cañón sin causar a Cha- 
parro otro daño qne sollamarle la cara con el fo- 
gonazo; mas incorporándose al momento, acometió 
con mayor denuedo a su contrario. Este esclamó: 
no sea usted temerario ; i dando al mismo tiempo 
vuelta a su caballo, fugó precipitadamente hasta 
arrojarse al río inmediatamente. Un acto de valor 
tan heroico i la fuga del caudillo aterraron la divi- 
sión de los sublevados de tal modo, que volvió cara 
inmediatamente. 

Si Eseiza hubiera ocupado la ciudad de Aconca- 
gua con los esfuerzos que podía sacar, le habría sido 
fácil tomar a Quillota, i aún haberse en seguida po- 
sesionado de Valparaíso, puerto principal de la 
República, en cuyos dos últimos puntos, abundaban 
los enemigos de la independencia. 

¿Cuál hubiera sido en tal caso el peligro de la 
capital? Díganlo los que en aquel tiempo aciago pre- 
senciaban los acontecimientos. 

Chaparro ha fallecido, hallándose en el retiro de 
la vida privada i en bastante escasa fortuna. Tal es 
en el día la suerte de los mas ilustres defensores de la 
independencia. Ha dejado varios hijos, i nos es 
sumamente grato anunciar que el uno, de edad de 
trece a catorce años, manifiesta las mas brillantes 
disposiciones en la carrera de las letras, como nos 
lo han espresado su actual pasante de idiomas i 
óttás péfsútiás. 



— 398 — 

En el actual estado de la República, poco favo- 
rable a la libertad i a las luces, nada hai que ofrezca 
fundada esperanza de su rejeneración política con 
forme a los principios de una sana filosofía, sino es 
la juventud estudiosa, especialmente los hijos de 
los que fueron firme columna de la independencia, a 
quienes el ejemplo paterno i sus propios talentos, 
imponen deber tan glorioso, tan augusto i sagrado. 

XVII 

DON SANTIAGO MUÑOZ BEZAN1LLA 

Si la espada i la pluma son las que han dado in- 
dependencia a la República, con ambas cooperó a 
su establecimiento el coronel don José Santiago 
Muñoz Bezanilla, que falleció en mayo de 1830 en 
el Huasco, pueblo de la provincia de Coquimbo- 
Desde aquella época, prestó continuados servicios a 
la patria; i es glorioso a su memoria el que su san- 
gre fue la primera que se derramó en Chile por de- 
fenderla, habiendo sido gravemente herido el 1.° de 
abril de 1811, en que el batallón de granaderos, de 
que era ayudante, derrotó a los conjurados que, bajo 
las órdenes del español don Tomás Figueroa, em- 
prendieron ese día restituir el gobierno real, cuyo 
arrojo en los momentos mas favorables a sus desig- 
nios puso en gran conflicto la República, que, ape- 
nas se hallaba en el séptimo mes de su nacimiento, 
rodeada de peligros por la influencia poderosa del 



— 399 — 

crecido número de individuos que la asechaban sin 
haberse jeneralizado la opinión por la libertad, i 
careciendo de los elementos necesarios para soste- 
nerla. 

Acreditado Bezanilla por su patriotismo, le nom- 
bró el gobierno en el año de 1813, en que la Repú- 
blica fue invadida por orden del virrei Abascal, i 
ocupada toda la provincia de Concepción, para que 
marchase a la cabeza del distinguido batallón de 
infantes de la patria a incorporarse al ejército res- 
taurador, en cuyo destino sufrió toda aquella penosa 
campaña, que duró cerca de dos años. 

Sobrevino la pérdida del país por disensiones do- 
mésticas; i Bezanilla fue uno de los confinados al 
presidio de Juan Fernández, en el que con otros 
notables patriotas sufrió todo jénero de privaciones 
i amarguras por espacio de dos años. Después de 
su restauración, fue llamado al desempeño de hon- 
rosos cargos, entre ellos, el de diputado en tres lejis- 
laturas i el de ministro de la guerra bajo la adminis- 
tración del jeneral Pinto. 

Dotado de singular talento, aunque sin el cultivo 
de la ciencia, fue editor de tres acreditados perió- 
dicos titulados el Tizón Republicano, el Monitor 
Araucano i el Canalla, i tuvo parte en otros varios. 
Entre las cualidades cívicas que mas le dis- 
tinguieron, fue la constante oposición al fanatis- 
mo, contra el que se dirijian en gran parte sus 
escritos, considerándolo como el mas formidable es- 
collo a los progresos de la razón. Esto sin duda 



— 400 — 

debía producir el desagrado, i aún las persecuciones 
de los que hacen consistir todo su patrimonio en la 
ignorancia pública. 

Después de estos diversos servicios, el coronel 
Bezanilla ha terminado su existencia hallándose 
confinado por causas políticas, que en los últimos 
años han arrastrado a la desgracia a gran parte de 
nuestros mas beneméritos militares. 

Por todos estos títulos, él debe ser numerado 
entre los primeros fundadores de la independencia 
nacional. 

XVIII 

DON JUAN EGAÑA 

Después que los periódicos han tributado el de- 
bido homenaje a la memoria del doctor don Juan 
Egaña, que falleció el 29 de abril de 1836, a las siete 
de la noche; después que su digno discípulo don 
Buenaventura Marín, su sucesor en la cátedra de 
elocuencia en el Instituto Nacional, ha pronunciado 
en la capilla de este establecimiento la oración fúne- 
bre en que ha analizado los servicios literarios i po- 
líticos que aquel ciudadano prestó a la República, na- 
da resta al Valdiviano cuyos editores observaron su 
vida política mas de cerca en los años aciagos de la 
revolución, que confirmar cuanto han espuesto, ra- 
tificando algunos de los principales hechos. 

Insigne jurisconsulto i elocuente oi'ador, como 
Ora el doctor Egaña, honró su profesión en los años 



— 401 — 

que ejerció el foro. Con los conocimientos adquiri- 
dos en él i su constante aplicación alas letras, fue 
siempre uno de los que tuvieron la principal parte 
en las reformas judiciarias, que, después de la eman- 
cipación del país, se emprendieron para desterrar 
prácticas inherentes a un sistema colonial. 

En la parte política, que ofrecía trabajos mas 
delicados i arduos para gobiernos nacientes, faltos 
de todo conocimiento en materias que la política 
española vijiló asiduamente para que no se trasmi- 
tiesen a sus colonias, cooperó mui eficazmente el 
doctor Esraña a difundirlos: i los gobiernos le con- 
sideraron siempre como de los mas dignos en sus 
consejos i encargos. 

El año de 1 813, época de las mas notables e im- 
portantes de la revolución, obtuvo comisiones del 
mayor interés para la causa pública, que desempeñó, 
ya solo, ya en unión de otros individuos. 

No existiendo hasta entonces mas establecimien- 
tos de educación que los dos colejios en que la ju- 
ventud sacrificaba inútilmente su edad florida, 
nombró aquel gobierno al doctor Egaña, al padre 
Camilo Henríquez i al rector don José Echaurren, 
rector en aquel tiempo de uno de los colejios, para 
que, a la mayor brevedad, le presentasen un plan de 
estudios. La comisión llenó ese objeto tan pronto i 
dignamente, que a los tres meses pudo verificarse la 
apertura del grande Instituto Nacional con tanta 
solemnidad i júbilo público, que pudo considerarse 

U 



— 402 — 

aquel día como uno de los mas bellos i de mas je- 
neral entusiasmo que ha tenido la patria. - 

Ah! no podemos dejar de creer que hasta su 
lecho mortal llevase el doctor E°;aña el dolor de ver 
desbaratado en gran parte ese código por las" funes 
tas alteraciones que a influjo del fanatismo se le han 
hecho sufrir en el sexenio último. 

Abolidos por el congreso del ano de 1811 los 
derechos estolares, pero, habiendo quedado sin efec- 
to por no haberse designado renta a los párrocos, 
nombró el propio gobierno al doctor Egaña para 
que, en unión del provisor i vicario jen eral, el señor 
don José Ignacio Cienfuegos, le presentase una 
constitución de párrocos, fijando a cada curato el 
número de tenientes i la dotación competente de 
unos i otros. Fue evacuado mui pronto este encargo; 
i los pueblos empezaron a gozar de tan gran benc' 
ficio, del que disfrutaron por un año, que corrió 
hasta la entrada del ejército español, que lo resti- 
tuyó todo a su antiguo estado, habiéndose calificado 
en una pastoral por sospechosa de herejía la dispo- 
sición eminentemente benéfica del gobierno patrio. 

No es estraño, habiendo habido épocas en que se 
negaba sepultura eclesiástica a los que en su testa* 
mentó no legaban parte de sus bienes a la iglesia. 

En el propio año, nombró aquel gobierno al 
doctor Egaña para que presentase un modelo para 
practicar el censo de la población de la República. 
Adoptado el que presentó, se procedió a la ejecución 
del censo; i es el que ha rejido hasta la fecha para 



— 403 — 

la elección de los representantes en los cuerpos 
lejislativos i para otros importantes objetos. 

En medio de estas taieas, i de su casi diaria asis- 
tencia a las sesiones del senado de que era miembro, 
para deliberar en los graves negocios, el doctor 
Egaña se hizo también tiempo para formar el pro- 
yecto de constitución política que presentó al go- 
bierno, i que éste tuvo a bien mandar imprimir a 
espensas-del estado, i preferentemente a todo otro 
escrito, con el designio de que los ciudadanos em- 
pezasen a ilustrarse en los principios que debían 
servir de fundamento a la existencia política de la 
República. 

Por desgracia, se envolvió esta en guerra civil, 
la que mas que el poder del enemigo la restituyó a 
su antigua dependencia colonial, en cuyo período de 
dos años i medio el doctor Egaña con otros distin- 
guidos patriotas, sufrió todos los horrores de su 
confinación a un presidio. 

Restaurada la República en 1817, permaneció el 
doctor Egaña seis años en la vida privada; pero 
considerado debidamente, i desempeííando algunas 
comisiones, entre ellas, la humana i filantrópica a 
que se ofreció, i desempeñó algunos meses, de dis- 
tribuir diariamente ración de carne a los que en 
principios de 1818 fueron obligados a emigrar de la 
provincia de Concepción. 

No pasaremos en silencio un suceso de que fuimos 
testigos, que honra el patriotismo del señor Egaña. 
A consecuencia, de la derrota del ejército república- 



— 404 — 

no sorprendido en Cancharrayada por el enemigo 
en la noche del 19 de marzo de 1818, i cuando la 
capital se veía en la última consternación,, un ciu- 
dadano le detuvo en la plaza para leerle un capítulo 
de carta de uin de los jefes del ejército, en que le 
decía: «Todo es perdido sin remedio;, resuélvete a 
emigrar prontamente; i aconseja lo mismo a los 
amigos». Al escuchar el doctor Egaña taa fatal 
anuncio, esclamó: «¡por Dios, no manifieste usted 
esa carta, que sin duda ha sido escrita en los mo- 
mentos de la mayor turbación. El estado abunda de 
recursos para defenderse, sino se desalienta al pue- 
blo!» 

Con igual y Acacia, continuó excitando el espíritu 
público, i sujiriendo providencias oportunas al go- 
bierno hasta tres días después, en que sus compro- 
misos le obligaron a emigrar a Mendoza. 

En 1823, a consecuencia del cambio de la admi- 
nistración, el doctor Egaña apareció teniendo la 
principal parte en la organización de la que sucedió; 
i fue mui luego uno de los corifeos del partido uni- 
tario. Si este partido fue o nó benéfico a la Repú- 
blica, si precavió males o los ha causado, no debe 
ser materia de un elojio fúnebre, sí mas bien de una 
disertación. En la reseña que hemos ofrecido ir pu- 
blicando de lo bueno o malo que han hecho las 
diversas legislaturas que ha tenido la República, 
hallarán los lectores datos para pronunciarse. 
Entretanto concluiremos tributando a la memo- 



— 405 — 

ria del señor Egaña el homenaje debido, como a uno 
de los ciudadanos mas notables de la revolución. 

XIX 

DON JOSÉ MARÍA MORAGA 

En febrero de 1837, ha fallecido el presbítero 
don José María Moraga, cura propio déla doctrina 
de Peumo, i uno de los pocos eclesiásticos que se 
pronunciaron por la causa sagrada de la libertad. 
El pulpito, i aún el campo de batalla, fueron teatro 
de su jenerosa cooperación por el buen éxito en la 
contienda americana. 

En 1813, se le tío partir desde Santiago hasta 
la provincia de Concepción por encargo del gobier- 
no, que aceptó con entusiasmo, a ilustrar a los pue- 
blos contra las supercherías i engaños que tramaban 
los frailes del Colejio de Propaganda, haciendo arti- 
ficiosamente aparecer a los que morían en defensa 
de la patria, como almas condenadas, en pena del 
perjurio que les atribulan i de la escomunión en 
que decian habian incurrido, tomando las armas 
contra el rei. 

Prosélitos de la tiranía! así es como perpetuáis 
el poder de los opresores de la humanidad; pero 
vuestros esfuerzos serán impotentes, mientras apa- 
rezcan Moragas, Cajas i Banesas, que rasguen la 
máscara de que os cubrís. 

En 1818, después dei suceso desgraciado de Can- 



— 40o — 

eliarrayada, Moraga reunió jentes a las orillas del 
Maule, lo que contribuyó en gran parte a que el 
vencedor retardase la persecución del ejército re- 
publicano, que después de la sorpresa huía en dis- 
persión, i tuviese tiempo para rehacerse i afrontar 
con mayor cautela a su orgulloso enemigo. 

Se incorporó nuevamente Moraga a los soldados 
de la patria desde el día antes'de la gloriosa acción 
de Maipo; i después de recorrer sus filas, excitán- 
dolos a la defensa de sus naturales derechos con la 
enérjica elocuencia que le distinguía, tomó parte 
con ellos en lospeligi'os de aquella memorable i de- 
cisiva jornada. 

Con gobiernos menos atento í a formarse prosé- 
litos, que a premiar el mérito patrio, el presbítero 
Moraga habría desde algún tiempo ocupado alguna 
de las primeras sillas del coro; abandono criminal 
que tanto ha contribuido en las nuevas repúblicas 
a hacer desaparecer el patriotismo, i abandono que 
tendrán siempre que deplorar, mientras la provisión 
de los destinos públicos interiores esté confiada a 
los gobiernos nacionales. 

XX 

PON FRANCISCO DE BORJA FONTECILLA 

Este ciudadano, que constantemente se adhirió a 
la causa de la patria, falleció el 12 de junio de 1837; 
i el deber exije recomendarle a la memoria de sus 



— -107 — 

conciudadano?, tanto mas cuanto que sus servicios 
fueron en las épocas mas peligrosas i aciagas de la 
guerra de la independencia. Desde que en 1310 
asomó la revolución, él se personó en las reuniones 
que precedieron a la instalación del gobierno pa- 
trio; i la confianza que se mereció por su patrio- 
tismo, hizo que en 1814 se le' confiriese el caigo de 
alcalde ordinario de esta capital, en donde tenía 
que emplearse, no solo en la administración de jus- 
ticia, atribución peculiar de ese cargo, sino también 
en velar sobre la seguridad pública, amagada de 
muerte por enemigos domésticos, a quienes bacía 
mas audaces el triunfo que esperaban del ejército 
español, que, recibiendo frecuentes auxilios del bajá 
del Perú, bacía la guerra mas cruel contra Chile. 

Circunstancias desgraciadas le dieron el triunfo; 
i bajo su dominación el ciudadano Fontecilla sufrió 
los efectos del feroz despotismo, que acompaña 
siempre a toda reconquista. Restaurado a los tres 
años el país, se le llamó a desempeñar el destino de 
gobernador- intendente de la provincia de Santiago, 
cuando su estensión era desde las márjenes del Ca- 
cbapoal hasta las del Maulo. En él, desplegó un 
carácter aterrador contra los enemigos de la inde- 
pendencia, juzgándolo indispensable para impedir 
sus relaciones con los enemigos esteriores i otras 
maquinaciones peligrosas a la libertad. 

De este destino, fue promovido al de senador, 
que sirvió desde principios de 1819 hasta ñnes de 
1822, concurriendo a la sanción de algunas leyes 



— 408 — 

altamente benéficas, que dictó este cuerpo. A la 
terminación del senado, pasó a ser miembro del 
congreso constituyente. 

Después de estos i otros servicios, no le sobrevi- 
nieron sino desgracias. Las convulsiones intestinas 
en Chile, como en las demás nuevas repúblicas, 
unas veces por diverjencias de opiniones, otras por 
aspiraciones de los partidos, i mas que todo, por la 
¿ucha entre los pueblos i los privilejiados, envolvie- 
ron a este ciudadano mas de una vez en desgracias 
sin límites. En 182.5, se le ordenó saliese del territo- 
rio de la República con otros individuos al punto que 
elijiesen. Lo verificó a la capital del Perú, de don- 
de no tuvo permiso para regresar hasta dos años 
después. En el presente año de 1837 que, con el 
anterior de 1836, puede decirse han sido el foco de 
horribles conspiraciones, fue mas dura su suerte, 
habiéndosele confinado, en unión también con otros 
ciudadanos, al presidio de Juan Fernández, que se- 
guramente iba a ser el lugar de su sepulcro por fal- 
ta de auxilios para medicinarse en la grave enfer- 
medad de que le habían desahuciado los facultativos- 
Esta se agravó mui luego, con cuyo motivo su des- 
consolada familia tuvo que solicitar se le trasladase 
a la villa de Copiapó. No fueron desatendidos sus 
clamores, pero ya sin fruto, pues luego que desem- 
barcó en el primer puerto de Copiapó terminó su 
existencia. 

Nada puede decirse de la causa de conspiración 



— 409 — 

que motivó su confinación: se halla aún pendiente, 
i se espera el último fallo de la corte suprema. 

XXI 



DON HIPÓLITO VILLEGAS 

La muerte de cada individuo de los que presta- 
ron su cooperación a la libertad de la República, 
debe ser un día de luto para ésta. Uno de ellos fue 
el doctor don Hipólito Villegas, que ha fallecido el 
día 12 del corriente (abril de 1838) a los setenta i 
siete años de su edad. 

No obstante que, de los empleados por el rei, 
mui raros asistieron a la revolución, el doctor Vi- 
llegas, a pesar de obtener un honroso destino con 
dos mil pesos de dotación, fue uno de los ciudada- 
nos reunidos el 18 de setiembre de 1810 a derrocar 
la tiranía. Sirvió a la patria en diferentes destinos 
hasta 1814, en que, por la ocupación del enemigo, 
emigró a Buenos Aires. En esta capital, de que era 
natural, fuimos testigos de sus esfuerzos, emplean- 
do el influjo que en ella tenía con sus deudos i 
amigos, constituidos algunos en los primeros desti- 
nos, para que se realizase la espedición que libertó 
a Chile en 1817. El doctor Villegas fue llamado 
entonces a servir el empleo de ministro tesorero, i 
promovido después a ministro de estado en el de- 
partamento de hacienda, destinos en que acreditó 

52 



constantemente sus cKs'tineriudos conocimientos, su 
honradez i celo patriótico. 

JS. .A. X i- 
DON AGUSTÍN VIAL 

El Í2G de junio último (1 838), falleció el ciudada- 
no don Agustín Vial, letrado de crédito oratorio 
en la tribuna i en el foro. Fue uno de los individuos 
confinados por el presidente Ossorio al presidio de 
Juan Fernández. Restituido a su libertad después 
de recuperada la patria, sirvió en distintos períodos 
el cargo de ministro de estado en el departamento 
de hacienda, i últimamente el de senador, en cuyo 
honroso destino terminó su existencia, 

XXIII 

DON EERNAUDINO PEAPEL 

La muerte del digno ciudadano don Bernarclino 
Pradel, acaecida en la ciudad de Concepción el mes 
antepróximo (enero de 1839), en edad bastante 
avanzada, ba debido ser un día de luto para los 
amantes de la libertad. 

Fue uno de aquellos ciudadanos que desde el pri- 
mer día de la patria se presentaron con jen ef osó en- 
tusiasmo a arrostrar toda clase ele peligros para eri- 



— 411 — 

jir i sostener su vacilante edificio, que con el mayor 
furor procuraron sus formidables enemigos minar 
en su cimiento. Los sacrificios i persecuciones del 
señor Pradel fueron notorios, especialmente por los 
padres del Colejio de Propaganda, cuya divisa fue, 
i será siempre, guerra i esterminio a los defensores 
de la libertad, cooperación i auxilio a los tiranos 
que la combaten. 

Quiera la suerte que este ilustre ciudadano tenga 
otros tantos imitadores de su amor a la libertad, 
de sus virtudes cívicas i domésticas, cuantos son 
los que componen su numerosa i honrada descen- 
dencia. 

XXIV 

SAItJBNTO LÁZARO CASTRO 

No es a la memoria de un ilustre jeneral, ni de 
ua alto majistrado, a la que consagramos este breve 
rasgo, sino a la de un infeliz sarjento que, desde 
los primeros días de la patria, le prestó importan- 
tes servicios. Tal fue Lázaro Castro, a quien ob- 
servamos en los años 1813 i 181-1 en asiduas fati- 
gas, disciplinando incesantemente las partidas de 
reclutas que se enviaban para reemplazos del ejér- 
cito restaurador, siendo de ordinario el que las 
conducía a incorporarlas. _ 

Se halló en las principales acciones de guerra en 
que acreditó siempre un patriotismo i valor sobre- 
calientes. Instruido el gobierno de su honrosa coni- 



— 412 — 

portación, le dispensó de oficie el grado de alférez, 
gracia bastante difícil de conseguir en época en que 
aún no estaba disipada la mas funesta de las preo- 
cupaciones, que requería, por base para toda con- 
cesión honorífica, la nobleza. 

Este destino ejercía cuando el enemigo ocupó e* 
país; pero fue tal su desgracia que, después de 
restaurado, no pudo conseguir se le refrendase aquel 
título por sospechoso de desafecto al partido domi- 
nante* Fuele preciso restituirse a su antiguo oficio 
de carpintero, que, siéndole al fin poco productivo 
por sus avanzados años, tuvo eu su última enfer- 
medad que solicitar una cama en el hospital, donde 
falleció en medio de las angustias inseparables de 
aquel asilo de la miseria. 

Tal es la suerte de no pocos defensores esclare- 
cidos de la patria. 

Castro ha fallecido dejando una viuda en la úl- 
tima pobreza i un hijo como de edad de diez años, 
la mas a propósito para recibir educación. El Val- 
diviano llena el mas grato deber anunciándolo. 

XXV 

EL CIUDADANO ANTONIO CASTAÑEDA 

La vida de este hombre, a quien una muerte 
violenta acaba de arrebatarnos, fue constantemente 
consagrada, ya como ciudadano, ya como militar, 
al servicio de la patria. Hijo de un honrado albañih 



— 413 — 

logró que su padre le proporcionase una educación 
poco común entre los de escasa fortuna. Después 
de las primeras letras, le dedicó al estudio del idio- 
ma latino i de la filosofía; i aunque en estos pri- 
meros ensayos de su talento prometía grandes 
progresos, tuvo su padre que ceder al imperio de 
la necesidad, destinándole al aprendizaje de un 
oficio que le diese de qué subsistir, i fue el de san- 
grador, en el que, i en todas sus anexidades, se 
hizo recomendable por sus modales, su pericia i 
caridad con los enfermos, mereciendo se le solicita- 
se con preferencia entre los de su profesión. 

Pero no es por estos respectos por lo que El 
Valdiviano debe principalmente recordarle, cuanto 
por su adhesión a la causa de la libertad. Al esta- 
llar la i evolución se hallaba Castañeda bastante 
joven, i se pronunció por ella con el mas decidido 
entusiasmo. Mui pronto tuvo ocasión de acreditar 
que estaba resuelto a sacrificarse en su defensa. 
Invadido el país en 1813 por fuerzas españolas en- 
viadas por el virrei del Perú, uno de los cuerpos 
que prontamente partieron de esta capital para 
repelerla agresión, fue el de los Infantes de la Pa- 
tria, recién organizado, en el que el joven Castañeda, 
era sarjento primero de una compañía. Es notorio 
que este cuerpo fue uno de los que mas se distin- 
guieron en aquella contienda entre la tiranía i la 
libertad, i que uno de los que se adquirieron mayor 
renombre fue Castañeda, como lo prueban sus as». 



— 414 — 

censos sucesivos hasta capitán con grado de sarjen, 
to mayor. 

Entre las alternativas de triunfos i derrotas, 
cayó una vez prisionero; i los enemigos le confina- 
ron a la isla do la Quinquina, donde sus padeci- 
mientos fueron estreñios, habiéndose visto próximo 
a perecer de necesidad, porque no era otro el trato 
que los españoles daban a los que, calificados de 
rebeldes, consideraban siempre acreedores a la pena 
de muerte. 

Como las disensiones domésticas facilitaron al 
enemigo la ocupación del país, que nunca hubiera 
conseguido por las armas, el ardor republicano de 
Castañeda quedó en inacción hasta que, restaurado 
e invadido segunda vez por el obstinado virrei del 
Perú, tuvo lugar la gloriosa i decisiva jornada de 
Maipo, en que acreditó Castañeda, como antes, su 
valor, pericia militar i amor a la patria, haciéndose 
acreedor a que se le condecorase con la medalla ele 
honor, que servirá del mejor timbre a sus hijos. 

Ha dejado cuatro en menor edad, recibiendo la. 
correspondiente educación; i debe esperarse que 
serán fieles imitadores do las virtudes cívicas de su 
digno progenitor, a que sin duda los encamina su 
digno i respetable abuelo. 

XXVI 

EOCTOR DON JOSÉ GASPAR MARÍN 

Los destinos que este ciudadano obtuvo en la 
República, son el mas relevante título de su pa- 



triotismo i cíe sus lucos. En setiembre de 1810, en 
que estalló la revolución, se hallaba ejerciendo in- 
terinamente el cargo de asesor jen eral del gobierno 
real. En él, adhirió a cuantas solicitudes de palabra 
i por escrito dirijió la municipalidad reclamando la 
reunión del pueblo para que deliberase libremente 
sobre su suerte en aquellas aciagas circunstancias. 
Los esfuerzos de los oidores i de la autoridad 
eclesiástica, para inclinar el ánimo del presidente a 
la negativa; nada pudieron contra la eficaz influen- 
cia del asesor; i la reunión del pueblo, reclamada 
enérgicamente por la municipalidad i apoyada al 
mismo tiempo por la bizarra juventud de aquella 
época gloriosa, tuvo efecto el memorable 18 de se- 
tiembre. En ella, el doctor Marín fué nombrado 
secretario de la suprema junta gubernativa creada 
ese día; i en 4 de setiembre de 1811, fue electo 
vocal de la tercera junta, que nombró el congreso, 
compuesta de cinco vocales. 

La ocupación de Chile ñor el enemigo obligó al 
doctor Marín a emigrar; i diversas circunstancias 
hicieron singularmente penosa su existencia fuera 
de la República. Después de su restauración, i 
pasado algún tiempo, fue llamado a servir el cargo 
de ministro de la suprema corte de justicia, el que 
ejerció hasta su fallecimiento acaecido en 24 de 
febrero último (1839), desempeñándolo con inte- 
gridad e ilustrado discernimiento. 

Debe ser satisfactorio a los amantes de la liber- 
tad que el doctor Marín deja tres hijos herederos 



~ 416 — 

de sus talentos, con la ventaja de que, si el padre- 
recibió solo la mezquina educación que era permi- 
tida a los americanos bajo el réjimen colonial, los 
hijos han tenido la que es propia de un pueblo 
libre. 

XXVII 

DON MIGUEL URETÁ I CARRERA 

El 29 de mayo de 1839, ha fallecido el teniente 
coronel don Miguel Ureta i Carrera, Fue uno de 
los capitanes del estinguido batallón de Granaderos, 
primer cuerpo militar que se creó a los pocos meses 
después de la revolución del 18 de setiembre de 
1810. Se halló el teniente coronel Ureta a la cabeza 
de su compañía el 1.° de abril de 1811, en que aquel 
cuerpo se presentó a la plaza i batió con denuedo 
i valentía al comandante Figueroa, que, con la 
fuerza de mas de quinientos hombres, intentó repo- 
ner la dominación española, día de gran perturba- 
ción i peligro para Chile. 

Invadido el país por las fuerzas espedicionarias 
del Perú, el teniente coronel Ureta hizo toda la 
penosa campaña de 1813 i 1814 con crédito i repu- 
tación hasta la aciaga jornada en que los españoles, 
aprovechándose de nuestras divisiones intestinas, 
lograron un triunfo decisivo, por el que restablecie- 
ron su dominación. 



— 417 — 

No podía este benemérito patriota permanecer 
entre ellos, sin resignarse a ser una de las víctimas 
de la ferocidad española. Determinó, pues, emigrar, 
como todos aquellos que se hallaban en igual caso, i 
padecer la indijencia que se le esperaba fuera del 
seno de la patria. 

Restaurada la República en 1817, no volvió a la 
carrera militar, sin embargo de su deseo de ejer- 
cerla mientras existiesen en ella españoles que 
combatir, porque, considerándosele adicto al parti- 
do de los ilustres i desgraciados Carreras, no podía 
esperar colocación en el ejército. Sufrió persecucio- 
nes horrorosas hasta haber sido espatriado a las 
mortíferas costas del Chocó. 

Variada la administración, regresó a su patria; i 
se entregó a la vida privada en el cultivo de un 
fundo de su propiedad i a la educación de sus hijos, 
inspirándoles el mas vivo interés por la estabilidad 
i progresos de la República. 

XXVIII 

DON CARLOS RODRÍGUEZ 

El 23 de octubre de 1839, a las ocho i cuarto 
de la noche, ha fallecido este benemérito ciudadano, 
dejando con su muerte un vacío, que ojalá la patria 
llegue alguna vez a verlo ocupado tan dignamente. 
Dotado de un talento distinguido, de un carácter 
firme e impertérrito, de alma inclinada a la justicia 

53 



— 41S — 

i al bien do la, humanidad, pudo desplegar tan no- 
bles cualidades en diferentes épocas de la revolu- 
ción. 

Como simple ciudadano, hallándose en su mas 
florida juventud, cooperó desde 1810 con entusias- 
mo republicano a los progresos de la causa de la 
independencia. El crédito que luego se adquirió, 
hizo que las autoridades i el voto público se apre- 
surasen a llamarle al desempeño de los mas altos 
destinos en los tres distintos poderes que forman 
el cuerpo político. En el ejecutivo, obtuvo el cargo 
de ministro de estado de dos gobiernos. Su desin- 
terés, su probidad i justificación en el ejercicio de 
él no sufrieron la menor nota, ni se oyeron quejas 
contra su conducta ministerial. Pero no era esto 
destino en el que mas podía desplegar la estensión 
de su jenio, el cual exijía un teatro mas vasto para 
obrar con mayor independencia en sus opiniones. 
Tal fue el que le presentó su nombramiento de 
diputado para los congresos de 1825 i 1831. En 
uno i otro, llamaban sus discursos de tal modo la 
atención pública, que contribuían notablemente a 
aumentar el número de concurrentes a la barra, 
ocupándose desde antes de abrirse las sesiones 
todos sus asientos, i lo mismo el demás ámbito dé 
la sala. En el do 1825, no fue solo la concurrencia 
de hombres: se formó también tribuna para señoras, 
la que era igualmente concurrida. 

Discutiéronse en esto mismo congreso puntos los 
mas interesantes a la causa pública: en él, fue decía- 



— 419 — 

rada nula la constitución del año 1823 por unani- 
midad de sufrajios. Permítasenos recordar aquí al 
memorable Camilo Henríquez, miembro de esta 
legislatura, el que, después de algunas profundas 
indicaciones sobre los vicios i monstruosidades de 
aquel código, conclu} T ó que no debía perderse tiempo 
en discutirlo. En él, se consideró un sabio proyecto 
de lei sobre garantías individuales, en cuya discu- 
sión sobresalieron los talentos de don Carlos Rodrí- 
guez i de su digno compatriota don Bernardo "Vera; 
i como este era el asunto de mas vital interés 
para los pueblos, una barra numerosa manifestaba 
el placer i gratitud con que escuchaba los debates. 
Ea él, se promovió la abolición ele las alcabalas, del 
diezmo i de los mayorazgos. Se discutieron el pro- 
yecto sobre aprobar la ocupación de bienes cíe re- 
gulares (aprobado por unanimidad escepto dos 
votos irónicos de C. i B.); el de establecimiento 
de una contribución directa que, a los ocho años, 
ha venido a ser adoptado, aunque alteradas Sus 
mejores bases; i se tocaron otras no menos impor- 
tantes materias, que, si no se terminaron, quedó al 
menos preparada la opinión. En todas, resplande- 
cieron los talentos i patriotismo de Rodríguez; pero 
donde ostentó mejor su grandeza de ánimo fue al 
hacer indicación para que se previniese al ejecutivo 
mandase comparecer en la barra al comandante de 
armas i jefes de los cuerpos militares a responder 
de cierto acto, que no recordamos bien, de insubor- 
dinación, de que fueron notados por el ejecutivo 



— 420 — 

misino. La sala trepidó en esta medida que, aunque 
conveniente i justa, hería el orgullo militar; pero, 
al fin, se acordó; i verificada la comparecencia, se 
le confió hacerles los cargos, lo que ejecutó con el 
denuedo i entereza que el caso exijía, i le era natu- 
ral, logrando sacar todo el fruto que se esperaba. 

En medio de tan laudables tareas, fue una des- 
gracia para la República la moción por la que diez 
i nueve diputados propusieron la disolución de aquel 
cuerpo. Un mí mero, al parecer igual, la rebatió con 
calor, entre los que descollaba el ciudadano Ro- 
dríguez. Suponían los autores de la moción que el 
congreso nada había hecho en seis meses. El aserto 
era exajerado; pero el señor Rodríguez, permitién- 
doles que así fuese, les replicaba: 

— ¿Ha hecho acaso algún mal? ¿Grava al erario 
cuando sus miembros no perciben dieta ni emolu- 
mento alguno? Si no ha podido hacer mas, ha con- 
sistido en la oposición que ha encontrado en la 
misma sala. Este obstáculo al fin se irá venciendo; 
i el congreso continuará su marcha augusta, i será 
quizá el que haga la felicidad de la nación. 

— Soi idólatra de estos cuerpos (concluyó mu- 
chas veces) porque, cuando la elección de sus miem- 
bros no ha sido obra del poder, de lo que no puede 
tacharse al presente, forman la mejor garantía de 
los pueblos. 

Todos los esfuerzos fueron inútiles. Los autores 
de la moción, sin esperar votación, abandonaron la 
sala, i pasaron al ejecutivo a pedir decretase la di- 



— 421 — 

solución de aquel cuerpo, como se verificó, publi- 
cándola por bando al día siguiente; pero al mismo 
tiempo se espidió circular para elección de di- 
putados a un nuevo congreso, cuya reunión tuvo 
lugar en el año siguiente de 1826. 

Fue una de las virtudes que distinguieron al go- 
bernante de esa época (don Ramón Freiré): su celo 
por la existencia de la representación nacional i su 
ninguna injerencia eu las elecciones populares. 

Es indudable que el ciudadano Rodríguez habría 
sido uno de los primeros elejidos para repz - esentan- 
te en el citado congreso de 182(>, i lo mismo para 
el de 1828. Estaba mui viva la memoria de bus 
aptitudes i amor a la causa pública; pero la decen- 
cia impedía en esos años llamar a la representación 
nacional a individuos empleados en algunos de los 
supremos poderes, como lo estaba el señor Rodrí- 
guez. La constitución hoi vijente de 1833 fue la 
que abrió esta puerta; i desde su sanción, los mi- 
nistros de estado son, como es consiguiente, o 
diputados, o senadores, viniendo nuestros congresos 
a formar en su gran mayoría una reunión de em- 
pleados a sueldo del ejecutivo, i espiados por los 
mismos que les dan los destinos. 

Siguió el congreso de 1831; i de él fue miembro 
el ciudadano Rodríguez. La entereza, liberalismo i 
dignidad con que sostuvo su misión, si no sobrepa- 
só, fue al menos igual a la que manifestó en el de 
1825. Sus discursos improvisados llamaron siempre 
la atención piíblica, atrayendo mucha mas juventud 



— 422 — 

quo la que permitía el salón de sesiones. Con rela- 
ción a su elocuencia, donaire i gracia con que los 
pronunciaba, un ilustrado subdito de la Gran Bre- 
taña hacía frecuentemente recuerdos comparativos 
con los del celebre O'Conell en la cámara de los 
comunes. 

Como el partido de oposición al ministerio en 
ese congreso se compusiese solo de ¡seis o siete in- 
dividuos, i hubiese la misma sala declarado nulas 
las elecciones de tres de sus miembros, el ciudadano 
Rodríguez, contra cuya elección se suscitó también 
el mismo juicio de nulidad, aunque no se declaró, 
se propuso retirarse con algún protesto; pero tentó 
antes promover uno de los mayores actos de justi- 
cia, presentando la moción mas humana i de estric- 
to deber, para que se restituyese al goce de sus 
sueldos a los ciento i tantos oficiales que fueron 
dados de baja sin precedente juicio. Del modo mas 
patético, hizo ver en distintas alocuciones cuan in- 
digno era de la representación nacional dejar pere- 
cer en la miseria a los que, para dar independencia 
a la República, habían espucsto sus vidas, i pre- 
sentaban sus cuerpos cubiertos de gloriosas cicatri- 
ces. Su moción fue desechada, sirviéndole de último 
desengaño para su separación de aquel cuerpo. El 
total abandono que desde ese día hicieron los ciu- 
dadanos de la barra, fue la mejor prueba del mérito 
de tan digno representante. 

Sobrevinieron poco después horribles persecucio- 
nes. Hallábase contraído i tranquilo en el servicio 



— 423 — 

de ministro de la suprema corte; i cuando menos lo 
esperaba, se le fue a estraer preso de su casa de orden 
de la intendencia. No estando en su morada, le bus- 
có su familia para evitarle la sorpresa; i desde el 
punto donde tuvo el aviso, partió en derechura a 
presentarse a la misma intendencia. Inmediatamen- 
te se le mandó a un cuartel. De allí a la cárcel, de 
la que se le trasladó a Valparaíso; i fue embarcado 
para Lima. Cuando todo esto se ejecuta sin prece- 
dente formación de causa, bai derecho para creerlo 
atentado de la autoridad, i no crimen del hombre 
¡perseguido. 

Al poco tiempo de su arribo a Lima, contrajo el 
señor Rodríguez una grave enfermedad, la que en 
sentir de los facultativos iba a acabar con su existen- 
cia, si no vanaba de temperamento. Renovaron 
entonces nuevas reclamaciones ante el gobierno su 
desgraciada familia i sus amigos; i obtuvieron li- 
cencia para su regreso. 

Mas, como si el término de sus desgracias no de- 
biese ser otro que la muerte, se le fulminó después 
de su regreso nueva acusación, porque en uno de 
los impresos contra el jeneral O'Higgins que pu- 
blicó en Lima, i que pertenecen a la historia, sentó 
que el gobierno actual de Chile había consentido u 
ordenado se atentase contra su vida. Sin duda por 
esta causa, se le ha mantenido seis o siete años sus- 
penso del ejercicio de su empleo i reducido a media 
renta. Mas ¿por qué el acusador dejó durante la 
vida del acusado pendiente el juicio? 



— 424 — 

En este estado de miseria, i agobiado de infortu' 
nios, ha tocado el señor Rodríguez el término de su 
existencia a los cincuenta i tres años de su edad no 
cumplidos, la que le fue abreviada probablemente 
por la no interrumpida serie de trabajos i persecu- 
ciones. Jamás su naturaleza logró reponerse de la 
grave enfermedad que contrajo en Lima, ni fue de 
esperarlo en medio de los sinsabores que le sobre- 
vinieron después de su regreso. 

Ha fallecido sin dejar con que honrar sus cenizas, 
viéndose precisada su infeliz viuda a contraer em- 
peños para costearle unos escasos funerales, i con 
dos hijos, que apenas tocan en la edad de la puber- 
tad. El uno varón, i con las mejores disposiciones 
para continuarla educación que empezó a suminis- 
trarle su digno padre. 

La muerte de Rodríguez ha sido, como lo ha di- 
cho ya unapreciable periodista, una calamidad para 
Chile. Ciertamente Chile ha perdido al mejor cam- 
peón del partido democrático, al mas celoso custodio 
de las instituciones republicanas. Recuérdense la 
entereza i valentía con que en la noche de 16 de junio 
de 1825 concurrió a sofocar la funesta reacción que 
la aristocracia combinada en masa emprendió sor- 
presivamente en esa noche turbulenta. 

La historia recordará diversos otros sucesos que 
no honrarán menos la memoria de este digno padre 
de la patria. 



— 425 — 
XXIX 

CORONEL DON JOSÉ SANTIAGO SÁNCHEZ 

En noviembre de 1839, falleció repentinamente 
en su hacienda de campo este benemérito oficial, 
uno de los que sirvieron a la patria en la guerra de 
la independencia desde 1813, en que tuvo principio 
hasta las últimas acciones, que terminaron glorio- 
samente la contienda, después de dos años de con- 
tinuados sangrientos combates. El coronel Sánchez 
principió su carrera desde los primeros grados del 
ejército; i puede decirse que cada promoción fue 
precedida de nuevas acciones, en que supo siem- 
pre distinguirse. 

No fue Chile solo el teatro de su valor i esfuer- 
zos en favor de la causa americana. Él fue uno de 
los jefes del ejército espedicionario que en 1820 
zarpó de Chile a las órdenes del jeneral San Martín 
para libertar al Perú del yugo español, i que en el 
propio año fijó el estandarte de la libertad en la ca- 
pital de aquel imperio. 

Pero, como si un fatal hado persiguiese a los 
defensores de la independencia, hallándose el coro- 
nel Sánchez retirado en su hacienda de campo, 
recibió órdenes del gobierno para marchar a incor- 
porarse al ejército que en 1837 debía partir para el 
Perú i hacer la guerra al jeneral Santa Cruz. Es 
notoria la insurrección del ejército espedicionario 

54 



— 428 — 

en la ciudad de Quillota, desconociendo la autori- 
dad del gobierno; i siendo este jefe el primero por 
su graduación, aunque no el destinado a mandaren 
jefe, fue también el que primero firmó el acta en 
que espusieron los motivos de la insurrección. 

Sofocado el movimiento en la acción del Barón, 
tuvo el coronel Sánchez que guarecerse en los mon- 
tes para no correr la suerte de los demás aprehen- 
didos. A los dos años i medio de hallarse en esta 
vida errante i angustiada, ha tocado el término de 
su existencia antes de los cincuenta años de su 
edad. Así han concluido los mas dignos defensores 
de la patria; pero la patria existe, i una nueva jene- 
ración disfruta de sus beneficios. 

XXX 

DON IGNACIO VALDÉS 

Falleció en febrero de 1840, habiendo sido uno 
de los miembros del cuerpo municipal que presidió 
en el año de 1810 la reunión del 18 de setiembre, 
en que fue sancionada la cesación del gobierno es- 
pañol. En ella, i constantemente después, el ciuda- 
dano Valdés manifestó una firme adhesión a la causa 
de la independencia, habiendo concurrido con su 
sufrajio a todos los preliminares de aquel acto au- 
gusto. 

Su numerosa descendencia debe gloriarse de este 
honroso i grato ejemplo que le trasmite. 



— 427 — 
XXXI 

EL CORONEL DOX JORJE BEA.UCHEF 

Xos contraeríamos a analizar algunas de las bri- 
liantes acciones de este benemérito jefe, sino estu- 
viesen ya dignamente detalladas en El Araucano i 
El Mercurio; i por considerar al mismo tiempo que 
las acciones de magnitud en servicio de la libertad 
nacional pertenecen mas esencialmente a la pajinas 
de la historia, que a las columnas de un periódico, 
cuyos editores podrán apenas bosquejarlas. Por lo 
tanto, nos reduciremos a insertarla oración fúnebre 
que al borde su tumba i en medio de un gran coa- 
curso, pronunció su digno compatriota don Esteban 
Hipólito Beauchemin, a quien tuvimos c! honor de 
escuchar: 

Señores: 

Un hombre nos precede en la tumba. Estos fríos 
e insensibles restos que vamos a depositar en nues- 
tra última i común mansión, los animaba poco há el 
alma de un ciudadano íntegro, de un soldado intré- 
pido, de un amigo franco i leal, la del coronel don 
Jorje Beauchef. Como militar hábil i valiente, sus 
mas dignos títulos se hallan estampados en las mas 
bellas pajinas de la historia de un heroico pueblo 
que combatía, i venció, por conquistar su libertad. 

Cuando el águila francesa hubo desaparecido en 
su rápido i glorioso vuelo, Beauchef divisó a lo lejos 



—"428 — 

el cóndor chileno que, desplegando ya sus raudas 
alas, le llamaba a sagrados combates; i los mismos 
tres colores que en su juventud enarboló con ardor, 
debían ornar con gloria su féretro. Chilenos! fran- 
ceses! hoi unidos por un mismo i noble sentimiento 
para rendir homenaje al hombre que duranteel curso 
de su vida defendió dos estandartes, ¡honor a la 
memoria del coronel don Jorje Beauchef! Que ella 
viva inmortal en nuestros corazones, como quedó 
eternamente grabada su gloria en los fastos de la 
República Chilena, para que nuestros descendien- 
tes puedan aún proclamarla e imitarla. 

XXXII 

PRAI JAVIER GUZMÁN 

Si nos es grato recordar los nombres de ciuda- 
danos que prestaron servicios a su patria, nos es 
mucho mas conmemorar los de aquellos que, perte- 
neciendo al gremio eclesiástico, han concurrido 
igualmente al lleno de este primer deber de todo 
hombre en sociedad. Desviados los mas de él por 
ese espíritu de cuerpo que empiezan a contrae 1 " 
desde su profesión, i que les hace formar causa dis- 
tinta de la del pueblo ¡cuan recomendables son los 
pocos que fueron fieles a las obligaciones que al 
nacer contrajeixm para con su patria, i de las que 
nada hai que pueda eximirles! Considerado el mi- 
nisterio que ejercen, i el estado de ignorancia i fa- 



— 429 — 

natismo de los pueblos, cuanto puede ser funesta 
su influencia a la causa de la libertad, tanto servirá 
a afianzarla si la respetan. 

Con estos títulos, el padre frai Javier Guzrnán 
que falleció en agosto de 1840 de edad octojenaria, 
es ciertamente digno de honrosos recuerdos. Pa- 
triota desde que estalló la revolución, no como un 
ciego sectario de ella, sino por sus principios i dis- 
tinguida ilustración, contribuyó a formar la opinión 
pública con sus escritos i sus consejos, a los que en 
gran parte fue debido el que la comunidad francis- 
cana, de la que era prelado en la época de la revo- 
lución, se hubiese distinguido sobre las demás por 
el acendrado patriotismo i servicios a la causa de la 
independencia de algunos de sus hijos. 

Merecen recordarse los siguientes: Bauza, Bel- 
trán, Aránguiz, García frai Fernando, García frai 
Juan Gualberto, Silva, Vidal, Cajas, Morales, 
Hernández, Michilot, Zarate, Basabuchas'cúa, reli- 
giosos los mas respetables por su virtud i su saber, 
de los que solo existe el primero empleado en el 
ministerio parroquial. 

A mas de diversos manuscritos sobre asuntos 
de interés jeneral, dio también a luz el padre Guz- 
mán la Historia de Chile, desde su conquista por 
los españoles; la escribió pocos años antes de su 
muerte. Esa historia se resiente, es verdad, de 
alguna falta de exactitud i de omisiones en hechos 
notables i acciones heroicas de la revolución; de 
alguna parcialidad o sea falta de conocimiento en 



— 430 — 

la clasificación de los principales i mas esforzados 
cooperadores en tan grandiosa i ardua empresa. 

Los tres ilustres Carreras habrían sido acreedo. 
res de recuerdos honrosos por su denodada coope- 
ración a la emancipación i sus marciales servicios. 

Sin embargo de todo esto, i de que las mas de las 
historias no se hallan exentas de este defecto, el 
padre Guzmán tuvo el singular mérito de haber 
sido el primero que, animado de su celo por la inde- 
pendencia de su patria, ha legado a sus conciuda- 
danos desde el aislamiento i lobreguez de los claus- 
tros, i a pesar de su salud estenuada i achacosa, la 
historia de los sucesos de la emancipación política, 
en la que otras plumas hallarán copiosos materiales 
i observaciones juiciosas para sus trabajoshistóricos. 

XXXIII 

CIPRIANO CASTAÑEDA 

Este honrado negro, padre del valeroso teniente 
coronel Antonio Castañeda, que tan distinguidos 
servicios prestó a la República en Ja guerra de la 
independencia, i cuya necrolojía he publicado antes, 
ha muerto a mediados del mes anterior, víctima 
desgraciada del feroz fanatismo, que cerca de dos 
lustros agobia a la República, aprovechándose de 
circunstancias las mas favorables que jamás se le 
han presentado. 

En la noche del 9 del corriente (setiembre de 
1840), llegó a mi casa una mujer a quien no conocía 



— 431 — 

con el fia de consultarme qué parte le correspon- 
dería en los bienes de su marido muerto pocos días 
antes, i nombró a Castañeda. Como este hombre 
nos había servido varias veces en su oficio de alba- 
ñil, nos excitó la curiosidad a indagar la causa de su 
muerte, i la mujer refirió el suceso en estos térmi- 
nos: 

— Entró en los ejercicios que se dan en San José 
para el jubileo de la Porciúncula; i en ellos perdió 
el juicio a los tres días. Se le hizo, sin embargo, con- 
tinuarlos hasta que concluyeron. Al regreso a nues- 
tra casa, ya fue enteramente loco. En mi desamparo, 
tuve que implorar el auxilio de algunos vecinos 
para sujetarle. Primero se le encerró en un cuarto; 
i como no fue suficiente, se tomó el arbitrio de 
amarrarle. En este estado, murió a los tres días de 
su salida de ejercicios, sin haber querido en ellos 
tomar alimento alguno. 

Así ha terminado su existencia este venerable 
anciano, que mereció el aprecio jeneral por su hon- 
radez, por sus modales i por su singular pericia en 
su oficio, dejando a su infeliz mujer, i a sus nietos, 
hijos del teniente coronel en su minoridad, sin este 
apoyo, sin este modelo de virtud. 

XXXIV 

CORONEL DON MANUEL A, RECABA.RKEN 

Ha fallecido el 27 de octubre de 1840. Fue uno- 
de los mas entusiastas en la causa de la indepen- 



— 432 — 

dencia, i de los primeros en apersonarse en las 
reuniones populares dirijidas a promover los dere"* 
rechos públicos i defender las garantías de los ciu- 
dadanos. En la que se celebró el 11 de julio de 1810f 
en que por primera vez se vio reunido el cabildo 
con gran parte del pueblo de Santiago para recla- 
mar verbalmente ante la real audiencia contra la 
atentatoria providencia del capitán jeneral, que, sin 
previa formación de causa mandó prender i embar- 
car para Lima a tres respetables ciudadanos por 
imputación del crimen de sedición, Recabarren fue 
de los que desplegaron mayor enerjía. 

En aquella reunión, el presidente español García 
Carrasco, a quien la audiencia llamó a presidir el 
acuerdo, amenazó a los ciudadanos concurrentes, 
diciéndoles: Vaya a que ninguno sale de esta sala. 

Exaltado Recabarren al oírle, i animado de su 
vivacidad natural, le contestó con denuedo i arro- 
gancia: ¡qué desvergüenza es esa!; i en seguida im- 
provisó el procurador jeneral don José Gregorio 
Argomedo, su brillante i enérjica reclamación, pa- 
tentizando aquel i otros atentados, i exijiendo ga- 
rantías públicas, las que fueron otorgadas sin limi- 
tación; empezando desde esta ilustre jornada a 
desmoronarse el antiguo edificio colonial. 

En todas las demás reuniones hasta la del 18 de 
setiembre de 1810, manifestó Recabarren igual 
decidido entusiasmo por la independencia, obligán- 
dole sus compromisos a emigrar del país a su ocu- 
pación por los españoles en el año de 1814, al que 



— 433 — 

regresó en el de 1817, en que fueron espulsados, 
después de graves padecimientos consiguientes a la 
emigración. 

Considerándole el nuevo gobierno digno por su 
patriotismo de los primeros destinos, le nombró 
intendente de la provincia de Santiago, después de 
la de Coquimbo, i últimamente de la de Talca. De- 
sempeñó también el cargo de ministro de la corte 
marcial en tiempos los mas críticos para espedirlo 
libremente, lo que hizo mas recomendables sus actos 
de firmeza e integridad. 

XXXV 

DOCTOR DON PEDRO MORAN 

profesor de cirujía i medicina, i catedrático en el 
gran Instituto Nacional 

Falleció en diciembre de 1840 a los sesenta i 
nueve años de su edad, causando su muerte el mas 
justo sentimiento público. Dotado de talentos i de 
virtudes sobresalientes, supo captarse la benevolen- 
cia i aprecio común, especialmente desde que es- 
talló la gloriosa revolución del 18 de setiembre de 
1810, en la que, declarándose uno de sus mas fer- 
vientes partidarios, empleó todo su celo i sus luces 
en contribuir a formar la opinión pública que, na- 
ciente entonces, no tenía la causa de la libertad 
otro apoyo, que los esfuerzos de nn corto número, 

55 



— 434 — 

en el que se distinguía el doctor Moran. Sus mas 
señalados e importantes servicios fueron durante la 
guerra de 1813 i 1814 a consecuencia del nombra" 
miento que obtuvo de cirujano del ejército. Jamás 
los hospitales militares lograron una asistencia mas 
asidua, sin que le arredrasen los peligros i trabajos 
a que se veía diariamente espuesto, i que le hicieron 
caer por dos veces prisionero. Primero, cuando los 
enemigos ocuparon la ciudad de Talca, en cuya 
prisión permaneció hasta que por los tratados de 
Lircai fueron puestos en libertad los de uno i otro 
ejército. 

Renovada al poco tiempo la guerra, volvió a to- 
mar parte con no menos decisión, i cayó segunda 
vez prisionero en la desgraciada acción de Ranca- 
gua. En ésta, fueron mayores los riesgos de su vida, 
en razón de la mayor ferocidad que desplegaron los 
españoles, que, no teniendo ya que contemporizar, 
pues todo se había doblegado a su poder tiránico, 
no omitieron vejaciones que no hiciesen sentir a 
los rebeldes vencidos. 

En la segunda época de la patria, contada desde 
su restauración en 1817, el doctor Moran sirvió en 
cuanto las autoridades le emplearon en favor de 
la causa pública; i terminada la guerra, se contrajo 
al ejercicio de su profesión con tal desinterés que, 
a pesar de ser uno de los profesores mas acreditados, 
no ha dejado a sus hijos mas que el ejemplo de sus 
virtudes. 
No era solo la asistencia de los enfermos toda su 



— 435 — 

atención. Llamado al servicio de la cátedra de ciru- 
jía en el Instituto Nacional empleaba gran parte 
de tiempo en la enseñanza de sus discípulos, a quie- 
nes espresó días antes de morir, que su mayor sen- 
timiento era dejar sin concluir el curso que se ha- 
llaba dictándoles, i próximo ya a su término. 

Un hombre que había consagrado toda su vida 
al bien de sus semejantes, no podía menos de esci- 
tar con su muerte el mas cordial sentimiento. Aci:e-. 
ditólo así la gran concurrencia, no solo de sus dis- 
cípulos i compañeros de profesión, sino de crecido 
número de ciudadanos, a conducir su cadáver al 
panteón, habiendo desde el carruaje tomado el fére- 
tro sobre sus hombros los cuatro profesores mas 
antiguos para llevarlo a colocar en su tumba, a cuyo 
pie pronunció uno de sus discípulos la patética ora.-, 
ción fúnebre, que ha consignado l$l Araucano en 
sus columnas. 

XXXVI 

TENIENTE-CORONEL DON JOSÉ DEL CASTILLO 

Cada militar de la gloriosa guerra de la inde- 
pendencia que la muerte nos arrebata, es una pér- 
dida irreparable para la patria, que aún necesita 
del auxilio de sus verdaderos hijos. El amor i el 
interés por una causa que sostuvieron con su san- 
gre en medio de los peligros, las amarguras i pri- 
vaciones, no se trasmiten por cierto a los que no 



— 436 — 

experimentaron en el todo ese cúmulo de infor- 
tunios. 

El teniente-coronel don José del Castillo, que 
falleció el 6 de marzo de 1841, fue uno de esos 
guerreros que en trece años de servicios sin inte- 
rrupción se distinguieron dignamente, haciéndose 
acreedor a los ascensos que obtuvo desde cadete 
hasta jefe de uno de los cuerpos que mas se seña- 
laron en diferentes acciones de guerra. 

No fue Chile el único teatro de sus servicios 
militares. El perteneció al ejército que bajo las 
órdenes del jeneral San Martín espedicionó de 
Chile al Perú para derrocar el poder de los virre- 
yes, i tuvo parte en muchas de las gloriosas accio- 
nes que, después de tres centurias de esclavitud, 
dieron libertad al inrperio de los Incas. 

Regresado a Chile, fue envuelto en la guerra 
civil que, por la sorda i solapada influencia de los 
mismos enemigos de la independencia, aflijió a este 
país en 1829, como ha aflijido i aflije a las demás 
nuevas repúblicas. 

Desde esta época, infortunios de otra especie, 
que tan comunes han sido conti'a los ilustres de- 
fensores de la independencia, acompañaron al te- 
niente-coronel Castillo hasta el sepulcro. Aunque 
joven, no podía resistir ya la serie de padecimientos 
que de día en día le sobrevenían, i concluyó su 
existencia en la flor de la edad, i cuando la Repú- 
blica debía esperar aún mas importantes servicios, 



— 437 — 

en proporción de su mayor pericia militar i espe- 
riencia adquirida en la escuela de los trabajos. 

Su viuda e hijos constituidos en orfandad i mi- 
seria tienen el mas justo derecho a la consideración 
pública; i la autoridad debe remunerar en ellos los 
servicios de que la patria le es deudora. 

XXXVII 

DON DOMINGO UGALDE 

Falleció el viernes 26 de marzo de 1841 a los se- 
senta i siete años de edad. Fue uno de los mas de- 
cididos patriotas del año de 1810, presentándose 
de los primeros a cuantos actos tenian por objeto 
sacudir el yugo opresor de España. Las insidias 
del último presidente español García Carrasco con- 
tra los que se sospechaba que podrían dar impulso 
a la revolución, obligaron a los alcaldes a rondas 
nocturnas sin intermisión en los tres meses que 
precedieron al memorable 18 de setiembre del cita- 
do año, siendo Ugalde de los primeros concurrentes 
entre los ciento a doscientos jóvenes que los acom- 
pañaban en cada noche, cuyas reuniones imponen- 
tes por su número i entusiasmo contuvieron nuevos 
avances del presidente contra otros ciudadanos, 
fuera de los tres que hizo sorprender en sus propias 
casas la noche del 25 de mayo; i a mas fomentaron 



— 438 — 



la enerjía del pueblo, sin la que difícilmente habría 
sacudido el yugo de sus opresores. 

Ugalde no ejerció otros destinos en los treinta i 
un años que sobrevivió a la revolución, que el de 
miembro de la milicia cívica, i diputado de los hos- 
pitales, para cuyo servicio gratuito eran elejidos 
por determinado tiempo aquellos ciudadanos que 
mas se distinguían por su espíritu de caridad. No 
consta que alguna vez solicitase empleo lucrativo, 
lo que prueba que su amor a la causa de la libertad 
fue el mas desinteresado. Tampoco perteneció a 
partidos, i emitía siempre su opinión con la liber- 
tad de aquellos que no tienen otras aspiraciones 
que las del bien público. Se le observó siempre tino 
i juicio en su crítica, e imparcialidad en la califica- 
ción de los servicios que se hacían a la patria; a 
todo lo que reunía uri jenio amable i naturalmente 
festivo. Ya por estas cualidades, i ya porque de 
ordinario estaba al corriente de las noticias políti- 
cas, tanto interiores, como esteriores, se hacía 
interesante su concurrencia en las tertulias pú- 
blicas. 

Su muerte fue de las mas violentas que se han 
esperimentado, habiéndole sobrevenido en la calle 
a las nueve de la noche, al retirarse para su casa: 
se ha atribuido por algunos a los ayunosi alimen- 
tos atenuantes del período cuadrajesimal. 

Nada mas justo, que el sentimiento jeneralmente 
manifestado por la pérdida de este buen ciudadano. 



— 439 — 
XXXVIII 

DOCTOR DOX GABRIEL JOSÉ TOCORNAL 

Ha fallecido el 6 de noviembre de 1841, a las 
ocho i cuarto de la mañana, después de haber ejer- 
cido varios honrosos destinos, entre ellos, el de ase- 
sor de la municipalidad en el memorable año de 
1810, en el que continuó el siguiente de 1811 por 
reelección, habiendo pasado después a diputado del 
primer congreso instalado el propio año. En 1812, 
fue nombrado secretario del señor brigadier don 
Ignacio de la Carrera, comisionado para pasar al 
cantón del Maule a transijir las desavenencias del 
gobierno de Concepción con el de la capital, que se 
miraban próximos a un rompimiento hostil. En 
1813, obtuvo el cargo de ministro sustituto de la 
cámara de justicia, i después, el de senador. 

En la judicatura, fueron mas asiduos sus servi- 
cios. Después de haber desempeñado la asesoría de 
varios juzgados subalternos, se le nombró ministro 
en propiedad de la antedicha cámara, destino en que 
fue confirmado por el congreso del año 1823 en ca- 
lidad de decano, i a los dos años promovido al de re- 
jente, el que ejerció los diez i seis que corrieron has- 
ta su muerte. 

Su justificación, prudencia i bondad le concilia- 
ron el constante aprecio i benevolencia del público, 
como de los abogados i curiales, i le hacen acreedor 
a recuerdos honrosos de sus conciudadanos, 



440 — 



XjXXIX 



DOCTOR DON FERNANDO ERRAZURIZ 

Si es justo honrar la memoria de los que contri- 
buyeron a libertar la patria del yugo de los tiranos, 
pocos hai tan dignos de este debido homenaje, como 
el doctor don Fernando Errázuriz, a quien la muer- 
te arrebató de entre nosotros el 1.5 de agosto de 
1841 a los sesenta i cuatro años de edad. Miembro 
de la municipalidad en el memorable año de 1810, 
i dotado de un carácter enérjico i fogoso, cual lo 
requerían las circunstancias, se señaló altamente 
entre los demás miembros de aquel cuerpo. 

Dos períodos notables, i de la mayor importan- 
cia, tuvo en aquel año la revolución, Primero: Des- 
de el 25 de mayo, en que don Francisco Antonio 
García Carrasco, último presidente español, dio 
principio a sus tiranías, aprehendiendo i desterran- 
do a tres respetables ciudadanos hasta el 16 de julio 
en que este jefe fue obligado a abdicar el mando. 
Segundo: Desde dicha abdicación hasta el 18 de 
setiembre, en que fue creado el gobierno patrio. Si 
analizáramos las incesantes jestiones, ya de palabra, 
ya por escrito, que en ambos períodos se interpu- 
sieron, i las reuniones de que fueron precedidas, 
veríamos siempre al doctor Errázuriz constante e 



— 441 — 

impertérrito en allanar la ejecución de la obra que 
nos dio independencia; pero este análisis correspon- 
de a la historia. Ella dará a don Fernando Errázu- 
riz el lugar que supo merecer. 

Un patriotismo tan esclarecido i acreditado, al 
paso que le atrajo las persecuciones de los españo- 
les en los años 1815 i 1816, en que volvieron a ser 
dueños absolutos del país, le mereció también el 
respeto i confianza de sus conciudadanos, llamán- 
dole casi sin interrupción a los mas altos destinos. 
De casi todos los cuerpos lejislativos, mientras vi- 
vió, fue miembro, especialmente del senado, desde 
que la legislatura se dividió en dos cámaras. 

A estos cuerpos había precedido la convención 
del año 1822, en que el doctor Errázuriz puso en 
toda su luz su respeto a los derechos del pueblo, 
por la firme oposición que hizo a la gran mayoría, 
que persistió en erijirla en constituyente, no ha- 
biendo sido sus miembros elejidos popularmente, 
ni otra su atribución, según la misma convocatoria, 
que para preparar i establecer las bases de un fu- 
turo congreso. Inútil fue la oposición del doctor 
Errázuriz i del honrado diputado de Petorca. La 
constitución fue dada; pero este atentatorio proce- 
dimiento trajo la gran revolución del citado año 
1822, que, por la prudencia de los ciudadanos déla 
capital, entre los que se distinguieron el mismo doc- 
tor Errázuriz, no fue de las mas sangrientas. 

¡Cuántas desgracias ocasiona de ordinario a los 

56 



pueblos el que no se escuche la voz de los hombres 
que desnudos de intereses individuales se esfuerzan 
por que prevalezcan los del público! 

La respetabilidad que por todas estas circunstan ■ 
cias se había conquistado el doctor Errázuriz, hizo 
que el senado en sus diversos períodos le elijiese su 
presidente; i como tal ejerció por ministerio de 
la lei en tres ocasiones la suprema majistratura 
en clase de sustituto de los presidentes propieta- 
rios. En todas, su conducta fue laudable i popular, 
sin que se oyesen quejas contra su administración, 
ni públicas, ni privadas. 

Después de tantos sacrificios i peligros, la causa 
de la libertad parece debilitarse con la pérdida su • 
cesiva de los que mas contribuyeron a crearla i sos- 
tenerla en su peligrosa infancia, i cuya presencia 
sola parecía afianzarla. Apenas le resta otro apoyo, 
que el de la nueva juventud. Ya ésta goza i se sa- 
borea con el fruto de tantos sacrificios. Ciencias, ar- 
tes, oficios, todo, ha recibido un incremento superior 
a la mas lisonjera esperanza. ¿Dejará esa juventud 
que la República que le legaron sus padres se con- 
vierta alguna vez en nuevo coloniaje, o lo que no es 
menos ignominioso, se la reduzca a ser patrimonio de 
una familia bajo el yugo de un monarca? Lejos de 
nosotros una idea con la que ofendemos el honor i 
patriotismo de la nueva jeneración educada en pre- 
sencia de tan dignos modelos, como el que les pre- 
senta la vida pública del doctor don Fernando 
Errázuriz, que acabamos de bosquejar, 



— 443 — 
XL 

PRESBÍTERO DON BERNARDO ÁLVAREZ 

Fue uno de los pocos de su gremio que adhirie- 
ron a la causa de la América, tanto en los claustros 
franciscanos a que perteneció, como después de se- 
cularizado. Talvez fue poco conocido, porque él no 
hacía ostentación de su patriotismo, contentándose 
con influir en favor de la causa pública del modo 
que le permitía su estado. 

Durante el trienio de la dominación española en 
Chile, las principales matronas comprometidas por 
la independencia, recibían de él noticias sobre la 
formación i progresos de la espedición trasandina, 
cuya exactitud admiraban después al verlas realiza- 
das. Relijioso sin fanatismo, invertía con gusto una 
parte de su corta entrada en proporcionarse los me- 
jores periódicos para instruirse i las obras elemen- 
tales de política i otros ramos análogos. ¡Cuan dis- 
tinta sería la suerte de los pueblos, si una parte 
siquiera de los eclesiásticos le imitase, al menos en 
esto, en lugar de recargar esclusivamente sus es- 
tantes i sus cabezas con nociones que mas contri- 
buyen a entorpecerlas, que a ilustrarlas. 

El presbítero don Fernando Álvarez falleció en 
setiembre de 1841 en el ejercicio de un miserable 
destino, que le fue conferido en la iglesia matriz, 
cuya dotación apenas llegaba a diez i seis pesos 
mensuales. Tal ha. sido en estos últimos años la 



__ 444 — 

suerte de los patriotas mas recomendables, siempre 
pospuestos a los enemigos de la causa americana 
conforme a las iliberales tendencias del ministerio. 

XLI 

PRESBÍTERO DON JOSÉ TOMÁS VARGAS 

Falleció en diciembre de 1841 a los sesenta i cinco 
años de edad sin desmentir un solo día la conducta 
patriótica que desplegó desde el principio de la re- 
volución, conducta que en un eclesiástico es doble- 
mente recomendable, ya porque en política son de 
ordinario, como los mas lo confiesan, ciegos parti- 
darios de la autoridad de que defienden, ya porque 
la influencia que les da su carácter en la parte me- 
nos ilustrada de los pueblos, o que carece de opi- 
nión propia sobre sus derechos, les hace formarse 
prosélitos para la causa que sostienen, por mala que 
sea. El presbítero don José Tomás Vargas, adhi- 
riendo a la de la justicia i la razón, fue uno de los 
que mas contribuyeron con su ejemplo i sus consejos 
en favor de la independencia nacional. No limitó a 
esto su constante cooperación. Prestó cuantos ser- 
vicios se le encomendaron, entre los que es digno 
de recuerdo la comisión que obtuvo para correr con 
la fábrica del templo que se mandó erijir en los te- 
rrenos llamados de Espejo en honor de la santísima 
virjen del Carmen, patrona jurada de la República, 
i conmemoración del glorioso triunfo que bajo su 



— 445 — 

protección obtuvieron las armas de la patria en 
aquel mismo local. 

El celo con que el presbítero Vargas, animado 
de su piedad i patriotismo, se dedicó a los progresos 
de esta obra, escitó en poco tiempo en los vecinos 
de Santiago el deseo de reconocerla. Fui uno de 
ellos, i antes de llegar al templo, divisamos al pres- 
bítero Vargas que se paseaba en contorno por sobre 
la muralla elevada ya a una altura de cuatro o cinco 
varas, dando disposiciones a los trabajadores. Exis- 
tían también acopiadas las maderas i principiadas 
a labrar. 

Mas, como si el gobierno hubiese caído en poder 
de algún enemigo de la independencia, i lo fuesen 
los que le sucedieron, se suspendió la fábrica de 
aquel templo; i se enajenaron las maderas acopiadas 
para él, habiendo tenido el presbítero Vargas que 
retirarse con el sentimiento de no habex'le dado la 
última mano. 

No es eso lo mas admirable. Acordóse en 1839 
la erección de un otro templo en conmemoración de 
la batalla de Yungai sin considerar en el cumpli- 
miento de aquella anterior promesa, la mas digna 
que ha podido emitirse. ¿Qué comparación entre 
una acción fratricida, indigna por lo mismo de que 
monumento alguno nos la recuerde, con la de Mai- 
po, que tanto honra a Chile, i que nos libertó de 
nuevas cadenas, i quizá a la América toda? 

Admiremos mas. ¿Qué jestión ha hecho la auto- 
ridad eclesiástica en solicitud de la terminación de 



"_ 446 — 

ese templo, que por su material de cal i ladrillo, por 
su lonjitud de setenta varas i correspondiente lati- 
tud, podía ser la mejor parroquia de la República? 

No se ha observado igual indiferencia respecto a 
otro templo que, por hallarse en contacto con la 
iglesia matriz, parece ser menos necesario, i el que, 
prolongada por mas tiempo la dominación española, 
ya no existiría, según las repetidas reales órdenes 
espedidas para su demolición; pero el fanatismo lo 
sostiene en la época de la patria. 

Nos hemos detenido sobre esta incidencia por su 
relación con la memoria del eclesiástico que nos 
ocupa. ¡Pueda ella influir en que el gobierno dé 
cumplimiento al voto mas espontáneo de la nación 
para que los siglos venideros contemplen al rededor 
de ese monumento sagrado, obra del digno Vargas, 
los campos que los mártires de la patria regaron 
con su sangre para darnos independencia i libertad! 

XLII 

EL CORONEL DON LUÍS PEREIRA 

Descendió a la tumba este ilustre jefe el 30 de 
abril de 1842, a los cincuenta i un años de edad, de 
muerte repentina, aunque anunciada desde algún 
tiempo por las alteraciones que en su salud causa- 
ron las fatigosas comisiones que en sus liltimos 
años le encargó el gobierno. 

Sus distinguidos servicios en la causa de la in- 



— 447 — 

dependencia datan desde el 25 de mayo de 1810, día 
glorioso en que dio el primer grito de libertad la ilus- 
tre ciudad de Buenos Aires, su patria nativa. 
Incorporado a la primera espedición militar que en 
el propio año partió a libertar las provincias del 
interior del yugo de España, permaneció seis años 
en aquella terrible campaña, en la que las armas 
de la nueva república esperimentaron sucesos ya 
prósperos, ya adversos. Puede contarse como el 
mas desastroso el de la jornada de Sipesipe, en la 
que no habría quedado un soldado de que disponer 
sin la estraordinaria actividad del infatigable Perei- 
ra para reunir i organizar en cuerpo a los dispersos. 
El nuevo jeneral nombrado por el supremo go- 
bierno de aquella República para tomar el mando 
en jefe de aquel ejército, le manifestó el mas vivo 
reconocimiento i contaba con él para rehacerlo; 
pero, al mismo tiempo, el jeneral San Martín, que 
reconocía sus aptitudes ya acreditadas en la bri- 
llante acción de San Lorenzo, i después en el propio 
Perú mientras mandó en jefe el mismo ejército, le 
solicitó para incorporarle a la espedición que se pre- 
paraba para libertar a Chile. Con este motivo, 
pasó el capitán Pereira en 1815 del Perú a Men- 
doza a la cabeza de una parte de los granaderos a 
caballo, e incorporado al ejército que trasmontólos 
Andes en febrero de 1816, fue uno de los militares 
que mas se distinguieron en la inmortal jornada de 
Chacabuco, que en el 12 del mismo febrero dio li- 
bertad al oprimido Chile, resultando herido en ella. 



— 448 — 

Los meses siguientes de ese año, i principios del 
1818, se le mantuvo en asiduos ejercicios militares, 
i en la organización o disciplina de varios cuerpos, 
que, mediante su dedicación, se hallaron en aptitud 
bastante para formar parte del ejército, que en el 
memorable 5 de abril de 1818 dio nuevas i mas bri- 
llantes glorias a la dos repúblicas hermanas. 

En los veinte i cuatro años que sobrevivió el co- 
ronel Pereira a esta heroica victoria, puede decirse 
que apenas descansó en el desempeño de comisiones 
importantes; entre ellas, la de organizar la Gran 
Guardia de honor, cuerpo de los mas lucidos i me- 
jor disciplinados que ha tenido la República. A la 
cabeza de él se hallaba cuando, a consecuencia del 
movimiento de las provincias de Concepción i Co- 
quimbo contra el supremo mandatario don Bernar_ 
do O'Higgins, efectuó el suyo Santiago, capital 
de la República. 

La circunspección i tino con que obró en aquel 
día, que'parecía el destinado para sus venganzas o su 
sacrificio, le indujeron a prevenir oficialmente a los 
jefes militares de la guarnición, que se les haría res- 
ponsables de los males consiguientes a cualquiera 
injerencia de la fuerza armada en aquel acto popu- 
lar, en que el pueblo ponía en ejercicio su soberanía, 
para precaver ios desastres en que se veía ya en- 
vuelta la República, i recuperar sus derechos. 

Duro conflicto para un jefe militar que oye, por 
una parte, la voz del pueblo, i, por otra, la de un 
mandatario a quien le ligaban poderosas relaciones; 



— 449 — 

peto el coronel Pereira no vaciló en el partido que 

debía tomar. Ni el pueblo fue perturbado en sus 

augustas funciones, ni la persona del mandatario 

ultrajada. 

Se recordará que, en aquellos críticos momentos, 

se dirijió el director supremo al cuartel de la guar- 
dia para ponerse a su cabeza, lo que no consintió el 
coronel Pereira, diciéndole sagazmente que era com- 
prometerse ambos sin provecho, pues la revolución 
venía desde todos los estreñios de la República. 

Retiróse entonces el director; i después de algu- 
nas circunstancias, que no es del caso referir, pasó 
a personarse en la sala del consulado, donde el pue- 
blo se hallaba reunido. Recibiósele con dignidad i 
respeto, i ocupó el asiento propio de la autoridad. 
Tres de los doce individuos que el pueblo tenía 
nombrados para que fueran el órgano de su volun- 
tad, le manifestaron sucesivamente la necesidad de 
dimitir el mando, único arbitrio para evitar la anar 
quía. El jefe espuso inconvenientes por su parte; 
mas, después de cerca de dos horas de debates, se 
resignó a ceder, desnudándose allí mismo espontá- 
neamente de las insignias de su dignidad, i a pesar 
de los ruegos de los comisionados para impedírselo. 
Retirado inmediatamente a su palacio, los tres in- 
dividuos nombrados para componer una junta pro- 
visoria de gobierno pasaron, luego que se recibieron, 
a visitarle; i una conversación amistosa i de confian- 
za fue el término de aquel grandioso acontecimiento. 
Consecuente el coronel Pereira en sus promesas, 

57 



— 450 — 

había acompañado al director supremo en su intro- 
ducción al Consulado; i confundido entre los ciuda- 
danos, presenció toda esa escena, sin tomar en ella 
la menor parte. Puede decirse que su presencia 
fue allí el garante de la libertad del pueblo, i de la 
seguridad personal del mandatario. 

Testigos de tan digna comportación, creímos un 
deber recomendarle al nuevo director electo dos 
meses después, el que nada había presenciado, re- 
cordándole que, si en aquel día tocó en su término 
la guerra civil que desde dos meses había empeza- 
do a prender de un estremo a otro de la República; 
si en él, deponiendo los chilenos las armas, se dieron 
fraternales abrazos, fue debido en parte a esa neu- 
tralidad sin ejemplo, que prudentemente supo guar- 
dar el coronel Per eirá. 

El nuevo jefe le continuó en el propio destino 
hasta el año 1825, en que se organizó i partió para 
Chiloó la primera espedición, de la que Pereira fue 
uno de los jefes. Lo avanzado de la estación hizo 
que esta espedición se malograse; mas, emprendida 
en el mismo año oportunamente otra segunda, fue 
libertado el archipiélago del yugo español, i la Re- 
pública enteramente libre de sus antiguos domina- 
dores. ¡Oh época venturosa, época de gloria, época 
de patriotismo i de progreso! ¡Cuánto distas de las 
que, desde tres lustros atrás, tanto aflijen i cons- 
ternan! La diferencia solo la han hecho nacer los 
diversos hombres que han gobernado la República. 

El coronel Pereira, que, después de esa primera 



— 451 — 

espedición, había obtenido su retiro i contraídose a 
administrar un fundo de su madre política, no pudo 
tener parte en la segunda. Mas poco tiempo se le 
dejó permanecer fuera del servicio. El ministerio 
Portales con instancias i promesas le atrajo nueva- 
mente a él, i le confió el encargo de establecer i or- 
ganizar una academia militar. Ochenta jóvenes es- 
cojidos formaron aquella escuela; i antes de un año 
empezaron a dar en público pruebas de sus conoci- 
mientos, mediante severos exámenes, i en plaza de 
la Independencia los días de aniversario, en los que 
los ciudadanos veian el fruto de la enseñanza del 
jefe puesto a su cabeza. 

Pero ¡quiéfl lo creyera! esa academia i la educa- 
ción de tan brillante juventud vinieron a convertir- 
se en daño de la patria. Declarada la guerra contra 
el Perú, los mas dignos jóvenes de ella fueron incor- 
porados al ejército espedicionario, de los que unos 
perecieron en la insurrección que la precedió, o fu- 
garon fuera del país, i otros emplearon su pericia 
militar en venir a ser, sin conocerlo i con la mejor 
buena fe, los verdugos de los vencedores de Ayacu- 
cho, que perecieron en Yungai i otras acciones 
posteriores, dando con esto a los españoles triunfos 
mas gratos, que los de Ossorio i Morillo. 

El coronel Pereira, observando en silencio los 
desastres de sus discípulos, era precisamente devo- 
rado por el sentimiento de sus desgracias. Sus ta- 
reas en educarlos, se asegura que le causaron la 
enfermedad de que falleció; i su malogro debía ne- 



— 452 — 

cesariamente agravarla. La marcha de los gobiernos 
estermina no poeas veces a los mas dignos ciuda- 
danos. 

Se reparará talvez que el coronel Pereira, des- 
pués de tan prolongados i distinguidos servicios, no 
hubiese obtenido ascensos proporcionados. Pero 
esto mismo acredita su patriotismo i su mérito. El 
coronel Pereira perteneció siempre a la patria, i 
nunca a las facciones; i éstos son los individuos que 
mas difícilmente llegan a obtenerlos, especialmente 
en el tiempo de corrupción i decadencia a que han 
venido las nuevas repúblicas. 

El coronel Pereira ha fallecido dejando una larga 
familia, a la que hacen digna de la mayor conside- 
ración pública, ya el recuerdo de tan benemérito 
padre, i ya la esperanza de que sus hijos algún día 
acreditarán ser los herederos de sus virtudes. 

XLIII 

SARJENTO MAYOR DON FRANCISCO GAONA 

Falleció a principios de marzo de 1842 después 
de haber servido en los ejércitos de la patria desde 
el memorable año de 1810, época gloriosa de nues- 
tra rejeneración política. El sufrió todos los rigoi'es 
i peligros de la guerra en los años de 1813 i 1814, 
■en los que fue mas penosa i apenas soportable la 
campaña de los defensores de la libertad. Como no 
emigrase, fue uno de los confinados a la isla de 



'■o 



— 4-53 — 

Juan Fernández, en la que permaneció hasta la 
restauración de 1817. Después de ésta, prestó nue- 
vos servicios siempre fiel a la causa de la patria; i 
ha fallecido dejando una numerosa familia, digna, 
por lo tanto, de la conmiseración pública. 

XLIV 

CAPITÁN DE FRAGATA DOX JUAX JOSÉ TORTEL 

En la Gaceta del Comercio, número 217, de 23 
de noviembre de 1842, se noticia la muerte del es- 
presado capitán: acontecimiento altamente sensible 
al recordar los distinguidos servicios que por mar i 
tierra prestó a la patria durante la guerra de la in- 
dependencia. Cuantos le trataron, reconocieron en él 
su singular entusiasmo por la causa de la libertad, 
al propio tiempo que su carácter noble i jovial* 
Efecto, sin duda, de ese entusiasmo i de su talento, 
fue la previsión de que estaba dotado. Cuando a 
principios de la guerra de 1813 se armaron en corso 
por disposición gubernativa la fragata Perla i el 
bergantín Potrillo, el capitán Tortel espuso al go- 
bierno verbalmente que a su juicio corría riesgo el 
que la tripulación de aquellos buques se sublevase, 
pues se la creía rnui de confianza. Con este anuncio, 
se ofició inmediatamente al gobernador: i se bizo 
partir en el día a Tortel para que le espusiese los 
motivos de su desconfianza, i entre ambos se acorda- 
se lo mas conveniente a precaver toda resulta. Pero 



— 454 — 

ya no pudo remediarse. La sublevación se efectuó 
desde el momento que los buques se vieron mar 
afuera. Con el mismo tino i previsión, hablaba 
siempre sobre los sucesos de la guerra. 

Sensible nos es no tener a la vista la hoja de 
servicios de este benemérito militar para recordarlo 
al público. Nos reducimos por ahora a trascribir 
parte del artículo dado a luz por un patriota del 
año 1810 inserto en el precitado número de la Ga 
ceta. Es como sigue: 

«El terrible momento que, según la frase de la 
Escritura, ha de venir siempre escondido, i no es- 
perado, sorprendió ayer a las ocho i media de la 
noche al capitán de fragata don Juan José Tortel, 
dejando entre nosotros el luto i el llanto en el apa- 
rato lúgubre que miramos a nuestro alrededor. Una 
grave i penosa enfermedad le condujo a la fosa a la 
edad de setenta i seis años; i allí descansarán los 
preciosos restos del defensor de nuestra indepen- 
dencia, del bravo militar que escaló los Andes a la 
diestra del grande O'Higgins, cuyas sombras aca- 
ban de unirse en la mansión de los justos. ¡Qué 
podremos decir en estos momentos de lágrimas i de 
dolor sobre el patriotismo i principios liberales que 
brillaron al lado de otras relevantes virtudes del 
ilustre francés i amado chileno don Juan José Tor- 
tel! Nada mas, por ahora, sino que ha muerto en 
estrema pobreza, como buen cristiano, i como una 
víctima de las persecuciones del gobierno funesto 
en que no existieron sino las formas republicanas, 



— 455 — 

porque en realidad solo uno gobernaba la nación, 
semejándose a los maires que en los últimos reina- 
dos de los carlovinjios gobernaban la Francia por 
la ineptitud de los monarcas». 

XLV 

CORONEL GRADUADO DON PEDRO JOSÉ RETES 

Al resolvernos a consignar la memoria de este 
digno ciudadano, nos hemos propuesto solo recor- 
dar los hechos que forman el eslabonamiento de sus 
distinguidos servicios por la causa mas santa que 
puede presentarse sobre la tierra: la de defender 
contra los tiranos los sacrosantos derechos de los 
pueblos. En esta breve reseña, se verá que el coro- 
nel don Pedro José Reyes vivió en medio de las 
fatigas i de los peligros hasta que vio domada la 
cerviz del obstinado enemigo de la libertad ameri- 
cana, larga época que puede decirse fue de patrio ■ 
tismo i virtudes, de honor i gloria para los ameri- 
canos; al paso que la que ha sucedido, i que aún no 
sabemos si ha tocado a su término, ha venido a ser 
la de descrédito i de ignominia, i la que ha dado 
por resultado en las mas repúblicas el atraso i sa- 
crificio de no pocos de los dignos partidai'ios de la 
independencia, la elevación i el engrandecimiento 
de no pocos de los que la combatieron. En ambas, 
consideraremos la comportación del coronel don 
Pedro José Reyes. 



— 456 — 

Nació este benemérito chileno en la ciudad de 
ios Ánjeles, provincia de Concepción, en 20 de oc- 
tubre de 1797. Principió a servir en la clase de ca> 
déte en J2 de diciembre de 1811 en el acreditado 
cuerpo de Dragones de la frontera. Sus ascensos, 
desde este destino hasta el de coronel graduado en 
que falleció, fueron siempre precedidos de uno o 
mas hechos de armas, i nunca debidos al favor o a 
la intriga. Parangónense esos ascensos con sus ser- 
vicios en las tres épocas gloriosas de guerra i de 
combates, i se verán aún no compensados. 

En la primera de los años 18 L3 i 1814, en la que 
el ardor republicano suplió a la pericia militar, 
apenas hubo acción en que no combatiese el joven 
Peyes, especialmente en la toma de Talcahuano, 
en todo el sitio de Chillan i combates tenidos en él 
los días 3 i 5 de agosto, en la del Roble, la de Go- 
mero i la de Quilacoya, en la defensa de Concep- 
ción, en la que, cayendo prisionero, logró escaparse, 
i volver a incoporarse en el ejército de la patria, i 
últimamente en el sitio de Raheaoaia en octubre 
de 1814. 

Emigrado a las Provincias Arjentinas después 
de aquel aciago acontecimiento, vino incorporado al 
ejército restaurador a las órdenes del jeneral San 
Martín; i combatió en ¡as acciones de Chacabuco 
en 1817, i después en la de Maipo en 1818; i obtu- 
vo las medallas de honor que se designaron a los 
combatientes en cada una de estas gloriosas jor- 
nadas. 



— 457 — 

Una nueva, i no menos brillante época, se abrió 

aquí para el joven Reyes. En 18 de agosto de 1820, 

se embarcó en Valparaíso incorporado a la espedi- 

ción libertadora del Peni bajo las órdenes del mis 

mo jeneral San Martín, desembarcó en Pisco el 9 

de setiembre, i siguió la campaña hasta la entrada 

triunfante en la capital de Lima en julio de 1821, 

se halló en todo el sitio de la plaza del Callao bajo 

las órdenes del jeneral Las Heras i en el glorioso 

asalto de ella el 14 de agosto, al que sucedió su 

ocupación en el próximo setiembre, habiendo sido 

Reyes el primero que tomó posesión del torreón 

llamado el Reí, donde enarboló la bandera de su 

país. A consecuencia, obtuvo la medalla de oro del 

ejército libertador, i fue nombrado benemérito de 
la orden del Sol. 

Faltaban nuevos, i no menos arriesgados comba- 
tes, que librar. Le fue encomendado el mando del 
batallón número 4 con el que se embarcó el 1 8 de 
octubre de 1822; i entró a formar parte de la espe- 
dición que se dirijió a las provincias ocupadas por 
el enemigo. Se halló en las acciones jenerales de 
Locumba, de Torata, en donde salió contuso, i de 
Moquegua, En esta misma campaña, desempeñó 
también el empleo de jefe del estado mayor del 
ejército de Chile, durante la ausencia del propieta- 
rio, que regresó a esta República. 

Constan todos estos servicios de la hoja respec- 
tiva certificada i suscrita por la inspección jeneral 

del ejército, que desempeñaba el jeneral don Juan 

58 



— 458 — 

de Dios Rivera, la que concluía con las siguientes 
notas: Valor acreditado. — Capacidad buena. — Apli- 
cación constante. —Conducta irreprochable. 

¿I cuál vino a ser el premio de tantos años de 
peligros i de tantas fatigas? Apenas este oficial, 
como otros muchos guerreros acreditados de la in- 
dependencia descansaban en el seno de su familia, 
disfrutando de los destinos que habían adquirido a 
costa de su sangre, sobrevino la malhadada revolu- 
ción del año 1829, mortal i desastrosa para ellos i 
para los pueblos, mas que la guerra misma de la in- 
dependencia, en que se disfrutaron derechos positi- 
vos. Dividido el ejército, se batió un partido contra 
el otro, i corrióla sangre de los mas beneméritos ofi- 
ciales de la patria. No paró aquí la desgracia de los 
vencidos. Los que no perecieron en el combate, 
fueron después dados de baja, i de improviso redu- 
cidos a no tener con que alimentarse. 

En tan dura i desesperante situación, se vio el 
desgraciado Reyes, a quien rodeaban una anciana 
madre i tres hijos de corta edad. Para salir de al- 
gún modo de tanta penuria, tuvo que contraerse a 
servir un destino mui subalterno i de exigua dota- 
ción que pudo obtener en el resguardo de Valparaí- 
so, en que se mantuvo hasta el término de la admi- 
nistración despojante. 

La que le sucedió, no pudo ser indiferente a la 
suerte de sus dignos compañeros de armas, diez- 
mados ya por la muerte en el fatal decenio, i pro- 
puso a la lejislatura su reincorporación al ejército 



— 459 — 

para ser reformados. No puede decirse que esta 
medida haya sido una restitución, cual debiera en 
justicia; pero mitigó algún tanto los horrores de la 
indijencia en los que no sucumbieron a ella, i que 
se les hizo sentir a nuestro juicio sin un crimen 
debidamente justificado. Nos detendríamos a de- 
mostrarlo, si no fuese estendernos demasiado en un 
punto tocado solo incidentemente. 

Poco tiempo podía el coronel Reyes disfrutar del 
aumento de sueldo, que se le proporcionó. Quebran- 
tada desde algún tiempo su salud con los trabajos 
i penalidades de la guerra en diferentes climas, i 
mas que todo por las angustias i sinsabores que se 
le hicieron sentir en los últimos doce años, debía 
pronto sucumbir. En la mañana del 5 de diciembre 
de 1843, estuvo en mi casa a visitarme; podría de- 
cirse mas bien adespedirse. Al verle le dije: — Malo 
está su semblante ¿Porqué no se pone en cura? 
— Estoi mui enfermo (contestó). Me voi para casa. 
Al día siguiente, a la oración, tuve la noticia de 
que ya no existía. 

Sintiendo en este día la gravedad de su enferme- 
dad, hizo avisar a varios de sus deudos, los que re- 
solvieron hacer junta; pero él se opuso, pues no 
quería que gastasen. No obstante, la junta se efec- 
tuó; i fue desahuciado. — Mi padre murió peleando 
por la patria (dijo); i yo muero en el seno de esa 
misma patria rodeado de miserias.: — 

Un hecho es necesario recordar aquí. En la ac- 
ción de Gomero, uno de los cuerpos que combatie- 



— 460 — 

ron, fue el de Dragones de la frontera, i en una de 
sus compañías era capitán don N. Reyes, teniente 
don Ramón Freiré, i alférez don Pedro José Re- 
yes. En la retirada del ejército, una bala mortal 
derribó al capitán Reyes del caballo; el teniente 
Freiré sin reparar en el peligro se detuvo a tomarle 
en sus brazos, fajarle la herida i hacerle conducir. 
El alférez don Pedro José Reyes, que apenas con- 
taba diez i siete años, ve espirar a su digno padre, 
i él en el peligro de sufrir de un momento a otro la 
misma suerte. ¡Qué espectáculo! 

¡Hijos de la patria! tales han sido ios sacrificios 
que ha costado a vuestros padres la independencia 
de que gozáis. Ellos no os piden otra retribución, 
que la de que sepáis conservarla. Os legaron la Re- 
pública libre del cetro de un monarca. Ningún otro 
vuelva a gravitar sobre ella, sea cual fuere su orijen 
o procedencia. Cautelaos contra los pérfidos seduc- 
tores que intenten arrastraros para que seáis los 
instrumentos de vuestra propia ignominia. Es no 
menos notoria la miseria de que al morir se' vio ro- 
deado don Pedro José Reyes. Sin el desinterés i 
jenerosidad de los facultativos Torres i Mac -Kenna 
habría carecido aún de los auxilios de la medicina, 

i sin el socorro de algunos de sus deudos, de lo ne- 
cesario para sepultar su cadáver. 

Así ha fallecido este digno chileno, dejando en la 
mas triste orfandad a una madre septuajenaria, la 
señora doña Escolástica Ruíz. Su nombre solo for- 
ma su elojio. ¿Quién hai que ignore los ultrajes i 



— 461 — 

groseros denuestos que sufrió durante los dos años 
cuatro meses de la dominación española? Aún des- 
de antes de este período de ignominia, ya era con- 
siderada como una de las heroínas mas dignas de la 
revolución. 

Don Pedro José Reyes deja también tres hijos 
apenas salidos de la edad pupilar, i con la mejor 
disposición para la carrera de las letras, a que les 
tenía dedicados su amante padre; pero que no podrán 
continuar si la munificencia del gobierno no les dis- 
pensa su protección, proporcionándoles educación 
afratuíta en alguno de los establecimientos nació- 
nales. Este es el deber mas sagrado del gobierno 
de una república; i difícilmente se presentarán jó- 
venes tan acreedores a esta gracia, como los hijos 
del coronel don Pedro José Reyes, i nietos del que 
rindió la vida en Gomero, combatiendo por la pa- 
tria. 

XLVI 

PRESBIXEEO DOX EÜSEBIO DEL P03S0 

Falleció el 14 de febrero de 1844, alas seis de la 
mañana, de edad de cincuenta i dos años, en la ciu- 
dad de Concepción, después de haber prestado ser- 
vicios distinguidos en la causa de la independencia, 
a la que adhirió con decisión i entusiasmo desde 
1810, en que los pueblos dieron el primer grito de 
libertad. 

En esta época, se hallaba de relijioso profeso en 



— 462 — 

el convento de San Agustín; i supo emplear toda 
la influencia que le daba su estado para hacer ver 
la justicia de tan sagrada revolución con la cautela 
que demandaba la disidencia de sus prelados. La 
conducta de los enemigos hacia su persona es el me- 
jor calificativo de su mérito patrio. Reconquistado 
el país por los españoles, el jefe de la reconquista 
por órdenes espresas del virrei del Perú hizo pren- 
der a todos los que habian gobernado u obtenido 
altos destinos o influido notablemente en la insu- 
rrección. Los remitió a las formidables mazmorras 
del Callao tituladas Casas matas. El padre frai 
Eusebio fue uno de ellos; tuvo, por consiguiente, 
que sufrir aquella dura prisión cerca de tres años, 
corridos hasta el de 1817, en que tuvo lugar el glo- 
rioso triunfo del ejército republicano en las laderas 
de la cuesta de Chacabuco. Facilitóse entonces el 
canje de su persona i de otros varios beneméritos 
patriotas, con quienes regresó a su país, que libre 
ya de tiranos, ofreció por todas partes gozar sin 
zozobra de los encantos de la libertad. 

Al poco tiempo, fue nombrado prior del convento 
de su orden en la provincia de Concepción, en el 
que se mantuvo hasta haber obtenido su seculariza- 
ción. Aquí empezaron para él servicios de otro jéne- 
ro. Los prelados de aquella diócesis le llamaron al 
ministerio parroquial, en el que obtuvo promocio- 
nes, hasta haber llegado al de párroco del sagrario, 
en cuyo desempeño falleció. 

Si los que prestaron sus esfuerzos para sacudir el 



— 463 — 

yugo español que oprimía a la América, i por esta 
causa sufrieron peligros, persecuciones i sacrificios, 
deben considerarse los verdaderos padres- de la pa- 
tria, el presbítero don Eusebio Posso pertenece a 
ellos, i es acreedor a los recuerdos i gratitud de sus 
conciudadanos. 



En el número 206 de El Valdiviano Federal, 
fecha 20 de abril de 1844, en que viene la xíltima 
de las necrolojías arriba copiadas, se lee el anuncio 
que sigue: 

«El día 9 del presente, a las dos i media de la 
tarde, falleció don José Miguel Infante, autor de 
este periódico. Los artículos que preceden, estaban 
armados en la imprenta cuando apareció la fatal 
enfermedad. Siendo este trabajo propiedad del 
público, hemos resuelto su impresión para que se 
cumpla la voluntad del chileno que, hasta en los 
últimos días de su existencia, se ocupó en el servi- 
cio de su patria». 

Don Andrés Bello escribía en el número 712 de 
El Araucano, publicado el 12 de abril de 1844: 

«Cumplimos con el triste, pero relijioso deber 
de recordar en nuestras columnas el fallecimiento 
del señor don José Miguel Infante. Un accidente 
casi súbito, pero producido por una antigua afec- 
ción pulmonar, le arrebató el día 9 del corriente a 
la patria, que no olvidará jamás los importantes 



— 464 — 

servicios que este ilustre i benemérito hijo suyo le 
consagró desde la primera época de su indepen- 
dencia». 

La sepultura del gran ciudadano debe colocarse, 
por lo tanto, entre las otras a que él ha labrado 
una lápida. 

Las necrologías compuestas por don José Miguel 
Infante, relativas a los sostenedores de la indepen- 
dencia de Chile cuya defunción llegaba a sus oídos, 
no podian quedar abandonadas entre la hierba, el 
polvo i el olvido. 

Convenía ponerlas al sol i a la vista. 

Están escritas por un patriota eminente, que 
fue al mismo tiempo testigo ocular de los sucesos 
que relata. 

Es cierto que suele haber en ellas desfallecimien- 
tos de memoria. 

Citaré algunos para muestra. 

El autor supone que don Bernardo de Vera sa- 
lió del país desterrado por Carrasco. 

El hecho es inexacto. 

Vera quedó en Valparaíso: solo don Juan An- 
tonio Ovalle i don José Antonio Rojas fueron tras- 
portados al Perú. 

Espresa que don Santiago Muñoz Bezanilla 
escribió El Monitor Araucano. 

Esta es una equivocación. 

El Monitor Araucano es obra de Camilo Hen- 
ríquez. 



— 465 — 

Muñoz Bezanilla redactó El Monitor Imparcial. 

En la necrolojía de don Juan Egaña, hai algún 
error i confusión al tratar de la organización del 
Instituto Nacional. 

No quiero ser prolijo en estos hechos de menor 
cuantía. 

En compensación, hai bastantes datos que uti- 
lizar. 

Al espresarme así, hablo por esperiencia propia. 

La relijión de las tumbas i la utilidad de la his- 
toria justifican la restauración o exhibición de esas 
losas sepulcrales. 



msriDiECiE 



Pájs. 

Don Vicente Carvallo i Goyeneche 5 

Don García Hurtado de Mendoza i don Alonso de Ercilla 

i Zuñiga 39 

Don Gabriel Cano de Aponte 69 

Don José Rodríguez Ballesteros 135 

Don Rodulfo Amando Philippi 155 

Don José Antonio Torres ]95 

Don Simón Rodríguez 227 

Don Francisco Nnñez de Pinedai Bascuiián 307 

Don Bernardo de Vera i Pintado 335 

La Necrópolis de don José Miguellnfante 365 



tt'FLTUL.T-A. 



Pajina Líneas Dice Debe decir 



332 5 guardémolas¡ guardémoslas 




asa 




«BRRESS?